San Francisco dice en su libro “Filotea” que quien ama, actúa con prontitud. Se
mueve, se eleva, va hacia el amado, como el águila sube rápidamente al cielo.
En cambio, los que no aman, no vuelan a Dios, hacen todas sus carreras por
tierra, y para la tierra. Aunque intentan ir a Dios van lento, pesadamente.
Y en el Evangelio de hoy vemos a un águila, vemos a Pedro que al escuchar que Juan dice
que es el Señor, salta, vuela, se pone en movimiento y va con prontitud a donde
está Jesús. Es que cuando Pedro reconoce la presencia de Jesús, sabe que no hay
nada más importante que estar con él. Pedro era pescador, y justo acababa de
pescar una gran cantidad de peces y sabe todo el trabajo que eso implica y la
posible alta ganancia que ello traerá consigo, pero todo eso es secundario al
reconocer a Jesús en la orilla. Encontró Pedro su tesoro después de haberle
negado el jueves santo, y sabe que ahora no lo perderá de nuevo. Y salta al
agua con la poca ropa que tenía y con lo fría que debería de haber estado el
agua a esas horas de la mañana.