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Torquemada, un rudo vendedor de agua, solía ir por la calle arreando su burro con tremendos azotes. La gente, acostumbrada a presenciar ese triste espectáculo, no hacía nada por impedir el suplicio y la humillación del asno, sino que se limitaba a decir: «¡Ahí van Torquemada y su burro!» Hasta que un día pasó por allí un caballero que se le acercó y le rogó que tuviera compasión del pobre animal. El pícaro aguador español se quitó la caperuza y le dijo al defensor del asno:
—¡Yo haré lo que su señoría me mande, pues no pensé que mi burro tuviera parientes en la Corte!
La respuesta burlona de Torquemada le cayó en gracia al caballero, tanto que le compró el animal y se lo llevó a su casa. El asno resultó ser un espectáculo agradable para los que se divertían en su compañía, no sólo los niños sino también los jóvenes y los adultos. Su nuevo amo lo llevaba consigo dondequiera que iba, como lo hacía antes Torquemada. Pero ahora la gente no calificaba al asno de «burro», porque no lo asociaba con la mala compañía de Torquemada. Al contrario, hablaba bien del noble animal porque iba bien acompañado. Por algo sería que a este cuento titulado «Torquemada y su asno» el gran lingüista Covarrubias de Toledo le puso el subtítulo: «De los que dondequiera que vayan, llevan en su compañía un necio pesado».
La ironía de este cuento gracioso es que quien iba mal acompañado no era Torquemada sino su asno, de modo que cuando el pobre burro cambió de amo, y por tanto de compañía, se arregló todo. Ahora la gente podía ver que, en compañía de un caballero, el burro, lejos de ser un animal despreciable, era una criatura respetable. En él se cumplía el refrán que dice: «Dime con quién andas, y te diré quién eres.»1
Ya hacía bastantes siglos que el apóstol Pablo había consignado una variante de este refrán en una de sus cartas que forman parte del Nuevo Testamento de la Biblia. Se trata de su primera carta a los presuntos cristianos en Corinto influenciados por la cultura griega y apegados a los valores sociales y prácticas paganas de los romanos en lugar de estar centrados en el amor y la unidad en Cristo. «No se dejen engañar —les escribió San Pablo—: “Las malas compañías corrompen las buenas costumbres.”»2 San Pablo sabía que conocer a Dios es andar bien acompañado, al igual que el salmista David, que dijo: «Yo no convivo con los mentirosos, ni me junto con los hipócritas; aborrezco la compañía de los malvados; no cultivo la amistad de los perversos.... Señor... tu gran amor lo tengo presente, y siempre ando en tu verdad»3. David sabía por experiencia que no hay mejor compañía que la de nuestro caballeroso Dios. Él no nos obliga a servirle; nos invita más bien a andar con Él, a disfrutar de su compañía y a cultivar su amistad por toda la eternidad.
Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
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«Una tarde, [cuando tenía unos seis años,] mientras la feria... se desenvolvía con sus ruidos y colores, mi prima llegó a donde mi abuela:
«—Mamaíta Tulita... ¿me presta al niño?... Es que quiero llevarlo a las ruedas....
»Mi abuela... contestó:
»—Pero en la Chicago no me lo vayan a encaramar, porque de ahi se desbarranca.
»Tres esquinas más allá, estaba el enamorado de la prima [esperándola]....
»La feria era una maravilla.... Allí había... pupusas, pasteles, atoles, yuca sancochada, yuca frita, ponche... Y... en el contorno cuadrado del parque, los caballitos, las voladoras, la Chicago, el gusano, los carros locos y la ola giratoria... hacían de aquel lugar un pequeño país de mentira.
»Comimos chucherías, bebimos frescos, nos subimos a la ola giratoria... y... después abordamos la Chicago. ¡Allí fue el drama!
»Mi prima y su amado se [apretujaron] el uno contra la otra, y a mí me pusieron en el extremo del reducido asiento, sin más apoyo y socorro que el pequeño barrote de madera que servía de seguridad y sostén.
