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San John Ogilvie, en Glasgow, Escocia, fue un sacerdote jesuita que se entregó diligentemente al cuidado pastoral de sus conciudadanos, hasta que, encarcelado y condenado a muerte bajo el rey Jacobo VI, durante la persecución anglicana contra los católicos, alcanzó en el patíbulo la gloriosa palma del martirio. Es conocido por la valentía con la que enfrentó todo su martirio.
Santa Francisca, del siglo XIII, fue excelente esposa y madre de familia, admirable por su piedad, humildad y paciencia. En tiempos calamitosos distribuyó sus bienes entre los pobres, asistió a los atribulados y, al quedar viuda, se retiró a vivir entre las oblatas que ella había reunido bajo la Regla de san Benito, en Roma.
San Juan de Dios, religioso del siglo XIV que, después de una vida llena de peligros en la milicia humana, prestó ayuda con constante caridad a los necesitados y enfermos en un hospital fundado por él, y se asoció a compañeros con los que constituyó después la Orden Hospitalaria San Juan de Dios. Se destacó por su extraordinaria caridad y humildad, siendo el primero en servir y el último en buscar algo para sí. Su amor por los pobres lo marcó toda su vida.
Bajo el emperador Septimio Severo en el siglo III, fueron detenidas en Cartago junto con otros jóvenes catecúmenos. Perpetua, madre de veinte años y Felícitas, su sierva, entonces embarazada, se alegraban de ser expuesta a las fieras, y de la cárcel las dos pasaron al anfiteatro con rostro alegre, como si fueran hacia el cielo.
En Paris, Santa María de la Providencia fundadora del Instituto de las Hermanas Auxiliadoras de las Almas del Purgatorio, hizo muchas labores caritativas. Se caracterizó por su carácter fuerte y por cómo tuvo que dominarlo y dejar que la obediencia y el amor reinaran en su corazón para alcanzar la santidad.
En Italia en el siglo XVIII, san Juan José de la Cruz, fue un presbítero franciscano que se caracterizó toda su vida por su vida virtuosa y vivida solo para Dios y a los demás. Su devoción a la Virgen María fue muy grande desde pequeño y la consideró siempre su madre. Vivió de gracias extraordinarias y a sus hermanos les transmitió la obediencia a Dios por amor.
San Casimiro, hijo del rey de Polonia, en el siglo XV, siendo príncipe se destacó por el celo en la fe, por la castidad y la penitencia, la benignidad hacia los pobres y la devota veneración a la Eucaristía y a la bienaventurada Virgen María. Murió joven, consumido por la tuberculosis, dejando en su vida muchas conversiones por su ejemplo de santidad. Se le invoca para conseguir la virtud de la castidad.
En Estados Unidos, en el año 1800, Santa Catalina Drexel, que venía de una de las familias más ricas de los Estados Unidos, fundó la Congregación de las Hermanas del Santísimo Sacramento, y utilizó todos los bienes de su herencia en educar y ayudar a indios y negros, fundando la primera universidad para personas afroamericanas, y muchísimas escuelas más.
Esposa y madre de 9 hijos. La vida de la Beata Concepción es una vida externamente como la de tantas otras personas que han sido también, como ella, novias, esposas, madres y viudas. ¿Qué es entonces lo que tiene de extraordinario como para que sea considerada Beata? Descúbrelo en el episodio de hoy.
En Praga, de Bohemia, en el 1200, Santa Inés, hija de un rey, renunció a las nupcias reales, deseosa de desposarse con Jesucristo. Abrazó la Regla de santa Clara en el monasterio edificado por ella misma, donde quiso vivir en plena pobreza. Permanece contemporánea nuestra por su fe cristiana y por su caridad; siendo ejemplo de santidad, prestó con energía su servicio de caridad, por amor de Dios, contemplando como en un espejo a Jesucristo.
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