En España, aunque se sabe conducir, el comportamiento al volante deja mucho que desear. Así lo han analizado Alberto Herrera y Mar Amate en la sección 'Cinco Palabras' del programa 'Herrera en COPE'. Según los datos expuestos, el 75% de los conductores españoles, es decir, tres de cada cuatro, admiten que a veces se “calientan” en el coche, reconociendo comportamientos agresivos y faltas de respeto hacia otros usuarios de la vía.
Esta cifra se traduce en que unos 21 millones de personas pueden perder los papeles al volante. De hecho, el 30% de los conductores en España utiliza el claxon como un reproche y no como un aviso, un uso que está por encima de la media europea. Tanto Amate como Herrera reconocen ser parte de ese grupo. “Es el único habitáculo en el que yo puedo perder un poco los papeles”, confiesa Amate, a lo que Herrera añade: “Si hay un sitio en el que me cuesta contenerme [...] es en el coche”.
Uno de los primeros factores que influyen en esta conducta es el ego. Alberto Herrera ha compartido su “lucha” personal contra ese sentimiento que lleva a pensar: “Yo soy el que conduce bien y el resto conduce mal”. Esta percepción se ve reforzada por lo que los psicólogos denominan sesgo de superioridad, la creencia de la mayoría de que conducen mejor que la media, algo estadísticamente imposible.
A esto se suma la “atribución externa”, como explica Mar Amate. Este sesgo nos hace pensar que nuestros errores son fruto de las circunstancias, mientras que los de los demás se deben a su incompetencia. “No pensamos que quien tenemos enfrente, a lo mejor tiene un mal día, tiene un problema”, señala Amate, abogando por un mayor control del ego.
La psicóloga Judith Jurado, consultada por el programa, aporta una clave fundamental: el coche funciona como un escudo. Según Jurado, “dentro del coche tenemos una sensación de anonimato y de protección, no estamos cara a cara con la otra persona”. Esta falta de conexión humana directa facilita que disminuya la empatía y que se reaccione con mayor intensidad ante frustraciones como atascos o maniobras inesperadas, especialmente en personas impulsivas o competitivas.
El anonimato, como apunta Amate, funciona de manera similar a las redes sociales, donde la gente “se atreve a decir cosas que a veces son una auténtica barbaridad”. Se olvida que en el otro vehículo hay una persona, como ilustra Herrera con la anécdota de un oyente en Barbate, donde descubrió que los pitidos, que él interpretó como una agresión, eran en realidad un saludo.
El filósofo Ignacio Gonzalo Saleyas conecta directamente la agresividad con la ansiedad, uno de los grandes síntomas de nuestro tiempo. “La agresividad y la violencia verbal tienen que ver con la ansiedad”, afirma. Esta ansiedad, según él, está muy relacionada con la sensación de pérdida de tiempo y la prisa constante: “Siempre llegamos tarde a todo sitio. No tenemos tiempo para nada”.
En este punto, Mar Amate introduce una conclusión contundente de la Dirección General de Tráfico (DGT). El organismo vincula claramente la fatiga y el estrés con un comportamiento más agresivo al volante. “La fatiga más el estrés hace que tengamos una conducta mucho más agresiva, el lóbulo frontal desaparece”, explica Amate. Además, añade que “a mayor percepción de atasco, mayor agresividad”.
Otro factor es la territorialidad. Amate lo relaciona con la antropología y la defensa del territorio, un instinto animal que nos hace sentir que la carretera es nuestra. Esto se refleja en testimonios de oyentes, con frases como “sale un animal de dentro de mí que no puedo controlar” o “siento que siempre tengo yo la razón, y solo conduzco bien yo”.
Finalmente, Fernando Lara, director de la autoescuela Lara, confirma que la personalidad del individuo es clave. Según él, la actitud durante el aprendizaje ya predice el comportamiento futuro: “La conducción es estar pendiente, no solo de lo que tú haces, sino de lo que hacen los demás”. La solución parece pasar por una mayor empatía y por recordar, como concluye Amate, que “ser amables nos facilitaría mucho la vida a todos”.