A finales de la década de 1960, cuando Rutilio Grande quiere introducir los cambios que había propuesto en el Concilio Vaticano II para la formación del clero, la mayor parte de los obispos salvadoreños se opuso. Les pareció que era demasiado progresista. Eso obligó a Rutilio a tener que dejar el seminario San José de la Montaña y acabó en la Parroquia de Aguilares, señala Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.
Según el sacerdote jesuita, sin Rutilio Grande y otros sacerdotes que trabajaron en la línea pastoral de Medellín y el Concilio Vaticano II, Monseñor Romero no hubiera podido llevar a cabo el magisterio episcopal que llevó.
Para Álvaro Artiga, a Monseñor Romero y a Rutilio Grande los une el profundo amor por este país, el amor a los pobres que ambos encarnaban.