ZARAGOZA TE HABLA

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By MANUEL ALCAINEHistory
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ZARAGOZA TE HABLA episodes

  • Zaragoza te habla - Los grises años 50 (Libro)
    Hoy tenemos edición especial de “Zaragoza te habla”, y es que todos los días no presenta nuevo libro uno de nuestros colaboradores. Por cierto, el segundo en poco más de un año. Como digo, nuestros amigos José María Ballestín y Antonio Tausiet, justamente ayer presentaron “Memoria Visual de Zaragoza – Los grises años 50”.
    El acto tuvo lugar a las siete de la tarde en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, siendo presentado por Nicolás Espada, director del Periódico de Aragón. Tuvimos la suerte de poder asistir al acto y grabar las interesantes intervenciones de José María Ballestín y Antonio Tausiet, sus autores.
    Vamos a escuchar a continuación un par de cortes de las mismas, en donde nos hablan de su obra, su estructura, futura continuidad por décadas: Ya están trabajando en el siguiente que se ocupará de los años 60, etc.
    El libro, editado por “El Periódico de Aragón”, contiene una selección de 200 fotografías del Gran Archivo de Zaragoza Antigua (GAZA) y los magníficos textos de José María Ballestín y Antonio Tausiet. Os aseguramos que es una maravilla, nos traslada a la Zaragoza de los años 50, “Los grises años 50” que así se subtitula el libro. Todo un apasionante viaje por aquella Zaragoza más pequeña, más pobre, sin muchas florituras, pues la dictadura dejaba poco lugar a ello, pero quizás más auténtica, más compacta, con sus tranvías, su pequeño comercio (todavía no se había oído hablar de grandes superficies, ni nada de eso), sus ríos sin contaminar… En fin, una obra imprescindible, llena de guiños a los que nacimos en aquella década, pero también para los más jóvenes. Hay que conocer bien el pasado, para entender el presente y poder proyectar nuestro futuro.
    El libro sale a la venta este próximo fin de semana en quioscos y librerías al precio de 15 Euros. No os lo perdáis.
    15 min
  • Zaragoza te habla - La Plaza del Pilar
    En el programa de hoy os propongo dar un paseo por la plaza del Pilar, uno de los espacios de la ciudad más conocidos por propios y extraños que parece que sea así, tal y como la podemos pasear hoy en día, de toda la vida, como dicen los castizos. Sin embargo, a poco que se rasque, esta plaza tiene bajo esta apariencia de eternidad en el tiempo bastantes más capas que una cebolla de Fuentes, y es posible que esta de ahora no sea más que una de las más delgadas.
    No es necesario remontarnos, para comenzar, hasta los tiempos de los romanos, cuando tras la fundación de la colonia de Cesaraugusta en este entorno se levantó un gran foro y se trazaron un par de espacios abiertos o plazas con sendos templos dedicados a las divinidades de la época. O a los siglos de la Saraqusta musulmana, en los que este fue el barrio mozárabe vertebrado junto al primitiva iglesia y fosal de Santa María del Pilar. Podríamos empezar, por ello, con la estructura de esta plaza desde que la ciudad fue denominada Saragoça a partir de la conquista cristiana de 1118. Entonces, la impronta principal la marcaba el nuevo templo románico de Santa María la Mayor, cuya pared norte estaba adosada a la antigua muralla de piedra de la ciudad, en la que poco a poco se iban abriendo postigos o trenques para dar paso a la ribera del Ebro. La fachada sur de esta iglesia se abría a una pequeña plaza de irregular trazado desde la que hacia el oeste, y tras varias manzanas de casas, se llegaba al complejo hospitalario de San Juan y al hospicio y convento de San Antón. Hacia el sur, y por la calle del Mesón de los Navarros, se accedía al enrevesado trazado de recoletas calles que por varios postigos y puertas en la muralla daban paso al Coso, que entonces se denominaba por tramos, en función del gremio que tuviera más presencia en esa zona: Coso de Sogueros, de Carabaceros, de Pelliceros, de Zurradores... Desde la plaza y hacia el este, la calle de Santa María la Mayor desembocaba en la calle de la Cuchillería, donde estaban las Casas del Puente o antiguo Ayuntamiento, y la puerta del Puente Mayor de Piedra. La plaza de La Seo, continuación, era apenas un pequeño espacio delimitado por dos manzanas de viviendas y la catedral de San Salvador.
    Tal vez los cambios más destacados que después se produjeron en esta zona tienen que ver con los sucesivos recrecimientos en tamaño de la primitiva iglesia del Pilar y sus afecciones sobre el entorno. Así, y a principios del siglo XVI fue levantado un nuevo y más grande templo en estilo gótico-mudéjar, que es el aparece en la sensacional vista de Zaragoza realizada en 1563 por Anton van den Wyngaerde. Apenas cien años después de este dibujo, fue planeada una nueva ampliación del templo, pero esta vez de un tamaño que desbordaba los límites físicos donde se pretendía instalarlo: no sólo ya la antigua muralla de piedra, sino incluso la propia orilla de la ribera del río Ebro. Con toneladas y toneladas de materiales de relleno depositados junto a la ribera, finalmente se ganó el terreno suficiente para poder construir el nuevo templo proyectado, modificando con ello el cauce y hasta el curso del río, de forma que aún hoy en día es perceptible en este punto el trazado no natural del Ebro.
    Tras este laborioso trabajo preliminar, a finales del siglo XVII comenzaron las obras del nuevo templo, prácticamente terminado en 1750, si bien con una sola torre, e inacabada. El entorno de la plaza del Pilar se había consolidado, mientras tanto, como una zona comercial con presencia de botigas o tiendas, el mercado de pescado de la ciudad, y varias posadas y mesones. Además, por su importancia y prestigio social, esta zona se había convertido en una de las más apetecibles para los altos estamentos sociales, con notable presencia de grandes casas de nobles e hidalgos, como la de Hugo de Urriés, la del marqués de Lierta, la de Gabriel Sánchez, la del marqués de Villaba, la de Esmir, y la de los marqueses de Villafranca, todas ellas derribadas luego. Finalmente, destacaba también la presencia del colegio agustino de San Nicolás Tolentino, después también derribado.
    El trazado urbano de esta plaza se mantuvo prácticamente intacto durante el siglo XIX. Decimos prácticamente porque a mediados de siglo tuvo lugar la apertura de la calle de Alfonso I desde el Coso, por entre las casas de la antigua malla de calles y callejas, que fueron derribadas para dar paso a este nuevo y burgués vial, configurándose desde entonces como el principal acceso a la plaza. Mientras, la plaza de la Seo fue ensanchada derribando algunas antiguas manzanas de viviendas, configurando el espacio que ha llegado a nuestros días. A finales de ese siglo, ambas plazas fueron hermoseadas con jardines, árboles y quioscos, y en la plaza de la Seo se instaló la Fuente de la Samaritana. Ya en el siglo XX, el espacio resultante tras el derribo de la manzana de viejas viviendas entre la calle de los Agustinos y de la Regla, se convirtió en la nueva plaza de Huesca, junto a San Juan de los Panetes.
    La transformación más radical de este espacio comenzó cuando el nuevo Ayuntamiento establecido tras el golpe de estado de 1936 aprobó iniciar las obras para unir las plazas de Huesca, del Pilar, y de la Seo en un solo y magno escenario que fue denominado plaza de las Catedrales. Para ello, se derribaron las manzanas de casas a ambos lados de la antigua plaza del Pilar, desapareciendo calles como la del Pilar y la de Latassa. Además, el derribo de las casas entre el Pilar y la Lonja configuró un espacio donde se proyectó construir el nuevo ayuntamiento. En todas estas casas derribadas vivía gente, que se vio obligada a coger sus bártulos y desplazarse a otras zonas de la ciudad.
