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Han pasado ya 40 días desde la resurrección de Jesús de entre los muertos, ha estado con sus apóstoles dándole pruebas de que estaba vivo, instruyéndoles y ha llegado el momento de ascender al cielo y sentarse a la derecha del Padre. Es en los Hechos de los Apóstoles donde se nos narra con más detalle este momento de la despedida, la pregunta de sus discípulos por la restauración del reino de Israel y el mandato misionero de Jesús de ir por todo el mundo. El evangelio de S. Marcos nos ofrece en sus últimos versículos este momento de la Ascensión de Jesús, del envío y de las señales que acompañarán a quienes crean en Él. ¿Hemos descubierto en nosotros estás señales?, no son fruto de nuestros dones personales, de nuestros títulos académicos, son fruto de la presencia del Espíritu en nosotros, y posiblemente en familia hemos vivido situaciones en las que la fe en Jesús de Nazaret ha expulsado demonios, nos ha hecho hablar lenguas nuevas, hemos vivido situaciones límite y no hemos sucumbido, hemos experimentado la curación del cuerpo y del alma cuando hemos orado y hemos amado,… Jesús insiste en ir al mundo entero, no podemos quedarnos solo en nuestro lugar de “confort”, hemos de salir y anunciar la Buena Noticia de Dios que nos ama sin medida.
Es el don por el que “saboreamos” internamente a Dios.
Nos dice el papa Francisco en su audiencia del 9 de abril del 2014, no se trata sencillamente de la sabiduría humana, que es fruto del conocimiento y de la experiencia. En la Biblia se cuenta que a Salomón, en el momento de su coronación como rey de Israel, había pedido el don de la sabiduría (cf. 1 Re 3, 9). Y la sabiduría es precisamente esto: es la gracia de poder ver cada cosa con los ojos de Dios. Es sencillamente esto: es ver el mundo, ver las situaciones, las ocasiones, los problemas, todo, con los ojos de Dios. Y obviamente esto deriva de la intimidad con Dios, de la relación íntima que nosotros tenemos con Dios, de la relación de hijos con el Padre. Y el Espíritu Santo, cuando tenemos esta relación, nos da el don de la sabiduría. Cuando estamos en comunión con el Señor, el Espíritu Santo es como si transfigurara nuestro corazón y le hiciera percibir todo su calor y su predilección.
Qué bonito que en familia descubramos la belleza, el sabor de las cosas de Dios, enseñar a percibirlas, a disfrutarlas, a agradecerlas,…la familia “escuela de sabiduría” como lo fue Nazaret para Jesús, que nos dice el evangelista “crecía en sabiduría, en estatura y en gracia”.
Que la “Iglesia es santa” es el segundo atributo que confesamos en el credo sobre la Iglesia, junto a que la Iglesia es Una, Católica y Apostólica.
Nos dice el Catecismo Testigos del Señor en el tema 25, pág. 158 “Decimos que la Iglesia es santa porque es santo su fundador: Jesucristo; es santo el fin que busca: la santificación de todos los hombres; y santos los medios que Cristo ha dado para alcanzar su fin: la Palabra de Dios y los sacramentos.”
Los números del Catecismo de la Iglesia Católica que recoge este artículo son del n. 823 al n. 829.
Todos estamos llamados a la santidad, abriéndonos a la acción de la gracia en nosotros y colaborando con ella podremos dar testimonio creíble de que la Iglesia es santa, aunque está formada por pecadores, así lo recoge el Credo del Pueblo de Dios del beato Pablo VI:
“La Iglesia es, pues, santa, aunque abarque en su seno pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo.”
La caridad es el alma del santidad y tenemos el bello testimonio de Sta. Teresita del Niño Jesús que nos dice en el Manuscrito B, 3v:” Comprendí que si la Iglesia tiene un cuerpo, compuesto por diferentes miembros, el más necesario, el más noble de todos no le faltaba, comprendí que la Iglesia tenía un corazón…Y en el corazón de mi madre la Iglesia, yo seré el amor.”
¿Preparados para gustar la Mesa de la Palabra de este domingo 9 de mayo del 2021?
Los Hechos de los Apóstoles nos iluminan narrándonos como el Espíritu Santo “cayó sobre los que escuchaban las palabras de Pedro”, que eran, entre otros, Cornelio y un grupo de gentiles y Pedro les lanza una pregunta, ¿puede negarse el bautismo a quienes Dios ha ungido con su Espíritu Santo? Está claro que Dios no hace distinción.
