La figura de Matteo Ricci, el jesuita italiano que conectó Oriente y Occidente en el siglo XVI, ha sido analizada en la sección 'Curiosidades de la Historia' del programa 'Herrera en COPE'. El presentador Alberto Herrera, junto a la historiadora Ana Velasco, ha desgranado la vida de este misionero que vivió más de 30 años en la China de la dinastía Ming y que, según Velasco, es "una figura clave para entender" el intercambio cultural que protagonizó, descubriendo "China a Europa y también Europa a China".
A diferencia de la estrategia de otros europeos en la época, que según Velasco llegaban a "exterminar a toda la población" en las colonias, Matteo Ricci optó por un camino radicalmente distinto. Al llegar a través de la colonia portuguesa de Macao, se dio cuenta de que la imposición no funcionaría y de que, como explica la historiadora, "lo que no pueden hacer es llegar los europeos en plan, ah, somos europeos, y hacer lo que quieran con la población local". Por ello, Ricci decidió aprender chino, sumergirse en su cultura y tradiciones para construir un puente entre ambos mundos.
La entrada de Ricci en el cerrado círculo del poder chino fue gracias a su ingenio y a los avances europeos. Según ha relatado Velasco, se presentó con un prisma de vidrio de Venecia, un objeto desconocido para ellos, que al reflejar la luz creaba los colores del arcoíris, algo que los chinos consideraron "prácticamente algo portentoso". Este fue el primer paso para ganarse a las élites, los llamados "mandarinos", a quienes sedujo con sus vastos conocimientos.
La China Ming (1368-1644) era, en palabras de Velasco, "uno de los estados más sofisticados del mundo", un imperio altamente burocratizado donde los funcionarios accedían a sus puestos a través de duros exámenes. Ricci les ofreció una herramienta revolucionaria: el "palacio de la memoria". El jesuita escribió un libro explicando estas reglas mnemotécnicas europeas, que resultaron de gran ayuda a las élites para memorizar los miles de caracteres del idioma chino y otros conceptos, lo que generó una gran fascinación por su figura.
El objetivo final de Ricci era la evangelización, pero su método se basó en la adaptación cultural. En lugar de imponer el dogma occidental, buscó puntos en común con las creencias locales, como el budismo y el confucianismo. La historiadora Ana Velasco señala que su estrategia era clara: "Vamos a explicarle a esta gente el cristianismo desde sus propios conceptos". Por ejemplo, se refería a Dios como "Señor del Cielo", un término ya existente en la cultura china, y utilizó la ciencia occidental como puerta de entrada para difundir su mensaje.
Gracias a este enfoque, Ricci consiguió tres hitos, según Velasco: que la cultura china fuera respetada en Europa, crear "un puente entre el confucianismo y el cristianismo" y fundar "un modelo de misión basado en la adaptación cultural". Este modelo sería muy usado posteriormente por los jesuitas y, cuatrocientos años después, el Concilio Vaticano Segundo retomaría algunas de estas ideas. "Matteo Ricci realmente fue un superavanzado a su tiempo", concluye la experta.
El misionero falleció sin saber que, en el siglo XVIII, el Vaticano prohibiría los ritos chinos, una decisión que limitó la expansión del cristianismo en el país. Sin embargo, el emperador, fascinado por sus conocimientos de astronomía y por haber creado el primer mapa completo de China, le concedió un honor sin precedentes: ser enterrado en Pekín. Se declaró luto nacional por su muerte y su tumba, ubicada en un antiguo templo budista, todavía puede visitarse.