Hay un país donde, de un día para otro, un gobierno decidió abandonar su ciudad más grande y mudar toda la administración pública a un terreno vacío, en el minuto exacto que le indicaron sus astrólogos.
Hoy esa nueva capital tiene autopistas de veinte carriles casi sin autos. Ese mismo país escribe su idioma solo con curvas y círculos, por una razón que tiene que ver con hojas de palma que se rasgaban con facilidad, y produce nueve de cada diez piedras de jade que existen en el planeta.
Este episodio recorre Myanmar de punta a punta: templos budistas por miles repartidos en una sola llanura, pescadores que reman de pie con una sola pierna, una pasta amarilla que millones de personas se ponen en la cara todos los días desde hace dos mil años, y una canción de protesta que ha vuelto a sonar en las calles, con más de tres décadas de diferencia, cada vez que el país más lo necesitó.