ZARAGOZA TE HABLA

ZARAGOZA TE HABLA

By MANUEL ALCAINEHistory
Download on the App Store

ZARAGOZA TE HABLA episodes

  • Zaragoza te habla - La Quinta Julieta Gitana
    LA QUINTA JULIETA GITANA
    Hoy os propongo regresar a la ribera del Canal Imperial para aproximarnos un poco a la desdichada historia de la “Quinta Julieta gitana”. Me parece que es importante aclarar, antes que nada, que esta denominación no tiene nada que ver con la quinta de Julieta Sagols, que como recordareis ya tratamos en un programa anterior. En el caso que hoy nos ocupa, y para ubicar este poblado gitano de alguna forma comprensible, estando como estaba en las afueras de la ciudad, se hizo la referencia de que este lugar estaba “en las proximidades de Quinta Julieta”, y mediática y popularmente se quedó con esa denominación, tal vez porque muy poca gente conservaba en ese momento algún recuerdo de la histórica Quinta Julieta.
    Pero bueno, vamos a comenzar. En junio de 1980 diversas instituciones públicas (Delegación Provincial del Ministerio de Obras Pública y Transporte-MOPU, Diputación Provincial de Zaragoza, Ayuntamiento), la Asociación para la Promoción Gitana “La Paz”, y el Arzobispado-Cáritas, firmaron un convenio para tratar la erradicación del chabolismo en Zaragoza, lo que se tradujo, entre otras iniciativas, en la construcción en el año 1981 de un poblado en una parcela de 25.000 m2 que fue equívocamente denominada "Quinta Julieta", por la proximidad de la antigua quinta o torre de ese nombre junto al Canal Imperial. En ese momento, parecía una buena medida, y así fue valorada.
    De esta forma, en 1982 comenzaron a reubicarse allí las primeras de las 140 familias gitanas precedentes de situaciones de chabolismo e infravivienda localizadas en los barrios de Oliver, Castillo Palomar, La Bozada, el Arrabal, Ranillas, la Magdalena, San Pablo, La Jota, Bajo Aragón-Montemolín, y La Paz. Así, llegaron a concentrarse aproximadamente 850 personas de etnia gitana hasta entonces dispersas por pequeños núcleos en la ciudad, en unas nuevas viviendas que fueron ordenadas en viales que recibieron nombres vinculados con la cultura y etnia gitana, como la calle de Baena, Buen Debel, Buena Madre, Pascual Portolés Dihinx, Quinta Julieta, y Sol Naciente, la plaza de Drom Lachó, y la avenida de Mohenjo D'aro.
    Esta experiencia resultó fallida, cuando no traumática, por diversas circunstancias, comenzando por su propia concepción como "poblado-gueto" en las afueras de la ciudad. En 1986 se constató con toda su crudeza el fracaso de la iniciativa, con situaciones muy conflictivas cuya traslación a los medios de comunicación fue presentada en términos casi “volcánicos”, incluyendo manifestaciones vecinales de la zona de La Paz en contra de este poblado que escenificaron un conflicto social potencialmente peligroso.
    Desde el punto de vista municipal, hacía tiempo que el criterio de concentrar en un único centro a la población gitana se consideraba como una política cuestionable, y poco consistente con una política de “integración” y “normalización” social del colectivo gitano afectado. De esta forma, poco a poco las familias residentes fueron saliendo del poblado y reubicadas en otras zonas de la ciudad. En 1989 abandonaron esta zona las últimas familias, y el conjunto de viviendas fue integralmente derribado, dejando una huella que todavía es visible junto al Canal Imperial, pues este entorno sigue siendo uno de los “barbechos urbanísticos” de la ciudad, treinta años después.
    A título casi anecdótico, los nombres de los viales, con referencias a varios aspectos de la cultura e historia "calé", desaparecieron entre los cascotes de las ruinas, y no han sido recuperados para alguna de las nuevas calles de la ciudad que se han abierto desde entonces, incluyendo la propia referencia a “Quinta Julieta”.
    Personalmente, y como vecino entonces del barrio alto de San José que frecuentaba esta zona para pasear con la familia, recuerdo el estado deplorable de las denominadas “Graveras de La Paz”, junto al Canal Imperial, entonces uno de los espacios de chabolismo e infravivienda que fueron incluidos en la operación Quinta Julieta. Cada vez que pasaba por esa zona me parecía que había en el aire una sensación de tierra fronteriza, como si hubiera un umbral hacia otro mundo, tan cercano, pero tan lejano. A un lado del Canal, pasado el puente y la pasarela de San Viator, parecía que se abriera otro universo.
    Tras el traslado de las familias residentes hasta entonces en esta antigua zona de graveras, se desmantelaron las infraviviendas allí existentes, y años después el Ayuntamiento allí trazó el parque de La Paz vertebrado por la rotonda de la Villa de Pau.
    14 min
  • Zaragoza te habla - Cubrir el Huerva (final)
    Hoy os propongo terminar el relato iniciado en el programa anterior sobre el cubrimiento parcial del río Huerva en su tramo urbano, y retomar el momento cuando en febrero de 1922 el Ayuntamiento aprobó finalmente un presupuesto de casi cinco millones de pesetas para acometer el proyecto de “cubrimiento del río Huerva para saneamiento y preparación de las obras de ensanche y parque de la ciudad” presentado por el arquitecto municipal Miguel Ángel Navarro.
    Estas obras preveían el cubrimiento del Huerva en un kilómetro de longitud a su paso por la ciudad, cubrimiento necesario para desarrollar sobre él la Gran Vía de acceso tanto a los ensanches de Miralbueno y de Miraflores, como al nuevo y gran Parque de Zaragoza. La sección denominada “aguas arriba del paseo de Sagasta” fue la primera que conoció esta intervención, y fue iniciada oficialmente a finales de junio de 1924, encargada a la empresa Ángel Aísa y Hermanos.
    Esta primera sección o fase discurría entre la denominada “curva de La Veneciana”, así llamada por la inmediatez de esa importante fábrica de cristales establecida entre el cauce del río y el camino de los Cubos, a la altura de la actual calle de Ricla, y el puente de Santa Engracia que daba acceso al paseo de Sagasta. Se trataba de una intervención sobre aproximadamente 435 metros de cauce fluvial. Las obras debieron afrontar, primero, el encauzamiento del río en un sarcófago de cemento de ocho metros de altura que debió igualar el enorme desnivel natural entre las dos orillas del río. Para ello se debió recrecer mediante un alto murallón de cemento el lado de la margen derecha, correspondiente con el actual lado de los impares. Este hecho explicaría la singular traza de los bloques de viviendas que tras la urbanización del entorno se construyeron en esta zona, que presentan más alturas en sus zonas traseras que en las recayentes a la Gran Vía.