»Al principio todo iba en calma. Los asientos subían y bajaban, y uno podía ver el panorama que crecía con amplitud en la ascensión y luego se iba reduciendo en el descenso. De pronto, la velocidad del aparato [aumentó] y lo que en un principio para mí fue gusto, se convirtió luego en un horror inmanejable. Las vueltas se sucedían una tras otra con vértigo, los asientos se bamboleaban, y la gente, entusiasmada o aterrorizada, daba alaridos.... Yo no paraba de gritar, a galillo abierto:
»—¡¡Pareeen, señores, pareeeeennn!!
Y trataba de aferrarme a la prima y a su caballero; pero ellos, indiferentes a la velocidad y a mi horror, permanecían atrapados en un prolongadísimo beso que sólo interrumpían para tomar aliento.
Al final del martirio, me bajé pálido, sudoroso, mareado, con fiebre. Cuando... la prima vio mi lamentable condición, se afligió.
»—No le vayas a decir a mamaíta Tulita que te subimos a la Chicago, oís. Yo le voy a decir que fue un fresco de ensalada el que se te cayó en la ropa. Te vamos a dar peseta...
»Los miré con malevolencia.
»—¡Un colón...! —exigí.
»Mi prima se le quedó viendo al amado; y el escuálido caballero no tuvo más remedio que sacar un billete de a uno que, para arreciar mi desquite, exigí que fuera de los nuevecitos.»1
Esta simpática anécdota que nos cuenta el escritor salvadoreño Francisco Andrés Escobar en su obra titulada El país de donde vengo nos recuerda lo que suele suceder cuando desobedecemos órdenes superiores y nos empeñamos en salirnos con la nuestra. En realidad, aquella prima del autor no hizo más que seguir el ejemplo de nuestros primeros padres, quienes optaron por desobedecer las órdenes explícitas que les había dado Dios. Pero Adán y Eva, a diferencia de la prima y su novio, sufrieron las consecuencias, incluso el destierro del jardín del Edén, que era mucho más atractivo que un parque de diversiones o una feria.2 Más vale que obedezcamos los mandamientos de Dios y evitemos así merecer tales consecuencias, no sea que en el día del juicio nos veamos en la lamentable condición de ser desterrados del paraíso celestial, que es aún más atractivo que el jardín del Edén.
Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
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En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net y nos autorizó a que lo citáramos, como sigue:
«Mi vida últimamente está hecha un desastre.... Tuve problemas con mi esposa, [y] estamos a principios de un divorcio.... He [adquirido] el hábito de la bebida casi todos los días, y en una de estas tantas borracheras... robé unos equipos de comunicación de un amigo. Se los devolví, pero no puedo vivir en paz con mi conciencia....
»Sé que ese es el precio de hacer las cosas malas. ¡Cómo me gustaría [conocer] un poder divino que entre en mí y me ayude a cambiar definitivamente!»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimado amigo:
»¡Qué bien que su conciencia se mantenga tan fuerte y vigorosa! Usted ahora tiene la oportunidad de hacerle caso a lo que le dice y comenzar a efectuar el cambio que desea con tanta urgencia. Sin embargo, si opta por hacer caso omiso de su conciencia, o si decide que nuestro consejo es demasiado difícil de acatar, correrá el riesgo de paralizar su conciencia y adormecerla de modo que no le sea útil en el futuro. De ser así, usted habrá destruido el sistema de alarma que Dios le dio para su propia protección....
»Se haya o no considerado un alcohólico hasta ahora, lo cierto es que usted sí lo es. Todo alcohólico que cree que puede controlar el alcohol que bebe se engaña a sí mismo. Si de veras quiere cambiar su vida, debe tomar la decisión de dejar de beber. De lo contrario, saboteará todo esfuerzo restante que tenga en mente para cambiar su vida.
»A pesar de todo, ¡hay esperanza para usted! Usted puede tener una vida mejor. Puede dejar la bebida. Miles de personas como usted han logrado vencer su adicción al alcohol por medio de la ayuda que Dios ofrece.
»Sin embargo, el cultivar una relación personal con Dios no es una píldora mágica para obtener lo que usted quiere. Si decide pedirle a Dios que lo ayude, debe ser porque usted reconoce que Él lo creó, y que planeó una vida productiva y satisfactoria para usted, y que entregó a su único Hijo para que pagara el castigo de los pecados que usted ha cometido. Usted se siente culpable por lo que ha hecho, y sabe que merece que se le castigue por eso. Pero debido a que Cristo murió por sus pecados, usted no tiene que sufrir ese castigo. Desde luego, tiene que afrontar las consecuencias (tales como encarar al amigo al que le robó el equipo), pero no tiene que pagar por la eternidad. Si se lo pide, puede aceptar el perdón que Dios le ofrece, y puede tener la seguridad de ir al cielo cuando muera.
