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Or


Te saludé con un abrazo fuerte, intentando inmortalizar esa magia que tienen los abrazos de aeropuerto, y pensé en todas las veces que te había atrapado entre mis brazos en ese mismo lugar. Me pareció un lindo ritual que, sin querer, ya habíamos instaurado entre nosotras.
Tu gesto cambiaba cuando me escuchabas hablar con Dalia. Esa mirada tuya que, con mucho esfuerzo, había aprendido a descifrar evidenciaba tus celos, esos que no querías aceptar.
“Ella no siente lo mismo por mí”, decía un lado de mi cabeza.
“Sus ojos me han dicho que sí, lo que siento cuando estoy con ella es enorme, es imposible que sea unilateral. Una llama no crece tanto si sólo una de las dos la alimenta”, respondía mi otro yo, con una certeza insólita.
El magnetismo que nos había unido se hizo tangible, acaparó el aire y se posó sobre nuestros cuerpos. Quise anclarme en tus ojos pero naufragué en ellos.
Pensé en ti, pensé en la posibilidad de tener la misma suerte dos noches seguidas, y sentí mariposas en el estómago tan solo de imaginarlo.
No me explicaba cómo una misma persona podía transmitirme tanta calidez y frialdad al mismo tiempo. No lograba leerte con claridad. Eras un misterio para mí, un misterio sumamente atractivo.
Quizá de ahora en adelante tendría que dejar de pensar en nosotras en plural. A fin de cuentas, ese plural sólo existía en mis sueños.
“No estás pensando claramente porque no has dormido, Anya. Estas llaves son el inicio de un sueño, disfrútalo” me dije.
Intenté disfrutarlo, pero cualquier sueño que no fueras tú me sabía a condena.
De nuevo todos a tu alrededor querían un pedacito de ti. Y ahí estaba yo, queriéndote toda.
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