ZARAGOZA TE HABLA

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By MANUEL ALCAINEHistory
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ZARAGOZA TE HABLA episodes

  • Zaragoza te habla - Memoria visual. Los sombríos años 40
    El jueves 27 de febrero de 2020 a las 19 h, en la sala Pilar Sinués del Edificio Paraninfo, plaza Paraíso 4, Zaragoza, se presenta el libro Memoria visual de Zaragoza. Los sombríos años 40, editado por El Periódico de Aragón.
    Desde 2014, el proyecto GAZA, Gran Archivo Zaragoza Antigua, creado por José María Ballestín Miguel y Antonio Tausiet, compila y ordena miles de referencias visuales de la ciudad de Zaragoza. Este libro es una selección de fotografías de ese archivo, acompañadas de comentarios redactados para la ocasión.
    Un recorrido por la ciudad, los barrios y algunos aspectos de su economía y sociedad en la década de los 40, cuando en España se estaba conformando el denominado primer franquismo. Una época de Dictadura, aislamiento internacional, autarquía, racionamiento y dura represión, que en Zaragoza se vivió además en un ambiente de exacerbado nacionalcatolicismo: los sombríos años 40.
    Se trata del quinto volumen de la colección, tras Los grises años 50, Los prodigiosos años 60, Los convulsos años 70 y Los flamantes años 80.
    22 min
  • Zaragoza te habla - Giesa en la ciudad
    En el programa de hoy os propongo realizar un recorrido por las distintas ubicaciones de la empresa Giesa en la ciudad, una muestra de lo sucedido con otras muchas instalaciones industriales que durante el pasado siglo XX pasaron de su tradicional emplazamiento en el mismo centro de Zaragoza, para poco a poco terminar en su periferia más extrarradial.
    Giesa comenzó en 1914 como una pequeña empresa fundada por el oscense Joaquín Guiral en el antiguo nº 32-34 de la calle de Roda (actual nº 20 de la calle de Santa Isabel), enfrente al singular callejón de las Once Esquinas, al que algún día dedicaremos un programa. Allí, en los locales de una tienda de venta de material eléctrico con pequeño taller anexo, Guiral estableció una lampistería y tienda de aparatos eléctricos, mientras inventaba motores, aplicaciones y construcciones eléctricas. Zaragoza se estaba electrificando, y la creciente actividad comercial del negocio dejó pequeño este primer local, de forma que a comienzos de la década de los años 20 Guiral adquirió un gran local esquinero entre la calle de San Jorge y la calle de San Andrés, sobre el que construyó un inmueble en cuyos bajos estableció una gran tienda de productos eléctricos, mientras que los locales de la calle de Roda fueron reorganizados como talleres.
    La empresa seguía trayectoria boyante, sobre todo inclinada hacia grandes proyectos industriales, como por ejemplo la instalación eléctrica de la Estación Internacional de Canfranc, inaugurada en 1928, y hacia un nuevo sector que pronto impulsaría mucho su desarrollo: la fabricación de montacargas y ascensores, los primeros de cuales fueron instalados en la ciudad en 1929, causando verdadero asombro la posibilidad de poder prescindir de las escaleras de toda la vida para subir así los cada vez más altos inmuebles.
    En agosto de 1936, recién comenzada la Guerra Civil, la empresa fue militarizada por los sublevados contra la democracia republicana, y el aumento de la producción con fines bélicos llevó a buscar una nueva ubicación a los pequeños talleres. Así, en la periferia de la avenida de San José, esquina con la calle de Miraflores, los grandes talleres de La Catedral del Mueble allí ubicados se transformaron en 1937 en talleres de productos electromagnéticos, fábrica de electrodos, construcción de ascensores, y almacenes y oficina.