»Dios espera que usted se esfuerce por vencer ese vicio del alcohol. Pídale que lo guíe a un grupo tal como Alcohólicos Anónimos, donde pueda tener contacto diario con otras personas que han luchado contra eso y han obtenido la victoria. Con el poder de Dios y la relación que tenga con esas personas, usted puede cambiar su presente y su futuro.
»Le deseamos lo mejor,
»Linda y Carlos Rey.»
El consejo completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, puede leerse con sólo pulsar el enlace en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego el enlace que dice: «Caso 148».
Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
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Lentas, solemnes, llenas de unción religiosa, se elevaron las bellas notas del Avemaría. La inmortal melodía de Franz Schubert, bien cantada, brotaba de los labios de Robert Solimine, joven de diecisiete años de edad.
Con los ojos cerrados, aquel joven elevaba su alma a Dios cuando, de repente, la melodía se interrumpió. Una cuerda delgada pero fuerte detuvo el canto. Con esa cuerda James Wanger, otro joven de diecinueve años de edad, estranguló a Robert, extinguiendo su voz junto con el Avemaría. Y sólo porque no podía soportar la oración de Solimine.
He aquí un caso extraño. Robert Solimine, la víctima, era una persona de profunda convicción religiosa. Trataba de hacer ver a sus amigos los resultados destructivos de una vida de drogas y de licor. Un día se le ocurrió cantarles el Avemaría. El resultado fue ira, amenaza y estrangulación.
El juez le dijo a James Wanger, el asesino: «No puedo ver lo que hay dentro de ti; pero sí veo que no hay ni arrepentimiento ni remordimiento.» Y lo condenó a cadena perpetua, con la posibilidad de solicitar la libertad condicional cuando cumpliera cincuenta y siete años.
Es difícil comprender cómo puede haber personas que en esas circunstancias no manifiestan, según lo expresó aquel juez, ni arrepentimiento ni remordimiento. Tienen la conciencia encallecida, los sentimientos muertos y un corazón de piedra, tan endurecido que no sienten nada. Respiran, viven y actúan, pero no saben lo que es sentir culpa ni pedir perdón.
Si bien el juez no podía ver el interior de James Wanger, Dios sí podía verlo. Porque Dios ve el corazón, la conciencia y los pensamientos de todos los seres humanos. Él nos ve al trasluz porque es Dios y sabe todo lo que estamos imaginando.
El apóstol Juan, viendo cómo las multitudes se acercaban a Jesucristo debido a sus milagros, escribe: «Jesús no les creía porque los conocía a todos; no necesitaba que nadie le informara nada acerca de los demás, pues él conocía el interior del ser humano» (Juan 2:24,25).
Cristo sabe lo que hay dentro de nosotros. Él sabe todo lo que pensamos y sentimos, y hasta sabe si nuestros pecados nos duelen. Sin embargo, si nos arrepentimos de todo corazón, Él corresponderá a ese arrepentimiento sincero. Es más, antes que lo expresemos con los labios, Él ya nos estará perdonando. Pero conste que tiene que ser un arrepentimiento genuino. Que la emoción del Cristo crucificado invada nuestro ser, de modo que podamos decir sinceramente: «¡Perdóname, Señor, todos mis pecados!»
Hermano Pablo
Un Mensaje a la Conciencia
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En este mensaje tratamos el caso de un joven que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio www.conciencia.net y nos autorizó a que lo citáramos, como sigue:
«[No hace mucho] caí en ansiedad y depresión.... Me esforzaba por enfocar mi mente en mis deberes, pero no podía hacerlo.... En medio de la ansiedad y depresión, aun mis oraciones se volvieron carentes de fe....
»Hace sólo dos meses, ya sin depresión y ansiedad, me examiné a la luz de la Palabra de Dios porque mi vida no reflejaba fervientemente a Cristo.... En esos momentos venían a mi mente preguntas como: “¿Habrá Dios, o todo es patraña?” ...