    Este macroproyecto mantenía además la proyectada prolongación del paseo de la Independencia por el Casco Viejo hasta la nueva plaza del Pilar, desembocando junto al nuevo edificio del Gobierno Civil, donde incluso se puso una placa indicativa como muestra de confianza en esta prolongación. En su extremo oeste se construyeron un edificio y la hospedería del Cabildo del Pilar, el Convento de las Hijas de la Caridad de Santa Ana y la Tienda Económica, y se proyectó el monumento A los héroes y mártires de Zaragoza. Caídos en la Cruzada de Liberación 1936-1939 como corolario visual al espacio de la nueva plaza concebido como escenario propicio para las demostraciones patrióticas y confesionales del nuevo régimen franquista. Tal vez por la presencia de la calle de Don Jaime I, cuyo tranviario tránsito dejaba cortada a la plaza de la Seo, ésta fue finalmente preservada con su aspecto de glorieta arbolada, aunque una posterior reforma, de la que hoy no hablaremos, tal vez en otra ocasión, la transformó completamente
    22 min
  • Zaragoza te habla - La Plaza del Pilar
    En el programa de hoy os propongo dar un paseo por la plaza del Pilar, uno de los espacios de la ciudad más conocidos por propios y extraños que parece que sea así, tal y como la podemos pasear hoy en día, de toda la vida, como dicen los castizos. Sin embargo, a poco que se rasque, esta plaza tiene bajo esta apariencia de eternidad en el tiempo bastantes más capas que una cebolla de Fuentes, y es posible que esta de ahora no sea más que una de las más delgadas.
    No es necesario remontarnos, para comenzar, hasta los tiempos de los romanos, cuando tras la fundación de la colonia de Cesaraugusta en este entorno se levantó un gran foro y se trazaron un par de espacios abiertos o plazas con sendos templos dedicados a las divinidades de la época. O a los siglos de la Saraqusta musulmana, en los que este fue el barrio mozárabe vertebrado junto al primitiva iglesia y fosal de Santa María del Pilar. Podríamos empezar, por ello, con la estructura de esta plaza desde que la ciudad fue denominada Saragoça a partir de la conquista cristiana de 1118. Entonces, la impronta principal la marcaba el nuevo templo románico de Santa María la Mayor, cuya pared norte estaba adosada a la antigua muralla de piedra de la ciudad, en la que poco a poco se iban abriendo postigos o trenques para dar paso a la ribera del Ebro. La fachada sur de esta iglesia se abría a una pequeña plaza de irregular trazado desde la que hacia el oeste, y tras varias manzanas de casas, se llegaba al complejo hospitalario de San Juan y al hospicio y convento de San Antón. Hacia el sur, y por la calle del Mesón de los Navarros, se accedía al enrevesado trazado de recoletas calles que por varios postigos y puertas en la muralla daban paso al Coso, que entonces se denominaba por tramos, en función del gremio que tuviera más presencia en esa zona: Coso de Sogueros, de Carabaceros, de Pelliceros, de Zurradores... Desde la plaza y hacia el este, la calle de Santa María la Mayor desembocaba en la calle de la Cuchillería, donde estaban las Casas del Puente o antiguo Ayuntamiento, y la puerta del Puente Mayor de Piedra. La plaza de La Seo, continuación, era apenas un pequeño espacio delimitado por dos manzanas de viviendas y la catedral de San Salvador.
    Tal vez los cambios más destacados que después se produjeron en esta zona tienen que ver con los sucesivos recrecimientos en tamaño de la primitiva iglesia del Pilar y sus afecciones sobre el entorno. Así, y a principios del siglo XVI fue levantado un nuevo y más grande templo en estilo gótico-mudéjar, que es el aparece en la sensacional vista de Zaragoza realizada en 1563 por Anton van den Wyngaerde. Apenas cien años después de este dibujo, fue planeada una nueva ampliación del templo, pero esta vez de un tamaño que desbordaba los límites físicos donde se pretendía instalarlo: no sólo ya la antigua muralla de piedra, sino incluso la propia orilla de la ribera del río Ebro. Con toneladas y toneladas de materiales de relleno depositados junto a la ribera, finalmente se ganó el terreno suficiente para poder construir el nuevo templo proyectado, modificando con ello el cauce y hasta el curso del río, de forma que aún hoy en día es perceptible en este punto el trazado no natural del Ebro.
    Tras este laborioso trabajo preliminar, a finales del siglo XVII comenzaron las obras del nuevo templo, prácticamente terminado en 1750, si bien con una sola torre, e inacabada. El entorno de la plaza del Pilar se había consolidado, mientras tanto, como una zona comercial con presencia de botigas o tiendas, el mercado de pescado de la ciudad, y varias posadas y mesones. Además, por su importancia y prestigio social, esta zona se había convertido en una de las más apetecibles para los altos estamentos sociales, con notable presencia de grandes casas de nobles e hidalgos, como la de Hugo de Urriés, la del marqués de Lierta, la de Gabriel Sánchez, la del marqués de Villaba, la de Esmir, y la de los marqueses de Villafranca, todas ellas derribadas luego. Finalmente, destacaba también la presencia del colegio agustino de San Nicolás Tolentino, después también derribado.
    El trazado urbano de esta plaza se mantuvo prácticamente intacto durante el siglo XIX. Decimos prácticamente porque a mediados de siglo tuvo lugar la apertura de la calle de Alfonso I desde el Coso, por entre las casas de la antigua malla de calles y callejas, que fueron derribadas para dar paso a este nuevo y burgués vial, configurándose desde entonces como el principal acceso a la plaza. Mientras, la plaza de la Seo fue ensanchada derribando algunas antiguas manzanas de viviendas, configurando el espacio que ha llegado a nuestros días. A finales de ese siglo, ambas plazas fueron hermoseadas con jardines, árboles y quioscos, y en la plaza de la Seo se instaló la Fuente de la Samaritana. Ya en el siglo XX, el espacio resultante tras el derribo de la manzana de viejas viviendas entre la calle de los Agustinos y de la Regla, se convirtió en la nueva plaza de Huesca, junto a San Juan de los Panetes.
    La transformación más radical de este espacio comenzó cuando el nuevo Ayuntamiento establecido tras el golpe de estado de 1936 aprobó iniciar las obras para unir las plazas de Huesca, del Pilar, y de la Seo en un solo y magno escenario que fue denominado plaza de las Catedrales. Para ello, se derribaron las manzanas de casas a ambos lados de la antigua plaza del Pilar, desapareciendo calles como la del Pilar y la de Latassa. Además, el derribo de las casas entre el Pilar y la Lonja configuró un espacio donde se proyectó construir el nuevo ayuntamiento. En todas estas casas derribadas vivía gente, que se vio obligada a coger sus bártulos y desplazarse a otras zonas de la ciudad.