    En 1940 la empresa se constituyó en sociedad anónima, y los talleres Guiral se convirtieron en Giesa (Guiral Industrias Eléctricas S.A.) En 1941 la búsqueda de nuevos terrenos para construir una mayor factoría le llevó hasta la carretera de Castellón, a los terrenos de Villa Asunción, cuya enorme casa fue también vendida por Larrinaga como provisional sede de las oficinas y administración. La gran fábrica fue terminada en 1945, en plena Autarquía, aunque logró consolidar y mejorar su posición a nivel local y nacional. En 1950 falleció Joaquín Guiral dejando la empresa muy bien situada, hasta que en 1980 se integró en el grupo Schindler. Durante esta etapa, suele destacarse el simbólico ascensor aquí construido para la nueva torre del Pilar que, con el nombre de San Francisco de Borja, y tras ser inaugurado en 1968, popularmente se conoce como “la torre del ascensor”.
    Finalmente, en 2005 esta empresa firmó un convenio con el Ayuntamiento, tras el que se reubicaría en el Polígono Empresarium de La Cartuja Baja, mientras el Ayuntamiento se quedó con la propiedad del edificio principal de la fábrica recayente a la calle de San Joaquín que, quince años después, siguen en barbecho y sin uso, pese a haberse presentado varios proyectos, hasta el momento todos sin realizar.
    7 min
  • Zaragoza te habla - Las Plazas de España
    En estos tiempos en que según los extremistas de derecha pareciera que España se está rompiendo cada día de alguna forma nueva y horrible, en el programa de hoy, os propongo que nos aproximemos a la realidad de la presencia de la palabra España en el nomenclátor de Zaragoza.
    En la historia urbana de este país llamado España, el centro de los pueblos y ciudades ha sido tradicionalmente o bien la plaza Mayor, o la plaza del Ayuntamiento. El caso de Zaragoza es excepcional, porque nunca ha tenido ni una ni otra. Como ya vimos en algún programa anterior, durante siglos fue la antigua plaza del Mercado el centro económico y social de la ciudad, quedando la plaza del Pilar como un secundario espacio relacionado con el culto privado. El 9 de junio de 1937 el pleno del Ayuntamiento constituido tras el golpe de estado de julio de 1936 acordó denominar plaza de España a la hasta entonces llamada de la Constitución porque, según se dijo entonces, en “la mayoría de las ciudades y pueblos de la zona liberada se ha dedicado a España la plaza principal de los mismos, y si consideramos que la nuestra lleva el nombre de la Constitución al que van aparejadas las desdichas que nos aquejan…” Poco importaba, como actualmente hacen los creadores y difusores de tendenciosas noticias falsas, que esta plaza llevara el nombre de la Constitución, pero no por la de 1931 alumbrada al comienzo de la Segunda República, sino por la de 1845 que rigió el reinado de la reina Isabel II. Ya es llamativo que quienes se erigen en defensores de las tradiciones y en las costumbres de toda la vida, generalmente suelen ser campeones en ignorancia y desconocimiento de la realidad de ese pasado que dicen reivindicar. En este caso, además, se confundían dos constituciones que bien poco tenían que ver, pero bueno, eran constituciones al fin y al cabo, otra realidad a extinguir fueran del color que fueran.
    Así, las cosas, la plaza de la Constitución se convirtió de facto y desde entonces en la plaza de España de toda la vida, es decir, desde el franquismo. Pero había un pequeño problema formalmente irresoluble: Zaragoza ya contaba con una plaza de España, y como tal figuraba desde 1934 en el plan general de ensanche de la ciudad en la zona de Miralbueno, en la nueva Gran Vía que desde la plaza de Basilio Paraíso se prolongaba hasta el Parque de Zaragoza o de Buenavista. Esta periférica zona se encontraba ya urbanizada y lista para recibir las primeras manzanas de viviendas previstas, y además estaba previsto que fuera el acceso principal a la proyectada Ciudad Universitaria concebida en 1932 sobre 6 manzanas residenciales del ensanche de las Casas Baratas.