»Temo realmente no ser salvo de mi pecado. Mi arrepentimiento y fe aún hoy son superficiales.... Sé que es pecado [tener esas dudas]. Intento creer... en medio de la lucha con la incredulidad. Me encuentro frustrado, desesperado y confundido.»
Este es el consejo que le dio mi esposa:
«Estimado amigo:
»... La ansiedad y la depresión son emociones humanas naturales producidas por dificultades y pérdidas que experimentamos. Dios no ha prometido mantenernos libres de esa clase de problemas, pero sí ha prometido estar con nosotros durante el tiempo en que lidiamos con ellos.
»Sin embargo, a veces la falta de equilibrio en las sustancias químicas en nuestro cerebro puede hacer que la ansiedad y la depresión queden atrapadas allí de modo que nos parece que no podemos mejorarnos. Cuando eso sucede, esas emociones poderosas pueden afectar todos nuestros pensamientos. Es posible que nos lleve a dudar de que los demás se interesen en nosotros, a dudar de que valgamos algo, o dudar de que Dios aún esté con nosotros.
»Tú dices que es pecado tener esas dudas, pero nosotros no estamos de acuerdo. El dudar es humano, y es de esperarse que las dudas vengan con la ansiedad y la depresión. Algunos de los personajes más conocidos de la Biblia pasaron temporadas de luchas con las dudas. El rey David, Moisés, Elías y Tomás son algunos ejemplos. Al leer las historias de esos hombres, nos damos cuenta de que lucharon con dudas, con ansiedad y hasta con un poco de depresión. Pero Dios los escogió para que nos sirvieran de ejemplo a todos. Y así como Dios les ayudó a vencer sus dudas, sabemos que Dios nos ayudará también a nosotros.
»También dices que temes que Dios realmente no te haya salvado de tu pecado. ¿Estás arrepentido por las maneras en que has pecado? ¿Le has pedido a Dios que te perdone? ... ¿Estás procurando acercarte más a Dios cada día? Si tu respuesta a esas preguntas es afirmativa, entonces has sido salvado de tu pecado. La fe consiste en optar por creerlo aun cuando no lo sientas.
»Te recomendamos que leas el Caso 293 en www.conciencia.net para aprovechar el consejo que le dimos a alguien que, al igual que tú, estaba luchando con las dudas....»
Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo puede leerse con sólo pulsar la pestaña en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 772.
Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
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(Antevíspera del Día Mundial de la Propiedad Intelectual)
«Desde Tugui, Brasil, el gobernador Álvar Núñez Cabeza de Vaca anduvo con su gente sin hallar poblado alguno, cruzando los muchos ríos y malos pasos que había, hasta el 19 de diciembre de 1541.... Ese día llegaron a un lugar habitado por indígenas guaraníes, quienes con el jefe y hasta con las mujeres y los niños salieron muy complacidos a recibirlos al camino, a dos leguas del pueblo. Traían muchas provisiones de gallinas, patos, miel, batatas y otras frutas, maíz y harina de piñones (de la que hacen muy grandes cantidades). Porque hay en aquella tierra muy grandes pinares. Son tan grandes los pinos que cuatro hombres juntos, tendidos los brazos, no pueden abrazar uno. Son muy altos y derechos los pinos, y son muy buenos para mástiles de naves... según su tamaño. Las piñas son grandes, los piñones del tamaño de bellotas, con una cáscara grande como de castañas. En el sabor se distinguen de las de España....
»Por aquella tierra hay muchos puercos monteses y monos que comen estos piñones de la siguiente manera: Los monos se suben encima de los pinos y se agarran de la cola, y con las manos y las patas tiran muchas piñas al suelo; y cuando ya han derribado muchas, bajan a comerlas. Muchas veces ocurre que los puercos monteses están abajo aguardando a que los monos derriben las piñas, y cuando las han derribado, al tiempo que los monos bajan de los pinos a comerlas, los puercos arremeten contra ellos, se las arrebatan, y se comen los piñones. Y mientras los puercos comen, los monos dan grandes gritos desde los árboles.»
