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Nos encontramos en una de las semanas más Marianas del Año. Hoy celebramos la Coronación de la Virgen. Ocho días después de su Asunción a los Cielos, María es Coronada como Reina y Señora de Cielos y tierra. Así se contempla en el Quinto Misterio Glorioso del Rosario.
La Primitiva Comunidad después de que el Concilio de Éfeso proclamase a La Virgen como Madre de Dios, también la contempló como Reina. San Efrén Siro y San Juan Damasceno, al hablar de la Madre de Dios le aplicaban el Título de Reina por la unión con su Hijo. Pero realmente todos los Padres de la Iglesia y Teólogos de la antigüedad la dan esta Dignidad.
El Pueblo Fiel el ha llamado Reina y Madre de Misericordia en el rezo de la Salve. El Papa Pío XII, después de proclamar el Dogma de La Asunción quiso completar con su Realeza, siguiendo la Tradición y, dentro de Ella, el Rosario esta conmemoración para invitar a todos los creyentes a poner su confianza en La Realeza de la Señora Soberana.
Se fija entonces para cada 31 del mes de mayo como cúspide al mes dedicado a La Madre. Pero, en la Reforma del Concilio Vaticano II se ve más propio fijarla el 22, una semana después del Misterio de su Gloriosa Asunción. Desde ese momento hasta nuestros días todos los Papas desde Juan XXIII hasta León XIV pasando por Juan Pablo II o Francisco han contemplado a Santa María Reina.
El ángel me condujo al pórtico oriental.
Vi la Gloria del Dios de Israel que venía de Oriente, con un estruendo de aguas caudalosas. La tierra se iluminó con su Gloria. Esta visión fue como la visión que había contemplado cuando
vino a destruir la ciudad, y como la visión que había contemplado a orillas del río Quebar.
Caí rostro en tierra.
La Gloria del Señor entró en el templo por la puerta oriental.
Entonces me arrebató el espíritu y me llevó al atrio interior.
La Gloria del Señor llenaba el templo.
Entonces oí a uno que me hablaba desde el templo, mientras aquel hombre seguía de pie a mi lado, y me decía:
«Hijo de hombre, este es el sitio de mi trono, el sitio donde apoyo mis pies, y donde voy a residir para siempre en medio de los hijos de Israel».
Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está cerca de los que le temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.
La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.
El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos. R/.
En aquel tiempo, habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo:
«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque Uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
En aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí.
El Señor me sacó en espíritu y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran muchísimos en el valle y estaban completamente secos.
Me preguntó:
«Hijo de hombre: ¿podrán revivir estos huesos?».
Yo respondí:
«Señor, Dios mío, tú lo sabes».
Él me dijo:
«Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: “¡Huesos secos, escuchad la palabra del Señor! Esto dice el Señor Dios a estos huesos: Yo mismo infundiré espíritu sobre vosotros y viviréis. Pondré sobre vosotros los tendones, haré crecer la carne, extenderé sobre ella la piel, os infundiré espíritu y viviréis. Y comprenderéis que yo soy el Señor”».
Yo profeticé como me había ordenado, y mientras hablaba se oyó un estruendo y los huesos se unieron entre sí. Vi sobre ellos los tendones, la carne había crecido y la piel la recubría; pero no tenían espíritu.
Entonces me dijo:
«Conjura al espíritu, conjúralo, hijo de hombre, y di al espíritu: “Esto dice el Señor Dios: ven de los cuatro vientos, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan”».
Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu y revivieron y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable.
Y me dijo:
«Hijo de hombre, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: “Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, ha perecido, estamos perdidos”. Por eso profetiza y diles: “Esto dice el Señor Dios: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra tierra y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo y lo hago” —oráculo del Señor—».
Que lo confiesen los redimidos por el Señor,
los que él rescató de la mano del enemigo,
los que reunió de todos los países:
oriente y occidente, norte y sur. R/.
Erraban por un desierto solitario,
no encontraban el camino de ciudad habitada;
pasaban hambre y sed,
se les iba agotando la vida. R/.
Pero gritaron al Señor en su angustia,
y los arrancó de la tribulación.
Los guió por un camino derecho,
para que llegaran a una ciudad habitada. R/.
Den gracias al Señor por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres.
Calmó el ansia de los sedientos,
y a los hambrientos los colmó de bienes. R/.
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».
Él le dijo:
«“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».
El siglo XX dio especialmente Pontífices Santos como el del Santoral de este día. Hoy celebramos a San Pío X. Nacido en el año 1835 en Véneto, procede de familia muy pobre. El nombre originario era Giusseppe Melcchiore Sarto.
Su penuria era tan grande que iba muchas veces descalzo a la escuela para preservar el par de zapatos que tenía para estar con él en la escuela. Su piedad caló en el Párroco de su pueblo hasta tal punto que le formó y con una beca le llevó para prepararse al Sacerdocio. Tras estudiar en el Seminario de Padua, se ordena sacerdote.