    Este macroproyecto mantenía además la proyectada prolongación del paseo de la Independencia por el Casco Viejo hasta la nueva plaza del Pilar, desembocando junto al nuevo edificio del Gobierno Civil, donde incluso se puso una placa indicativa como muestra de confianza en esta prolongación. En su extremo oeste se construyeron un edificio y la hospedería del Cabildo del Pilar, el Convento de las Hijas de la Caridad de Santa Ana y la Tienda Económica, y se proyectó el monumento A los héroes y mártires de Zaragoza. Caídos en la Cruzada de Liberación 1936-1939 como corolario visual al espacio de la nueva plaza concebido como escenario propicio para las demostraciones patrióticas y confesionales del nuevo régimen franquista. Tal vez por la presencia de la calle de Don Jaime I, cuyo tranviario tránsito dejaba cortada a la plaza de la Seo, ésta fue finalmente preservada con su aspecto de glorieta arbolada, aunque una posterior reforma, de la que hoy no hablaremos, tal vez en otra ocasión, la transformó completamente
    22 min
  • Zaragoza te habla - Antiguos lavaderos
    En el programa de hoy vamos a retomar un asunto al que nos referimos hace unos cuantos programas, cuando hablamos del lavadero de “La Balseta” del barrio de San José, si bien ahora os proponemos ampliar el foco y recuperar la memoria de otros lavaderos que durante los siglos XIX y XX funcionaron en Zaragoza, en unas ubicaciones que posiblemente llamen la atención, si bien eran perfectamente coherentes con el tamaño y distribución de espacios de la ciudad de la época.
    Lo cierto es que a diferencia de lo que sucedía en los pueblos y lugares de Aragón, donde la memoria de los lavaderos públicos se podía rastrear al menos hasta el siglo XVI, Zaragoza no contó con lavaderos públicos hasta el siglo XIX. Unas estrictas Ordenanzas Municipales de finales del siglo XVIII prohibían lavar ropa en la ribera del Ebro desde el molino y la puerta de Sancho hasta bien pasado el puente de Tablas, además de en las principales acequias que surtían de agua a la ciudad (como la de la Almozara, la Romareda, las Adulas), y por supuesto en el río Huerva. Como atestigua el cuadro de Juan Bautista del Mazo titulado “Vista de Zaragoza en 1653”, que incluye lavanderas trajinando ropa en la margen derecha del Ebro junto al puente de Piedra, esta era práctica habitual que quedó prohibida desde 1794.
    Por eso, el primer lavadero público de Zaragoza, denominado de los Puentecicos, tuvo que emplazarse en 1818 en la margen izquierda del río Ebro, entre la arboleda de Macanaz y el camino de la Hortilla, abastecido por el escorredero de agua de las Balsas de Ebro Viejo.
    Años después, al albur del tirón urbanístico del Salón de Santa Engracia y el comienzo de la expansión de la ciudad hacia el sur, fue abierto el lavadero de Fermín Íñigo entre la calle de las Recogidas (luego de Cádiz) y la del Juego de la Pelota (luego marqués de Casa Jiménez). En 1865 fue abierto el más destacado y concurrido lavadero de la época, en terrenos de la antigua y desamortizada huerta del convento de San Ildefonso: el lavadero de Castellví, entre la plaza del Carmen, las calles de la Reina y la del Hospital (luego de Ramón y Cajal), y el propio Hospital Militar instalado en el referido convento de San Ildefonso. Por ello, este lavadero era también conocido como del Hospital. Fue cerrado al principio de los años 30 del pasado siglo XX, sustituido por las lúdicas y modernas instalaciones del Iris Park, con sus concurridas pistas de baile, su teatro y su cine.
    En los comienzos del siglo XX fueron estableciéndose otros lavaderos en el entorno del paseo de Pamplona, como el de El Carmen, que llegaba hasta el cuartel de Artillería homónimo. Otro lavadero confrontaba con éste al otro lado del paseo de Pamplona, y se extendía por la calle de Hernán Cortés. Y otro lavadero más, junto a éste, llegaba hasta el camino de los Cubos.
    En el entorno del río Huerva se concentraba una buena cantidad de lavaderos, como el de la Señora Benita, o Señá Benita, según castiza deformación, ubicado justo en el arranque de la calle de Miguel Servet, junto al puente de San José. Frente a éste se ubicaba el lavadero Hondo o de Montemolín, cuyo nombre (Hondo) respondía a su honda ubicación en relación con el nivel de la calle de Miguel Servet, pues estaba casi al nivel del rio Huerva. Junto al lavadero de la Señora Benita se encontraba también el lavadero de San José o del Tío Diego. Aguas arriba del Huerva estaba el lavadero de los Cristales, en el paseo de la Mina, entre los viveros del Ayuntamiento, la harinera de Samper y el antiguo colegio del Sagrado Corazón.
    Aguas abajo del Huerva encontramos el lavadero del Pilar, también denominado La Higiénica, establecido en 1870 en la calle del Asalto frente al solar donde poco después se instaló la emblemática fábrica de regaliz ZARA. Inmediato al paseo de la Independencia y la plaza de Aragón estaba el lavadero de los Baños de Santa Engracia. En la esquina de la calle de San Miguel con la de Isaac Peral se abrió un lavadero sobre cuyo solar más tarde se construiría el lúdico edificio del Teatro Circo.
    En la margen derecha del Ebro, en la calle del 29 de septiembre (luego de Santa Lucía), había otros dos lavaderos: el de la Sierra de Agua entre los conventos de las Fecetas y el de Santa Lucía; y el de Gregorio, inmediato al antiguo convento dominico de Santo Domingo.
    En la margen izquierda del Ebro, además del ya citado de los Puentecicos, encontramos dos lavaderos en el barrio de Jesús: el lavadero de Modesto Andrés entre el puente de Hierro y el Molino de la Sal; y el lavadero de San Lázaro, junto al antiguo y homónimo convento.
    Mientras la ciudad va modernizándose, los lavaderos desaparecen al ritmo de procesos urbanizadores que compactan con viviendas lo que hasta entonces era suelo en barbecho urbanístico. Para los propietarios de los terrenos donde perduraban los lavaderos resultaba irresistible la posibilidad de cerrarlos y vender el suelo a los emprendedores inmobiliarios del momento. De esta forma, en 1948 apenas si quedaban ya tres de esos lavaderos referidos: La Higiénica, en la calle del Asalto; y los lavaderos de la Señora Benita y del Tío Diego en la calle de Miguel Servet. En 1954, de los 18 lavaderos públicos que llegaron a existir en Zaragoza, ya sólo quedaba El Higiénico. En el barrio de San José, como ya dijimos en su día, el lavadero de la Balseta subsistió hasta su consensuado derribo al principio de los agitados años 70. Con él desaparece definitivamente este antiguo oficio en la ciudad de Zaragoza.
    23 min
  • Zaragoza te habla - Antiguos lavaderos
    En el programa de hoy vamos a retomar un asunto al que nos referimos hace unos cuantos programas, cuando hablamos del lavadero de “La Balseta” del barrio de San José, si bien ahora os proponemos ampliar el foco y recuperar la memoria de otros lavaderos que durante los siglos XIX y XX funcionaron en Zaragoza, en unas ubicaciones que posiblemente llamen la atención, si bien eran perfectamente coherentes con el tamaño y distribución de espacios de la ciudad de la época.
    Lo cierto es que a diferencia de lo que sucedía en los pueblos y lugares de Aragón, donde la memoria de los lavaderos públicos se podía rastrear al menos hasta el siglo XVI, Zaragoza no contó con lavaderos públicos hasta el siglo XIX. Unas estrictas Ordenanzas Municipales de finales del siglo XVIII prohibían lavar ropa en la ribera del Ebro desde el molino y la puerta de Sancho hasta bien pasado el puente de Tablas, además de en las principales acequias que surtían de agua a la ciudad (como la de la Almozara, la Romareda, las Adulas), y por supuesto en el río Huerva. Como atestigua el cuadro de Juan Bautista del Mazo titulado “Vista de Zaragoza en 1653”, que incluye lavanderas trajinando ropa en la margen derecha del Ebro junto al puente de Piedra, esta era práctica habitual que quedó prohibida desde 1794.
