ZARAGOZA TE HABLA

ZARAGOZA TE HABLA

By MANUEL ALCAINEHistory
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ZARAGOZA TE HABLA episodes

  • Zaragoza te habla - Calle Cinco de Marzo
    En el radiofónico programa de hoy de esta sección de filosofía urbana de Zaragoza, os propongo primero dar un paseo en el tiempo y el espacio hasta la historia de la céntrica calle del Cinco de Marzo, para centrarnos luego en el relato de los avatares de un local de esta calle que a lo largo del siglo XX fue utilizado como frontón, cine, sala de fiestas, y pista de patinaje sobre hielo, hasta ser reconvertido en unas galerías comerciales que primero fueron aragonesas, y que perduran en la actualidad con otros propietarios multinacionales.
    Comenzamos, pues, con una breve historia de la calle del Cinco de Marzo. Como en otros casos, esta calle existe por las destrucciones acontecidas durante los asedios franceses de la ciudad en 1808-1809, y la radical remodelación urbanística realizada después. Hasta ese momento, este espacio formaba parte del enorme complejo del convento de San Francisco y de su anexo colegio de San Diego, y también de los grandes jardines traseros de la casa de la condesa de Fuentes a la que se accedía por el Coso Alto. A mediados del siglo XIX, en 1849, en esta zona se trazó la que provisionalmente fue denominada continuación de la calle de San Miguel, en terrenos desamortizados del convento de San Francisco ahora propiedad de la Diputación Provincial, la Hacienda Nacional, y una parte de la casa de los condes de Fuentes, con la idea de, como su nombre indicaba, dar continuidad a la nueva calle de San Miguel, de forma que desde el nuevo paseo de Santa Engracia se llegara en línea recta hasta la iglesia de San Ildefonso, actual de Santiago el Mayor. El mayor obstáculo a la realización de este proyecto fue el enconado proceso de expropiación de una parte de los jardines de la casa de los condes de Fuentes, que originó un pleito legal que se prolongó por diez años. Tras su resolución, y cuando la calle estaba ya a punto de abrirse al tránsito, su nombre previsto era de calle de Isabel II, aunque en 1860 ya se le dio su definitiva denominación del Cinco de Marzo, en recuerdo y homenaje a la celebrada derrota de los carlistas en su intento de hacerse con Zaragoza en 1838. El recorrido de esta calle terminaba en la plaza de Santa Fe, luego redenominada de Salamero.
    Esta nueva y céntrica calle se fue haciendo desde el principio con un carácter eminentemente comercial que perdura en nuestros días, con una buena diversidad de tiendas, almacenes y oficinas comerciales, entre las que destacaba la tienda de muebles de Luciano Loscertales, y alguna fonda como La Imperial. Entre estos comercios podía encontrarse además un local de alquiler de carruajes en el nº 5 de esta calle. A finales de la década de los años 20, este local del nº 5 se refundió con el vecino espacio del nº 3, dando lugar a un gran solar sobre el que fue proyectado en 1931 el frontón de pelota Emendek con proyecto del arquitecto Ignacio Mendizábal Lujambio, que casi al mismo tiempo estaba trabajando en el proyecto del nuevo Cine Goya de la calle de San Miguel. En 1932 fueron inaugurados el cine Goya y el Frontón Emendek, gestionado éste por una empresa de deportes y espectáculos radicada en San Sebastián. El cine Goya sobrevivió hasta 2005, cuando fue cerrado definitivamente en su versión de multicines, pero el frontón apenas llegó a cumplir los dos años: en mayo de 1934, tras las obras de transformación, reabrió como cine denominado Frontón Cinema, gestionado por la Empresa Parra y con 1.250 localidades.
    Desde esa fecha y hasta los años 50 funcionó como cine, si bien su espacio también fue utilizado para dar cabida a grandes encuentros públicos de carácter político, como por ejemplo el que tuvo lugar el 27 de noviembre de 1955, un gran acto falangista en el que el banderín de la Vieja Guardia falangista local recibió las medallas de oro de la ciudad y de la provincia, tras haberlo así decidido sus correspondientes corporaciones, la municipal y la provincial. El lugar elegido no era casual, pues ya fue el escenario del mitin realizado el 26 de enero de 1936 y en el que José Antonio Primo de Rivera vino por última vez en carne mortal a Zaragoza.
    Esta referencia nos puede dar pie para dar entrada al vergonzante cambio de nombre de la calle del Cinco de Marzo acontecido tras el golpe de Estado del 18-19 de julio de 1936, cuando las nuevas autoridades municipales impuestas decidieron que esta calle pasara a denominarse del Requeté Aragonés en pago a los apoyos del carlismo a la sublevación contra la República. En 1979, con la recuperación de la democracia municipal, esta calle recuperó su original nombre, y desde entonces es la calle del Cinco de Marzo.
    Inmediato a este Frontón Cinema, desde 1940 estuvo el original Café Niké, en el antiguo nº 7 de la calle, establecimiento que ha quedado incorporado a la historia de la cultura zaragozana de mediados del siglo XX por servir de sede, primero, de la Peña Niké, que en los años cuarenta reunió una destacada pluralidad de personalidades del mundillo cultural local de la época, y que en la década de los cincuenta se convirtió en el domicilio social de la Oficina Poética Internacional impulsada por la iniciativa del poeta Miguel Labordeta, que tuvo de oficinistas a algunos de los más floridos representantes de la cultura zaragozana del momento, con poetas, pintores, novelistas, cineastas, dramaturgos, actores, críticos, científicos, activistas culturales, diletantes y entusiastas de la cultura en general. Este café Niké sería clausurado en 1969.
    En los años 50 el Frontón Cinema fue clausurado y en sus locales se habilitó la sala de fiestas Río Club, una de las salas referentes que animaban la noche zaragozana de la época. Esto fue así hasta que en 1963 recuperó otra vez su utilidad como frontón, ahora denominado Jai Alai.
    En 1973 este frontón fue cerrado definitivamente, y se readaptó para instalar una pista de hielo llamada El Ibón donde poder practicar el patinaje desde una perspectiva lúdica y multitudinaria, que sin embargo tuvo una vida breve, pues fue clausurada pocos años después para dar paso luego a una gran tienda de Galerías Primero, que perdura hoy con otra denominación.
    15 min
  • Zaragoza te habla - Calle Cinco de Marzo
    En el radiofónico programa de hoy de esta sección de filosofía urbana de Zaragoza, os propongo primero dar un paseo en el tiempo y el espacio hasta la historia de la céntrica calle del Cinco de Marzo, para centrarnos luego en el relato de los avatares de un local de esta calle que a lo largo del siglo XX fue utilizado como frontón, cine, sala de fiestas, y pista de patinaje sobre hielo, hasta ser reconvertido en unas galerías comerciales que primero fueron aragonesas, y que perduran en la actualidad con otros propietarios multinacionales.
