Hoy vamos a reflexionar sobre una verdad de nuestra fe de la cual hoy
se predica poco o nada y que desconocer esta realidad trae tanto mal,
mediocridad e indiferencia en nuestras vidas. Esta verdad es la existencia del
infierno, el ser condenado eternamente. Esta es una realidad que no es algo
inventado por la Iglesia para controlarnos o para meter miedo, sino que Jesús
mismo nos habla de su existencia.
La condición del amor es que tiene que ser libre y para nosotros para amar a alguien lo tenemos que escoger libremente, y también
para amar a Dios hay que elegir libremente amarlo. Y ahí está el precio de la
libertad, que podemos escoger no amarlo. Así el infierno es, como dice el
catecismo (1033), permanecer separados de Dios para siempre por nuestra propia
y libre elección. Es el estado de autoexclusión definitiva de la comunión con
Dios y con los bienaventurados.
Hoy en el Evangelio Jesús dice que el que crea y se bautice, se
salvará. El que no crea, se condenará. Dios no predestina a nadie a ir al
infierno, para que eso suceda es necesario un rechazo voluntario a Dios (un
pecado mortal), incluso conociendo su amor y su infinita misericordia, y
persistir en ello hasta el final. (Catecismo 1037).
Este pasaje del Evangelio ha motivado a tantos misioneros a llevar la
fe hasta los lugares más lejanos del planeta. Justo después de esta frase, se
indica que los discípulos fueron a predicar por todas partes. Esta reflexión y
nuestra fe, no tienen que estar enfocadas en evitar el infierno, sino en buscar
amar a Dios, pero si tenemos que darnos cuenta de su realidad y existencia. Y
de que testimoniar nuestra fe y amor a Dios en donde estemos no es indiferente, ya que
podemos llevar a quienes nos rodean al encuentro con Dios, y por lo tanto a su salvación.