    Una vez terminada la preparación del nuevo cauce, que fue diseñado teniendo en cuenta las irregulares crecidas o salidas de madre del río, se procedió a la colocación de vigas de hormigón armado de 14 metros de longitud apoyadas en ménsulas, sobre las que se asentaron los tableros y encofrados que poco a poco fueron cubriendo el Huerva y configurando el escenario. Estas fueron las vigas que se retiraron en las recientes obras de 2009. Una vez finalizado este proceso, en 1927 la nueva Gran Vía quedó preparada para la urbanización y desarrollo del plan de Ensanche previsto. El 3 de noviembre de ese año se realizó un “sencillo acto de inauguración de la zona”.
    En paralelo, y en mayo de 1926, habían comenzado las obras del cubrimiento de la sección denominada “aguas abajo del paseo de Sagasta”, en el tramo que llegaba hasta la calle de Juan Bruil, de unos 260 metros de desarrollo, siguiendo el mismo procedimiento constructivo, con un coste de unos 3,6 millones de pesetas. En ese punto, las obras quedaron interrumpidas temporalmente por la carencia de recursos municipales, a pesar de algunas quejas por la necesidad de “hermosear” la zona de la antigua huerta de Santa Engracia.
    Se hubo de esperar hasta finales de diciembre de 1930 para continuar las obras del cubrimiento en el tramo desde la calle de Juan Bruil hasta el paseo de la Mina. La misma empresa que se ocupó de los anteriores tramos ejecutó estas obras entre 1931 y 1933, con un coste de 1,4 millones.
    La plaza de Basilio Paraíso, donde hasta entonces confluían el paseo de la Independencia, el de Pamplona y el de Sagasta, tras este cubrimiento del río Huerva se convirtió en un complejo punto de encuentro al añadirse la nueva Gran Vía, con los tramos denominado originalmente de Pablo Iglesias, hacia el Parque, y con el de Galán y García Hernández, hasta el paseo de la Mina. Con este cubrimiento, el río Huerva desapareció de la escena urbana por la que había fluido al aire durante tanto tiempo.
    Para terminar, y dando un notable salto en el tiempo, nos tendríamos que ir a los finales de las década de los años sesenta para llegar a la realización de la cuarta fase del cubrimiento del río Huerva, la última hasta este momento, acometida entre 1968 y 1969 en el tramo comprendido entre la calle de Mefisto y las traseras del colegio del Sagrado Corazón del paseo de la Mina. Esta obra dio continuidad al paseo de Marina Moreno mediante una prolongación que hacía una brusca transición entre el ya veterano bulevar y la proyectada autopista urbana que por el polígono de Miraflores debería convertirse en la principal salida del tráfico rodado en dirección a la carretera de Castellón.
    16 min
  • Zaragoza te habla - Cubrir el Huerva (final)
    Hoy os propongo terminar el relato iniciado en el programa anterior sobre el cubrimiento parcial del río Huerva en su tramo urbano, y retomar el momento cuando en febrero de 1922 el Ayuntamiento aprobó finalmente un presupuesto de casi cinco millones de pesetas para acometer el proyecto de “cubrimiento del río Huerva para saneamiento y preparación de las obras de ensanche y parque de la ciudad” presentado por el arquitecto municipal Miguel Ángel Navarro.
    Estas obras preveían el cubrimiento del Huerva en un kilómetro de longitud a su paso por la ciudad, cubrimiento necesario para desarrollar sobre él la Gran Vía de acceso tanto a los ensanches de Miralbueno y de Miraflores, como al nuevo y gran Parque de Zaragoza. La sección denominada “aguas arriba del paseo de Sagasta” fue la primera que conoció esta intervención, y fue iniciada oficialmente a finales de junio de 1924, encargada a la empresa Ángel Aísa y Hermanos.
    Esta primera sección o fase discurría entre la denominada “curva de La Veneciana”, así llamada por la inmediatez de esa importante fábrica de cristales establecida entre el cauce del río y el camino de los Cubos, a la altura de la actual calle de Ricla, y el puente de Santa Engracia que daba acceso al paseo de Sagasta. Se trataba de una intervención sobre aproximadamente 435 metros de cauce fluvial. Las obras debieron afrontar, primero, el encauzamiento del río en un sarcófago de cemento de ocho metros de altura que debió igualar el enorme desnivel natural entre las dos orillas del río. Para ello se debió recrecer mediante un alto murallón de cemento el lado de la margen derecha, correspondiente con el actual lado de los impares. Este hecho explicaría la singular traza de los bloques de viviendas que tras la urbanización del entorno se construyeron en esta zona, que presentan más alturas en sus zonas traseras que en las recayentes a la Gran Vía.
    Una vez terminada la preparación del nuevo cauce, que fue diseñado teniendo en cuenta las irregulares crecidas o salidas de madre del río, se procedió a la colocación de vigas de hormigón armado de 14 metros de longitud apoyadas en ménsulas, sobre las que se asentaron los tableros y encofrados que poco a poco fueron cubriendo el Huerva y configurando el escenario. Estas fueron las vigas que se retiraron en las recientes obras de 2009. Una vez finalizado este proceso, en 1927 la nueva Gran Vía quedó preparada para la urbanización y desarrollo del plan de Ensanche previsto. El 3 de noviembre de ese año se realizó un “sencillo acto de inauguración de la zona”.
    En paralelo, y en mayo de 1926, habían comenzado las obras del cubrimiento de la sección denominada “aguas abajo del paseo de Sagasta”, en el tramo que llegaba hasta la calle de Juan Bruil, de unos 260 metros de desarrollo, siguiendo el mismo procedimiento constructivo, con un coste de unos 3,6 millones de pesetas. En ese punto, las obras quedaron interrumpidas temporalmente por la carencia de recursos municipales, a pesar de algunas quejas por la necesidad de “hermosear” la zona de la antigua huerta de Santa Engracia.
    Se hubo de esperar hasta finales de diciembre de 1930 para continuar las obras del cubrimiento en el tramo desde la calle de Juan Bruil hasta el paseo de la Mina. La misma empresa que se ocupó de los anteriores tramos ejecutó estas obras entre 1931 y 1933, con un coste de 1,4 millones.
    La plaza de Basilio Paraíso, donde hasta entonces confluían el paseo de la Independencia, el de Pamplona y el de Sagasta, tras este cubrimiento del río Huerva se convirtió en un complejo punto de encuentro al añadirse la nueva Gran Vía, con los tramos denominado originalmente de Pablo Iglesias, hacia el Parque, y con el de Galán y García Hernández, hasta el paseo de la Mina. Con este cubrimiento, el río Huerva desapareció de la escena urbana por la que había fluido al aire durante tanto tiempo.
    Para terminar, y dando un notable salto en el tiempo, nos tendríamos que ir a los finales de las década de los años sesenta para llegar a la realización de la cuarta fase del cubrimiento del río Huerva, la última hasta este momento, acometida entre 1968 y 1969 en el tramo comprendido entre la calle de Mefisto y las traseras del colegio del Sagrado Corazón del paseo de la Mina. Esta obra dio continuidad al paseo de Marina Moreno mediante una prolongación que hacía una brusca transición entre el ya veterano bulevar y la proyectada autopista urbana que por el polígono de Miraflores debería convertirse en la principal salida del tráfico rodado en dirección a la carretera de Castellón.