La antífona del salmo nos acompaña: “El Señor revela a las naciones su salvación”.
Y continúa la carta de S. Juan con un mensaje cada vez más claro: ”Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios”. El amor no nace de mi mismo, no es fruto de mi esfuerzo, de mis buenas obras, de…el Amor lo pone Dios en mí, yo sencillamente tengo que compartirlo, esa es mi parte. Y continua diciéndonos: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.”
Y el evangelio de S. Juan es una gozada. Invito a releerlo como si Jesús te lo dijera a tí personalmente. Y también a releerlo como dirigiéndose personalmente a mi familia. Siente en lo más profundo de tu corazón que esas palabras están dichas para ti, para tu familia, notarás como cambia tu vida.
Podemos hablar indistintamente del don de inteligencia o de entendimiento.
El don de entendimiento, nos dice el Papa Francisco en la audiencia general del 30 de abril del 2014, que no se trata aquí de la inteligencia humana, de la capacidad intelectual de la que podemos estar más o menos dotados. Es, en cambio, una gracia que sólo el Espíritu Santo puede infundir y que suscita en el cristiano la capacidad de ir más allá del aspecto externo de la realidad y escrutar las profundidades del pensamiento de Dios y de su designio de salvación.
Se trata entender precisamente lo que más merece la pena entender. Entender a Jesús, entender su doctrina, entender a su Padre y al Espíritu. Entender por dentro, profundizar, penetrar. Ver con los ojos de Dios, entender con su mente, contemplar con su Espíritu. Reconocer la mano de Dios donde otros ven sólo circunstancias humanas, descubrir providencia en la historia, y amor en el sufrimiento.
Es muy hermoso pedir este don en familia, poder “entender” lo que estamos viviendo, poder ver con el corazón la mano providente de Dios, y hacer lectura creyente de la trayectoria realizada como matrimonio, como familia,…
Podemos acudir al Catecismo de la Iglesia Católica nn. 811-822 donde nos encontramos este artículo del Credo que vamos a ir comentando en este podcast y en los siguientes: “la Iglesia es una, santa, católica y apostólica”.
Estos cuatro atributos están inseparablemente unidos entre sí e indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión.
La Iglesia es una debido a su origen, debido a su Fundador, debida a su “alma”: El Espíritu Santo que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable comunión de fieles y une a todos en Cristo tan íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia.
Nos podemos preguntar: ¿cuáles son estos vínculos de la unidad?
- la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles;
- la celebración común del culto divina, sobre todo de los sacramentos;
- la sucesión apostólica por el sacramento del orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios.
También se afirma que muchos elementos de santificación y de verdad existen fuera de los límites de la Iglesia católica. Por ello busquemos siempre lo que nos une antes que lo que nos separa. Hagamos realidad el sueño de Jesús: “Padre que sean uno para que el mundo crea”. Cf. Jn 17, 21
El banquete de la Palabra de este domingo 2 de mayo, segundo domingo de Pascua, es muy sabrosa. En la primera lectura nos encontramos con los primeros momentos en la predicación de S. Pablo y las dificultades que tenía para ser creído en ese cambio radicar que había dado su vida de perseguidor a testigo del nombre de Jesús de Nazaret. La primera carta de S. Juan nos sigue estimulando a vivir como hijos de Dios y por ello amemos de verdad y con obras. Y por último el evangelio, del capítulo 15 versículos del 1 al 8 donde Jesús nos da una nueva imagen de quien es Él, de quien es el Padre y de quienes somos nosotros y cómo debemos vivir.
“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que da fruto lo poda (…) Permaneced en mí y yo en vosotros. Así recibe gloria mi Padre con que deis fruto abundante, así seréis discípulos míos.”
Por el bautismo hemos sido injertados en Cristo, somos parte de esa Vid, solo si permanecemos unidos a Él daremos frutos de vida, porque sin Él no podemos hacer nada. Si damos frutos de Vida sabremos que estamos unidos a la Vid verdadera y nuestros frutos contienen la semilla para que otros le conozcan, experimenten su amor, crean y unidos a Jesús continúen dando gloria al Padre.
Vamos a empezar una pequeña serie los miércoles sobre los dones del Espíritu Santo para prepararnos para ese momento tan especial dentro de Cenáculo y hoy es la presentación.
Hoy hablamos de esta identidad que tenemos como pueblo de Dios, de esta pertenencia que surge desde la Alianza del Antiguo Testamento y hasta nuestros días.
Hoy vemos cómo Jesús es el Buen Pastor, un tema perfecto para orar en familia.
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