    Comenzamos, pues, con una breve historia de la calle del Cinco de Marzo. Como en otros casos, esta calle existe por las destrucciones acontecidas durante los asedios franceses de la ciudad en 1808-1809, y la radical remodelación urbanística realizada después. Hasta ese momento, este espacio formaba parte del enorme complejo del convento de San Francisco y de su anexo colegio de San Diego, y también de los grandes jardines traseros de la casa de la condesa de Fuentes a la que se accedía por el Coso Alto. A mediados del siglo XIX, en 1849, en esta zona se trazó la que provisionalmente fue denominada continuación de la calle de San Miguel, en terrenos desamortizados del convento de San Francisco ahora propiedad de la Diputación Provincial, la Hacienda Nacional, y una parte de la casa de los condes de Fuentes, con la idea de, como su nombre indicaba, dar continuidad a la nueva calle de San Miguel, de forma que desde el nuevo paseo de Santa Engracia se llegara en línea recta hasta la iglesia de San Ildefonso, actual de Santiago el Mayor. El mayor obstáculo a la realización de este proyecto fue el enconado proceso de expropiación de una parte de los jardines de la casa de los condes de Fuentes, que originó un pleito legal que se prolongó por diez años. Tras su resolución, y cuando la calle estaba ya a punto de abrirse al tránsito, su nombre previsto era de calle de Isabel II, aunque en 1860 ya se le dio su definitiva denominación del Cinco de Marzo, en recuerdo y homenaje a la celebrada derrota de los carlistas en su intento de hacerse con Zaragoza en 1838. El recorrido de esta calle terminaba en la plaza de Santa Fe, luego redenominada de Salamero.
    Esta nueva y céntrica calle se fue haciendo desde el principio con un carácter eminentemente comercial que perdura en nuestros días, con una buena diversidad de tiendas, almacenes y oficinas comerciales, entre las que destacaba la tienda de muebles de Luciano Loscertales, y alguna fonda como La Imperial. Entre estos comercios podía encontrarse además un local de alquiler de carruajes en el nº 5 de esta calle. A finales de la década de los años 20, este local del nº 5 se refundió con el vecino espacio del nº 3, dando lugar a un gran solar sobre el que fue proyectado en 1931 el frontón de pelota Emendek con proyecto del arquitecto Ignacio Mendizábal Lujambio, que casi al mismo tiempo estaba trabajando en el proyecto del nuevo Cine Goya de la calle de San Miguel. En 1932 fueron inaugurados el cine Goya y el Frontón Emendek, gestionado éste por una empresa de deportes y espectáculos radicada en San Sebastián. El cine Goya sobrevivió hasta 2005, cuando fue cerrado definitivamente en su versión de multicines, pero el frontón apenas llegó a cumplir los dos años: en mayo de 1934, tras las obras de transformación, reabrió como cine denominado Frontón Cinema, gestionado por la Empresa Parra y con 1.250 localidades.
    Desde esa fecha y hasta los años 50 funcionó como cine, si bien su espacio también fue utilizado para dar cabida a grandes encuentros públicos de carácter político, como por ejemplo el que tuvo lugar el 27 de noviembre de 1955, un gran acto falangista en el que el banderín de la Vieja Guardia falangista local recibió las medallas de oro de la ciudad y de la provincia, tras haberlo así decidido sus correspondientes corporaciones, la municipal y la provincial. El lugar elegido no era casual, pues ya fue el escenario del mitin realizado el 26 de enero de 1936 y en el que José Antonio Primo de Rivera vino por última vez en carne mortal a Zaragoza.
    Esta referencia nos puede dar pie para dar entrada al vergonzante cambio de nombre de la calle del Cinco de Marzo acontecido tras el golpe de Estado del 18-19 de julio de 1936, cuando las nuevas autoridades municipales impuestas decidieron que esta calle pasara a denominarse del Requeté Aragonés en pago a los apoyos del carlismo a la sublevación contra la República. En 1979, con la recuperación de la democracia municipal, esta calle recuperó su original nombre, y desde entonces es la calle del Cinco de Marzo.
    Inmediato a este Frontón Cinema, desde 1940 estuvo el original Café Niké, en el antiguo nº 7 de la calle, establecimiento que ha quedado incorporado a la historia de la cultura zaragozana de mediados del siglo XX por servir de sede, primero, de la Peña Niké, que en los años cuarenta reunió una destacada pluralidad de personalidades del mundillo cultural local de la época, y que en la década de los cincuenta se convirtió en el domicilio social de la Oficina Poética Internacional impulsada por la iniciativa del poeta Miguel Labordeta, que tuvo de oficinistas a algunos de los más floridos representantes de la cultura zaragozana del momento, con poetas, pintores, novelistas, cineastas, dramaturgos, actores, críticos, científicos, activistas culturales, diletantes y entusiastas de la cultura en general. Este café Niké sería clausurado en 1969.
    En los años 50 el Frontón Cinema fue clausurado y en sus locales se habilitó la sala de fiestas Río Club, una de las salas referentes que animaban la noche zaragozana de la época. Esto fue así hasta que en 1963 recuperó otra vez su utilidad como frontón, ahora denominado Jai Alai.
    En 1973 este frontón fue cerrado definitivamente, y se readaptó para instalar una pista de hielo llamada El Ibón donde poder practicar el patinaje desde una perspectiva lúdica y multitudinaria, que sin embargo tuvo una vida breve, pues fue clausurada pocos años después para dar paso luego a una gran tienda de Galerías Primero, que perdura hoy con otra denominación.
    15 min
  • Zaragoza te habla - Operación Colegios
    En el programa de hoy, y tras el anterior dedicado a la “Operación Cuarteles”, os propongo un recorrido por la que bien se podría denominar “Operación colegios privados”, o movimiento que comenzó en los años sesenta del pasado siglo XX, y se intensificó de forma especial en los años setenta, que dio como resultado que los principales centros educativos privados de la ciudad de titularidad confesional, aquellos a los que la élite social y económica confiaba tradicionalmente la educación de sus hijos e hijas, abandonaran en unos pocos años sus históricos emplazamientos en el centro urbano, y se trasladaran a la periferia.
