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Or


Bajo la luz amarilla de una bombilla polvorienta
Ellos comen patatas,
La mano temblorosa las apila en un tablón
Y sobre el metal de platos percudido
Los alcanza a sus hermanos.
El combustible nuclear se agota, la deformación brutal del espacio tiempo apagó la luz, los momentos pasaron sobre su mesa de anfiteatro, sin entrever que su masa colapsaba poco a poco hasta condensarse en un punto de densidad infinita.
Me pediste ser libre y yo pensé que allí lo encontrarías, aterrizamos en la coordenada 25°47′00″N 80°13′00″O, huyendo de la melancolía, queriendo dejar atrás los inviernos y reinventarnos la ternura, por sí en este lado del universo algo quedaba a dos rabiosos inconformes.
Se fue la oscuridad, la claridad doraba hasta muy lejos. Bucles de plasma cubrían la superficie, un brillo magnético era el espectáculo de nuestros días. Los átomos solares tardaron 71 horas en alcanzarlos, una atmósfera quebrada dejaba caer partículas cargadas de rayos X. La estratosfera dejó de protegerlos. Dios no existe.
El zumbido de aquel motor retumbó en sus placeres
Salió tambaleante desde atrás de su guarida
Esquiva y alejada
Viviendo en ese alud tan blanco
Caminaba presa de su nombre cucaracha.
Malena se sentaba todos los días en la barra con su corto vestido de flecos, tan rojo como sus labios y tan intrigante como su silencio; siempre esperaba, esperaba a que alguien le brindara un trago, así estaba, siempre toda la noche, apoyada junta a la barra bajo el trípode de sus inmortales piernas blancas.
Era la quinta esencia de una masa sin nombre,
el sonido vibrante que se quedó inconcluso en alta mar,
lloraba la pena bajo la roca del risco,
emblema de lo que quiso, de lo que nunca podrá ser.
Tenía una cuchara por espada y chicharra por escuadrón.
Toda su marcha descalza, sangrante, rabiosa.
Toda una guerra escabullendo babosas y alacranes,
buscando galaxia en un cielo tenebroso y humeante.
cuento: El Relojero
Escrito por: Alejandra Valderrama
Narrado por: Leonardo Dueñas
Los relojes se apilaban en su armario, su vejez, la testaruda y la prórroga, se llenaban de polvo, su esposa lo vio, y lo redujo hace años a la habitación de servicio. Era la tarde del 7 de septiembre de 1998 y Martín Figueroa arreglaba su viejo reloj de péndulo. Tic-taac, tic-taac, tic-taac. Afuera estaba lloviendo. El funcionamiento simétrico del escape presentaba fallas.
Llevaba semanas alojado en esa cavidad oscura, su cuerpo poco a poco se fue poniendo rígido, pero aún vibraba, como si la esperanza existiera y se hubiera posado en una de sus células. De vez en cuando alguien abría la bóveda y una mano distinta, ligera y húmeda la intuía, y absorbía cuanto podía de ese diminuto instante, como un soplo de aliento o la cura para una soledad verrugosa.
“Yo lo soñé. Me dio rabia y miedo. Siempre sintonizando la misma emisora, para soportar la espera, la larga espera de mamá. 93.1 Zm, esa música de la que no entendía ni su fecha, pero me hacía sentir que los huevos se tibiaban; Nunca duros. Afuera un estruendo. La electricidad se fue y mi radio dejó de sonar, hacía mucho calor.”
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