    16 min
  • Zaragoza te habla - Cubrir el Huerva: Antecedentes
    En el programa de hoy os propongo acercarnos a las abruptas márgenes del Huerva, uno de los ríos más importantes de la historia de la ciudad, para iniciar un relato sobre el interesante proceso que supuso cubrir una buena parte de su trazado urbano. De esta forma, en este episodio narraremos lo sucedido hasta que en 1922 comenzó la obra de soterramiento.
    Desde antiguo, el aporte de agua por el río Huerva ha sido fundamental en la historia de Zaragoza. A pesar de su carácter marcadamente mediterráneo, y que en comparación con el caudaloso Ebro y aun el Gállego, hubo épocas en que su denominación fue de “arroyo”, este río era el fundamental aporte que nutría los riegos del sureste, sobre todo mediante las acequias de la Romareda y de las Adulas, muy reforzadas en su caudal cuando a finales del siglo XVIII fue construido el Canal Imperial de Aragón. Así fue hasta que a mediados del siglo XIX una serie de modernos proyectos se toparon con el río como obstáculo infranqueable.
    Sorprendentemente, el primer proyecto tuvo que ver con el ramo de la Guerra. España estaba sumida desde 1833 en una serie de guerras civiles que bajo la denominación de Guerras Carlistas, llevaron a declarar a Zaragoza como plaza de guerra de primer orden, lo que conllevó la redacción de un proyecto de fortificación que en 1859 tomó forma mediante la propuesta de reforzar la medieval muralla de la ciudad mediante una nueva línea de fuertes que se habrían de construir desde la Puerta de Sancho y hasta las Tenerías, a la distancia aproximadamente del monte de Torrero. En 1862 se propuso convertir esta línea de fuertes en una muralla compacta y continua, con su correspondiente foso, en principio seco. El Ayuntamiento propuso entonces desviar el curso del río Huerva para rellenar de agua ese foso y, de paso, poder así aprovechar el antigua cauce para dar paso al crecimiento y ensanche de la ciudad. Aunque este proyecto bien sabemos que no llegó a buen puerto, entre otras razones por el colosal presupuesto que precisaba, resulta interesante pararse a pensar siquiera un minuto sobre lo que ello hubiera supuesto para la configuración de la ciudad.
    En paralelo a este descomunal proyecto, y al comienzo de la década de 1860, la idea de desviar el tramo del río comprendido entre el puente de Santa Engracia y el de San José se asoció a la posibilidad de incorporar el antiguo cauce a la nueva zona edificable del ensanche sur. En 1880 esta propuesta ya cobró forma como cubrimiento del Huerva para poder urbanizar y ensanchar la ciudad hacia el mediodía. Era sintomático que el cubrimiento propuesto comenzara en el puente de Santa Engracia, pues entonces no se preveía que la ciudad fuera a crecer mucho más hacia el sur, y además el nuevo ensanche estaba aún vertebrado por el camino de Torrero, donde se estaban diseñando algunas de las más importantes viviendas unifamiliares proyectadas a ambos lados de este burgués ensanche.
    Fue la construcción de la monumental Facultad de Medicina y Ciencias, inaugurada en 1893, la que abrió la puerta a la posibilidad de cubrir el Huerva más allá de la Puerta de Santa Engracia. Fue entonces cuando el Huerva se convirtió en un río “inoportuno”, que fluía por donde no debía, que taponaba el desarrollo y modernización de Zaragoza, en una lógica que tantas veces se ha escuchado luego en esta ciudad cuando algo antiguo, aunque fuera natural, no se adaptaba a los intereses particulares de algún promotor o propietario. Porque en este caso de eso se trataba, de los intereses de negocio de los grandes propietarios de los terrenos situados a ambas márgenes del río, que calculaban con precisión los astronómicos beneficios de la operación. A esta presión se sumaron los habituales y populistas discursos que buscaban el respaldo popular a sus intereses mediante la apelación a las enormes mejoras que esta obra supondría para la moderna imagen de la ciudad, y para la higiene urbana, pues la mala calidad de sus aguas parece ser que amenazaban con contaminar a toda la urbe.
    Ante tal suma de voluntades y presiones políticas, en 1898 se anunció como ya hecho el acuerdo para cubrir el tramo del río junto a la Facultad de Medicina, de forma que el Gobierno se encargaría de las obras de encauzamiento y abovedamiento, mientras que el Ayuntamiento debería acometer la urbanización del espacio resultante. Sin embargo, este proyecto no pasó de las musas al teatro por el cambio de actitud del Gobierno en cuanto a asumir en solitario el costo del cubrimiento. Desde entonces, se sucedieron numerosos llamados retóricos a la necesidad del cubrimiento, sin que en todo ese tiempo se detectara miasma o efluvio maligno alguno que desde el río amenazara a la salud pública.
    En la década de los años diez del nuevo siglo XX se llevó a cabo la obra del realineamiento del paseo de Sagasta en su entronque con la glorieta formada por la confluencia del paseo de Pamplona y la plaza de Aragón. Ello supuso ensanchar el antiguo puente de Santa Engracia y realizar el primer y pequeño cubrimiento del río Huerva para conformar el despejado espacio triangular que poco después fue denominado plaza de basilio Paraíso.
    Ya al principio de la década de los años veinte, un par de modificaciones legislativas a nivel estatal permitieron al Ayuntamiento acometer proyectos de saneamiento, de forma que el arquitecto municipal Miguel Ángel Navarro pudo presentar, entre otros, el proyecto de “cubrimiento del río Huerva para saneamiento y preparación de las obras de ensanche y parque de la ciudad”, en coherencia con el proyecto de ensanche hacia el sur por Miralbueno.
    En febrero de 1922 el Ayuntamiento aprobó un presupuesto de casi cinco millones de pesetas para acometer el cubrimiento, cuyo desarrollo veremos en un programa posterior.
    19 min
  • Zaragoza te habla - Cubrir el Huerva: Antecedentes
    En el programa de hoy os propongo acercarnos a las abruptas márgenes del Huerva, uno de los ríos más importantes de la historia de la ciudad, para iniciar un relato sobre el interesante proceso que supuso cubrir una buena parte de su trazado urbano. De esta forma, en este episodio narraremos lo sucedido hasta que en 1922 comenzó la obra de soterramiento.
    Desde antiguo, el aporte de agua por el río Huerva ha sido fundamental en la historia de Zaragoza. A pesar de su carácter marcadamente mediterráneo, y que en comparación con el caudaloso Ebro y aun el Gállego, hubo épocas en que su denominación fue de “arroyo”, este río era el fundamental aporte que nutría los riegos del sureste, sobre todo mediante las acequias de la Romareda y de las Adulas, muy reforzadas en su caudal cuando a finales del siglo XVIII fue construido el Canal Imperial de Aragón. Así fue hasta que a mediados del siglo XIX una serie de modernos proyectos se toparon con el río como obstáculo infranqueable.