    Esta gran operación fue iniciada por la confluencia de diversas circunstancias, en las que podríamos destacar dos. En primer lugar, se produjo un importante movimiento de las familias de la elite zaragozana que, al hilo de la gran explosión y crecimiento urbanístico acontecido durante el denominado “Desarrolllismo” franquista, fueron abandonando el histórico centro residencial y las zonas hasta entonces de mayor prestigio, para reubicarse en las nuevas y exclusivas urbanizaciones que comenzaron a instalarse en algunas zonas de la periferia. Ante la masificación de la ciudad compacta, buscaron otras zonas más tranquilas y exclusivas. Como consecuencia de ello, las empresas que gestionaban los colegios privados tomaron nota y, en parte, trasladaron sus negocios educativos hacia donde se habían reubicado sus potenciales consumidores, su nicho de mercado.
    En segundo lugar, hay que hacer referencia a la nueva Ley de Educación de 1970, que con sus nuevos requerimientos de espacios para la docencia y la práctica deportiva, entre otros, hizo que los históricos centros educativos, enclavados en zonas muy constreñidas dentro del tejido urbano, carecieran de la suficiente flexibilidad como para dar respuesta a las nuevas demandas de espacio. La respuesta unánime y simultánea fue, por ello, realizar una transición desde los antiguos colegios hasta nuevas ubicaciones en las que construirían los nuevos centros, confluyendo hacia los polos de desarrollo urbanístico de la periferia a través de los cuales la ciudad estaba creciendo, en instalaciones mucho más amplias, modernas y capaces de dar respuesta a todos los requerimientos de la Ley de Educación.
    De esta forma, y en paralelo, los antiguos y generalmente grandes colegios de apariencia majestuosa, que ahora parecían desfasados para las funciones educativas, dieron pie a interesantes operaciones especulativas, algunas auténticos “pelotazos” o intercambios de cromos entre los poderes del tardofranquismo, por estar enclavados en zonas muy apetitosas para el mercado inmobiliario, que terminaron convertidos bien en viviendas exclusivas, centros comerciales, o incluso imponentes sedes centrales de entidades de ahorro. Generalmente, lo obtenido por la venta de estos viejos colegios dio más que suficiente a las órdenes religiosas afectadas por la operación para construir los modernos colegios de la periferia, con todos los equipamientos requeridos para seguir siendo los centros de formación de la elite social de la ciudad.
    Como decíamos al principio, ya en los años sesenta se produjo una primera fase de esta no oficial “Operación colegios privados”, con un primer movimiento de colegios que se concentraron en la pujante nueva zona de crecimiento urbano del Polígono Romareda, Canal Imperial y Casablanca. Así, por ejemplo, fueron pioneras las Misioneras Teresianas, en el año 1963; un año después, la Sagrada Familia se instaló en el paseo de los Infantes de Aragón; en 1967 el Sagrado Corazón-Moncayo se instaló en la Vía de la Hispanidad; los Marianistas dejaron el colegio de la calle de Miguel Servet y se instalaron en 1968 en el paseo de los Reyes de Aragón; y las Esclavas del Sagrado Corazón dejaron en 1969 el decimonónico inmueble de la calle de Bilbao, que fue derribado de forma inmisericorde, y se instalaron en la Vía de la Hispanidad.
    En 1970, ya bajo la influencia de la nueva Ley de Educación, se sumaron a esta égida educativa los siguientes centros privados: el colegio del Salvador, que dejó el paseo del General Mola y se trasladó a la Romareda; las Misioneras del Sagrado Corazón dejaron ese mismo paseo y se marcharon a la carretera de Valencia; en 1972, La Salle Montemolín dejó sus instalaciones en la calle de Miguel Servet y se trasladaron a la calle de José Galiay, junto a la Granja; en 1975 el colegio de Sagrado Corazón se marchó a la avenida de los Pirineos; ese mismo año, las Escolapias de Santa Engracia dejaron la calle de Barcelona y se trasladaron al camino de Miraflores; en 1977 las Teresianas del Pilar dejaron el colegio de la calle de Zurita y se marcharon a Pinseque; ese mismo año, las Carmelitas Misioneras Teresianas de la calle de Cádiz se reubicaron en el Casablanca; en 1978, el colegio de Santa Ana dejó su histórica sede en el Coso Medio y se trasladó al paseo del Canal; finalmente, ya en el comienzo de la siguiente década los Maristas dejaron el colegio de la plaza de San Pedro Nolasco y se marcharon en 1980 a la avenida de los Pirineos.
    En conjunto, esta importante deslocalización de colegios ha constituido una orla educativa privada que rodea la ciudad a distancias que rondan los 10 Km de media del centro urbano, generando un importante tráfico rodado, bien en autobuses de servicio discrecional, o las más de las veces vehículos privados, aunque los centros del entorno de Casablanca se han visto beneficiados por la reintroducción del tranvía, que en determinadas horas se colmata de jóvenes uniformados y uniformadas que van y vienen a esos colegios.
    11 min
  • Zaragoza te habla - Operación Colegios
    En el programa de hoy, y tras el anterior dedicado a la “Operación Cuarteles”, os propongo un recorrido por la que bien se podría denominar “Operación colegios privados”, o movimiento que comenzó en los años sesenta del pasado siglo XX, y se intensificó de forma especial en los años setenta, que dio como resultado que los principales centros educativos privados de la ciudad de titularidad confesional, aquellos a los que la élite social y económica confiaba tradicionalmente la educación de sus hijos e hijas, abandonaran en unos pocos años sus históricos emplazamientos en el centro urbano, y se trasladaran a la periferia.
    Esta gran operación fue iniciada por la confluencia de diversas circunstancias, en las que podríamos destacar dos. En primer lugar, se produjo un importante movimiento de las familias de la elite zaragozana que, al hilo de la gran explosión y crecimiento urbanístico acontecido durante el denominado “Desarrolllismo” franquista, fueron abandonando el histórico centro residencial y las zonas hasta entonces de mayor prestigio, para reubicarse en las nuevas y exclusivas urbanizaciones que comenzaron a instalarse en algunas zonas de la periferia. Ante la masificación de la ciudad compacta, buscaron otras zonas más tranquilas y exclusivas. Como consecuencia de ello, las empresas que gestionaban los colegios privados tomaron nota y, en parte, trasladaron sus negocios educativos hacia donde se habían reubicado sus potenciales consumidores, su nicho de mercado.
    En segundo lugar, hay que hacer referencia a la nueva Ley de Educación de 1970, que con sus nuevos requerimientos de espacios para la docencia y la práctica deportiva, entre otros, hizo que los históricos centros educativos, enclavados en zonas muy constreñidas dentro del tejido urbano, carecieran de la suficiente flexibilidad como para dar respuesta a las nuevas demandas de espacio. La respuesta unánime y simultánea fue, por ello, realizar una transición desde los antiguos colegios hasta nuevas ubicaciones en las que construirían los nuevos centros, confluyendo hacia los polos de desarrollo urbanístico de la periferia a través de los cuales la ciudad estaba creciendo, en instalaciones mucho más amplias, modernas y capaces de dar respuesta a todos los requerimientos de la Ley de Educación.
