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El Beato Stefano Sándor, en Budapest, fue un profesor laico de la Sociedad de San Francisco de Sales. Murió a sus 38 años asesinado por odio a la fe, dejando en todos sus alumnos el recuerdo de una vida dedicada al servicio y a ver cada oportunidad como una santificación en el trabajo.
La Beata Ana de San Bartolomé fue una religiosa carmelita española, mística, compañera de Santa Teresa de Jesús y difusora de la Reforma de la Orden Carmelita Descalza por Francia y los Países Bajos. Fue la hija predilecta de Santa Teresa y sus escritos muestran una espiritualidad muy profunda, llena de riquezas.
San Marcelino anunció el Evangelio con un corazón ardiente. Mostró sensibilidad a las necesidades espirituales y educativas de su época, especialmente a la ignorancia religiosa y al abandono que experimentaba particularmente la juventud. Decía: "Para educar hay que amar" y este es el lema de los educadores Maristas en todos los países del mundo. Murió en 1840, cuando su obra contaba ya con 48 colegios con 280 hermanos catequistas.
Wilfrid fue un monje en Inglaterra quien al llegar a Roma, el Papa san Gregorio II lo ordenó Obispo y cambió su nombre de pila por el de Bonifacio, enviándolo después a Germania para anunciar la de de Cristo a aquellos, pueblos donde logró ganar para la religión cristiana a mucha gente. Consumó su martirio al ser asesinado por unos paganos de un golpe con una espada en su cabeza, partiéndola en dos. Se le ha venerado como a un gran santo.
En Agnone del Abruzo, Italia, San Francisco Caracciolo, presbítero, fundador de la Orden de los Clérigos Regulares Menores, amó de modo admirable a Dios y al prójimo. Se caracterizó por su amor a los pobres, dejando su vida de lujos para ser un sacerdote al servicio de ellos. Hizo voto de humildad y vivió sus últimos días enfermo y de forma humilde.
Marcelino, presbítero, y San Pedro, exorcista, fueron mártires acerca de los cuales el Papa San Dámaso cuenta que, durante la persecución bajo el emperador Diocleciano, fueron condenados a muerte y conducidos al lugar de suplicio, y fueron además obligados a cavar su propia tumba y después degollados y enterrados ocultamente, para que no quedase rastro suyo, en el año 304.
San Justino fue un santo y mártir de los primeros años de la Iglesia. Todo aconteció aquella noche en la playa, no había amanecido. El ya entonces conocido filósofo Justino se topó durante sus cavilaciones con un enigmático anciano. Comenzaron a hablar, y al joven le sorprendió la sencillez en las maneras del abuelo y su tranquila capacidad para escuchar. Tocaron temas muy variados; el anciano le reveló que era cristiano. Justino no pudo resistirse a La Verdad. Pero, tras esa escena, tras ese inocente encuentro, una nueva chispa de inquietud nació en el interior del ilustrado, la cual, a partir de entonces, no le dejó tranquilo, y lo atrapó tanto que nunca renunció a ella, aunque eso significara morir decapitado.
Luego de que María Santísima, la nueva Arca de la Alianza, oyó del ángel Gabriel que su prima Isabel también esperaba un hijo, se sintió iluminada por el Espíritu Santo y comprendió que debería ir a visitar a aquella familia y ayudarles y llevarles las gracias y bendiciones del Hijo de Dios que se había encarnado en Ella. María no sólo fue a servir, fue a aprender a ser mamá, pues llevaba consigo a Nuestro Señor.
San Ambrosio anota que fue María la que se adelantó a saludar a Isabel puesto que es la Virgen María la que siempre se adelanta a dar demostraciones de cariño a quienes aman.
Santa Juana de Arco, virgen, escogida por Dios, aún siendo muy joven, para ser instrumento de liberación y modela de santificación para todo el reino de Francia durante el difícil periodo de la guerra de los 100 años. Doncella pura como un lirio, y valiente como el más temerario y fuerte de los guerreros, luchó recordando en cada victoria que Jesucristo es el verdadero rey de todos los pueblos. Condenada injustamente como lo fue Cristo, y enviada a la hoguera por un tribunal eclesiástico corrupto, coronó su vida de manera heroica, recibiendo la palma del martirio el 30 de mayo de 1431. Canonizada en 1920, es venerada como al santa patrona de Francia.
Santa Dymphna, virgen y mártir del siglo VII. Hija de un rey pagano y una madre cristiana fue educada por ella en la fe. Al quedarse huérfana, siendo adolescente, decide consagrarse a Nuestro Señor Jesucristo; su padre, presa de la locura por la muerte de su esposa, persigue a su hija tratando de forzarla a casarse con él. Santa Dymphna honra su promesa aceptando el martirio de manos de su padre. Es invocada como intercesora de quienes padecen enfermedades mentales, psicólogos y psiquiatras.
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