    La solución dada a este problema fue hacer una pirueta o permuta, de forma que mientras la plaza de la Constitución se convertía por dictado en la nueva plaza de España, la plaza de España realmente existente fue redenominada como de San Francisco, para así recuperar la primera denominación que tuviera la plaza de la Constitución, como recuerdo al desaparecido gran convento de San Francisco que ocupara buena parte de esa plaza. Si a nosotros esto nos puede parecer un lío, imaginemos los trastornos mentales que debieron padecer quienes pergeñaron este cambio, sólo uno más, en definitiva, de las decenas y decenas que afectaron a numerosas calles y plazas de la ciudad, cuyos nombres fueron modificados entre 1936 y 1940 para adecuar de forma retrógrada el nomenclátor urbano a la nueva España del régimen franquista.
    6 min
  • Zaragoza te habla - La Universidad de la Magdalena
    En el programa de hoy, primero de este año 2020 y por fin con el nuevo Gobierno de España coalición progresista en marcha, os propongo que nos bajemos hasta la plaza de la Magdalena para acercarnos a la que fue la histórica ubicación de los Estudios Generales o Universidad de Zaragoza.
    Fundada oficialmente en 1583, estaba delimitada por la plaza de la Magdalena y la Puerta de Valencia al sur, la plaza y calleja de la Universidad al oeste, el colegio de la Trinidad al Norte, y el tramo más bajo del Coso, llamado de la Portaza porque terminaba donde estaba esa homónima puerta, puerta luego llamada del Sol, hasta su derribo en 1869. El original edificio universitario tenía planta irregular, y un gran patio o claustro vertebraba los edificios de las aulas, el “Teatro de la Escuela” o paraninfo, la capilla y la torre del reloj. Sus dos accesos principales estaban establecidos uno al este, en el Coso, donde estaba la “entrada magna” y al oeste, en la calle de la Universidad.
    Durante los asedios franceses de principios del siglo XIX, la Universidad fue militarizada por orden de Palafox y convertida en sede de la Maestranza de Ingenieros, lo que la convirtió en objetivo de guerra, resultando afectada de gravedad, tanto en su estructura como en los fondos documentales que albergaba. No obstante, tras la salida francesa de la ciudad en 1813 las actividades académicas se reanudaron en los espacios que no habían sido afectados. Años después, el derribo en 1867 de la Puerta de Valencia fue aprovechado para ampliar y remodelar la antigua plaza de la Magdalena, y la Universidad realizó una intensa reforma que la dotó de una nueva gran fachada principal ya recayente a la plaza, visible en las fotos de la zona de finales del siglo XIX.
    La recuperación de los estudios de las Facultades de Medicina y de Ciencias permitió proyectar para ellos un nuevo edificio en la dirección del ensanche de la ciudad hacia el sur, que sería inaugurado en 1893, junto a la actual plaza de Basilio Paraíso. Por ello, y desde entonces, la Universidad de la Magdalena sería la Universidad Literaria, sede de los estudios de Humanidades. Al albur de la Exposición Hispano-Francesa de 1908, la Universidad fue objeto de una gran reforma proyectada por Ricardo Magdalena que tras su finalización en 1913 le dotó de su definitivo aspecto, tanto externo como interno, del que nos quedan bastantes testimonios gráficos, sobre todo de la nueva fachada a la plaza.
    Al principio de los años 30 del pasado siglo XX, el edificio de la plaza de la Magdalena albergaba las Facultades de Derecho y Filosofía y Letras, el Archivo y Biblioteca universitaria, y además la Escuela Normal de Maestros. Durante la Segunda República se planeó la construcción de una moderna ciudad universitaria junto a la proyectada plaza de España en el ensanche de Miralbueno. Tras la Guerra Civil, y conforme entraban en funcionamiento las nuevas Facultades del campus de San Francisco, el viejo caserón universitario de la Magdalena se fue despoblando de sus funciones. A finales de los años 60 el Gobierno planeó su derribo para dar paso a modernas instalaciones de educación primaria y secundaria. Así se hizo, dejando sola la llamada capilla de Cerbuna, declarada Monumento Histórico-Artístico, que en 1973 se derrumbó porque sin otros apoyos materiales y presupuestarios, sólo podía hacer eso. De esta forma, y tras retirar los materiales caídos, el solar fue habilitado para las instalaciones educativas que hoy ocupan su espacio. Una placa instalada en 1991 en la plaza de la Magdalena recuerda, para quien no pueda llegar a creérselo, que aquí estuvo la histórica Universidad de Zaragoza.