    De esta forma, y en paralelo, los antiguos y generalmente grandes colegios de apariencia majestuosa, que ahora parecían desfasados para las funciones educativas, dieron pie a interesantes operaciones especulativas, algunas auténticos “pelotazos” o intercambios de cromos entre los poderes del tardofranquismo, por estar enclavados en zonas muy apetitosas para el mercado inmobiliario, que terminaron convertidos bien en viviendas exclusivas, centros comerciales, o incluso imponentes sedes centrales de entidades de ahorro. Generalmente, lo obtenido por la venta de estos viejos colegios dio más que suficiente a las órdenes religiosas afectadas por la operación para construir los modernos colegios de la periferia, con todos los equipamientos requeridos para seguir siendo los centros de formación de la elite social de la ciudad.
    Como decíamos al principio, ya en los años sesenta se produjo una primera fase de esta no oficial “Operación colegios privados”, con un primer movimiento de colegios que se concentraron en la pujante nueva zona de crecimiento urbano del Polígono Romareda, Canal Imperial y Casablanca. Así, por ejemplo, fueron pioneras las Misioneras Teresianas, en el año 1963; un año después, la Sagrada Familia se instaló en el paseo de los Infantes de Aragón; en 1967 el Sagrado Corazón-Moncayo se instaló en la Vía de la Hispanidad; los Marianistas dejaron el colegio de la calle de Miguel Servet y se instalaron en 1968 en el paseo de los Reyes de Aragón; y las Esclavas del Sagrado Corazón dejaron en 1969 el decimonónico inmueble de la calle de Bilbao, que fue derribado de forma inmisericorde, y se instalaron en la Vía de la Hispanidad.
    En 1970, ya bajo la influencia de la nueva Ley de Educación, se sumaron a esta égida educativa los siguientes centros privados: el colegio del Salvador, que dejó el paseo del General Mola y se trasladó a la Romareda; las Misioneras del Sagrado Corazón dejaron ese mismo paseo y se marcharon a la carretera de Valencia; en 1972, La Salle Montemolín dejó sus instalaciones en la calle de Miguel Servet y se trasladaron a la calle de José Galiay, junto a la Granja; en 1975 el colegio de Sagrado Corazón se marchó a la avenida de los Pirineos; ese mismo año, las Escolapias de Santa Engracia dejaron la calle de Barcelona y se trasladaron al camino de Miraflores; en 1977 las Teresianas del Pilar dejaron el colegio de la calle de Zurita y se marcharon a Pinseque; ese mismo año, las Carmelitas Misioneras Teresianas de la calle de Cádiz se reubicaron en el Casablanca; en 1978, el colegio de Santa Ana dejó su histórica sede en el Coso Medio y se trasladó al paseo del Canal; finalmente, ya en el comienzo de la siguiente década los Maristas dejaron el colegio de la plaza de San Pedro Nolasco y se marcharon en 1980 a la avenida de los Pirineos.
    En conjunto, esta importante deslocalización de colegios ha constituido una orla educativa privada que rodea la ciudad a distancias que rondan los 10 Km de media del centro urbano, generando un importante tráfico rodado, bien en autobuses de servicio discrecional, o las más de las veces vehículos privados, aunque los centros del entorno de Casablanca se han visto beneficiados por la reintroducción del tranvía, que en determinadas horas se colmata de jóvenes uniformados y uniformadas que van y vienen a esos colegios.
    11 min
  • Zaragoza te habla - Ciudad de cuarteles
    En la sesión de hoy os propongo un recorrido por los antiguos y abundantes cuarteles y dependencias militares que hubo en el interior y entorno más inmediato de Zaragoza, y lo que de ellos ha sido en la actualidad. Comenzaremos en el siglo XVIII, cuando el principal recinto militar en la ciudad era el castillo o fuerte de la Aljafería, de forma que buena parte de las tropas de infantería y caballería que formaban parte de la guarnición estaban instaladas en edificios circunstancialmente habilitados como dependencias cuarteleras, como la antigua casa de José de Urriés en la calle de los Predicadores, o mesones como los del Milagro, los de San Ildefonso y de San Vicente, y los de San Juan y de Santa Fe. A finales del siglo XVIII la ciudad fue dotada de su primer cuartel propiamente dicho: el de Caballería junto a la iglesia del Portillo, luego denominado del Cid.
    Ya en el siglo XIX, y tras los procesos desamortizadores, la ciudad comenzó a dotarse de una importante nómina de cuarteles, pues en ese siglo no sólo hubo guerra contra el francés: las guerras carlistas fueron también guerras civiles, y Zaragoza fue convertida en importantísima plaza armada desde 1833 y hasta 1876. De esta forma, antiguos conventos desamortizados fueron reconvertidos en cuarteles: Hernán Cortés, Trinitarios, la Victoria, el Carmen, Santa Engracia, San Lázaro, y San Agustín. Otros conventos acogieron dependencias varias del Ramo de la Guerra: el convento de San Ildefonso sería Hospital Militar, y el de las Carmelitas Descalzas, Parque de Ingenieros. El antiguo Hospital de Convalecientes fue transformado en el Cuartel de Sangenis de Pontoneros, la antigua fábrica de salitre de la calle de Pignatelli fue convertida en Parque de Artillería, y las instalaciones del Canal Imperial en la playa de Torrero fueron convertidas en el homónimo cuartel.
    En el siglo XX la nómina aumentó cuando el antiguo convento de San José, entonces Presidio, dio paso al homónimo cuartel, y en 1926 fue construido de nueva planta el enorme cuartel de Palafox. Tras la guerra de 1936-39, en la calle del Asalto fue acotado el Corral de la Leña, consolidado el cercano Depósito de Sementales, y junto al puente de Hierro se estableció el Cuartel de Automóviles del Ejército. El ejército del aire tuvo su propio acuartelamiento en San Lamberto, y en la lejana Valdespartera se habilitó un homónimo y enorme cuartel.
