La figura de Alfredo Landa, leyenda del cine español, es analizada en el programa La Linterna de Ángel Expósito a través del nuevo documental que lleva su nombre, 'Landa'. La directora de cine Gracia Querejeta y el escritor experto en cine Miguel Olid firman este trabajo que se vertebra sobre una anécdota que definió su vida: el momento en que desafió a su familia para perseguir su sueño.
La familia del actor no veía con buenos ojos su vocación, ya que ser "cómico" era considerado "un deshonor". Tras un consejo familiar en San Sebastián que le instó a no dedicarse a la interpretación, Landa comenzó a estudiar Derecho. Sin embargo, sintiendo que el teatro amateur se le quedaba pequeño, tomó una decisión drástica que le comunicó a su madre: "Mira, mamá, si a los 40 no soy feliz, te voy a echar la culpa a ti".
Con 7.000 pesetas en el bolsillo, se plantó en Madrid para labrarse un futuro como actor. Los comienzos no fueron fáciles, teniendo que trabajar en doblaje para sobrevivir mientras se abría paso poco a poco en el teatro. Fue precisamente sobre las tablas donde el director José María Forqué lo descubrió y le ofreció su primer papel en el cine con 'Atraco a las 3'.
A pesar de que su primera reacción al cine fue pensar "esto es una locura, esto no es lo mío", su carrera despegó. Su primer papel protagonista llegó con 'La niña de luto', de Manuel Summers, a quien los directores del documental señalan como su "auténtico descubridor". Summers fue el primero en ver en Landa un registro diferente, alejado de sus habituales 'landadas', en un personaje escrito para otro tipo de interpretación.
Su físico, el de un "español medio", fue clave en su éxito, ya que conectaba con el público. El propio Landa lo reconocía en una entrevista recogida en el documental, donde afirmaba que su apariencia le había condicionado para bien. "Indudablemente, por eso, porque no soy ni muy alto, ni muy guapo, ni muy gordo, ni muy flaco, ni muy guapo, ni muy feo, en fin, soy como una persona normal", explicaba. Sin embargo, poseía algo que para el cine es "oro molido": una mirada que atrapa.
Ningún otro actor tiene un 'ismo' asociado a su nombre. El 'landismo' define, según Querejeta, un conjunto de películas "que se hacían en muy poco tiempo, en unas condiciones muy precarias, pero que conectaban completamente con el español medio". Un ejemplo es 'No desearás al vecino del quinto', que tras un estreno fallido en Madrid, se convirtió gracias al boca a boca en la producción española más vista del siglo pasado, con más de 4 millones de espectadores. A pesar del éxito, Landa rechazó millonarias ofertas para hacer secuelas y evitar el encasillamiento.
Un punto de inflexión en su carrera fue 'El puente' (1977), de Juan Antonio Bardem, que demostró su capacidad para papeles dramáticos. Pero si hay una colaboración que marcó su trayectoria fue la que mantuvo con José Luis Garci, con quien rodó siete películas, incluyendo las icónicas 'El Crack' y 'El Crack II'. Garci lo consideraba "un hermano" y destaca que para crear al detective Germán Areta no había "ningún riesgo, porque tanto él y yo sabíamos que eso lo sacaba él adelante".
El reconocimiento internacional le llegó con 'Los santos inocentes' (1984), de Mario Camus, basada en la novela de Miguel Delibes. Su interpretación de Paco 'el bajo' le valió el premio a la mejor interpretación masculina en el Festival de Cannes, compartido con su compañero de reparto Paco Rabal. Años después del fallecimiento del actor, el recuerdo de aquel momento sigue emocionando, tal y como él mismo lo narró: "Me acordé de mis padres, me acordé de mis amigos, me acordé de cuando llegué a Madrid, me acordé de todo".
Su filmografía se completa con otros hitos como los dos Premios Goya que consiguió por sus papeles en 'La marrana' y 'El bosque animado', ambas de José Luis Cuerda. En esta última dio vida al inolvidable bandido Fendetestas, otro personaje icónico de la historia de nuestro cine, tan relevante como lo fueron otras películas de la época como 'Bingueros'.
El documental también explora su faceta más personal. Sus hijos lo describen como "un padre de familia" que dejaba el personaje en el plató y mantenía su vida profesional apartada del hogar. Era un hombre "extraordinariamente familiar" que encontró en su mujer, Maite, y en sus hijos su principal pilar.
Según los directores del documental, Alfredo Landa fue un hombre feliz. Parte de esa felicidad, explica Querejeta, residía en su capacidad de "adaptarse a lo que había", aceptando trabajos que no siempre eran los que más le apetecían porque entendía que ser actor era un oficio con el que "pagar facturas". Esta capacidad de adaptación, lejos de frustrarle, le proporcionó "una enorme tranquilidad y, en cierto modo, una felicidad", sin que nunca perdiera la perspectiva ni el cariño del público.