De veras que es cómico imaginarnos a aquellos monos gritando desde los árboles en son de protesta por el robo de los puercos monteses, tal como lo narra Pero Hernández, secretario del explorador español Álvar Núñez Cabeza de Vaca.1 ¡Sin duda debiéramos tener más compasión de los pobres monos, sobre todo nosotros que alguna vez hemos tenido a un mono de mascota! Y más aún los que podemos identificarnos con ellos por haber sido víctimas del despojo cometido por personas que, ya sea en carne propia o a distancia, nos han robado algo de nuestra propiedad física o intelectual que nos ha costado mucho trabajo. Es que, quiéranlo o no reconocer los culpables de ese delito, a los ojos de Dios es tan reprobable robarle una máquina de coser a una pobre viuda que se gana la vida con ella, como es condenable piratear las grabaciones de artistas musicales copiando y revendiendo sus discos compactos a precios irrisorios sin que los autores sepan siquiera lo que está sucediendo, aunque los pobres artistas lo supongan a causa de los pocos ingresos que perciben de las ventas legítimas. ¡Y ni hablar de los millares que a diario citan o copian las palabras de otros autores como si fueran suyas, ya sea en escritos o en la Internet, sin preocuparse un ápice por atribuirle autoría a esas palabras o investigar a ver quién las pronunció, dando así la impresión de que son de su propia inspiración!
Más vale que los culpables de tales robos se arrepientan sinceramente de esa violación del octavo mandamiento, no sea que en el día del juicio a Dios le toque despojarlos a su vez de lo que más vale, diciéndoles: «¡Apártense de mí, todos ustedes hacedores de injusticia!»2
Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
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(Día Internacional del Libro y del Autor y Conmemoración de la Muerte de Miguel de Cervantes)
«Fue llevado un día ante el doctor X..., [psiquiatra] notable de Río de Janeiro, un curioso enfermo, víctima de una singular manía....
»—Es preciso extraerlo —raciocinaba el loco—. El corazón es una víscera absolutamente tonta... No pasa de ser un estúpido fuelle, que sopla sangre por las arterias, en lugar de aire... La ciencia puede cambiarlo por un aparato cualquiera, que lo sustituya en su función de centro circulatorio, evitando, con todo, las regalías morales de que disfruta la tal víscera que he mencionado.
»”... Si el corazón se contentara con su papel fisiológico de fuelle, de bomba de compresión, y se estuviese allá, modestamente, en el fondo de su cárcel de costillas, trabajando oscuro y honrado en sus diástoles y sístoles, no exigiría que se me extrajese, como un obstáculo que me corrompe el organismo y la vida; pero el intruso olvida que nació para fuelle; se mete en los dominios de la existencia moral, en plena competencia con el sensato cerebro, y comete, entonces, cuanta estupidez logre hacer....
»”En la familia, el corazón produce al enamorado: un tonto; en la sociedad, al héroe: otro tonto; en la literatura, al sentimental: otro tonto; en la filosofía, al melancólico: un tonto más...
»”Ridículo, miserable, profundo, es lo propio de las víctimas del corazón....
»”Poner término a este mal me parece un deber elemental de la ciencia. Se sabe que el origen del mal está ahí, palpitando, a la altura de la cuarta y la quinta costilla...
»”Sí, mi querido doctor. ¡Ya es hora de echar mano a los frenos de la fatigada cabalgadura de don Quijote, quien va paseando desastradamente la gesticulación huesuda de su entusiasmo caballeresco por entre el escarnio de las generaciones!
»”¡Ya es hora de que termine este espectáculo del caballero de la Mancha, eternamente bueno, pero eternamente estúpido!...
»El médico, que asistía extasiado a la extraña disertación del loco, reflexionó un momento y luego dijo:
»—Esté usted tranquilo, amigo mío; no piense más en eso; voy a extirparle el corazón... voy a curarlo.1
De ahí que a este insólito cuento, que escribió en 1883 cuando tenía veinte años, el autor brasileño Raúl Pompeia le pusiera por título «El mal de Don Quijote». Curiosamente Pompeia mismo habría de fallecer doce años después, a escasos treinta y dos años de edad, en Río de Janeiro, donde había ocupado los cargos de director del Diario Oficial de la República y director de la Biblioteca Nacional.