    A finales de los años 60 y comienzo de los 70 del pasado siglo XX, el Ayuntamiento de Zaragoza dio los primeros pasos para lo que ha pasado a la historia como “Operación Cuarteles”, es decir, la adquisición al Ministerio del Ejército de hasta 16 instalaciones ubicadas en el centro de la ciudad, en terrenos susceptibles de ser liberados para provecho de la ciudadanía, sin descuidar el aspecto de la edificación “intensa”, es decir, de la construcción de grandes bloques de viviendas. En marzo de 1973 se refrendó el convenio suscrito entre ambas administraciones, que se tradujo en la compra de esas 16 instalaciones por 1.217 millones de las antiguas pesetas, a desarrollar en seis anualidades. En cada una de ellas os voy a comentar brevemente lo que, años después, nos encontramos en cada caso.
    El primer lote fue entregado en 1974, integrado por el Cuartel de San José, el Cuartel de Automóviles, una pequeña parte del Cuartel de Torrero y el Polvorín de Torrero. El Cuartel de San José permitió la prolongación del camino de las Torres hasta el nuevo puente sobre el Ebro, ampliar viarios y calles, y nuevas viviendas. El Cuartel de Automóviles habilitó espacio para viarios, el colegio Público Tenerías, el Pabellón Deportivo Municipal Tenerías, el Centro de Salud Rebolería, y algunas viviendas. La parte cedida del Cuartel de Torrero abrió al público la calle del Barón de La Linde y permitó la prolongación de la avenida de San José hasta el Canal Imperial. Y el Polvorín de Torrero serviría para ampliar el Cementerio.
    El segundo lote, en 1975, supuso la entrega del Cuartel de Sangenis y el Corral de la Leña. El Cuartel de Sangenis alberga dependencias municipales, y permitió abrir espacios y viales públicos. El Corral de la Leña sirvió para ampliar el Parque Bruil.
    El tercer lote, en 1976, significó la entrega del Parque de Artillería, en la calle de Pignatelli, cuyo solar permitió abrir y esponjar viales, y construir el actual IES Ramón y Cajal.
    El cuarto lote, en 1977, implicó la entrega del Cuartel de Hernán Cortés, sobre cuyo solar se construyó la Biblioteca de Aragón, un parquin subterráneo, un Centro de Mayores y equipamiento municipal, además de una plaza, dura, pero plaza al fín y al cabo.
    El quinto lote, en 1978, conllevó la entrega del Palacio de la Aljafería, y los cuarteles de San Lázaro y San Agustín. La Aljafería sería cedida luego por el Ayuntamiento para albergar la sede de las Cortes de Aragón. El Cuartel de San Lázaro dio paso a una zona verde y zona de aparcamiento hasta que, al albur de la Expo 2008 se realizaron obras para dignificar la ribera y se toparon con los restos del antiguo convento mercedario, lo que obligó a modificar el proyecto. El Cuartel de San Agustín daría paso a una biblioteca pública, una nueva plaza, y el Centro de Historias de Zaragoza.
    El sexto y último lote, en 1980, significó la entrega del antiguo Gobierno Militar, el complejo deportivo de la Hípica y el Cuartel de Palafox. El antiguo Gobierno Militar albergaría varias dependencias municipales. La Hípica sería convertida en el actual Centro Deportivo Municipal Gran Vía. Y en el Cuartel Palafox se habilitaría el Centro Cívico Universidad, la Escuela municipal de Teatro, el Parque de Bomberos nº 3, y dependencias de la Policía Local.
    En 1992 el Ministerio de Defensa abandonó el Cuartel de San Lamberto, y ya en el actual siglo XXI, año 2001, firmó un convenio con el Ayuntamiento para dar paso a la urbanización y construcción de nuevas viviendas y equipamientos en la zona.
    Ese mismo año, para terminar, el Cuartel de Valdespartera fue cedido por el Ministerio de Defensa al Ayuntamiento mediante convenio para la construcción de un nuevo y homónimo barrio con casi 10.000 viviendas, la mayoría de protección oficial.
    20 min
  • Zaragoza te habla - Ciudad de cuarteles
    En la sesión de hoy os propongo un recorrido por los antiguos y abundantes cuarteles y dependencias militares que hubo en el interior y entorno más inmediato de Zaragoza, y lo que de ellos ha sido en la actualidad. Comenzaremos en el siglo XVIII, cuando el principal recinto militar en la ciudad era el castillo o fuerte de la Aljafería, de forma que buena parte de las tropas de infantería y caballería que formaban parte de la guarnición estaban instaladas en edificios circunstancialmente habilitados como dependencias cuarteleras, como la antigua casa de José de Urriés en la calle de los Predicadores, o mesones como los del Milagro, los de San Ildefonso y de San Vicente, y los de San Juan y de Santa Fe. A finales del siglo XVIII la ciudad fue dotada de su primer cuartel propiamente dicho: el de Caballería junto a la iglesia del Portillo, luego denominado del Cid.
    Ya en el siglo XIX, y tras los procesos desamortizadores, la ciudad comenzó a dotarse de una importante nómina de cuarteles, pues en ese siglo no sólo hubo guerra contra el francés: las guerras carlistas fueron también guerras civiles, y Zaragoza fue convertida en importantísima plaza armada desde 1833 y hasta 1876. De esta forma, antiguos conventos desamortizados fueron reconvertidos en cuarteles: Hernán Cortés, Trinitarios, la Victoria, el Carmen, Santa Engracia, San Lázaro, y San Agustín. Otros conventos acogieron dependencias varias del Ramo de la Guerra: el convento de San Ildefonso sería Hospital Militar, y el de las Carmelitas Descalzas, Parque de Ingenieros. El antiguo Hospital de Convalecientes fue transformado en el Cuartel de Sangenis de Pontoneros, la antigua fábrica de salitre de la calle de Pignatelli fue convertida en Parque de Artillería, y las instalaciones del Canal Imperial en la playa de Torrero fueron convertidas en el homónimo cuartel.
    En el siglo XX la nómina aumentó cuando el antiguo convento de San José, entonces Presidio, dio paso al homónimo cuartel, y en 1926 fue construido de nueva planta el enorme cuartel de Palafox. Tras la guerra de 1936-39, en la calle del Asalto fue acotado el Corral de la Leña, consolidado el cercano Depósito de Sementales, y junto al puente de Hierro se estableció el Cuartel de Automóviles del Ejército. El ejército del aire tuvo su propio acuartelamiento en San Lamberto, y en la lejana Valdespartera se habilitó un homónimo y enorme cuartel.