    12 min
  • Zaragoza te habla - El Puente de Tablas
    En el programa de hoy, último de este incierto año 2019, y antes de dar comienzo a la década de los años 20 del siglo XXI, os propongo que nos situemos en la ribera de la margen izquierda del río Ebro, entre el puente de Hierro a la izquierda y el molino de San Lázaro a la derecha, para centrarnos en el llamado “Mirador del Puente de Tablas”, una moderna estructura de acero y madera que en el flamante año 2008, al hilo de la Expo, fue instalada donde estuviera el antiguo Puente de Madera o de Tablas, que durante varios siglos fue el segundo de los puentes de Zaragoza.
    Este puente era coetáneo y complementario del Puente de Piedra, y tanto o más importante que éste, pues era el paso por el que cruzaban los vehículos pesados, tanto de carga de mercancías como de personas, por la sencilla razón de que resultaba mucho más barato mantener y reparar una estructura de madera, que una de piedra, sobre todo si está tendida sobre un río como el Ebro, que cuando brama, es que brama bien. De esta forma, el puente de Tablas daba continuidad al camino real entre Madrid y Barcelona, y hacía las funciones de puente comercial, como atestiguan las casetas de pago por el tránsito que flanqueaban la llamada Puerta del Puente de Tablas, ya en la margen derecha, por la que se ingresaba a la ciudad. Muy cerca de esta puerta vivían los carpinteros que aseguraban el mantenimiento del puente, una función vital dado el notable tráfico que lo utilizaba.
    Este puente de madera era municipal, si bien se arrendaba por una cantidad y un tiempo determinado a empresarios que se encargaban de su mantenimiento, quedándose con el ingreso por su paso. Desde que fue construido el primer Puente de Tablas, se tiene constancia de que este puente sufrió numerosos eventos desastrosos asociados a las tremendas “salidas de madre” del río Ebro, que cada cierto tiempo inundaba grandes extensiones de terreno, afectaba gravemente a las riberas y al Puente de Piedra, y literalmente se llevaba por delante el de Tablas. Así sucedió por ejemplo en la descomunal riada de 1643, que también se llevó un par de arcadas del Puente de Piedra, como refleja el excelente cuadro de Juan Bautista Martínez del Mazo.
    En 1713, en plena Guerra de Sucesión, aunque no como consecuencia de ella, el Puente de Tablas ardió completamente, si bien fue reconstruido poco después. Una gran riada se lo llevó por delante en 1775, siendo nuevamente reconstruido, y otra gran avenida del Ebro en junio de 1801 dañó por enésima vez este Puente de Tablas. Como en ocasiones anteriores, el tránsito se derivó por el Puente de Piedra, e incluso por un provisional paso por barca o pontón. En 1803 se proyectó un puente de madera nuevo, aunque nunca se llevó a cabo. Desde entonces, y hasta la construcción en 1870 del Puente del Ferrocarril en La Almozara, el Puente de Piedra quedó como el único paso fluvial de la ciudad de Zaragoza. En 1895 se inauguró, unas decenas de metros aguas abajo de donde estuviera tendido el original Puente de Tablas, el moderno Puente del Pilar o de Hierro.
    El “Mirador del Puente de Tablas” que citábamos al principio se asienta sobre los restos del original estribo norte del Puente de Tablas, y si se baja hasta el camino peatonal trazado por la ribera del Ebro, se puede contemplar este arqueológico pedazo de la antigua Zaragoza cuya imagen sólo aparece reflejado en contadas pinturas y grabados anteriores a su desaparición a principios del siglo XIX. Muy cerca de este lugar encontramos también la calle del Puente de Tablas, que también recuerda este desaparecido paso sobre el Ebro.