Designado Obispo de Mantua, León XIII le nombrará Patriarca de Venecia y, a su muerte, es elevado a la Silla de Pedro. Su lema episcopal fue “Restaurar todas las cosas en Cristo”. Y así vivió su ministerio episcopal y su misión papal.
Durante su Papado, especialmente luchó para que, el poder civil no interviniese en la elección de un Pontífice nunca más. Al mismo tiempo logró reconciliar la Iglesia con el Estado Italiano. Por otro lado condenó los errores del modernismo. Este devoto de la Eucaristía, promovió la lectura diaria de la Sagrada Escritura.
Su contemplación angustiada de Europa le llevó a intuir que se avecinaba la Primera Guerra Mundial. Sumido en la pena porque se veía incapaz de hacer nada, la situación le hizo enfermar. El Papa San Pío X muere en agosto del año 1914, en los comienzos del enfrentamiento bélico.
Esto dice el Señor:
«Manifestaré la santidad de mi gran nombre, profanado entre los gentiles, porque vosotros lo habéis profanado en medio de ellos.
Reconocerán las naciones que yo soy el Señor —oráculo del Señor Dios—, cuando por medio de vosotros les haga ver mi santidad.
Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra.
Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.
Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.
Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios».
Oh Dios, crea en mi un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R/.
Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R/.
En aquel tiempo, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca.
Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».
La renuncia a todas las cosas del mundo estuvo presente en el Santo que recordamos en este día. Hoy celebramos a San Bernardo de Claraval. Nacido en Dijón (Francia), en el año 1091, de niño profesa una gran devoción a Jesús y María. Su familia es de la nobleza borgoñona y él vivía en un ambiente de privilegios y comodidades.
Pero eso no le satisface. Cuando tiene ocasión abandona todas las comodidades que el correspondían por ley. A los veinte años, da un paso más, e ingresa en el Cister, en el Monasterio de Citeaux, acompañándole otros treinta amigos. En su vida monástica todos reparan en su personalidad carismática que inyecta esperanza en un carisma cisterciense decaído.
Desde ese Convento le envían a fundar a una zona inhóspita cuyo nombre lo cambiará llamándole Claraval -Valle Claro-. Su fama de santidad, le hace ser elegido Abad. Es momento de vivir más intensamente el “Ora et Labora” Benedictino para una mayor Santidad.
Pontífice y emperadores le piden que ayude en la consolidación del Viejo Continente. Cuando su salud se desgasta se retira al propio Claraval. Así se va consolidando la dulzura que adquiere gracias a la sobriedad, dejando atrás su carácter duro. Por eso se llamará “El Doctor Melifluo”.
Es momento de potenciar la oración y el trabajo. Es también una ocasión para fomentar el estudio que tanto le gustó siempre desde pequeño. Entre sus obras destacan comentarios a la Sagrada Escritura, así como algunas reflexiones sobre la Virgen. San Bernardo de Claraval muere en el año 1153. Es Doctor de la Iglesia.
Me fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza y diles:
“¡Pastores!, esto dice el Señor: Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar las ovejas?
Os coméis las partes mejores, os vestís con su lana; matáis las más gordas, pero no apacentáis el rebaño. No habéis robustecido a las débiles, ni curado a la enferma, ni vendado a la herida; no habéis recogido a la descarriada, ni buscado a la que se había perdido, sino que con fuerza y violencia las habéis dominado.
Sin pastor, se dispersaron para ser devoradas por las fieras del campo. Se dispersó mi rebaño y anda errante por montes y altos cerros; por todos los rincones del país se dispersó mi rebaño y no hay quien lo siga ni lo busque.
Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: ¡por mi vida! —oráculo del Señor Dios—; porque mi rebaño ha sido expuesto al pillaje, y a ser devorado por las fieras del campo por falta de pastor; porque mis pastores no cuidaron mi rebaño, y se apacentaron a sí mismos pero no apacentaron mi rebaño, por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor:
Esto dice el Señor Dios: Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mi rebaño, dejarán de apacentar el rebaño, y ya no podrán apacentarse a sí mismos. Libraré mi rebaño de sus fauces, para que no les sirva de alimento”».
Porque esto dice el Señor Dios:
«Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré».
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo:
“Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”.
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
“¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?».
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo:
“Id también vosotros a mi viña”.
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».
Nos acercamos en este día hasta un gran Apóstol de la Devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Hoy celebramos a San Juan Eudes. Nacido en la segunda mitad del siglo XVI, ingresa a los catorce años en el Colegio de los Jesuitas de Caen donde estudiará Teología. Posteriormente se une a la Congregación del Oratorio, fundada por el futuro Cardenal Pedro de Berullé.
