ZARAGOZA TE HABLA

ZARAGOZA TE HABLA

By MANUEL ALCAINEHistory
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ZARAGOZA TE HABLA episodes

  • Zaragoza te habla - El Callejón de las Once Esquinas
    Paseando por la calle de Alfonso I en el tramo entre las calles de la Manifestación y de Santa Isabel, llama la atención un paso que entre los inmuebles de los números 31 y 33 nos da acceso a un singular espacio en forma de ele que, aunque pueda parecer un patio de viviendas abierto, se trata de un vial urbano denominado callejón de las Once Esquinas. Hoy que inauguramos temporada de “Zaragoza te habla” en el formato monólogo razonado, os propongo dedicar el programa a este callejón y su entorno pues, aunque profundamente remodelado, perdura como una auténtica reliquia de la antigua Zaragoza, siquiera por la insólita permanencia de su nombre. José Antonio Labordeta, que nos dejó hace ahora diez años, en un artículo publicado en 1995 escribía desconocer las razones que justificaran el nombre de esta calle, y con su somarda habitual, suponía que era producto de un “pleno municipal lleno de humos y descalabro”, y una muestra del “loco y destartalado urbanismo zaragozano”. Con afecto, dedicamos a la memoria de José Antonio Labordeta esta modesta narración con la que trataremos, entre otras cosas, de explicar por qué el callejón de las Once Esquinas tiene esta llamativa denominación.
    A finales de la Edad Media, esta céntrica zona pertenecía a la parroquia de Santa María del Pilar, y estaba delimitada entre la calle de los Augeros o Agujeros, así denominada por el gremio de los augereros y lanzoleros, artesanos que allí hacían y vendían agujas, y la calle de la Platería, por el influyente gremio de los artesanos de la plata allí asentado. La denominación de este callejón como de las Once Esquinas haría referencia a su intrincada planta zigzagueante, que hacía que, efectivamente, cuando menos presentara todas esas esquinas para quien tuviera el tiempo de pararse a contarlas. Como ya tratamos en el programa dedicado a la calle de Alfonso I, este era uno de los recoletos e irregulares viales que desde el Coso y entrando por la calle del Trenque conducían a la plaza de Santa María del Pilar saliendo a ella por la calle del Mesón de los Navarros. Sin embargo, en el vecindario de 1723 no figura el callejón de las Once Esquinas, y en su lugar aparece posiblemente la referencia a un callejón de la Moneda con apenas tres viviendas cuyos residentes consignados eran mayormente “pobres de solemnidad”. En el siglo XIX volvemos a encontrar en el nomenclátor el callejón de las Once Esquinas y cuatro viviendas en él radicadas, con acceso desde el sur por la calle de la Salud, que es la nueva denominación de la antigua de los Augeros, y con la calle de la Platería como tradicional acceso norteño. Inmediato a él figura el denominado “paso de Urriés”, un arco volado que unía dependencias de la casona de esta ilustre familia que se encontraban a ambos lados de una pequeña calle denominada también del Paso de Urriés.
    Tras la gran remodelación del nomenclátor urbano en 1863, este callejón soprendentemente perduró a pesar de su nombre, mientras que los que le rodeaban fueron considerados indignos de ello, y así la calle de la Platería se convirtió en la calle de la Manifestación, referencia al medieval privilegio así denominado, y la calle de la Salud trocó en la calle de Manuel Roda, ilustrado ministro del rey Carlos III nacido en Zaragoza y promotor de la expulsión de los jesuitas en 1767. La vecina calle del paso de Urriés también sobrevivió a la purga, aunque sólo por un par de años, ya que la apertura de la nueva gran calle de Alfonso I el Batallador se la llevó por delante, tanto a su nombre como a la propia calle, ya que aquélla fue trazada justo por donde ésta andara. Además, la reurbanización de ambos lados de la nueva calle con edificios modernos adaptados a su rectilíneo trazado, supuso también el derribo de las viejas casas que al callejón de las Once Esquinas le daban su exclusivo trazo escalonado, conformándole con su trama actual en forma de ele.
    Cuando parecía que ya se habían realizado todas las mudanzas posibles en el callejero de esta zona, llegó el franquismo que a principios de los años 40 del pasado siglo XX despojó al ilustrado ministro Manuel Roda de su calle (de la misma forma que hizo, entre otros, con el ilustrado conde de Aranda para poner en su lugar al “invicto Caudillo”), y se la concedió graciosamente a Santa Isabel de Portugal, otra referencia medieval más impuesta por el nuevo régimen para remarcar todavía más su carácter confesional y militantemente tradicionalista.
