“Gracias, Señor, por ser nuestro sumo y eterno sacerdote que con tu sangre preciosa nos redimiste. Gracias por ofrecerte por mí, para que yo pudiera tener esperanza y vida abundante. Gracias por la eucaristía donde me alimentas física y espiritualmente. Gracias por estar siempre intercediendo ante el Padre por mí, especialmente cuando me desvío de tus planes, que nada me aparte de ti, gracias por tu amor y cuidado. Amén.”