Ordenado sacerdote, asiste a los enfermos de peste, encargándose también de predicar las misiones, sumando ciento diez las que llevará a cabo. Para una mejor realización de todo esto funda la Congregación de Jesús y de María. Son los Padres Eudistas.
Después abre una casa que acoja a las mujeres de mala vida que se convierten, proyecto que encomienda a las religiosas para consagrarse a los sacerdotes a quienes veía con muchas precariedades.
Esto cristalizaría en otra nueva fundación: La Orden Nuestra Señora de la Caridad del Refugio. Más tarde sería la Congregación del Buen Pastor. En los últimos tiempos de su vida escribe sobre la Virgen y su Maternidad Divina.
A pesar de muchas críticas y calumnias se mantuvo perseverante y fiel a Dios hasta el final. San Juan Eudes muere en el año 1680. Todo este Legado fue reconocido en la Iglesia. El Papa San Pío X le beatificaría y su Sucesor Pío XI sería el encargado de canonizarlo.
Me fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Esto dice el Señor Dios:
Se enalteció tu corazón y dijiste:
“Soy un dios y estoy sentado en el trono de los dioses en el corazón del mar”.
Tú que eres hombre, y no dios, pusiste tu corazón como el corazón de Dios.
Te dijiste: “Si eres más sabio que Daniel, ¡ningún enigma se te resiste!
Con tu sabiduría e inteligencia te has hecho una fortuna; acumulaste tesoros de oro y plata”.
Con tu gran habilidad para el comercio acrecentaste tu fortuna; y por tu fortuna te llenaste de presunción.
Por ello, así dice el Señor Dios:
“Por haber puesto tu corazón como el corazón de Dios, por eso, haré venir contra ti extranjeros, los más feroces de entre los pueblos.
Desenvainarán sus espadas contra tu brillante sabiduría, y profanarán tu belleza.
Te hundirán en la fosa y perecerás de muerte violenta en el corazón del mar.
¿Podrás seguir diciendo delante de tus verdugos: ‘Soy un dios’? Serás un hombre, y no un dios, en mano de los que te apuñalen.
Morirás con muerte de incircunciso, a manos de gentes extrañas.
Porque lo he dicho yo” —oráculo del Señor—».
Me dije: «Los aniquilaría,
y borraría su memoria entre los hombres».
Si no temiese las burlas del enemigo,
y la mala interpretación del adversario. R/.
No sea que digan: «Nuestra mano ha vencido,
no es el Señor quien ha hecho todo esto».
Porque es gente que ha perdido el juicio,
y que carece de inteligencia. R/.
¿Cómo puede uno perseguir a mil,
y dos poner en fuga a diez mil,
si no fuera porque los ha vendido su Roca
y el Señor los ha entregado? R/.
El día de su ruina se acerca,
y se precipita su destino.
El Señor hará justicia a su pueblo,
y tendrá piedad de sus siervos. R/.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos».
Al oírlo, los discípulos dijeron espantados:
«Entonces, ¿quién puede salvarse?».
Jesús se les quedó mirando y les dijo:
«Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».
Entonces dijo Pedro a Jesús:
«Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?».
Jesús les dijo:
«En verdad os digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.
Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros».
La mujer de este día tuvo tal fortaleza que logró de su hijo grandes favores hacia los cristianos. Hoy celebramos a Santa Elena. Su nacimiento se sitúa en Bitinia, actual Turquía en el año 248. Desde muy niña sentía horror de las persecuciones sangrientas que afectaban a a los cristianos.
Casada con el militar Constancio Cloro, de su matrimonio nace Constantino, el Emperador que estableció la libertad religiosa con el Edicto de Milán en el año 313. Poco después su marido le repudia y desprecia para casarse con otra mujer muy poderosa.
Ella lo toma como una posibilidad de realizarse. De hecho es el momento en el que esa simpatía por los seguidores de Jesús de Nazaret le cala más profundamente y se acerca hasta ellos, convirtiéndose a la Fe.
Pero muere su esposo y su hijo Constantino devuelve a su madre la dignidad perdida y la saca de su destierro forzado. Incluso le da el título de “emperatriz”. La gran bondad que tiene hace que no respire venganza contra nadie.
Todo cuando tiene lo utiliza para bien de todos. Entonces Santa Elena es ya una mujer anciana pero quiere descubrir la Verdadera Cruz de Cristo, por lo que va a Tierra Santa. Para conseguirlo, puso en cada Cruz un enfermo.
Y en la que sanó una mujer que había puesto descubrieron la Señal de que ese era el Árbol Sacro en el que murió el Señor. Allí levantó la Basílica del Santo Sepulcro y en Belén la de la Natividad. La Emperatriz Santa Elena muere hacia el año 330. Su cercanía al hijo seguramente le hace influir en él para redactar el Edicto de Milán.
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