    A finales de los años 60 y comienzo de los 70 del pasado siglo XX, el Ayuntamiento de Zaragoza dio los primeros pasos para lo que ha pasado a la historia como “Operación Cuarteles”, es decir, la adquisición al Ministerio del Ejército de hasta 16 instalaciones ubicadas en el centro de la ciudad, en terrenos susceptibles de ser liberados para provecho de la ciudadanía, sin descuidar el aspecto de la edificación “intensa”, es decir, de la construcción de grandes bloques de viviendas. En marzo de 1973 se refrendó el convenio suscrito entre ambas administraciones, que se tradujo en la compra de esas 16 instalaciones por 1.217 millones de las antiguas pesetas, a desarrollar en seis anualidades. En cada una de ellas os voy a comentar brevemente lo que, años después, nos encontramos en cada caso.
    El primer lote fue entregado en 1974, integrado por el Cuartel de San José, el Cuartel de Automóviles, una pequeña parte del Cuartel de Torrero y el Polvorín de Torrero. El Cuartel de San José permitió la prolongación del camino de las Torres hasta el nuevo puente sobre el Ebro, ampliar viarios y calles, y nuevas viviendas. El Cuartel de Automóviles habilitó espacio para viarios, el colegio Público Tenerías, el Pabellón Deportivo Municipal Tenerías, el Centro de Salud Rebolería, y algunas viviendas. La parte cedida del Cuartel de Torrero abrió al público la calle del Barón de La Linde y permitó la prolongación de la avenida de San José hasta el Canal Imperial. Y el Polvorín de Torrero serviría para ampliar el Cementerio.
    El segundo lote, en 1975, supuso la entrega del Cuartel de Sangenis y el Corral de la Leña. El Cuartel de Sangenis alberga dependencias municipales, y permitió abrir espacios y viales públicos. El Corral de la Leña sirvió para ampliar el Parque Bruil.
    El tercer lote, en 1976, significó la entrega del Parque de Artillería, en la calle de Pignatelli, cuyo solar permitió abrir y esponjar viales, y construir el actual IES Ramón y Cajal.
    El cuarto lote, en 1977, implicó la entrega del Cuartel de Hernán Cortés, sobre cuyo solar se construyó la Biblioteca de Aragón, un parquin subterráneo, un Centro de Mayores y equipamiento municipal, además de una plaza, dura, pero plaza al fín y al cabo.
    El quinto lote, en 1978, conllevó la entrega del Palacio de la Aljafería, y los cuarteles de San Lázaro y San Agustín. La Aljafería sería cedida luego por el Ayuntamiento para albergar la sede de las Cortes de Aragón. El Cuartel de San Lázaro dio paso a una zona verde y zona de aparcamiento hasta que, al albur de la Expo 2008 se realizaron obras para dignificar la ribera y se toparon con los restos del antiguo convento mercedario, lo que obligó a modificar el proyecto. El Cuartel de San Agustín daría paso a una biblioteca pública, una nueva plaza, y el Centro de Historias de Zaragoza.
    El sexto y último lote, en 1980, significó la entrega del antiguo Gobierno Militar, el complejo deportivo de la Hípica y el Cuartel de Palafox. El antiguo Gobierno Militar albergaría varias dependencias municipales. La Hípica sería convertida en el actual Centro Deportivo Municipal Gran Vía. Y en el Cuartel Palafox se habilitaría el Centro Cívico Universidad, la Escuela municipal de Teatro, el Parque de Bomberos nº 3, y dependencias de la Policía Local.
    En 1992 el Ministerio de Defensa abandonó el Cuartel de San Lamberto, y ya en el actual siglo XXI, año 2001, firmó un convenio con el Ayuntamiento para dar paso a la urbanización y construcción de nuevas viviendas y equipamientos en la zona.
    Ese mismo año, para terminar, el Cuartel de Valdespartera fue cedido por el Ministerio de Defensa al Ayuntamiento mediante convenio para la construcción de un nuevo y homónimo barrio con casi 10.000 viviendas, la mayoría de protección oficial.
    20 min
  • Zaragoza te habla - El Duende de Zaragoza
    En la sesión de hoy os propongo un viaje al fantástico episodio del “duende” que en entre los meses de septiembre y diciembre de 1934 puso a Zaragoza en el epicentro de las noticias sensacionalistas, en tiempos del Bienio Negro de la Segunda República española. Es este un asunto que periódicamente retorna a las noticias como una más de esas historietas vinculadas con la superstición, los espíritus, fantasmas, hadas, demonios y extraterrestres, que perduran en el tiempo de forma intemporal al estar asociadas a mitos y leyendas indemostrables, pero que tienen una nutrida parroquia de creyentes y seguidores.
    El asunto lo centraremos en el entonces moderno inmueble del número 2 de la calle de Anselmo Gascón de Gotor, esquinero o chaflanero con la calle de Juan Pablo Bonet, un vial abierto poco antes para dar continuidad al nuevo puente sobre el Huerva que popularmente conocemos como “de los gitanos”, y que entonces era “de la Vía Perimetral”. La historia del duende se inicia cuando una muchacha llamada Pascuala Alcocer, que con 16 años de edad servía como doncella de un matrimonio inquilino en el segundo piso, derecha, de esa casa, comenzó a decir que de madrugada escuchaba extrañas carcajadas, y que por el día oía no menos extraños ruidos en el rellano. Pocos días después las risas y voces parecían haberse concentrado en la cocina de la casa, concretamente en el fogón, hornillo u hornilla de carbón, y también en el hueco de la chimenea. La muchacha decía que la voz o voces a ella la llamaban por su nombre, y que comenzaban sus monólogos ectoplásmicos con la perturbadora presentación "Ya estoy aquí, cobardes". Tras una temporada muy locuaz, parece ser que tras sentenciar "Voy a matar a todos los habitantes de esta maldita casa", la voz desapareció, y ya no volvieron a darse fenómenos semejantes en ese inmueble.
    Pero, mientras tanto, el episodio se había propagado como suelen hacerlo este tipo de acontecimientos, jaleados por una prensa sensacionalista ávida de noticias, entre comillas, como esta, para llenar sus páginas y vender más ejemplares. Más allá de Zaragoza, los medios escritos de distribución nacional, de otras regiones, e incluso europeos como el prestigioso periódico londinense “The Times”, se hicieron eco del suceso. Tal era la situación, que en las inmediaciones del edificio se congregaba con frecuencia un nutrido público, expectante por poder oír las tenebrosas jaculatorias del popularmente denominado “Duende de la Hornilla” o “Duende de Zaragoza”, y en alguna ocasión tuvo incluso que intervenir la Guardia de Asalto para despejar el acceso al inmueble y el tránsito por las inmediatas calles.