    Sorprendentemente, el primer proyecto tuvo que ver con el ramo de la Guerra. España estaba sumida desde 1833 en una serie de guerras civiles que bajo la denominación de Guerras Carlistas, llevaron a declarar a Zaragoza como plaza de guerra de primer orden, lo que conllevó la redacción de un proyecto de fortificación que en 1859 tomó forma mediante la propuesta de reforzar la medieval muralla de la ciudad mediante una nueva línea de fuertes que se habrían de construir desde la Puerta de Sancho y hasta las Tenerías, a la distancia aproximadamente del monte de Torrero. En 1862 se propuso convertir esta línea de fuertes en una muralla compacta y continua, con su correspondiente foso, en principio seco. El Ayuntamiento propuso entonces desviar el curso del río Huerva para rellenar de agua ese foso y, de paso, poder así aprovechar el antigua cauce para dar paso al crecimiento y ensanche de la ciudad. Aunque este proyecto bien sabemos que no llegó a buen puerto, entre otras razones por el colosal presupuesto que precisaba, resulta interesante pararse a pensar siquiera un minuto sobre lo que ello hubiera supuesto para la configuración de la ciudad.
    En paralelo a este descomunal proyecto, y al comienzo de la década de 1860, la idea de desviar el tramo del río comprendido entre el puente de Santa Engracia y el de San José se asoció a la posibilidad de incorporar el antiguo cauce a la nueva zona edificable del ensanche sur. En 1880 esta propuesta ya cobró forma como cubrimiento del Huerva para poder urbanizar y ensanchar la ciudad hacia el mediodía. Era sintomático que el cubrimiento propuesto comenzara en el puente de Santa Engracia, pues entonces no se preveía que la ciudad fuera a crecer mucho más hacia el sur, y además el nuevo ensanche estaba aún vertebrado por el camino de Torrero, donde se estaban diseñando algunas de las más importantes viviendas unifamiliares proyectadas a ambos lados de este burgués ensanche.
    Fue la construcción de la monumental Facultad de Medicina y Ciencias, inaugurada en 1893, la que abrió la puerta a la posibilidad de cubrir el Huerva más allá de la Puerta de Santa Engracia. Fue entonces cuando el Huerva se convirtió en un río “inoportuno”, que fluía por donde no debía, que taponaba el desarrollo y modernización de Zaragoza, en una lógica que tantas veces se ha escuchado luego en esta ciudad cuando algo antiguo, aunque fuera natural, no se adaptaba a los intereses particulares de algún promotor o propietario. Porque en este caso de eso se trataba, de los intereses de negocio de los grandes propietarios de los terrenos situados a ambas márgenes del río, que calculaban con precisión los astronómicos beneficios de la operación. A esta presión se sumaron los habituales y populistas discursos que buscaban el respaldo popular a sus intereses mediante la apelación a las enormes mejoras que esta obra supondría para la moderna imagen de la ciudad, y para la higiene urbana, pues la mala calidad de sus aguas parece ser que amenazaban con contaminar a toda la urbe.
    Ante tal suma de voluntades y presiones políticas, en 1898 se anunció como ya hecho el acuerdo para cubrir el tramo del río junto a la Facultad de Medicina, de forma que el Gobierno se encargaría de las obras de encauzamiento y abovedamiento, mientras que el Ayuntamiento debería acometer la urbanización del espacio resultante. Sin embargo, este proyecto no pasó de las musas al teatro por el cambio de actitud del Gobierno en cuanto a asumir en solitario el costo del cubrimiento. Desde entonces, se sucedieron numerosos llamados retóricos a la necesidad del cubrimiento, sin que en todo ese tiempo se detectara miasma o efluvio maligno alguno que desde el río amenazara a la salud pública.
    En la década de los años diez del nuevo siglo XX se llevó a cabo la obra del realineamiento del paseo de Sagasta en su entronque con la glorieta formada por la confluencia del paseo de Pamplona y la plaza de Aragón. Ello supuso ensanchar el antiguo puente de Santa Engracia y realizar el primer y pequeño cubrimiento del río Huerva para conformar el despejado espacio triangular que poco después fue denominado plaza de basilio Paraíso.
    Ya al principio de la década de los años veinte, un par de modificaciones legislativas a nivel estatal permitieron al Ayuntamiento acometer proyectos de saneamiento, de forma que el arquitecto municipal Miguel Ángel Navarro pudo presentar, entre otros, el proyecto de “cubrimiento del río Huerva para saneamiento y preparación de las obras de ensanche y parque de la ciudad”, en coherencia con el proyecto de ensanche hacia el sur por Miralbueno.
    En febrero de 1922 el Ayuntamiento aprobó un presupuesto de casi cinco millones de pesetas para acometer el cubrimiento, cuyo desarrollo veremos en un programa posterior.
    19 min
  • Zaragoza te habla - La perdida Plaza de Aragón
    LA PERDIDA PLAZA DE ARAGÓN
    En el programa de hoy os propongo dar un paseo por la historia de la perdida plaza de Aragón, cuya ovalada figura perdura en nuestros días tal y como fue trazada allá por 1851, siendo este el único rastro de este antiguo espacio de la ciudad.
    Pero vamos a empezar un poco antes, a principios del siglo XVIII, cuando aquí comenzaba el arbolado paseo de Santa Engracia, delimitado entre el cauce del río Huerva y la muralla medieval de ladrillo de Zaragoza, paseo que conducía por el sur hasta el camino de Madrid, y por el oeste al paseo de San Jerónimo, que llevaba hasta la puerta del Carmen primero, y la del Portillo, después. En este punto se levantaba la frontera puerta de Santa Engracia que daba acceso a la ciudad, flanqueada a un lado por la Torre del Pino junto al convento de la carmelitas descalzas, y al otro por el Real Monasterio jerónimo de Santa Engracia. Durante los asedios bélicos de 1808 y 1809 esta zona se convirtió en uno de los escenarios de combate más fieros, de forma que, como ya comentamos en un programa anterior, las destrucciones producidas permitieron la apertura de un nuevo y gran vial que comenzaba en la Cruz del Coso, y que fue la génesis del Paseo Nuevo de San Francisco, actual paseo de la Independencia.
    Al final de este nuevo paseo, redenominado Salón de Santa Engracia, se erigió una nueva puerta para sustituir a la anterior destruida, y para embellecer al arrasado paseo se diseñó en 1840 una glorieta ajardinada que fue denominada Salón de la Glorieta, y al que en 1851 se le dio su característica forma ovalada. En ese momento, la glorieta quedaba extramuros, pues la ciudad conservaba sus murallas defensivas por encontrarse en el epicentro de las guerras civiles carlistas. Pocos años después, en el centro se ubicó el monumento a Pignatelli, por lo que el lugar fue redenominado Glorieta de Pignatelli. Al principio de la década de 1860 se planificó la urbanización de este entorno, de forma que la puerta de Santa Engracia fue trasladada un poco más hacia el sur, cerca del nuevo puente en piedra de Santa Engracia sobre el río Huerva que abría el camino hacia Torrero.