    Por eso, el primer lavadero público de Zaragoza, denominado de los Puentecicos, tuvo que emplazarse en 1818 en la margen izquierda del río Ebro, entre la arboleda de Macanaz y el camino de la Hortilla, abastecido por el escorredero de agua de las Balsas de Ebro Viejo.
    Años después, al albur del tirón urbanístico del Salón de Santa Engracia y el comienzo de la expansión de la ciudad hacia el sur, fue abierto el lavadero de Fermín Íñigo entre la calle de las Recogidas (luego de Cádiz) y la del Juego de la Pelota (luego marqués de Casa Jiménez). En 1865 fue abierto el más destacado y concurrido lavadero de la época, en terrenos de la antigua y desamortizada huerta del convento de San Ildefonso: el lavadero de Castellví, entre la plaza del Carmen, las calles de la Reina y la del Hospital (luego de Ramón y Cajal), y el propio Hospital Militar instalado en el referido convento de San Ildefonso. Por ello, este lavadero era también conocido como del Hospital. Fue cerrado al principio de los años 30 del pasado siglo XX, sustituido por las lúdicas y modernas instalaciones del Iris Park, con sus concurridas pistas de baile, su teatro y su cine.
    En los comienzos del siglo XX fueron estableciéndose otros lavaderos en el entorno del paseo de Pamplona, como el de El Carmen, que llegaba hasta el cuartel de Artillería homónimo. Otro lavadero confrontaba con éste al otro lado del paseo de Pamplona, y se extendía por la calle de Hernán Cortés. Y otro lavadero más, junto a éste, llegaba hasta el camino de los Cubos.
    En el entorno del río Huerva se concentraba una buena cantidad de lavaderos, como el de la Señora Benita, o Señá Benita, según castiza deformación, ubicado justo en el arranque de la calle de Miguel Servet, junto al puente de San José. Frente a éste se ubicaba el lavadero Hondo o de Montemolín, cuyo nombre (Hondo) respondía a su honda ubicación en relación con el nivel de la calle de Miguel Servet, pues estaba casi al nivel del rio Huerva. Junto al lavadero de la Señora Benita se encontraba también el lavadero de San José o del Tío Diego. Aguas arriba del Huerva estaba el lavadero de los Cristales, en el paseo de la Mina, entre los viveros del Ayuntamiento, la harinera de Samper y el antiguo colegio del Sagrado Corazón.
    Aguas abajo del Huerva encontramos el lavadero del Pilar, también denominado La Higiénica, establecido en 1870 en la calle del Asalto frente al solar donde poco después se instaló la emblemática fábrica de regaliz ZARA. Inmediato al paseo de la Independencia y la plaza de Aragón estaba el lavadero de los Baños de Santa Engracia. En la esquina de la calle de San Miguel con la de Isaac Peral se abrió un lavadero sobre cuyo solar más tarde se construiría el lúdico edificio del Teatro Circo.
    En la margen derecha del Ebro, en la calle del 29 de septiembre (luego de Santa Lucía), había otros dos lavaderos: el de la Sierra de Agua entre los conventos de las Fecetas y el de Santa Lucía; y el de Gregorio, inmediato al antiguo convento dominico de Santo Domingo.
    En la margen izquierda del Ebro, además del ya citado de los Puentecicos, encontramos dos lavaderos en el barrio de Jesús: el lavadero de Modesto Andrés entre el puente de Hierro y el Molino de la Sal; y el lavadero de San Lázaro, junto al antiguo y homónimo convento.
    Mientras la ciudad va modernizándose, los lavaderos desaparecen al ritmo de procesos urbanizadores que compactan con viviendas lo que hasta entonces era suelo en barbecho urbanístico. Para los propietarios de los terrenos donde perduraban los lavaderos resultaba irresistible la posibilidad de cerrarlos y vender el suelo a los emprendedores inmobiliarios del momento. De esta forma, en 1948 apenas si quedaban ya tres de esos lavaderos referidos: La Higiénica, en la calle del Asalto; y los lavaderos de la Señora Benita y del Tío Diego en la calle de Miguel Servet. En 1954, de los 18 lavaderos públicos que llegaron a existir en Zaragoza, ya sólo quedaba El Higiénico. En el barrio de San José, como ya dijimos en su día, el lavadero de la Balseta subsistió hasta su consensuado derribo al principio de los agitados años 70. Con él desaparece definitivamente este antiguo oficio en la ciudad de Zaragoza.
    23 min
  • Zaragoza te habla - Paseo de Ruiseñores
    En el programa de hoy nos vamos a aproximar someramente a la historia del paseo de Ruiseñores, una de esas antiguas zonas de la ciudad cuyo tránsito por el siglo XX fue toda una experiencia urbanística y arquitectónica de la que hoy apenas si queda la memoria de cómo fue, ni valoración del proceso por el que se ha convertido en lo que hoy es.
    Si nos vamos algunos siglos atrás en el tiempo, el actual paseo de Ruiseñores formaba parte de la antigua red de caminos de acceso al sur de Zaragoza y estaba integrado en el camino de Cuarte, ascendente desde los caminos del Sábado y de las Torres, en una zona encajonada entre la acequia de las Adulas fluyendo al aire y los acusados desniveles del monte de Torrero. La llegada de agua a la ciudad mediante la ilustrada obra del Canal Imperial aquí también descompuso la previa red de caminos, que hubo de reordenarse en función de los pocos puentes tendidos sobre el Canal. En este caso, el antiguo camino que nos ocupa quedó dividido en dos ramales, uno paralelo a la acequia de las Adulas y el camino a Cuarte, en dirección al cabezo de Buenavista, y otro corto mucho más secundario que ascendía la acusada pendiente hasta desembocar en el Canal Imperial.
    Así fue hasta que a mediados del siglo XIX el aprovechamiento del agua del Canal con fines industriales comenzó a transformas unas propiedades hasta entonces muy periféricas y apenas pobladas por algunas torres de campo. Al principio de la década de los años sesenta de ese siglo el camino aparece ya señalado como “Paseo de los Ruiseñores”, una prolongación del paseo de Cuéllar ascendente hacia el Canal, y con una de las primeras instalaciones industriales harineras de la ciudad: la fábrica de Mendívil, que unas décadas después sería denominada como “La Imperial de Aragón”, y que estuvo en funcionamiento hasta el comienzo de los años ochenta del pasado siglo XX.
    A finales del siglo XIX el entonces camino de Ruiseñores fue pensado como una oportunidad de negocio inmobiliario que podría aprovecharse del tirón especulativo asociado al ensanche vertebrado hacia el sur por el paseo de Sagasta, para dar en él cabida a viviendas unifamiliares tanto de primera como de segunda residencia de algunas de las más poderosas familias de la elite económica de la Zaragoza de la época. De esta forma, en 1903 comenzó la parcelación del denominado “barrio de Ruiseñores” con una iniciativa privada impulsada por el emprendedor Santiago Canti Polo, que encargó al ingeniero Manuel Isasi Isasmendi el diseño de seis singulares hotelitos o viviendas unifamiliares construidos en una propiedad suya delimitada entre el paseo de Ruiseñores y los nuevos depósitos de agua diseñados por Ricardo Magdalena. La publicidad de la época utilizaba como reclamo para su venta (por 25000 pesetas), o alquiler (1250 pesetas al mes), la cercanía del tranvía de Torrero, recién electrificado, y la ubicación en una zona “de higiene y salubridad verdaderamente excepcionales”. Resulta interesante que en aquél entonces (albores del siglo XX) la opción del alquiler no significara, como tiempo después, aun hoy, que “alquilar es tirar el dinero”.