    Además, se realizó una investigación oficial del suceso, con registro integral del edificio incluido para tratar de dar una explicación al extraño caso, para lo cual se llegó a desalojar el edificio. También se realizaron exámenes médicos a la muchacha y familia del piso directamente afectado, y en la pertinente acta médica judicial se determinó que todas ellas eran personas “normales”. Durante esas semanas y meses, a la supuesta presencia “sobrenatural” se sumó la nutrida parroquia que se apostaba junto a la casa, a ver qué pasaba, y una creciente presencia de periodistas que cada día nutrían al público de su ración de duende gritón.
    La situación llegó a tal extremo, que la familia Palazón, residente en el piso escenario de la aparición del fenómeno, decidió mudarse de domicilio. La familia Grijalba, que hasta entonces residía en el tercer piso, ocupó el piso dejado por los Palazón, porque una altura menos, sin ascensor, no es cualquier cosa en una casa, como todo el mundo sabe. Pero aun con el cambio, parece ser que los nuevos moradores también sufrieron la vocinglera presencia, e incluso su hijo pequeño llegó a asegurar que mantenía conversaciones con ella, con la presencia. Finalmente, a comienzos del mes de diciembre de ese año, el gobernador civil de Zaragoza, Julio Otero Mirelis, cerró oficialmente el “caso del Duende”. Los testimonios que daban fe de su presencia continuaron algún tiempo más, pero poco a poco se fueron diluyendo, hasta desaparecer.
    El impacto popular en el imaginario colectivo, mediante la masiva difusión en la prensa de la época, hizo que el denominado "Duende de Zaragoza" alcanzara, a finales de 1934, proporciones homéricas. Pronto surgieron "primos" suyos en otras geografías peninsulares, y los siempre atentos plumillas se encargaron de detallar puntualmente sus andanzas, que además de las recurrentes voces extrañas, incluían actos tan materiales como el lanzamiento de piedras (Valencia), y hasta violencia física en forma de paliza propinada a algún desdichado (Castilla). El "Duende de Zaragoza" se convirtió también en el tema central de una de las carrozas que formaron parte en 1935 del domingo de carnaval en Madrid, y que desfiló por la Castellana con figuras alusivas al suceso. Indudablemente, este duende puso a Zaragoza en el mapa mundial de lo inexplicado y lo misterioso, hasta hoy.
    Las personas fanáticas de estos asuntos mantienen que el caso del Duende habría motivado la realización de una de las primeras investigaciones paranormales practicadas en España, con resultados inquietantemente positivos, e incluso con fotografías que captarían de forma irrevocable la presencia de formas fantasmales. Por supuesto, esta investigación habría sido secreta, y nadie sabe dónde estará guardada, si es que lo está, por lo que su existencia depende de la credulidad de quien se aproxime al asunto.
    Décadas después, la casa del Duende fue demolida a mediados de los años 70, y sustituida por un moderno inmueble que fue denominado “Edificio Duende”, como reza el rótulo en su fachada, un pequeño homenaje a este inquietante y fantástico episodio que hoy hemos compartido con la audiencia de este programa.
    14 min
  • Zaragoza te habla - El Duende de Zaragoza
    En la sesión de hoy os propongo un viaje al fantástico episodio del “duende” que en entre los meses de septiembre y diciembre de 1934 puso a Zaragoza en el epicentro de las noticias sensacionalistas, en tiempos del Bienio Negro de la Segunda República española. Es este un asunto que periódicamente retorna a las noticias como una más de esas historietas vinculadas con la superstición, los espíritus, fantasmas, hadas, demonios y extraterrestres, que perduran en el tiempo de forma intemporal al estar asociadas a mitos y leyendas indemostrables, pero que tienen una nutrida parroquia de creyentes y seguidores.
    El asunto lo centraremos en el entonces moderno inmueble del número 2 de la calle de Anselmo Gascón de Gotor, esquinero o chaflanero con la calle de Juan Pablo Bonet, un vial abierto poco antes para dar continuidad al nuevo puente sobre el Huerva que popularmente conocemos como “de los gitanos”, y que entonces era “de la Vía Perimetral”. La historia del duende se inicia cuando una muchacha llamada Pascuala Alcocer, que con 16 años de edad servía como doncella de un matrimonio inquilino en el segundo piso, derecha, de esa casa, comenzó a decir que de madrugada escuchaba extrañas carcajadas, y que por el día oía no menos extraños ruidos en el rellano. Pocos días después las risas y voces parecían haberse concentrado en la cocina de la casa, concretamente en el fogón, hornillo u hornilla de carbón, y también en el hueco de la chimenea. La muchacha decía que la voz o voces a ella la llamaban por su nombre, y que comenzaban sus monólogos ectoplásmicos con la perturbadora presentación "Ya estoy aquí, cobardes". Tras una temporada muy locuaz, parece ser que tras sentenciar "Voy a matar a todos los habitantes de esta maldita casa", la voz desapareció, y ya no volvieron a darse fenómenos semejantes en ese inmueble.
    Pero, mientras tanto, el episodio se había propagado como suelen hacerlo este tipo de acontecimientos, jaleados por una prensa sensacionalista ávida de noticias, entre comillas, como esta, para llenar sus páginas y vender más ejemplares. Más allá de Zaragoza, los medios escritos de distribución nacional, de otras regiones, e incluso europeos como el prestigioso periódico londinense “The Times”, se hicieron eco del suceso. Tal era la situación, que en las inmediaciones del edificio se congregaba con frecuencia un nutrido público, expectante por poder oír las tenebrosas jaculatorias del popularmente denominado “Duende de la Hornilla” o “Duende de Zaragoza”, y en alguna ocasión tuvo incluso que intervenir la Guardia de Asalto para despejar el acceso al inmueble y el tránsito por las inmediatas calles.
    Además, se realizó una investigación oficial del suceso, con registro integral del edificio incluido para tratar de dar una explicación al extraño caso, para lo cual se llegó a desalojar el edificio. También se realizaron exámenes médicos a la muchacha y familia del piso directamente afectado, y en la pertinente acta médica judicial se determinó que todas ellas eran personas “normales”. Durante esas semanas y meses, a la supuesta presencia “sobrenatural” se sumó la nutrida parroquia que se apostaba junto a la casa, a ver qué pasaba, y una creciente presencia de periodistas que cada día nutrían al público de su ración de duende gritón.
    La situación llegó a tal extremo, que la familia Palazón, residente en el piso escenario de la aparición del fenómeno, decidió mudarse de domicilio. La familia Grijalba, que hasta entonces residía en el tercer piso, ocupó el piso dejado por los Palazón, porque una altura menos, sin ascensor, no es cualquier cosa en una casa, como todo el mundo sabe. Pero aun con el cambio, parece ser que los nuevos moradores también sufrieron la vocinglera presencia, e incluso su hijo pequeño llegó a asegurar que mantenía conversaciones con ella, con la presencia. Finalmente, a comienzos del mes de diciembre de ese año, el gobernador civil de Zaragoza, Julio Otero Mirelis, cerró oficialmente el “caso del Duende”. Los testimonios que daban fe de su presencia continuaron algún tiempo más, pero poco a poco se fueron diluyendo, hasta desaparecer.