    El despegue urbano de la zona arrancó con motivo de la celebración de la I Exposición Aragonesa de 1868, cuyos pabellones temporales se ubicaron en el lado occidental de la glorieta, en la proximidad del Parque de Ingenieros instalado donde estuviera el antiguo convento de las carmelitas descalzas. Clausurada la exposición, en la siguiente década el Ayuntamiento procedió a la parcelación de los terrenos, resultando cuatro manzanas, dos por lado, con un total de 18 solares (finalmente 13) que hubo que subastar en cuatro ocasiones, hasta que el precio se ajustó a lo que los potentados compradores quisieron pagar. Comenzaron, entonces, a erigirse las primeras viviendas unifamiliares dentro de la tipología del hotelito: estructura residencial aislada y rodeada de jardines. Simultáneamente, al Ayuntamiento acordó sustituir el monumento de Pignatelli por otro dedicado al Justiciazgo, inaugurado en 1904, que además derivó en el último cambio, hasta la fecha, en la denominación de este lugar: plaza de Aragón. Las elites locales daban de esta forma otra muestra de su predilección por el pasado medieval revisitado de forma romántica, antes que por la etapa de la Ilustración, por muy limitada que hubiera sido.
    La disposición de la nueva plaza de Aragón hizo que las viviendas que se construyeron lo hicieran con su fachada principal mirado hacia la plaza, con una verja que limitaba la propiedad rodeada de jardines. Su diseño fue obra de algunos de los más ilustres arquitectos de la ciudad en ese momento, dentro de un estilo compartido, y al servicio de los gustos de sus privilegiados propietarios.
    El hotelito del nº 1 de la plaza, obra de Antonio Miranda junto a la calle de Juan Bruil, ha pasado a la historia porque entre 1911 y 1958 fue sede del Gobierno Civil, y porque tuvo el honor de ser el primero de la plaza en ser derribado en 1961 y sustituido por una torre de diez alturas, en una época en la que la corrupción política y la especulación inmobiliaria campaban bajo el “boom” del desarrollismo. Los hotelitos de los números 2, 3 y 4 fueron proyectados por Félix Navarro, y luego modificados en las primeras décadas del siglo XX. Los tres fueron derribados entre 1978 y 1979, ya en plena democracia recuperada, por sendos bloques que siguieron la senda de la verticalidad acusada. El hotelito del nº 5, recayente a la calle de Puigcerdá, desde 1936 de la falangista Agustina Simón, fue obra de Manuel Ruiz, y hasta finales de la década de los años noventa fue el último de los originales hotelitos que continuaba en pie, hasta su derribo y sustitución por la torre que le sustituyó. La casa del nº 6 fue proyectado por Eusebio Lidón y en los años 40 fue muy remodelado, cambiándole su ingreso desde el nuevo paseo de Marina Moreno. En los años ochenta fue derribado, dando paso a su correspondiente torre de diez plantas. El nº 7, obra de Fernando de Yarza, llamaba la atención por su singular aire francés, y fue derribado a finales de los años sesenta, dando paso a la segunda de las torres de la plaza. El nº 8, proyectado por Mariano López, aparece en numerosas fotografías y postales de esta zona, hasta que a finales de los años setenta fue derribado y sustituido por el actual bloque recayente a la plaza de Basilio Paraíso.
    Al otro lado de la plaza, el nº 9 se convirtió en la definitiva sede de la Capitanía General, por lo que el este edificio no responde a la tipología residencial, y por eso mismo no ha sido derribado y ha perdurado hasta nuestros días. El nº 10, recayente a la calle de Canfranc, fue diseñado por José Clemente de Osinalde, y fue objeto de varias reformas, hasta su derribo a finales de los años setenta y sustitución por una torre de diez alturas. El nº 11 fue proyectado por Eusebio Lidón, derribado a finales de los años sesenta, y sustituido por un bloque de diez alturas. El nº 12, aunque parece el único hotelito superviviente de la plaza, en realidad su actual traza es resultado de varias radicales reformas, que hacen que su actual aspecto tenga poco que ver con el proyectado por Antonio Miranda. En 1980 sus propietarios intentaron seguir la senda de la modernidad y derribar el inmueble, aunque la Delegación Provincial del Patrimonio Artístico del Ministerio de Cultura lo catalogó como edificio monumental, y perdura en nuestros días como restaurante de lujo. Finalmente, el nº 13, recayente a la calle de Albareda, fue el primero en construirse en la plaza, aunque luego fue bastante modificado. Su final llegó a finales de los años setenta, cuando fue derribado y sustituido por una moderna torre edilicia.
    A los románticos que focalizan tanto la rememoración de los desastres de la guerra de 1808-1809 para llorar con nostalgia, y con razón, las pérdidas patrimoniales allí acontecidas, con esta colaboración me sumo hoy como uno más de los modernos nostálgicos que lamentamos también las pérdidas patrimoniales achacables a los pacíficos derribos impulsados por los propios paisanos de esta inmortal ciudad, en fechas bastante más recientes. En el caso que nos ocupa hoy, resulta llamativa la coincidencia del inicio de los derribos de los antiguos hotelitos de la plaza de Aragón, con la drástica reforma realizada en 1961 en el eje viario entre la plaza de España y la plaza de Aragón, en beneficio del tránsito rodado. Las fotografías del antes y después de esta operación, hablan por sí solas, para comparar lo que era la plaza de Aragón hasta 1961, y en lo que luego se ha convertido.
    22 min
  • Zaragoza te habla - La perdida Plaza de Aragón
    LA PERDIDA PLAZA DE ARAGÓN
    En el programa de hoy os propongo dar un paseo por la historia de la perdida plaza de Aragón, cuya ovalada figura perdura en nuestros días tal y como fue trazada allá por 1851, siendo este el único rastro de este antiguo espacio de la ciudad.
    Pero vamos a empezar un poco antes, a principios del siglo XVIII, cuando aquí comenzaba el arbolado paseo de Santa Engracia, delimitado entre el cauce del río Huerva y la muralla medieval de ladrillo de Zaragoza, paseo que conducía por el sur hasta el camino de Madrid, y por el oeste al paseo de San Jerónimo, que llevaba hasta la puerta del Carmen primero, y la del Portillo, después. En este punto se levantaba la frontera puerta de Santa Engracia que daba acceso a la ciudad, flanqueada a un lado por la Torre del Pino junto al convento de la carmelitas descalzas, y al otro por el Real Monasterio jerónimo de Santa Engracia. Durante los asedios bélicos de 1808 y 1809 esta zona se convirtió en uno de los escenarios de combate más fieros, de forma que, como ya comentamos en un programa anterior, las destrucciones producidas permitieron la apertura de un nuevo y gran vial que comenzaba en la Cruz del Coso, y que fue la génesis del Paseo Nuevo de San Francisco, actual paseo de la Independencia.