    En 1904 fue aprobado por el Ayuntamiento el plano de alineación del paseo, y en unos pocos años después el “barrio de Ruiseñores” contaba ya con diecisiete viviendas de la alta burguesía zaragozana, construidas en formas singulares y estilos al gusto de la época: con rasgos de modernismo, eclecticismo, historicismo, regionalismo... Además, y tras la Exposición Hispano-Francesa de 1908, el Jardín Botánico de la ciudad dejó las instalaciones de la antigua Huerta de Santa Engracia y fue ubicado en este paseo, en el punto en que se bifurca con el antiguo camino de Cuarte. Durante la década de los años veinte continuó la construcción de viviendas unifamiliares de próceres y prestigiosos miembros de la elite local, y a este proceso se sumó el de concentración de diversas instalaciones educativas de nueva fábrica, como el Colegio Pompiliano de las Madres Escolapias, y la Residencia de Estudiantes de la Universidad de Zaragoza, inaugurada solemnemente por el rey Alfonso XIII en 1925.
    Esta concentración de notables edificios y viviendas unifamiliares continuó creciendo, especialmente en la década de los años treinta, al comienzo de la cual fue construido el referencial “Restaurante de verano de Francisco Gargallo”, o “Restaurant Ruiseñores”, todo en un hito en el gremio de la restauración de la Zaragoza de esos años, pues se convirtió en ineludible punto de reunión de los turistas de entonces que venían a visitar la ciudad por el placer de hacerlo, con muy buenas vistas de la ciudad desde su terraza y salones. Además, fue lugar de moda para comidas, cenas y celebraciones varias, así como espacio de baile.
    Muy cerca de este “Restaurant” fue construida la denominada “Casa del Poeta”, una curiosa iniciativa que por suscripción pública levantó en terrenos municipales una residencia para la familia del poeta Alberto Casañal Shakery. No tenía la presencia formal de las otras viviendas de familias bien, pero el hecho de que durante unas décadas Zaragoza contara con una “Casa del Poeta”, es un hecho verdaderamente singular que, por desgracia, ya es solo memoria.
    Además, uno de los cercanos hotelitos de principios de siglo diseñados por Manuel Isasi Isasmendi fue habilitado temporalmente como “Casa del Niño”, durante años el único internado para atención y cuidado de la salud de los niños de la ciudad. Y no muy lejos estuvo enclavado el internado del Colegio Academia Estudio, en otra de las singulares construcción de la zona.
    Entre las viviendas unifamiliares construidas en esta prodigiosa década de los años treinta hay que reseñar dos de los más importantes ejemplos de la arquitectura racionalista zaragozana, y aun española: la casa de Pedro Hernández Luna, actual Clínica del Pilar, y la casa de Matías Bergua Oliván, hasta finales del año pasado sede del Centro Territorial de Televisión Española en Aragón.
    Sin embargo, en las décadas siguientes la imagen descrita del antiguo paseo de Ruiseñores se fue desvaneciendo como si hubiera sido el sueño de una noche de verano. Como dijimos en el anterior programa, sin necesidad de invasión armada extranjera o conflicto bélico interno, casi todos los edificios referidos fueron siendo derribados y sustituidos por nuevas construcciones más modernas y seguramente mejor aprovechadas desde el punto de vista inmobiliario. En los años sesenta, por ejemplo, fue derribado el “viejo” edificio de la antigua Residencia de Estudiantes, en desuso, y fue construido en su lugar del Instituto Femenino Miguel Servet (actual Instituto de Educación Secundaria del mismo nombre). Durante estos años también se construyó algún edificio interesante, por supuesto, como el bloque de viviendas de los números 14-16, representante de la moderna arquitectura del desarrollismo de finales de los años sesenta, cuya altura de diez plantas, comparada con la escala de las viviendas unifamiliares que caracterizaban esta zona, resulta sintomática del radical cambio de paradigma urbanístico producido en este paseo. Los años setenta fueron especialmente inmisericordes con el antiguo paseo de Ruiseñores, cuando varios de los antiguos hotelitos fueron derribados para dar paso a modernas y selectas viviendas seriadas y adosadas, aunque el destrozo continuó después aun en los pocos edificios catalogados y con alguna consideración de interés patrimonial, como sucedió en 1994 con “Villa Alta”.
    Finalmente, una consideración: si este paseo de Ruiseñores suele ser considerado como una prolongación del paseo de Sagasta, hay que lamentar que, a diferencia de él, apenas quedan referencias edilicias de lo que fue originalmente, así como tampoco parece haber demasiada atención centrada en el estudio de su pasado, un pasado muy reciente que, sin embargo, pareciera que no hubiera sido, que como reza el clásico soneto, “fuese, y no hubo nada”.
    15 min
  • Zaragoza te habla - Paseo de Ruiseñores
    En el programa de hoy nos vamos a aproximar someramente a la historia del paseo de Ruiseñores, una de esas antiguas zonas de la ciudad cuyo tránsito por el siglo XX fue toda una experiencia urbanística y arquitectónica de la que hoy apenas si queda la memoria de cómo fue, ni valoración del proceso por el que se ha convertido en lo que hoy es.
    Si nos vamos algunos siglos atrás en el tiempo, el actual paseo de Ruiseñores formaba parte de la antigua red de caminos de acceso al sur de Zaragoza y estaba integrado en el camino de Cuarte, ascendente desde los caminos del Sábado y de las Torres, en una zona encajonada entre la acequia de las Adulas fluyendo al aire y los acusados desniveles del monte de Torrero. La llegada de agua a la ciudad mediante la ilustrada obra del Canal Imperial aquí también descompuso la previa red de caminos, que hubo de reordenarse en función de los pocos puentes tendidos sobre el Canal. En este caso, el antiguo camino que nos ocupa quedó dividido en dos ramales, uno paralelo a la acequia de las Adulas y el camino a Cuarte, en dirección al cabezo de Buenavista, y otro corto mucho más secundario que ascendía la acusada pendiente hasta desembocar en el Canal Imperial.
    Así fue hasta que a mediados del siglo XIX el aprovechamiento del agua del Canal con fines industriales comenzó a transformas unas propiedades hasta entonces muy periféricas y apenas pobladas por algunas torres de campo. Al principio de la década de los años sesenta de ese siglo el camino aparece ya señalado como “Paseo de los Ruiseñores”, una prolongación del paseo de Cuéllar ascendente hacia el Canal, y con una de las primeras instalaciones industriales harineras de la ciudad: la fábrica de Mendívil, que unas décadas después sería denominada como “La Imperial de Aragón”, y que estuvo en funcionamiento hasta el comienzo de los años ochenta del pasado siglo XX.
    A finales del siglo XIX el entonces camino de Ruiseñores fue pensado como una oportunidad de negocio inmobiliario que podría aprovecharse del tirón especulativo asociado al ensanche vertebrado hacia el sur por el paseo de Sagasta, para dar en él cabida a viviendas unifamiliares tanto de primera como de segunda residencia de algunas de las más poderosas familias de la elite económica de la Zaragoza de la época. De esta forma, en 1903 comenzó la parcelación del denominado “barrio de Ruiseñores” con una iniciativa privada impulsada por el emprendedor Santiago Canti Polo, que encargó al ingeniero Manuel Isasi Isasmendi el diseño de seis singulares hotelitos o viviendas unifamiliares construidos en una propiedad suya delimitada entre el paseo de Ruiseñores y los nuevos depósitos de agua diseñados por Ricardo Magdalena. La publicidad de la época utilizaba como reclamo para su venta (por 25000 pesetas), o alquiler (1250 pesetas al mes), la cercanía del tranvía de Torrero, recién electrificado, y la ubicación en una zona “de higiene y salubridad verdaderamente excepcionales”. Resulta interesante que en aquél entonces (albores del siglo XX) la opción del alquiler no significara, como tiempo después, aun hoy, que “alquilar es tirar el dinero”.