    14 min
  • Zaragoza te habla - Un monumento por descubrir
    En el programa de hoy, un día antes del aniversario 41 de la Constitución Española aprobada en el referéndum de 1978, evento que es celebrado desde 1983, os propongo rememorar un monumento zaragozano que no es muy antiguo, aunque es bastante probable que para una buena parte de la audiencia que oiga estas palabras, o lea estas líneas, sea por ello la primera ocasión en que tenga noticia del mismo, pese a su notable simbolismo.
    Se trata del "Monumento a los aragoneses en campos de concentración alemanes" ubicado en el Cabezo de Buenavista del actual Parque Grande José Antonio Labordeta, algo más arriba que el Monumento al Batallador, y que fue inaugurado el 22 de septiembre de 1985 durante la celebración de la asamblea anual de la "Amical de Mauthausen" en Zaragoza. Esta es una asociación que agrupa desde 1962 a los exdeportados republicanos (los "españoles rojos") de los campos de concentración del nazismo alemán, así como a los familiares y amigos, tanto de los supervivientes como de los deportados asesinados en esos campos.
    Así pues, durante esa asamblea anual, se organizaron varias actividades vinculadas con la entonces minoritaria reivindicación de la Memoria histórica vinculada a este atroz episodio de la represión nazi-fascista: hubo una exposición titulada "Exilio y Deportación" en dependencias de la Diputación Provincial; una recepción oficial del entonces presidente de la Diputación General de Aragón, Santiago Marraco; un pleno extraordinario en el Ayuntamiento; y la inauguración de este monumento con presencia del entonces alcalde accidental, Antonio González Triviño.
    El monumento fue diseñado por Fernando Fernández Lázaro, formado por unas decrecientes y fracturadas barras en hormigón armado que pretenden representar la bandera de Aragón a cuya derecha continúa un cuerpo sobre el que se colocó una placa con el texto "El Ayuntamiento de Zaragoza en homenaje a los aragoneses confinados en los campos de concentración alemanes durante la segunda guerra mundial. Septiembre 1985". Los ajustados plazos de tiempo con que se realizó esta obra impidieron que pudiera finalizarse tal y como había sido concebida, con algunos elementos simbólicos vegetales que ya no se añadieron después y que dejan al conjunto como algo frío y despojado.
    Desde entonces, este es uno de los referentes más internacionalistas de la ciudad donde se rinde homenaje a la memoria de los casi 900 aragoneses que pasaron por los campos de concentración alemanes con el beneplácito del régimen franquista. Por eso mismo, suele ser objeto de reiteradas agresiones fascistas y neonazis en forma de insultantes pintadas, pues ya sabemos que estas gentes no toleran más memoria histórica que la sectaria y apologética suya propia, exclusiva oficialmente durante más de 40 años en este país, y que desde que ya no es así acusan de forma llamativa a la otra memoria como “revanchista”, “guerracivilista”, etc. Ya destruyeron la original placa de este monumento, que hubo de ser repuesta. Además, y de forma periódica, el monumento debe ser higienizado y limpiado de tóxicas pintadas y símbolos nazis por el Servicio de Parques y Jardines. Es por ello que el monumento luce con un color blanco que no debería ser el suyo y que se corresponde con el más a mano con que se tapan las pintadas.
    Ni siquiera la clase periodística, sin duda la más informada del globo, sabe muy bien localizar este monumento cuando se convoca algún homenaje. Signo de los tiempos.
    15 min
  • Zaragoza te habla - El crimen del sombrerero
    Hoy me gustaría compartir con la parroquia de este programa un ejemplo de la íntima relación entre las fotografías antiguas de la ciudad, y algunas historias que, de otro modo, quedarían sin reflejo visual por la carencia de imágenes directamente relacionadas. Se trata de un truculento asesinato que me he permitido titular de forma sensacionalista como “el crimen del sombrerero”, tal y como hubiera hecho seguramente el Caso si se hubiera producido en una época más reciente.
    Todo comenzó cuando me topé con una antigua fotografía de Zaragoza donde aparecía un edificio identificado como “Fábrica de sombreros al por mayor de Felipe Conesa”, en un entorno anónimo y sin identificar. Tras una necesaria investigación por la red de redes, me topé con una historia que no me resisto a compartir con vosotros.
