«Ha llegado la hora sexta, son las doce del medio día, han pasado tres horas ya desde que crucificaron al Señor Jesús de Nazareth. De pronto toda la tierra se cubrió de tinieblas y oscuridad hasta la hora novena, hasta las tres de la tarde. De doce del medio día a tres de la tarde, oscuridad total, tinieblas.
Todas las fuerzas espirituales demoniacas han cubierto la luz del sol, están rodeando la tierra, cantando victoria, ¡han dado muerte al Mesías! No saben que a través de esa muerte, el Mesías está redimiendo al mundo, a la creación terrestre; a través de esa obra expiatoria en la cruz del Calvario, el Mesías está recobrando la creación terrestre para Dios, está recobrando la autoridad sobre toda la creación terrenal; porque si lo hubieran sabido nunca hubieran crucificado al Señor de Gloria.
Jesús ya no puede más, se acerca la hora novena del día, las tres de la tarde; Jesús está atormentado por el dolor, el corazón tiene menos capacidad para bombear sangre. Lleva ya casi seis horas crucificado, los dolores le traspasan el cerebro, traspasan todo su cuerpo, desde la columna vertebral —que es donde se sitúa todo el dolor que viene de los brazos y de los pies—, tiene calambres constantes por la falta de irrigación; el corazón está lleno de sangre, a punto de explotar; se va llenando de sangre y cada vez sale menos sangre al resto del cuerpo.
Está allí Jesús llorando, derramando lágrimas, esas lágrimas lavan su rostro, se mezclan con su sangre; está clamando, llorando, gimiendo. Se siente solo, abandonado, ya sin fuerzas, y clama al Padre y le dice: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?”, que traducido es: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.
Se siente desamparado. Es lo que sentía su alma. Su cuerpo estaba crucificado, su alma estaba solitaria. Le injuriaban, le escupían, le escarnecían; todo era oscuridad. Ya llevaba casi seis horas así.
Y de la misma manera ocurre cuando tú decides pasar por muerte de cruz; hay dolor, hay llanto, hay clamor, ¡te sientes desamparado (a), que nadie en el mundo puede ayudarte! Debes saber que Él también experimentó lo mismo en el alma.
Tú no necesitas crucificar tu cuerpo, Él ya lo hizo una vez y para siempre por nosotros; tú necesitas llevar la cruz en el alma, crucificando la carne que hay en el corazón, y eso trae muerte para resurrección en gloria.
La muerte de cruz viene acompañada de tribulación, de angustia, de prueba, inclusive hasta vergüenza, desnudez espiritual. Así como Jesús estaba desnudo en el cuerpo, de la misma manera en la muerte de cruz tiene que haber desnudez espiritual de tu vida.
Se acercan las tres de la tarde, está a punto de culminarse su obra en esta tierra, dice: “Consumado es”, y exclama en oración: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
En ese instante exhala el espíritu; el corazón ha explotado. El corazón a través de muerte de cruz se infla como globo de sangre, ya no puede sostener más líquido, más sangre mezclada con el plasma sanguíneo. Jesús muere con el corazón literalmente destrozado. El corazón explota, el espíritu y el alma son exhalados y se consuma la muerte del Mesías. Ocurre un gran terremoto, ¡la tierra tiembla!, ¡el velo del templo se rasga en dos!, y los sepulcros se abren de todos aquellos santos que habían dormido.
Uno de los soldados lo ve ya muerto y no le quiebra las piernas como era costumbre en aquellos días para acelerar la muerte, pero le mete la lanza en el costado, y de ese lugar sale sangre y agua —el agua es el plasma sanguíneo que la Biblia llama “agua”— su sangre se derrama totalmente en tierra.
Se ha cumplido la obra en la cruz, Jesús ha muerto por nosotros; Jesús ha muerto por tus pecados, por mis pecados, por todos nosotros. Allí está Jesús, su cuerpo entregado por nosotros, molido por nuestras rebeliones».
Pr. Ricardo Claure Peñaloza
PARA QUE SU IGLESIA SE PREPARE… PARA TESTIMONIO A LAS NACIONES