    En 1904 fue aprobado por el Ayuntamiento el plano de alineación del paseo, y en unos pocos años después el “barrio de Ruiseñores” contaba ya con diecisiete viviendas de la alta burguesía zaragozana, construidas en formas singulares y estilos al gusto de la época: con rasgos de modernismo, eclecticismo, historicismo, regionalismo... Además, y tras la Exposición Hispano-Francesa de 1908, el Jardín Botánico de la ciudad dejó las instalaciones de la antigua Huerta de Santa Engracia y fue ubicado en este paseo, en el punto en que se bifurca con el antiguo camino de Cuarte. Durante la década de los años veinte continuó la construcción de viviendas unifamiliares de próceres y prestigiosos miembros de la elite local, y a este proceso se sumó el de concentración de diversas instalaciones educativas de nueva fábrica, como el Colegio Pompiliano de las Madres Escolapias, y la Residencia de Estudiantes de la Universidad de Zaragoza, inaugurada solemnemente por el rey Alfonso XIII en 1925.
    Esta concentración de notables edificios y viviendas unifamiliares continuó creciendo, especialmente en la década de los años treinta, al comienzo de la cual fue construido el referencial “Restaurante de verano de Francisco Gargallo”, o “Restaurant Ruiseñores”, todo en un hito en el gremio de la restauración de la Zaragoza de esos años, pues se convirtió en ineludible punto de reunión de los turistas de entonces que venían a visitar la ciudad por el placer de hacerlo, con muy buenas vistas de la ciudad desde su terraza y salones. Además, fue lugar de moda para comidas, cenas y celebraciones varias, así como espacio de baile.
    Muy cerca de este “Restaurant” fue construida la denominada “Casa del Poeta”, una curiosa iniciativa que por suscripción pública levantó en terrenos municipales una residencia para la familia del poeta Alberto Casañal Shakery. No tenía la presencia formal de las otras viviendas de familias bien, pero el hecho de que durante unas décadas Zaragoza contara con una “Casa del Poeta”, es un hecho verdaderamente singular que, por desgracia, ya es solo memoria.
    Además, uno de los cercanos hotelitos de principios de siglo diseñados por Manuel Isasi Isasmendi fue habilitado temporalmente como “Casa del Niño”, durante años el único internado para atención y cuidado de la salud de los niños de la ciudad. Y no muy lejos estuvo enclavado el internado del Colegio Academia Estudio, en otra de las singulares construcción de la zona.
    Entre las viviendas unifamiliares construidas en esta prodigiosa década de los años treinta hay que reseñar dos de los más importantes ejemplos de la arquitectura racionalista zaragozana, y aun española: la casa de Pedro Hernández Luna, actual Clínica del Pilar, y la casa de Matías Bergua Oliván, hasta finales del año pasado sede del Centro Territorial de Televisión Española en Aragón.
    Sin embargo, en las décadas siguientes la imagen descrita del antiguo paseo de Ruiseñores se fue desvaneciendo como si hubiera sido el sueño de una noche de verano. Como dijimos en el anterior programa, sin necesidad de invasión armada extranjera o conflicto bélico interno, casi todos los edificios referidos fueron siendo derribados y sustituidos por nuevas construcciones más modernas y seguramente mejor aprovechadas desde el punto de vista inmobiliario. En los años sesenta, por ejemplo, fue derribado el “viejo” edificio de la antigua Residencia de Estudiantes, en desuso, y fue construido en su lugar del Instituto Femenino Miguel Servet (actual Instituto de Educación Secundaria del mismo nombre). Durante estos años también se construyó algún edificio interesante, por supuesto, como el bloque de viviendas de los números 14-16, representante de la moderna arquitectura del desarrollismo de finales de los años sesenta, cuya altura de diez plantas, comparada con la escala de las viviendas unifamiliares que caracterizaban esta zona, resulta sintomática del radical cambio de paradigma urbanístico producido en este paseo. Los años setenta fueron especialmente inmisericordes con el antiguo paseo de Ruiseñores, cuando varios de los antiguos hotelitos fueron derribados para dar paso a modernas y selectas viviendas seriadas y adosadas, aunque el destrozo continuó después aun en los pocos edificios catalogados y con alguna consideración de interés patrimonial, como sucedió en 1994 con “Villa Alta”.
    Finalmente, una consideración: si este paseo de Ruiseñores suele ser considerado como una prolongación del paseo de Sagasta, hay que lamentar que, a diferencia de él, apenas quedan referencias edilicias de lo que fue originalmente, así como tampoco parece haber demasiada atención centrada en el estudio de su pasado, un pasado muy reciente que, sin embargo, pareciera que no hubiera sido, que como reza el clásico soneto, “fuese, y no hubo nada”.
    15 min
  • Zaragoza te habla - Paseo de la Independencia
    En esta ocasión nos remontaremos en el tiempo para dar una vuelta por las callejas, calles y plazuelas que conformaban el recoleto espacio donde hoy se abre el lustroso paseo de la Independencia. De esta forma, modificamos el punto de vista hasta ahora seguido (el conocimiento de diversos aspectos de la historia del barrio de San José), para ampliarlo al conjunto de la ciudad. Se trata de un nuevo reto que asumo con ilusión, y que espero que pueda ser de interés para quien nos escuche.
    Comenzaremos aclarando que antes del siglo XIX el centro de la ciudad no estaba en el actual paseo de la Independencia. Durante muchos siglos, el centro, como privilegiado espacio urbano, estaba en el entorno de la plaza del Mercado, entre el barrio de San Pablo y la puerta de Toledo, que desde antiguo ejercía de auténtica plaza mayor de la población. Así, y hasta casi mediados del siglo XIX el precio del suelo urbano en esa zona seguía siendo el más alto de toda la ciudad.
    Mientras tanto, el área delimitada entre la Cruz del Coso al norte y la antigua puerta de Santa Engracia al sur, estaba determinada en la zona oriental por la rotunda presencia del enorme Hospital Real de Nuestra Señora de Gracia y el convento de Santa María de Jerusalén, ambos confrontados con el no menos extenso convento de San Francisco y su extensa zona de huerta. Entre estos complejos se abría una estrecha calleja denominada precisamente del Hospital, a la que daba continuación la de Santa Engracia, así llamada porque desembocaba en la plazuela de acceso al convento y puerta homónimos, puerta que entonces era uno de los ingresos secundarios al perímetro urbano de Zaragoza.
    Confrontando con el convento de Santa Engracia destacaban además los conventos de Nuestra Señora de los Ángeles de las Capuchinas y el de San José de las Carmelitas Descalzas, así como los hospicios de los monasterios de Veruela, Rueda, y Santa Fe. Estos conventos, sobre todo el de Santa Engracia, incluían una notable extensión de huerta. Sin embargo, a pesar de esta alta densidad de importantes edificaciones religiosas, y de contar con la puerta de Santa Engracia, el ingreso principal a la ciudad desde el sur era el que se hacía por la puerta del Carmen. Al oeste de las calles del Hospital y de Santa Engracia se abrían callejas como la de Huertas, de Monzón y del Riego, y al este las de Olmos y de Ballestar. Finalmente, varios ramales de la gran acequia de la Romareda circulaban al aire por esta zona surtiendo de agua a conventos y monasterios. La absoluta hegemonía de edificios religiosos hacía que en esta zona apenas hubiera espacio para unas pocas casas o edificios de viviendas.
