La calma es uno de los tesoros más preciados para nuestro equilibrio mental pero también uno de los más elusivos, sobre todo en una sociedad que aboga por la inmediatez.
La calma es un estado de tranquilidad y serenidad. No implica que los problemas hayan desaparecido sino que no nos afectan, son simplemente como las nubes en el horizonte: sabemos que existen pero también somos conscientes de que tarde o temprano desaparecerán.
La calma nos permite responder con ecuanimidad ante las provocaciones y nos ayuda a mantener el control en medio de la tormenta, de manera que podamos tomar las mejores decisiones posibles y aprendamos a responder en vez de limitarnos a reaccionar. Es decir, a aquietar la mente, de manera que las emociones y los pensamientos no desaten tormentas interiores.
Nuestra mente no es fija, es más bien un proceso; una corriente mental. Si la mente permaneciera siempre en un pensamiento, se atascaría. El problema es que a medida que los pensamientos pasan por nuestra mente, se aseguran la continuidad. Por eso, salta continuamente de una preocupación a otra y ese flujo de negatividad no termina.
Esos hábitos mentales nos sumen en un estado de confusión y agitación muy alejados de la calma. Nuestra mente es inquieta y es uno de nuestros principales impedimentos para alcanzar la paz interior. Este “problema” se resuelve entrenando la mente en la tranquilidad.