    El impacto popular en el imaginario colectivo, mediante la masiva difusión en la prensa de la época, hizo que el denominado "Duende de Zaragoza" alcanzara, a finales de 1934, proporciones homéricas. Pronto surgieron "primos" suyos en otras geografías peninsulares, y los siempre atentos plumillas se encargaron de detallar puntualmente sus andanzas, que además de las recurrentes voces extrañas, incluían actos tan materiales como el lanzamiento de piedras (Valencia), y hasta violencia física en forma de paliza propinada a algún desdichado (Castilla). El "Duende de Zaragoza" se convirtió también en el tema central de una de las carrozas que formaron parte en 1935 del domingo de carnaval en Madrid, y que desfiló por la Castellana con figuras alusivas al suceso. Indudablemente, este duende puso a Zaragoza en el mapa mundial de lo inexplicado y lo misterioso, hasta hoy.
    Las personas fanáticas de estos asuntos mantienen que el caso del Duende habría motivado la realización de una de las primeras investigaciones paranormales practicadas en España, con resultados inquietantemente positivos, e incluso con fotografías que captarían de forma irrevocable la presencia de formas fantasmales. Por supuesto, esta investigación habría sido secreta, y nadie sabe dónde estará guardada, si es que lo está, por lo que su existencia depende de la credulidad de quien se aproxime al asunto.
    Décadas después, la casa del Duende fue demolida a mediados de los años 70, y sustituida por un moderno inmueble que fue denominado “Edificio Duende”, como reza el rótulo en su fachada, un pequeño homenaje a este inquietante y fantástico episodio que hoy hemos compartido con la audiencia de este programa.
    14 min
  • Zaragoza te habla - La Quinta Julieta Gitana
    LA QUINTA JULIETA GITANA
    Hoy os propongo regresar a la ribera del Canal Imperial para aproximarnos un poco a la desdichada historia de la “Quinta Julieta gitana”. Me parece que es importante aclarar, antes que nada, que esta denominación no tiene nada que ver con la quinta de Julieta Sagols, que como recordareis ya tratamos en un programa anterior. En el caso que hoy nos ocupa, y para ubicar este poblado gitano de alguna forma comprensible, estando como estaba en las afueras de la ciudad, se hizo la referencia de que este lugar estaba “en las proximidades de Quinta Julieta”, y mediática y popularmente se quedó con esa denominación, tal vez porque muy poca gente conservaba en ese momento algún recuerdo de la histórica Quinta Julieta.
    Pero bueno, vamos a comenzar. En junio de 1980 diversas instituciones públicas (Delegación Provincial del Ministerio de Obras Pública y Transporte-MOPU, Diputación Provincial de Zaragoza, Ayuntamiento), la Asociación para la Promoción Gitana “La Paz”, y el Arzobispado-Cáritas, firmaron un convenio para tratar la erradicación del chabolismo en Zaragoza, lo que se tradujo, entre otras iniciativas, en la construcción en el año 1981 de un poblado en una parcela de 25.000 m2 que fue equívocamente denominada "Quinta Julieta", por la proximidad de la antigua quinta o torre de ese nombre junto al Canal Imperial. En ese momento, parecía una buena medida, y así fue valorada.
    De esta forma, en 1982 comenzaron a reubicarse allí las primeras de las 140 familias gitanas precedentes de situaciones de chabolismo e infravivienda localizadas en los barrios de Oliver, Castillo Palomar, La Bozada, el Arrabal, Ranillas, la Magdalena, San Pablo, La Jota, Bajo Aragón-Montemolín, y La Paz. Así, llegaron a concentrarse aproximadamente 850 personas de etnia gitana hasta entonces dispersas por pequeños núcleos en la ciudad, en unas nuevas viviendas que fueron ordenadas en viales que recibieron nombres vinculados con la cultura y etnia gitana, como la calle de Baena, Buen Debel, Buena Madre, Pascual Portolés Dihinx, Quinta Julieta, y Sol Naciente, la plaza de Drom Lachó, y la avenida de Mohenjo D'aro.
    Esta experiencia resultó fallida, cuando no traumática, por diversas circunstancias, comenzando por su propia concepción como "poblado-gueto" en las afueras de la ciudad. En 1986 se constató con toda su crudeza el fracaso de la iniciativa, con situaciones muy conflictivas cuya traslación a los medios de comunicación fue presentada en términos casi “volcánicos”, incluyendo manifestaciones vecinales de la zona de La Paz en contra de este poblado que escenificaron un conflicto social potencialmente peligroso.
    Desde el punto de vista municipal, hacía tiempo que el criterio de concentrar en un único centro a la población gitana se consideraba como una política cuestionable, y poco consistente con una política de “integración” y “normalización” social del colectivo gitano afectado. De esta forma, poco a poco las familias residentes fueron saliendo del poblado y reubicadas en otras zonas de la ciudad. En 1989 abandonaron esta zona las últimas familias, y el conjunto de viviendas fue integralmente derribado, dejando una huella que todavía es visible junto al Canal Imperial, pues este entorno sigue siendo uno de los “barbechos urbanísticos” de la ciudad, treinta años después.
    A título casi anecdótico, los nombres de los viales, con referencias a varios aspectos de la cultura e historia "calé", desaparecieron entre los cascotes de las ruinas, y no han sido recuperados para alguna de las nuevas calles de la ciudad que se han abierto desde entonces, incluyendo la propia referencia a “Quinta Julieta”.
    Personalmente, y como vecino entonces del barrio alto de San José que frecuentaba esta zona para pasear con la familia, recuerdo el estado deplorable de las denominadas “Graveras de La Paz”, junto al Canal Imperial, entonces uno de los espacios de chabolismo e infravivienda que fueron incluidos en la operación Quinta Julieta. Cada vez que pasaba por esa zona me parecía que había en el aire una sensación de tierra fronteriza, como si hubiera un umbral hacia otro mundo, tan cercano, pero tan lejano. A un lado del Canal, pasado el puente y la pasarela de San Viator, parecía que se abriera otro universo.
    Tras el traslado de las familias residentes hasta entonces en esta antigua zona de graveras, se desmantelaron las infraviviendas allí existentes, y años después el Ayuntamiento allí trazó el parque de La Paz vertebrado por la rotonda de la Villa de Pau.
    14 min

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