    Para terminar el programa de hoy, os invito a quienes esto escuchéis o leáis, a pasearos por el singular y seguramente poco frecuentado callejón de las Once Esquinas, un pedazo de la antigua Zaragoza que por fortuna perdura todavía en nuestros días, siquiera con su original y sin par denominación. No es ninguna maravilla, como tampoco es cualquier cosa.
    Un cordial saludo, y nos escuchamos, o leemos, en el siguiente programa.
    8 min
  • Zaragoza te habla - Presentación "Los cruciales años 30"
    Entrevistamos a José María Ballestín, autor junto con Antonio Tausiet, del sexto volumen de su colección 'Memoria visual de Zaragoza' que, con el título de "Los cruciales años 30", publicaron el pasado 11 de julio de 2020, con edición de El Periódico de Aragón.
    Desde 2014, el proyecto GAZA, Gran Archivo Zaragoza Antigua, creado por José María Ballestín Miguel y Antonio Tausiet, compila y ordena miles de referencias visuales de la ciudad de Zaragoza. Este libro es una selección de fotografías de ese archivo, acompañadas de comentarios redactados para la ocasión.
    Un recorrido por la ciudad, los barrios y aspectos de su economía y sociedad en la década de los 30, época de acelerados cambios y quiebras fundamentales en la historia de España: la Dictadura de Primo de Rivera, la proclamación de la Segunda República, sus dos bienios contrapuestos, el Frente Popular y una sublevación militar fallida que derivó en una guerra que marcaría el futuro.
    No te pierdas la entrevista que hacemos a su autor.
    21 min
  • Zaragoza te habla - Nomenclátor de los Asedios
    Los asedios franceses de 1808 y 1809 han marcado profundamente la historia y el imaginario colectivo de la ciudad, y el nomenclátor urbano es un buen reflejo de ello, con 64 calles, plazas y paseos que actualmente los recuerdan. Sin embargo y de forma llamativa, no fue hasta 1863, medio siglo después de la “francesada” u ocupación francesa de Zaragoza entre los años 1809 y 1813, que las autoridades locales comenzaron a introducir en el callejero de forma sistemática la memoria de algunas de las gestas y personajes que se destacaron en la resistencia previa a la capitulación de 1809. Décadas después, al hilo de la celebración del primer centenario de estos asedios en 1908, una nueva remesa de viales se añadió a esta dinámica. Finalmente, el primer franquismo de la cruzada contra el bolchevismo instrumentalizó la memoria de los asedios para identificarlos con el ideario nacional católico del régimen, y por ello una extensa nómina de viales propagaron su recuerdo, que se unió sin solución de continuidad con aquellos nuevos que habían sido purgados de su pasado “rojo”, constitucional o democrático, desafecto con el nuevo-viejo régimen.
    En el programa de hoy os propongo que nos centremos en los viales que perdieron su nombre en la primera de las ocasiones citadas, a mediados del siglo XIX, para recuperar de esta forma la memoria de algunas de las antiguas denominaciones que los definieron durante siglos y que desaparecieron con el cambio de rótulo.
    La génesis de la modificación del nomenclátor en 1863 vino de fuera de la ciudad, porque entre 1858 y 1860 varias Reales disposiciones del Gobierno de España dictaron la necesidad de uniformar la clasificación de las vías públicas y la numeración de sus edificios, algo esencial por cuanto se advertía que el sistema antiguo de numeración por manzanas “ofrecía dificultades invencibles para el hallazgo de casas aun a muchos de sus moradores”. En este proceso se incluyó el cambio de nombre de aquellos viales “impropiamente denominados” por el recuerdo “de hechos y de nombres gloriosos” tanto en “su parte religiosa como en su parte política, civil, militar y literaria”. Los viales “impropiamente denominados” eran aquellos considerados “vulgares y de dudosa celebridad, que repugnan o disuenan”, para los que se proponía con absoluta franqueza “relegarlos al olvido”. Y entre los nuevos nombres propuestos se encontraban una buena representación de “hechos insignes de la guerra de la Independencia”, así como de “aquellos de nuestros progenitores que más se distinguieron por su valor y virtudes en esa lucha”.