Si bien sobra decir que al necio de este cuento de Pompeia no le convenía que ningún psiquiatra le extirpara el corazón, no está por demás señalar que sí le hubiera convenido conocer la verdad de los siguientes proverbios, escritos por el sabio Salomón, que aclaran que el corazón humano no es necesariamente ni tonto ni malo: «En el agua se refleja el rostro, y en el corazón se refleja la persona.» «El corazón entendido va tras el conocimiento; la boca de los necios se nutre de tonterías», ya que «en el corazón de los sabios mora la sabiduría, pero los necios ni siquiera la conocen.»2
Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
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(Aniversario de la Muerte de Miguel de Cervantes)
Como homenaje a Miguel de Cervantes, el poeta costarricense Félix Mata Valle escribió el siguiente soneto, que tituló «El Quijote de Cervantes»:
Crear un ser tan noble en su destino,
Opugnarle otro ser en el camino,
Y de ambos seres, juntos y distintos,
eso, que nadie osó concebir antes,
¿A qué instintos se refiere Félix Mata Valle en este soneto? A «los dos instintos» de los que Cervantes «hace que el drama de la vida brote» de los personajes principales de su novela: el instinto de vivir con la ilusión de lo posible; o, en su defecto, el instinto de vivir con la desilusión de lo probable. Así comprendemos a Don Quijote como quien vive ilusionado, y a su escudero Sancho Panza como quien vive desilusionado de la vida. «De ambos seres, juntos y distintos», como los compara y los contrasta el poeta costarricense, aprendemos, por una parte, el disfrute de la realidad virtual, y por la otra, el desencanto de la realidad actual.
Lo cierto es que ambos instintos provienen de nuestro Padre celestial, quien nos creó a su imagen y semejanza. Él llama al pan, pan, y al vino, vino cuando, consciente de que «todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia», nos dice sin rodeos: «Vengan, pongamos las cosas en claro. ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana!»2 Y consciente de que «si confesamos nuestros pecados, [Él], que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad»,3 Dios nos ofrece un destino que ni Don Quijote mismo pudo haberse imaginado.
Es que, de hacer nuestro ese destino, abrillantaremos todo lo que miremos, veremos a Cristo «venir en una nube con poder y gran gloria», y no sólo levantaremos a gran altura el pensamiento y la ilusión sino que levantaremos también la cabeza, porque sabremos que se acerca nuestra redención.4 Pues si hemos confesado con la boca que Jesucristo es el Señor, y hemos creído en el corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, no seremos jamás defraudados sino que viviremos y reinaremos con Él para siempre.5
Más vale entonces que aprovechemos el instinto de vivir desilusionados de tal modo que la desilusión por nuestro pecado nos lleve a confesárselo a Dios a fin de que recibamos su perdón, para que así aprovechemos el instinto de vivir ilusionados a tal grado que la ilusión de la vida nos lleve a disfrutar no sólo de vida plena aquí en este mundo sino también de vida eterna allá en el cielo.
Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
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(Víspera del Aniversario de la Muerte de Miguel de Cervantes)
En los capítulos 16 y 17 de la primera parte del Quijote, el ingenioso hidalgo don Quijote y su escudero Sancho Panza llegan a una venta que el hidalgo cree que es un castillo. Durante la noche, don Quijote se imagina que una joven que se topa con él en la oscuridad es una «doncella» enamorada de él. ¡Ni se le ocurre que un arriero en la misma habitación la ha estado esperando! Cuando don Quijote trata de retenerla por la fuerza, el arriero lo golpea fuertemente, y en la escaramuza que se arma, también Sancho sufre una tremenda paliza.
Al día siguiente, cuando don Quijote se despide, el ventero le pide que pague lo que le debe por el hospedaje de la noche anterior. Pero don Quijote, asombrado de que no es un castillo sino una venta, le dice al ventero que no le debe nada porque es caballero andante y tiene derecho a alojamiento; y luego sale de la venta. El ventero entonces trata de cobrarle a Sancho, quien se ha quedado atrás, pero el escudero también se niega a pagarle. Al ver lo ocurrido, unos hombres que están allí deciden mantear a Sancho. Así que lo lanzan al aire, haciéndolo saltar repetidas veces en una manta de la que están tirando por las orillas, y lo siguen manteando de esa manera hasta por fin cansarse.
