Audiocolumna del día.
El presidente nos ha revelado un misterio teológico: que uno recibe regalos sin enterarse, y que no sabe lo que le han dado hasta que vuelve a Madrid y abre la maleta. Así funcionan, ha explicado, los obsequios entre jefes de Estado: cae el presente del cielo, como el maná, y el agraciado lo descubre luego, con la sorpresa inocente del niño en la mañana de Reyes. De modo que se puede acumular un millón en alhajas igual que se acumulan paraguas olvidados en el perchero de un café: por pura distracción. Ahí está el gran privilegio del poder, el que no figura en ninguna Constitución: el derecho al despiste. El poderoso no roba ni cobra; se distrae. Le entran cosas en los bolsillos mientras mira el horizonte con cara de estadista, y solo al llegar a casa, vaya por Dios, encuentra los diamantes entre la ropa sucia. Y todo, nos asegura, en nombre de la hermandad. Bella palabra. Entre ellos siempre hay hermandad: se regalan, se telefonean, se proclaman inocentes, se guardan las espaldas y las joyas. La hermandad es el único sindicato de los que mandan, la sola cofradía que en España no conoce ni cisma ni crisis. Hermanos de presente y de presunción. Para esta gente todos los días son seis de enero. Llegan los regalos sin remite y nadie pregunta de dónde, porque preguntar sería de mal gusto, sería romper el encanto. Los Reyes Magos existen, sí: viven en Ferraz, en Génova, en cualquier despacho con caja fuerte, y dejan sus presentes en el zapato del que ya lo tiene todo. El carbón, como siempre, para los niños pobres. Porque el ciudadano de a pie no goza de ese lujo del olvido. Él cuenta sus monedas porque son pocas, declara hasta el aguinaldo, sabe con exactitud cuánto le queda para fin de mes con esa lucidez atroz que da la escasez. Nosotros nos enteramos de todo lo que entra y sale de nuestro bolsillo: es lo que separa al que paga del que recibe. La memoria del dinero es cosa de pobres; el despiste, de señores. Así que feliz Epifanía perpetua, hermanos del poder. Seguid recibiendo sin enteraros, abriendo en Madrid lo que os dieron fuera, jurándoos inocencia por teléfono. Y a los demás, a los que contamos hasta el último céntimo porque nos va en ello la vida, dejadnos al menos la única riqueza que no nos quitan: saber siempre, con precisión de pobre, lo poco que tenemos.
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