    De esta forma, la calle de los Aguadores, recuerdo de este esencial oficio para el suministro de agua de boca, fue redenominada de Mariano Cerezo. La calle de la Aduana, antes del General del Reino, que recordaba el edificio allí ubicado para el cobro de rentas, devino en la calle de José Palafox. La Subida de la Albardería, calle que provenía de este vial que recordaba el oficio de los albarderos, que realizaban aparejos para las bestias de carga, fue cambiada por el nombre de la calle de Felipe Perena. La calle Ancha del Barrio Curto, recuerdo del oficio de curtidores, sería desde entonces la calle de Agustina de Aragón. La plaza del Carbón, escenario de la compra y venta de este mineral para el consumo urbano, devino en la plaza de Santiago de Sas. La calle Castellana, así llamada por estar trazada sobre el antiguo camino Real a Castilla, pasó a denominarse calle de Basilio Boggiero. La calle de Hilarza, antes de la Sal, que recordaba los talleres de hilados de lana, algodón y lino que en ella se ubicaron, fue convertida en la calle de Casta Álvarez. La antropológica calle Malempedrada, posiblemente uno de esos nombres “vulgares” antes referidos, fue cambiada por el nombre de calle de Telesforo Peromarta. La calle del Medio en el Arrabal, así denominada por encontrarse entre las calles del Horno y de las Casas Nuevas, devino en calle de Jorge Ibort. La calle de la Puerta Quemada, por conducir desde el Coso a esta antigua puerta de la ciudad, fue desde entonces la calle del Heroísmo. La calle del Peso, así llamada por la antigua dependencia Real de pesaje de productos allí ubicada, se convertiría en la calle del Cuatro de Agosto. El Salón de Santa Engracia, paseo más espacioso de la ciudad que conducía a la homónima iglesia, fue redenominada como calle de la Independencia. La antigua calleja de la Soledad, con un nuevo trazado tras la reurbanización del antiguo solar del Hospital de Gracia, se convirtió en la calle de los Sitios. La calle del Tejar, en el Arrabal, que recordaba la cercanía de los tejares municipales, fue redenominada como calle de Pedro Villacampa. Finalmente, la plaza de Santa Fe, por la presencia de este antiguo convento de religiosas dominicas, devino en la plaza de Miguel Salamero.
    Terminamos así esta audición del último programa de “Zaragoza te habla” de la presente temporada 2019-2020. Ahora que el sol comienza a pegar de forma incontestable, nos retiramos a nuestros cuarteles de verano a preparar nuevos asuntos de la antigua Zaragoza que puedan ser de interés para compartirlos en una próxima ocasión. Salud pública, ánimos y abrazos virtuales, que no os coma la oreja cualquier descerebrado, y que el estío nos sea propicio. A la espera de que nos podamos encontrar nuevamente en las ondas sonoras de la radio, recibid un cordial saludo.
    8 min
  • Zaragoza te habla - La dispar memoria oficial de los funcionarios asesinados
    Hasta hace cuatro años, la única memoria pública representada en un monumento que recordara la violenta muerte de funcionarios municipales, seguía siendo el obelisco ubicado en el paseo de la Constitución por el que “La ciudad honra a sus funcionarios muertos en la vía pública el 23 de agosto de 1920”, referencia al arquitecto José Yarza Echenique, el ingeniero César Boente Álvarez y el escribiente Joaquín Octavio Toledo, asesinados por disparos de pistola ese día. Este trágico episodio, con muchas zonas oscuras sin aclarar, tuvo lugar durante una huelga sindical del ramo de la electricidad y de la contrata municipal de mantenimiento del alumbrado público, cuando estos tres funcionarios estaban reponiendo bombillas fundidas en el principio del paseo de la Independencia, y fueron tiroteados desde uno de los evacuatorios subterráneos. Fue identificado como autor de los hechos un parado burgalés de paso por Zaragoza, que tras huir precipitadamente hacia el Coso, se internó por el Arco de San Roque hacia la plazuela de Gabriel Santángel, donde fue finalmente detenido. No deja de ser sorprendente que el acusado, de nombre Indalecio Domingo Lafuente, resultara ser un excepcional tirador, pues desde un ángulo casi imposible consiguió acertar siete de nueve disparos sobre las tres víctimas mortales. En algún periódico incluso se precisó que a cada víctima les había propinado dos disparos en el corazón. Todo un récord mundial para alguien aparentemente sin experiencia en tiro que acababa de comprarse una pistola y que la empleaba por primera vez. Seguir el desarrollo de este confuso y dramático evento a través de la prensa resulta estremecedor, tal y como debió sucederle a Antonio Machado, que cómo sería la cosa que llegó a componer unos versos donde reflejaba el clima de “caza de brujas” fomentado de forma intencionada desde los medios contra todo lo que oliera, signo de los tiempos, a obrerismo y organización sindical. De esta forma, la versión oficial de la historia pronto construyó un relato que se adecuaba perfectamente a los intereses