Audiocolumna del día.
Un juez ha decidido que la mujer del presidente del Gobierno podría darse a la fuga, y para evitarlo le ha retirado el pasaporte. Uno se imagina la escena: la primera dama de España saltando la verja de la Moncloa con una maleta, rumbo a vaya usted a saber qué país sin extradición ni paparazzi. El riesgo de fuga. Como si los poderosos huyeran alguna vez de algo que no sea la cárcel, y como si en este país la cárcel fuera un destino que de verdad les amenace. Porque huir, lo que se dice huir, es cosa de pobres y de inocentes asustados. El poderoso no huye: se ausenta, se exilia a una playa, se toma un sabático en el extranjero hasta que prescribe el escándalo. Quitarle el pasaporte a quien tiene la vida entera anclada aquí —el marido en el palacio, el apellido en los papeles— es una cautela casi enternecedora, de juez que se toma en serio su oficio en un país que hace siglos dejó de tomárselo. Pero lo verdaderamente español fue la reacción. En cuanto se supo, el Gobierno en pleno descubrió de golpe dos cosas que tenía olvidadas: Twitter y la compasión. Y se lanzaron los ministros, uno tras otro, en procesión digital, a colgar su etiqueta de lealtad: "Yo con Begoña". Como un rosario. Como un padrenuestro tuiteado. Gobernar por hashtag, que es la versión moderna de aquel "¡Vivan las caenas!" con que el pueblo aclamaba al rey felón: la servidumbre, ahora, cabe en doscientos ochenta caracteres. Y uno, malpensado de oficio, repara en que esa solidaridad lacrimosa no brotó nunca por el médico en huelga, ni por el chaval que no llega a fin de mes, ni por el viejo en la lista de espera. No hubo ministro que tuiteara "Yo con la sanidad" ni "Yo con el inquilino". El hashtag de la compasión se reserva, como todo lo bueno, para la familia de arriba. También el dolor, en España, tiene clases. Dicen los suyos, dolidos, que a Zapatero no le quitaron el pasaporte y a ella sí; que hay agravio. Y razón llevan, aunque no la que creen: porque hasta dentro del poder hay primera y segunda clase, y nosotros, los de abajo, ni pasaporte de indignación tenemos que alguien se digne sellar. Que le retiren el suyo, en fin. La única que lleva semanas haciendo de verdad las maletas en este país, sin que ningún juez se lo impida, es la decencia. Y esa, para fugarse, no necesita papeles.
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