    El cambio radical de todo este escenario vino dado por un dramático evento bélico: los asedios franceses de 1808 y 1809, que afectaron gravemente al Hospital de Gracia y a los conventos de San Francisco, de las Capuchinas y de Santa Engracia. Durante la etapa de administración josefina que sucedió a la capitulación de 1809 se comenzó a despejar las ruinas del Hospital de Gracia y del convento de San Francisco, lo que permitió ensanchar un nuevo espacio en forma de plaza que recibió el provisional nombre de San Francisco, e iniciar el arranque de un nuevo y ancho paseo proyectado por el arquitecto municipal Joaquín Asensio, denominado Salón Imperial y que tomó como referencia la parisina rue de Rivoli.
    Hasta la salida francesa en 1813, se consiguió ensanchar el primer tramo del paseo y colocar en él farolas, bancos de piedra, y plantar cuatro hileras de árboles, convirtiéndose pronto en un referencial entorno de encuentro y esparcimiento ciudadano. Esta iniciativa marcó la dirección del ensanche de la ciudad hacia el sur en dirección al Canal Imperial, desde donde, además, estaba previsto que sus aguas bajaran para alimentar la nueva fuente para la que el escultor Llovet esculpió una figura tridentina del dios Neptuno.
    Tras la marcha de los franceses el proyecto de Salón Imperial quedó en suspenso durante un tiempo. La plaza de San Francisco fue redenominada de San Fernando, en homenaje al deseado y absolutista rey, y el paseo vivió diversos avatares hasta que en 1833, con el inicio de la transición al estado liberal, recibió un nuevo impulso que durante el resto del siglo lo consolidó como codiciada zona residencial (de hecho aquí se produjo la primera promoción urbanística residencial moderna de Zaragoza) y como progresivo centro de la vida social de la ciudad, mediante un intrincado proceso que excede los límites del programa de hoy, y que incluyó en un momento dado, por ejemplo, la posibilidad de haber convertido todo el lado oeste del nuevo paseo en un parque, a la manera de las parisinas Tullerías. Posibilidad esta de configurar una ciudad distinta, sin duda, que no fructificó.
    Esta y otras cuestiones relacionadas podrían plantearnos, tal vez, que hoy no tendríamos el paseo de la Independencia de no haber sido por la invasión francesa. Lo que sí parece claro es que desde la restauración de Fernando VII se ha asentado en el imaginario colectivo local, de forma mayoritaria, la incorrecta idea de que la desfiguración de la Zaragoza que románticamente sigue siendo añorada como “la Florencia española”, sería exclusiva responsabilidad de los desastres de la guerra de 1808-1809, es decir, de los franceses, de los gabachos, que habrían destruido toda la ciudad. Por supuesto que esa tragedia, propiciada por la invasión francesa, se llevó por delante de forma irreversible algunos elementos arquitectónicos de Zaragoza singulares y valiosísimos, pero algunos no significa todos, ni siquiera la mayor parte, porque desde 1809 ha habido tiempo más que suficiente para ver cómo se han perpetrado auténticas barbaridades urbanísticas y arquitectónicas en las que los franceses, reales o imaginarios, no han tenido ninguna participación, que se sepa.
    Por eso, pienso que no se trata ni de agradecer o de culpar a los franceses por esta u otra ausencia patrimonial, y que en este caso concreto es más constructivo valorar que las destrucciones habidas en esta zona de la ciudad abrieron una posibilidad para que el devenir urbanístico fuera por un camino que hasta entonces, objetivamente, no parecía posible, como nos deja bien claro un vistazo a cualquier plano de la ciudad anterior a 1808.
    Sin embargo, y para terminar, también en Zaragoza tenemos muestras de cómo otras zona de la ciudad, sin ser afectadas por guerra o invasión alguna, también han sido radicalmente modificadas hasta hacerlas irreconocibles en la actualidad. Por ejemplo, el área delimitada entre la plaza de Santo Domingo, la puerta de Sancho y la del Portillo, donde se extendían los antiguos e importantes conventos de Santo Domingo, Santa Lucía, las Fecetas y Santa Inés, de los que por circunstancias de las que no quiero acordarme apenas han perdurado unos menguados restos edilicios.
    18 min
  • Zaragoza te habla - Paseo de la Independencia
    En esta ocasión nos remontaremos en el tiempo para dar una vuelta por las callejas, calles y plazuelas que conformaban el recoleto espacio donde hoy se abre el lustroso paseo de la Independencia. De esta forma, modificamos el punto de vista hasta ahora seguido (el conocimiento de diversos aspectos de la historia del barrio de San José), para ampliarlo al conjunto de la ciudad. Se trata de un nuevo reto que asumo con ilusión, y que espero que pueda ser de interés para quien nos escuche.
    Comenzaremos aclarando que antes del siglo XIX el centro de la ciudad no estaba en el actual paseo de la Independencia. Durante muchos siglos, el centro, como privilegiado espacio urbano, estaba en el entorno de la plaza del Mercado, entre el barrio de San Pablo y la puerta de Toledo, que desde antiguo ejercía de auténtica plaza mayor de la población. Así, y hasta casi mediados del siglo XIX el precio del suelo urbano en esa zona seguía siendo el más alto de toda la ciudad.
    Mientras tanto, el área delimitada entre la Cruz del Coso al norte y la antigua puerta de Santa Engracia al sur, estaba determinada en la zona oriental por la rotunda presencia del enorme Hospital Real de Nuestra Señora de Gracia y el convento de Santa María de Jerusalén, ambos confrontados con el no menos extenso convento de San Francisco y su extensa zona de huerta. Entre estos complejos se abría una estrecha calleja denominada precisamente del Hospital, a la que daba continuación la de Santa Engracia, así llamada porque desembocaba en la plazuela de acceso al convento y puerta homónimos, puerta que entonces era uno de los ingresos secundarios al perímetro urbano de Zaragoza.
    Confrontando con el convento de Santa Engracia destacaban además los conventos de Nuestra Señora de los Ángeles de las Capuchinas y el de San José de las Carmelitas Descalzas, así como los hospicios de los monasterios de Veruela, Rueda, y Santa Fe. Estos conventos, sobre todo el de Santa Engracia, incluían una notable extensión de huerta. Sin embargo, a pesar de esta alta densidad de importantes edificaciones religiosas, y de contar con la puerta de Santa Engracia, el ingreso principal a la ciudad desde el sur era el que se hacía por la puerta del Carmen. Al oeste de las calles del Hospital y de Santa Engracia se abrían callejas como la de Huertas, de Monzón y del Riego, y al este las de Olmos y de Ballestar. Finalmente, varios ramales de la gran acequia de la Romareda circulaban al aire por esta zona surtiendo de agua a conventos y monasterios. La absoluta hegemonía de edificios religiosos hacía que en esta zona apenas hubiera espacio para unas pocas casas o edificios de viviendas.
    El cambio radical de todo este escenario vino dado por un dramático evento bélico: los asedios franceses de 1808 y 1809, que afectaron gravemente al Hospital de Gracia y a los conventos de San Francisco, de las Capuchinas y de Santa Engracia. Durante la etapa de administración josefina que sucedió a la capitulación de 1809 se comenzó a despejar las ruinas del Hospital de Gracia y del convento de San Francisco, lo que permitió ensanchar un nuevo espacio en forma de plaza que recibió el provisional nombre de San Francisco, e iniciar el arranque de un nuevo y ancho paseo proyectado por el arquitecto municipal Joaquín Asensio, denominado Salón Imperial y que tomó como referencia la parisina rue de Rivoli.