    Al final de este nuevo paseo, redenominado Salón de Santa Engracia, se erigió una nueva puerta para sustituir a la anterior destruida, y para embellecer al arrasado paseo se diseñó en 1840 una glorieta ajardinada que fue denominada Salón de la Glorieta, y al que en 1851 se le dio su característica forma ovalada. En ese momento, la glorieta quedaba extramuros, pues la ciudad conservaba sus murallas defensivas por encontrarse en el epicentro de las guerras civiles carlistas. Pocos años después, en el centro se ubicó el monumento a Pignatelli, por lo que el lugar fue redenominado Glorieta de Pignatelli. Al principio de la década de 1860 se planificó la urbanización de este entorno, de forma que la puerta de Santa Engracia fue trasladada un poco más hacia el sur, cerca del nuevo puente en piedra de Santa Engracia sobre el río Huerva que abría el camino hacia Torrero.
    El despegue urbano de la zona arrancó con motivo de la celebración de la I Exposición Aragonesa de 1868, cuyos pabellones temporales se ubicaron en el lado occidental de la glorieta, en la proximidad del Parque de Ingenieros instalado donde estuviera el antiguo convento de las carmelitas descalzas. Clausurada la exposición, en la siguiente década el Ayuntamiento procedió a la parcelación de los terrenos, resultando cuatro manzanas, dos por lado, con un total de 18 solares (finalmente 13) que hubo que subastar en cuatro ocasiones, hasta que el precio se ajustó a lo que los potentados compradores quisieron pagar. Comenzaron, entonces, a erigirse las primeras viviendas unifamiliares dentro de la tipología del hotelito: estructura residencial aislada y rodeada de jardines. Simultáneamente, al Ayuntamiento acordó sustituir el monumento de Pignatelli por otro dedicado al Justiciazgo, inaugurado en 1904, que además derivó en el último cambio, hasta la fecha, en la denominación de este lugar: plaza de Aragón. Las elites locales daban de esta forma otra muestra de su predilección por el pasado medieval revisitado de forma romántica, antes que por la etapa de la Ilustración, por muy limitada que hubiera sido.
    La disposición de la nueva plaza de Aragón hizo que las viviendas que se construyeron lo hicieran con su fachada principal mirado hacia la plaza, con una verja que limitaba la propiedad rodeada de jardines. Su diseño fue obra de algunos de los más ilustres arquitectos de la ciudad en ese momento, dentro de un estilo compartido, y al servicio de los gustos de sus privilegiados propietarios.
    El hotelito del nº 1 de la plaza, obra de Antonio Miranda junto a la calle de Juan Bruil, ha pasado a la historia porque entre 1911 y 1958 fue sede del Gobierno Civil, y porque tuvo el honor de ser el primero de la plaza en ser derribado en 1961 y sustituido por una torre de diez alturas, en una época en la que la corrupción política y la especulación inmobiliaria campaban bajo el “boom” del desarrollismo. Los hotelitos de los números 2, 3 y 4 fueron proyectados por Félix Navarro, y luego modificados en las primeras décadas del siglo XX. Los tres fueron derribados entre 1978 y 1979, ya en plena democracia recuperada, por sendos bloques que siguieron la senda de la verticalidad acusada. El hotelito del nº 5, recayente a la calle de Puigcerdá, desde 1936 de la falangista Agustina Simón, fue obra de Manuel Ruiz, y hasta finales de la década de los años noventa fue el último de los originales hotelitos que continuaba en pie, hasta su derribo y sustitución por la torre que le sustituyó. La casa del nº 6 fue proyectado por Eusebio Lidón y en los años 40 fue muy remodelado, cambiándole su ingreso desde el nuevo paseo de Marina Moreno. En los años ochenta fue derribado, dando paso a su correspondiente torre de diez plantas. El nº 7, obra de Fernando de Yarza, llamaba la atención por su singular aire francés, y fue derribado a finales de los años sesenta, dando paso a la segunda de las torres de la plaza. El nº 8, proyectado por Mariano López, aparece en numerosas fotografías y postales de esta zona, hasta que a finales de los años setenta fue derribado y sustituido por el actual bloque recayente a la plaza de Basilio Paraíso.
    Al otro lado de la plaza, el nº 9 se convirtió en la definitiva sede de la Capitanía General, por lo que el este edificio no responde a la tipología residencial, y por eso mismo no ha sido derribado y ha perdurado hasta nuestros días. El nº 10, recayente a la calle de Canfranc, fue diseñado por José Clemente de Osinalde, y fue objeto de varias reformas, hasta su derribo a finales de los años setenta y sustitución por una torre de diez alturas. El nº 11 fue proyectado por Eusebio Lidón, derribado a finales de los años sesenta, y sustituido por un bloque de diez alturas. El nº 12, aunque parece el único hotelito superviviente de la plaza, en realidad su actual traza es resultado de varias radicales reformas, que hacen que su actual aspecto tenga poco que ver con el proyectado por Antonio Miranda. En 1980 sus propietarios intentaron seguir la senda de la modernidad y derribar el inmueble, aunque la Delegación Provincial del Patrimonio Artístico del Ministerio de Cultura lo catalogó como edificio monumental, y perdura en nuestros días como restaurante de lujo. Finalmente, el nº 13, recayente a la calle de Albareda, fue el primero en construirse en la plaza, aunque luego fue bastante modificado. Su final llegó a finales de los años setenta, cuando fue derribado y sustituido por una moderna torre edilicia.
    A los románticos que focalizan tanto la rememoración de los desastres de la guerra de 1808-1809 para llorar con nostalgia, y con razón, las pérdidas patrimoniales allí acontecidas, con esta colaboración me sumo hoy como uno más de los modernos nostálgicos que lamentamos también las pérdidas patrimoniales achacables a los pacíficos derribos impulsados por los propios paisanos de esta inmortal ciudad, en fechas bastante más recientes. En el caso que nos ocupa hoy, resulta llamativa la coincidencia del inicio de los derribos de los antiguos hotelitos de la plaza de Aragón, con la drástica reforma realizada en 1961 en el eje viario entre la plaza de España y la plaza de Aragón, en beneficio del tránsito rodado. Las fotografías del antes y después de esta operación, hablan por sí solas, para comparar lo que era la plaza de Aragón hasta 1961, y en lo que luego se ha convertido.
    22 min
  • Zaragoza te habla - Los Ayuntamientos de Zaragoza
    LOS DISTINTOS AYUNTAMIENTOS DE LA CIUDAD
    En el programa de hoy os propongo recorrer las diversas ubicaciones que ha tenido la sede del Ayuntamiento en Zaragoza en los siglos más recientes, en los que ha conocido la denominación de Concejo, Casa de la Ciudad, Casa Consistorial, palacio municipal, hasta llegar a la actuales dependencias de la plaza del Pilar, donde siquiera de forma más simbólica que otra cosa, sigue residiendo su domicilio social y tienen lugar formalmente sus plenarios.