    El frío 30 de diciembre de 1890, hacia las 8 de la noche, fue asesinado a puñaladas en el camino de San José Felipe Conesa, propietario de una fábrica de sombreros sita en el cercano camino de Torrero (actual paseo de Sagasta), posiblemente ubicada en la esquina con el camino de las Torres. Se trató en un crimen urdido entre su esposa, Carmen Martínez, y Antonio Aragonés, oficial de la fábrica de sombreros que durante los viajes de Felipe Conesa fuera de Zaragoza, quedaba al cargo de la fábrica y, además y extraorficialmente, de su esposa, pues intimaron y se convirtieron en amantes, y decidieron terminar con la vida de Conesa para allanar su fogosa relación. Primero intentaron envenenarlo mediante unos “polvos” adquiridos a una curandera, pero como no cumplieron su macabra función, decidieron comprar los servicios de un sicario de nombre Mariano Ballado que, por 50 duros, fue quien terminó con la vida de Conesa.
    Desde el momento de la comisión de este crimen, se convirtió en un mediático y popular evento muy seguido, como atestigua las abundantes reseñas periodísticas en medios de todo el país, muy descriptivas en detalles escabrosos. El juzgado del Distrito de San Pablo llevó las diligencias legales del caso, por ser el que correspondía a la entonces cárcel situada en la calle de los Predicadores, donde fueron encarcelados los sospechosos. El juicio tuvo lugar en la Audiencia Territorial, con numerosísimo público expectante de ver en vivo y en directo a los acusados. La sentencia fue durísima: pena de muerte para la esposa del asesinado, por parricidio, y para su amante y el asesino, por asesinato.
    Casi un año después, el Ministerio de Gracia y Justicia conmutó las penas de muerte por las de reclusión perpetua de los acusados. La influencia de este crimen, según Ernest Hemingway habría servido de referente a la novela "La piedra angular" que la escritora Emilia Pardo Bazán escribió poco después, donde reflexiona sobre la pena de muerte como “piedra angular” en la defensa del Estado ante “desórdenes de la mala vida” como los que caracterizan este tremendo crimen de un sombrerero en la Zaragoza en 1890.
    12 min
  • Zaragoza te habla - La Puerta del Fin
    En el programa de hoy vamos a recordar una de las antiguas y desaparecidas puertas menores de la ciudad, también denominadas trenques o postigos, en este caso la que fuera “Puerta del Fin”, desaparecida tras siglos de existencia en un espacio que fue radicalmente transformado hace unas décadas.
    A la izquierda del templo de Santa María del Pilar y junto a la ribera del Ebro, la antigua muralla de piedra de la ciudad fue abierta tras la conquista cristiana, y se establecido un trenque de paso que a lo largo del tiempo recibió numerosos nombres: comenzó siendo el Postigo de Francoy, y luego sucesivamente de Montaner, de Ebro Viejo, del Señor de Ayerbe, de la Madera, y finalmente Puerta del Fin. Este último y definitivo nombre, hasta su desaparición, le fue dado en 1863, como una denominación que fue considerada “indiferente”, sin ninguna referencia especial a persona, evento o suceso remarcable. Hasta entonces era conocida como Postigo de la Madera, al que se llegaba desde la calleja de los Agustinos descalzos, así denominada por la impronta del cercano convento y colegio de esa Orden religiosa, en una zona donde tradicionalmente se concentraba un buen número de mesones, por la cercanía de la plaza del Pilar y por ser zona de acceso a la ciudad a través de las principales puertas de la Tripería y la de Toledo. Con la reforma del nomenclátor de 1863, esta calleja fue también redenominada del Fin, y aunque su nombre no pretendía referirse a nada en concreto, sí que parecía indicaba que con ella se llegaba al fin o final de la ciudad, accediendo a la ribera del Ebro.