Posteriormente, en el capítulo 21, una de las tantas veces que Sancho se queja de haber sido el objeto de semejante burla, don Quijote le recrimina: «Mal cristiano eres, Sancho, porque nunca olvidas la injuria que una vez te han hecho».1
Es así como, en su obra maestra, el incomparable Miguel de Cervantes se vale de su personaje principal para recordarnos la novedosa enseñanza de Jesucristo en el Sermón del Monte. Allí Cristo nos aconseja que olvidemos la injuria y amemos al injuriador.2 Es una idea revolucionaria que a simple vista parece absurda, y que sin embargo da resultado. La han comprobado millones de personas desde ese día en que Cristo la expuso, pero ha habido lamentablemente otras tantas personas que la han descartado por haberles parecido demasiado dura. Y es que lo es... si tratamos de hacerlo sin la ayuda de Dios. Él es el único que nos puede ayudar a amar hasta ese extremo. Jesucristo llevó a la práctica su enseñanza cuando perdonó a sus verdugos desde la cruenta cruz en que lo clavaron,3 y luego ayudó al mártir Esteban a hacer lo mismo cuando lo estaban apedreando.4
No optemos por el camino fácil; armémonos más bien, como Esteban, de ese amor que Cristo insistió repetidas veces que tuviéramos no solamente los unos por los otros, sino también por nuestros enemigos,5 lo cual es mil veces más difícil de practicar. Dios no promete librarnos de esos recuerdos dañinos de ofensas sufridas, pero sí promete ayudarnos a derribarlos como fortalezas al darnos poder divino para librar batallas campales contra ellos.6
Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
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(Aniversario de la Muerte de Mario Moreno «Cantinflas»)
Todo el Barrio Latino de Nueva York estuvo alborotado ese día. Hubo desfiles populares, marchas militares tocadas por magníficas bandas, banderas, confeti, cohetes y pancartas. Era el 4 de mayo de 1983.
Ese día, por iniciativa de las Naciones Unidas, Cantinflas, el popular comediante mexicano, fue declarado «Símbolo de paz y alegría de las Américas». Entre los maestros de ceremonias que animaron la celebración estuvieron otros dos grandes actores hispanos: Ricardo Montalbán y José Ferrer. Si hubieran decidido postergar la celebración diez años, habrían tenido que referirse a Cantinflas en el pretérito, ya que falleció el 20 de abril de 1993. Menos mal que aprovecharon la vida del genio artístico para celebrarla.
«No deja de tener su nota inspiradora este homenaje a Mario Moreno “Cantinflas” —comenta el Hermano Pablo algún tiempo después en Un Mensaje a la Conciencia—.... Porque es aleccionador celebrar a un hombre que sabe hacer reír y que encarna la sencillez, la bondad, la resignación del pobre, el desinterés y el altruismo.
»Indica que todavía se aprecian en el mundo las virtudes de Cantinflas. Y como Mario Moreno también en la vida real es un hombre generoso, altruista, filántropo, humilde y desinteresado —señala el Hermano Pablo—, el homenaje tiene doble significado.
»Ya he mencionado más de una vez a este famoso actor hispano —sigue disertando acerca de Cantinflas aquel admirador suyo, conocido también por su nombre artístico y no por su apellido—. Me gusta destacar que él siempre ha encarnado al hombre del pueblo, al hombre sufrido, resignado, paciente, no exento de alguna picardía, pero siempre de un gran corazón con un gran desinterés.»
Y de ahí el Hermano Pablo pasa a definirlo de un modo escueto, totalmente opuesto al estilo que hizo famoso al actor:
«En una sola palabra, Cantinflas es el hombre manso. Y la Biblia dice en uno de sus pasajes más notables: «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.»1 Palabras del Señor Jesucristo mismo en el Sermón del Monte.
»No son los generales prepotentes, ni los políticos astutos, ni los financistas sin más alma que el dólar, ni los eclesiásticos altaneros, quienes encarnan la paz y la alegría, sino los mansos....
»Jesús alabó a los mansos, a los humildes, a los pacificadores, a los resignados y a los que sienten hambre y sed de justicia, y los llamó bienaventurados», concluye el Hermano Pablo. Si queremos contar con la aprobación de Dios, más vale que nos esforcemos por imitar, al igual que Cantinflas, estas virtudes de los bienaventurados.2
Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
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