    Tras la conquista cristiana de Sarakosta en el siglo XII, y a falta de sede propia, las reuniones del Concejo General de la ciudad tenían lugar en la iglesia de Santa María la Mayor primero, y luego en el atrio de la antigua y desaparecida iglesia de Santiago el Mayor sita en la calle de la Cuchillería. A finales del siglo XV, un Ordenamiento real estableció que el Concejo se ubicase con carácter definitivo y estable en un edificio propio, que resultó ser el de la Casa del Puente, así denominada por ser inmediata a la Puerta de la Alcántara o del Puente, luego del Ángel, y el propio Puente de Piedra. En el siglo XVI, adosada a ella se construyó el renacentista edificio de la Lonja de Mercaderes, que cuando cesó sus actividades económicas en el siglo XVII fue integrada al ayuntamiento como Salón de las Casas de la Ciudad. La ceca, o casa de acuñación de moneda propia de Zaragoza, fue también situada anexa al Ayuntamiento, que siguió funcionando bajo la denominación de Casa de la Ciudad hasta los principios de la segunda década del siglo XX.
    Tras más de 500 años de vida activa, en los que conoció diversas reformas y adecuaciones a los nuevos tiempos, esta Casa de la Ciudad comenzó a agrietarse de forma alarmante en 1912, y se buscó por ello un nuevo emplazamiento provisional en el antiguo Colegio preparatorio militar de titularidad municipal que fue construido en la plaza de Santo Domingo, en una parte del antiguo convento dominico de Santo Domingo. Este colegio de nueva planta sólo estuvo activo un par de años, entre 1890 y 1892, y luego fue destinado a Museo Provincial de Bellas Artes, hasta que este museo fue reubicado definitivamente en las dependencias construidas con motivo de la Exposición Hispano Francesa de 1908 en la antigua Huerta de Santa Engracia, donde hoy continúa.
    De esta forma, a finales de marzo de 1912 el antiguo colegio militar y museo de la plaza de Santo Domingo se convirtió en la sede de la Casa Consistorial. Su “lejanía” del centro fue acicate para establecer una línea de tranvía, activa entre 1925 y 1959, que facilitara su accesibilidad. No fue ajena su presencia a la decisión de construir el nuevo Mercado del Pescado municipal en la plaza de Santo Domingo. En paralelo, el edificio de la antigua Casa de la Ciudad fue derribado, y sobre su solar se estableció una replaceta con jardines, pequeño estanque central, y quiosco que pronto se convirtió en habitual zona de paseo y estancia para lugareños y turistas en las traseras de la Lonja.
    Mientras tanto, la “provisionalidad” de esta sede municipal se prolongaba en el tiempo durante unas cuantas décadas, aunque mientras tanto no dejaron de bullir proyectos de nuevos edificios en nuevas ubicaciones. En este sentido, tal vez el más destacado sea el proyecto de principios de los años 20 de establecer el nuevo Ayuntamiento en un solar de propiedad municipal pendiente de urbanización en la plaza de Castelar, en la manzana entre las calles de Joaquín Costa, Mariano Escar y Mefisto, donde fue diseñado un edificio muy remarcable por el arquitecto municipal Miguel Angel Navarro, pero dificultades económicas insalvables dejaron en suspenso su desarrollo, hasta que años después el solar fue finalemente vendido, y el proyecto clausurado.
    A comienzos de 1940, y al hilo de la creación de la gran nueva plaza de las catedrales, de la que ya hablamos en el programa anterior, el gran solar resultante del derribo de todos los edificios delimitados entre la ribera del Ebro y las calles del Retiro Bajo, y del Pilar, hasta la Lonja, fue señalado para construir en él la nueva Casa Consistorial. El proyecto definitivo fue aprobado a finales de 1941, con diseño de los arquitectos Alberto Acha, Ricardo Magdalena Gayán y Mariano Nasarre, pero las penurias de la Zaragoza de la larga postguerra retrasaron hasta enero de 1946, siendo alcalde Francisco Caballero, la colocación oficial de la primera piedra por el arzobispo Rigoberto Doménech.
    Comenzó entonces una larga etapa de casi veinte años donde se alternaron las etapas de intenso obraje, con la de parones por ausencia bien de materiales, o de presupuestos, que se prolongó hasta 1965, cuando el edificio estuvo concluido, siendo alcalde Luis Gómez Laguna. Hasta entonces, y como medida cosmética, la construcción de la fachada recayente a la plaza del Pilar fue acelerada para dar una imagen más aceptable, como cuando tuvo lugar el multitudinario Congreso Mariano de 1954, pero sólo había que darse una pequeña vuelta hasta el paseo de Echegaray y Caballero, para ver que tras los andamios de cañizo aún faltaba bastante para terminar la obra.
    En ese año de 1965 también fueron emplazadas, flanqueando el ingreso principal al nuevo ayuntamiento, dos grandes esculturas en bronce realizadas por Pablo Serrano, que representan a San Valero y al Ángel de la Ciudad. Además, y adosados a la fachada, se colocaron el escudo de la ciudad, con su rampante león en piedra, y el reloj que desde entonces marca las horas.
    Desde esa fecha, y hasta 1979, aquí residieron las sucesivas corporaciones municipales del tardofranquismo, encabezadas por Luis Gómez Laguna, Cesáreo Alierta, Mariano Horno y Miguel Merino, designadas por los tercios familiar, sindical, y el de entidades o corporativo. Tras las elecciones municipales del 3 de abril de ese año, el Ayuntamiento volvía a ser gobernado por los representantes democráticamente elegidos por los vecinos y vecinas de la ciudad. Hasta hoy.
    16 min
  • Zaragoza te habla - Los Ayuntamientos de Zaragoza
    LOS DISTINTOS AYUNTAMIENTOS DE LA CIUDAD
    En el programa de hoy os propongo recorrer las diversas ubicaciones que ha tenido la sede del Ayuntamiento en Zaragoza en los siglos más recientes, en los que ha conocido la denominación de Concejo, Casa de la Ciudad, Casa Consistorial, palacio municipal, hasta llegar a la actuales dependencias de la plaza del Pilar, donde siquiera de forma más simbólica que otra cosa, sigue residiendo su domicilio social y tienen lugar formalmente sus plenarios.
    Tras la conquista cristiana de Sarakosta en el siglo XII, y a falta de sede propia, las reuniones del Concejo General de la ciudad tenían lugar en la iglesia de Santa María la Mayor primero, y luego en el atrio de la antigua y desaparecida iglesia de Santiago el Mayor sita en la calle de la Cuchillería. A finales del siglo XV, un Ordenamiento real estableció que el Concejo se ubicase con carácter definitivo y estable en un edificio propio, que resultó ser el de la Casa del Puente, así denominada por ser inmediata a la Puerta de la Alcántara o del Puente, luego del Ángel, y el propio Puente de Piedra. En el siglo XVI, adosada a ella se construyó el renacentista edificio de la Lonja de Mercaderes, que cuando cesó sus actividades económicas en el siglo XVII fue integrada al ayuntamiento como Salón de las Casas de la Ciudad. La ceca, o casa de acuñación de moneda propia de Zaragoza, fue también situada anexa al Ayuntamiento, que siguió funcionando bajo la denominación de Casa de la Ciudad hasta los principios de la segunda década del siglo XX.