    A principios del siglo XIX, en el recoleto espacio exterior de esta puerta y en una zona que se extendía hasta la iglesia de San Juan de los Panetes, durante las fiestas del Pilar tenía lugar una feria de ganado, fundamentalmente de “caballerías” (mulos, mulas, caballos), donde se alcanzaba un importante nivel de transacciones de dinero y animales.
    A finales de la década de los años 30, esta puerta y este espacio desaparecieron durante la radical intervención urbanística diseñada para configurar la moderna plaza del Pilar, que les dio fin. De esta forma, la calle y la Puerta del Fin dieron paso a una gran y compacta manzana en la que se construyeron los actuales edificios que allí perduran: la Hospedería del Pilar, la Casa del Cabildo, el Museo Catedralicio y el nuevo Colegio de los Infantes.
    11 min
  • Zaragoza te habla - La calle del Conde Alperche
    En el programa de hoy vamos a abrir otro episodio centrado en un más que antiguo vial urbano que ha tenido dos ubicaciones distintas, en dos momentos históricos también distintos, y que acabó desaparecido del nomenclátor urbano. Y es que en esta ciudad, hasta las calles que se han llamado así “de toda la vida”, como suelen repetir los castizos, alguna que otra vez han terminado sus días en su más que poblado cementerio de lo perdido y arrasado, por más tradicionales y tradicionalistas que sean sus referencias, currículo y valores.
    Vamos al grano. Desde tiempos inmemoriales, un vial de la ciudad recordaba la participación del noble francés, de la región de Bearne, conocido como conde Rotrón de Alperche, en la conquista cristiana de la entonces Saraqusta liderada por Alfonso I, allá por el año 1118. La ubicación de esta calle se asociaba tradicionalmente con el lugar por el que este conde atravesó la muralla de la ciudad desde la ribera del Ebro, en el barrio de la Seo. Tal era así, que allí se dejó abierto un “trenque” o puerta menor de ingreso, que allá por el siglo XV estaba flanqueado por el fosal o cementerio de la Seo, y por la Ceca o fábrica de moneda de la ciudad.
    La denominación de esta calle “del conde de Alperche”, y como suele ser también tradicional en la ciudad, era conocida por la curiosa contracción de “Contra el perche”, o “Contralperche”, e incluía la referencia al nombre del trenque o paso por la muralla. Así fue hasta que en 1863, con la gran reforma del nomenclátor urbano de ese año, se le otorgó el nombre normalizado de calle del conde de Alperche. Esta calle era ciertamente sinuosa de traza, con entrantes y salientes bien recoletos por doquier, que conectaba la calle del Sepulcro con la ribera del Ebro, para hacernos una idea, sobre todo a la audiencia más joven, en lo que es el actual último tramo de la calle de San Vicente de Paúl. Fue precisamente la quirúrgica apertura de esta moderna calle, a finales de los años 30 del pasado siglo, la que supuso el final de la original calle del conde de Alperche, junto con una buena nómina de otras calles, callejas y plazas de esa antigua zona de la ciudad.
    Pocos años después, esta calle reapareció dándole nombre a un vial hasta entonces innominado, al final del camino de las Torres, tras cruzar la calle de Miguel Servet, y hasta el río Huerva, por donde estaba el ingreso principal al cuartel de la Tercera Comandancia de Intendencia del ejército de tierra, que fuera antiguo convento carmelita de San José, antiguo presidio homónimo y finalmente cuartel hasta que tras la Operación Cuarteles, fue vendido al Ayuntamiento, derribado, el entorno reurbanizado, y por su solar se dio continuidad al camino de las Torres hacia el nuevo puente de Las Fuentes.
    Esta operación urbanística, claramente beneficiosa para la ciudad, supuso la segunda desaparición de la calle del Conde Alperche, que desde entonces ha desaparecido del nomenclátor urbano. No seré yo quien reivindique su recuerdo, asociado de forma tradicionalista y cavernaria a la “Reconquista” y a la España más radicalmente nacionalcatólica, ni mucho menos, pero me parecía interesante traer a cuento el caso, siquiera para recordar dos ámbitos urbanos como los referidos en el día de hoy, muy transformados luego, no hace demasiado tiempo.
    8 min

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