    Hasta la salida francesa en 1813, se consiguió ensanchar el primer tramo del paseo y colocar en él farolas, bancos de piedra, y plantar cuatro hileras de árboles, convirtiéndose pronto en un referencial entorno de encuentro y esparcimiento ciudadano. Esta iniciativa marcó la dirección del ensanche de la ciudad hacia el sur en dirección al Canal Imperial, desde donde, además, estaba previsto que sus aguas bajaran para alimentar la nueva fuente para la que el escultor Llovet esculpió una figura tridentina del dios Neptuno.
    Tras la marcha de los franceses el proyecto de Salón Imperial quedó en suspenso durante un tiempo. La plaza de San Francisco fue redenominada de San Fernando, en homenaje al deseado y absolutista rey, y el paseo vivió diversos avatares hasta que en 1833, con el inicio de la transición al estado liberal, recibió un nuevo impulso que durante el resto del siglo lo consolidó como codiciada zona residencial (de hecho aquí se produjo la primera promoción urbanística residencial moderna de Zaragoza) y como progresivo centro de la vida social de la ciudad, mediante un intrincado proceso que excede los límites del programa de hoy, y que incluyó en un momento dado, por ejemplo, la posibilidad de haber convertido todo el lado oeste del nuevo paseo en un parque, a la manera de las parisinas Tullerías. Posibilidad esta de configurar una ciudad distinta, sin duda, que no fructificó.
    Esta y otras cuestiones relacionadas podrían plantearnos, tal vez, que hoy no tendríamos el paseo de la Independencia de no haber sido por la invasión francesa. Lo que sí parece claro es que desde la restauración de Fernando VII se ha asentado en el imaginario colectivo local, de forma mayoritaria, la incorrecta idea de que la desfiguración de la Zaragoza que románticamente sigue siendo añorada como “la Florencia española”, sería exclusiva responsabilidad de los desastres de la guerra de 1808-1809, es decir, de los franceses, de los gabachos, que habrían destruido toda la ciudad. Por supuesto que esa tragedia, propiciada por la invasión francesa, se llevó por delante de forma irreversible algunos elementos arquitectónicos de Zaragoza singulares y valiosísimos, pero algunos no significa todos, ni siquiera la mayor parte, porque desde 1809 ha habido tiempo más que suficiente para ver cómo se han perpetrado auténticas barbaridades urbanísticas y arquitectónicas en las que los franceses, reales o imaginarios, no han tenido ninguna participación, que se sepa.
    Por eso, pienso que no se trata ni de agradecer o de culpar a los franceses por esta u otra ausencia patrimonial, y que en este caso concreto es más constructivo valorar que las destrucciones habidas en esta zona de la ciudad abrieron una posibilidad para que el devenir urbanístico fuera por un camino que hasta entonces, objetivamente, no parecía posible, como nos deja bien claro un vistazo a cualquier plano de la ciudad anterior a 1808.
    Sin embargo, y para terminar, también en Zaragoza tenemos muestras de cómo otras zona de la ciudad, sin ser afectadas por guerra o invasión alguna, también han sido radicalmente modificadas hasta hacerlas irreconocibles en la actualidad. Por ejemplo, el área delimitada entre la plaza de Santo Domingo, la puerta de Sancho y la del Portillo, donde se extendían los antiguos e importantes conventos de Santo Domingo, Santa Lucía, las Fecetas y Santa Inés, de los que por circunstancias de las que no quiero acordarme apenas han perdurado unos menguados restos edilicios.
    18 min
  • Zaragoza te habla - Peregrinación gitana de 1968
    Acaba de cumplirse el aniversario 50 de la gran peregrinación de gitanos a la ciudad de Zaragoza, que tuvo lugar entre los días 8 y 12 de septiembre de 1968, y que concitó en la ciudad de cinco a diez mil gitanos de todo el mundo, si bien la mayor parte de ellos eran provenientes de las vecinas Francia e Italia. En ese momento se estimaba que en Zaragoza vivían unas tres mil personas de esta etnia.
    Pregunta: ¿Sabemos cuál era el fin de esta peregrinación, de quien fue la iniciativa….?
    Esta iniciativa daba continuidad a las tradicionales peregrinaciones realizadas desde 1965, año en que confluyeron en Roma gitanos de toda Europa durante el pontificado de Pablo VI, que asistió personalmente al evento.
    En 1968, y a propuesta del Apostolado pro-gitano en España, el Secretariado Internacional del Apostolado Nómada, dependiente de la Sagrada Congregación para los Obispos, tomó la decisión de que esta peregrinación anual, que se organizaba cada año donde hubiera un famoso santuario mariano, tuviese como meta el de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, Virgen que el pueblo gitano denomina en su propia lengua “Manjari”.
    Pregunta: Supongo que el evento fue todo un acontecimiento, no?
    Este evento fue un gran acontecimiento social en la ciudad de la época, con un destacado programa de actos vinculado a diversos ritos, iconos, creencias y ceremoniales católicos (muy publicitado en los medios de comunicación de la época, incluyendo el informativo NODO), que contó con la presencia de varios cardenales y obispos tanto españoles como extranjeros, y que se expresó en forma de diversas misas colectivas, ejercicios de catequesis, una marcha nocturna con antorchas al Pilar, y un vía crucis. Además, y por el carácter nómada de este pueblo, la peregrinación incluyó actos informativos, charlas, conferencias, visitas, festejos, hogueras colectivas, demostraciones de folclore, la visita a familiares lejanos, el acuerdo y concierto de matrimonios, la realización de transacciones y tratos comerciales, y la posibilidad de recibir la primera comunión, la confirmación e incluso el bautismo. Finalmente, el gran encuentro pretendía estimular la promoción humana y social de este pueblo y despertar la conciencia colectiva y solidaria de toda la sociedad para solucionar sus tradicionales problemas: precariedad laboral, habitacional, cultural, sanitaria, entre otros. En el lenguaje oficial de la época no se utilizaban conceptos como racismo, exclusión social, discriminación, porque entonces eso no existía en España, dicen.
    Pregunta: Creo que en aquella casposa España no existía eso, ni otras muchas cosas, pero, en fin, este tema requeriría un programa entero. A lo que estamos, ¿dónde diablos metieron a tanta gente?
    El alojamiento habilitado para los foranos peregrinos gitanos fue el antiguo cuartel de Castillejos, junto al Canal Imperial y el puente de América, que entonces se encontraba desalojado de sus funciones militares y que pocos años después sería derribado y sustituido por el moderno Centro Regional de Mando y luego el acuartelamiento de San Fernando. El arbolado tramo del paseo del Canal inmediato al cuartel, donde antaño estuviera la playa de Torrero, desde el puente de América y hasta la que fuera torre de Dámaso Pina, fue convertido en provisional camping que se llenó de carpas, caravanas y vehículos venidos de otros lares. El gran patio del interior del cuartel fue escenario de multitudinarias celebraciones, alguna de ellas nocturnas, como la que contó con la presencia del arzobispo local, Pedro Cantero Cuadrado. El buen tiempo acompañó el desarrollo de todos los actos, en uno de esos veranos locales en que el calor se interna hasta bien entrado el mes de septiembre. El año siguiente, 1969, la peregrinación llevaría al pueblo gitano a Nuestra Señora de Banneux, en Bélgica.
    (Ambientamos la entrevista con Gypsy Jazz - Minor Swing - Rhythm Future Quartet)
    10 min

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Zaragoza te habla” es una nueva sección del magacín cultural transmedia "Siéntelo con Oído" que publicamos todos los jueves en nuestro blog https://www.sienteloconoido.es. José María Ballestín Miguel,…