    Tras más de 500 años de vida activa, en los que conoció diversas reformas y adecuaciones a los nuevos tiempos, esta Casa de la Ciudad comenzó a agrietarse de forma alarmante en 1912, y se buscó por ello un nuevo emplazamiento provisional en el antiguo Colegio preparatorio militar de titularidad municipal que fue construido en la plaza de Santo Domingo, en una parte del antiguo convento dominico de Santo Domingo. Este colegio de nueva planta sólo estuvo activo un par de años, entre 1890 y 1892, y luego fue destinado a Museo Provincial de Bellas Artes, hasta que este museo fue reubicado definitivamente en las dependencias construidas con motivo de la Exposición Hispano Francesa de 1908 en la antigua Huerta de Santa Engracia, donde hoy continúa.
    De esta forma, a finales de marzo de 1912 el antiguo colegio militar y museo de la plaza de Santo Domingo se convirtió en la sede de la Casa Consistorial. Su “lejanía” del centro fue acicate para establecer una línea de tranvía, activa entre 1925 y 1959, que facilitara su accesibilidad. No fue ajena su presencia a la decisión de construir el nuevo Mercado del Pescado municipal en la plaza de Santo Domingo. En paralelo, el edificio de la antigua Casa de la Ciudad fue derribado, y sobre su solar se estableció una replaceta con jardines, pequeño estanque central, y quiosco que pronto se convirtió en habitual zona de paseo y estancia para lugareños y turistas en las traseras de la Lonja.
    Mientras tanto, la “provisionalidad” de esta sede municipal se prolongaba en el tiempo durante unas cuantas décadas, aunque mientras tanto no dejaron de bullir proyectos de nuevos edificios en nuevas ubicaciones. En este sentido, tal vez el más destacado sea el proyecto de principios de los años 20 de establecer el nuevo Ayuntamiento en un solar de propiedad municipal pendiente de urbanización en la plaza de Castelar, en la manzana entre las calles de Joaquín Costa, Mariano Escar y Mefisto, donde fue diseñado un edificio muy remarcable por el arquitecto municipal Miguel Angel Navarro, pero dificultades económicas insalvables dejaron en suspenso su desarrollo, hasta que años después el solar fue finalemente vendido, y el proyecto clausurado.
    A comienzos de 1940, y al hilo de la creación de la gran nueva plaza de las catedrales, de la que ya hablamos en el programa anterior, el gran solar resultante del derribo de todos los edificios delimitados entre la ribera del Ebro y las calles del Retiro Bajo, y del Pilar, hasta la Lonja, fue señalado para construir en él la nueva Casa Consistorial. El proyecto definitivo fue aprobado a finales de 1941, con diseño de los arquitectos Alberto Acha, Ricardo Magdalena Gayán y Mariano Nasarre, pero las penurias de la Zaragoza de la larga postguerra retrasaron hasta enero de 1946, siendo alcalde Francisco Caballero, la colocación oficial de la primera piedra por el arzobispo Rigoberto Doménech.
    Comenzó entonces una larga etapa de casi veinte años donde se alternaron las etapas de intenso obraje, con la de parones por ausencia bien de materiales, o de presupuestos, que se prolongó hasta 1965, cuando el edificio estuvo concluido, siendo alcalde Luis Gómez Laguna. Hasta entonces, y como medida cosmética, la construcción de la fachada recayente a la plaza del Pilar fue acelerada para dar una imagen más aceptable, como cuando tuvo lugar el multitudinario Congreso Mariano de 1954, pero sólo había que darse una pequeña vuelta hasta el paseo de Echegaray y Caballero, para ver que tras los andamios de cañizo aún faltaba bastante para terminar la obra.
    En ese año de 1965 también fueron emplazadas, flanqueando el ingreso principal al nuevo ayuntamiento, dos grandes esculturas en bronce realizadas por Pablo Serrano, que representan a San Valero y al Ángel de la Ciudad. Además, y adosados a la fachada, se colocaron el escudo de la ciudad, con su rampante león en piedra, y el reloj que desde entonces marca las horas.
    Desde esa fecha, y hasta 1979, aquí residieron las sucesivas corporaciones municipales del tardofranquismo, encabezadas por Luis Gómez Laguna, Cesáreo Alierta, Mariano Horno y Miguel Merino, designadas por los tercios familiar, sindical, y el de entidades o corporativo. Tras las elecciones municipales del 3 de abril de ese año, el Ayuntamiento volvía a ser gobernado por los representantes democráticamente elegidos por los vecinos y vecinas de la ciudad. Hasta hoy.
    16 min
  • Zaragoza te habla - Los grises años 50 (Libro)
    Hoy tenemos edición especial de “Zaragoza te habla”, y es que todos los días no presenta nuevo libro uno de nuestros colaboradores. Por cierto, el segundo en poco más de un año. Como digo, nuestros amigos José María Ballestín y Antonio Tausiet, justamente ayer presentaron “Memoria Visual de Zaragoza – Los grises años 50”.
    El acto tuvo lugar a las siete de la tarde en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, siendo presentado por Nicolás Espada, director del Periódico de Aragón. Tuvimos la suerte de poder asistir al acto y grabar las interesantes intervenciones de José María Ballestín y Antonio Tausiet, sus autores.
    Vamos a escuchar a continuación un par de cortes de las mismas, en donde nos hablan de su obra, su estructura, futura continuidad por décadas: Ya están trabajando en el siguiente que se ocupará de los años 60, etc.
    El libro, editado por “El Periódico de Aragón”, contiene una selección de 200 fotografías del Gran Archivo de Zaragoza Antigua (GAZA) y los magníficos textos de José María Ballestín y Antonio Tausiet. Os aseguramos que es una maravilla, nos traslada a la Zaragoza de los años 50, “Los grises años 50” que así se subtitula el libro. Todo un apasionante viaje por aquella Zaragoza más pequeña, más pobre, sin muchas florituras, pues la dictadura dejaba poco lugar a ello, pero quizás más auténtica, más compacta, con sus tranvías, su pequeño comercio (todavía no se había oído hablar de grandes superficies, ni nada de eso), sus ríos sin contaminar… En fin, una obra imprescindible, llena de guiños a los que nacimos en aquella década, pero también para los más jóvenes. Hay que conocer bien el pasado, para entender el presente y poder proyectar nuestro futuro.
    El libro sale a la venta este próximo fin de semana en quioscos y librerías al precio de 15 Euros. No os lo perdáis.
    15 min

About ZARAGOZA TE HABLA

From the publisher's feed

Zaragoza te habla” es una nueva sección del magacín cultural transmedia "Siéntelo con Oído" que publicamos todos los jueves en nuestro blog https://www.sienteloconoido.es. José María Ballestín Miguel,…