de las clases dominantes de la ciudad en la convulsa etapa final de la Restauración monárquica, determinada por la conflictividad social y una intensa violencia que incluía el pistolerismo o terrorismo blanco impulsado por la patronal. De esta forma, y a través de los medios de comunicación, este crimen fue catalogado según intereses de clase e identificado como “crimen sindical”, el asesino como un “obrero”, y las víctimas fueron convertidas en símbolos del atacado orden establecido. La situación era tan intensa que la Cámara de Comercio se erigió en asamblea de “fuerzas vivas” de la ciudad, y dictó que la responsabilidad del crimen recaía en la clase obrera y en los sindicatos en general, por lo que exigió la ilegalización de los mismos y la expulsión de sus trabajos de todos los sindicados. Muchos patronos comenzaron a poner en práctica la política de despedir a trabajadores sindicados. Esta pionera “acción ciudadana” canalizó la indignación popular más extremista, demandando “no omitir ningún género de medidas, por enérgicas que sean para esclarecer lo ocurrido y para acabar con hechos de esta naturaleza”. El alcalde Ricardo Horno dimitió por las presiones recibidas, y poco después el gobernador civil, mano ejecutora de las decisiones del Gobierno de España, cesó a toda la corporación municipal, que fue sustituida por una nueva por el habitual procedimiento digital, y decretó además el estado de guerra, la suspensión de las garantías constitucionales y de la actividad sindical. Hubo detenciones arbitrarias de sindicalistas, acoso a las sedes de los sindicatos, y desde las instancias oficiales se fomentó la política de “desindicalización” como forma de conservar el puesto de trabajo.
    El homenaje a los fallecidos incluyó el proyecto de un cenotafio que sería inaugurado en 1924, ya en plena Dictadura de Primo de Rivera, y en el paseo de la Independencia, en la zona más cercana a la plaza de Aragón. Con motivo de las obras de conversión del paseo en una autopista en 1961, este monumento fue desmontado y recolocado en el paseo de Marina Moreno curiosamente a la altura de la Delegación Provincial de Sindicatos, actual paseo de la Constitución, donde perdura. Además, la Sociedad Central de Arquitectos impulsó desde Madrid la colocación de una pequeña lápida en homenaje al arquitecto José Yarza Echenique, que fue adosada a la fachada del inmueble del nº 30 del paseo de la Independencia, por ser el lugar donde estaba domiciliada su familia. Allí perdura esta placa.
    Como decíamos al principio, hasta el año 2016 la del cenotafio referido fue la única muestra de duelo público por la muerte violenta de funcionarios municipales. Y eso fue así cuando tras la sublevación militar de julio de 1936 contra la legalidad constitucional republicana, hasta 15 cargos electos del ayuntamiento de Zaragoza, incluyendo un exalcalde y varios alcaldes pedáneos, y 30 empleados municipales fueron asesinados por los sublevados en circunstancias tremebundas y en algunos de los diversos escenarios del horror de la represión más extrema en la Zaragoza del terrible verano y otoño de ese año. En el primer caso relatado anteriormente pasaron cuatro años para que viera la luz el monumento de homenaje, que incluía una inane inscripción que rezaba “Ponga Dios paz en las luchas sociales que llevan a estos horribles descaminos”. En el segundo caso tuvieron que transcurrir ochenta años, incluyendo 37 tras la recuperación de la democracia municipal en 1979, con unas cuantas corporaciones de mayoría socialista más que holgada. Tuvo que ser la efímera confluencia social y política de Zaragoza en Común la que, con su hegemonía institucional en el Ayuntamiento tras las elecciones municipales de 2015, impulsara la colocación de una placa alusiva a este hecho en la esquina oriental del Ayuntamiento, lindando con la calle de Ximénez de Embún, que fue inaugurada en septiembre de 2016 con presencia de todos los grupos municipales de la época, y que allí perdura. En este caso la placa no incluye ninguna ociosa referencia religiosa que acompañe a la relación de asesinados y la causa de su muerte no natural. Esta aproximación a ambos hitos memorialistas muestra de forma bastante clara, a nuestro juicio, la dispar memoria oficial de los funcionarios asesinados en esta ciudad.
    Terminamos así esta audición del programa de hoy de “Zaragoza te habla”, y os emplazo para una próxima edición. Salud pública, ánimos y abrazos virtuales, y que no os coma la oreja cualquier descerebrado de esos, y esas, que tanto se escuchan bramar hoy en día. Nos oímos en una próxima entrega, que será la última de esta bien singular temporada, sobre todo desde mediados del mes de marzo. Un cordial saludo.
    10 min
  • Zaragoza te habla - Zaragoza y sus antiguas puertas
    En el tercer programa de esta temporada hablamos de la antigua Puerta del Fin y su singular entorno, y hoy os propongo dar un repaso siquiera por encima de las puertas que tuvo la ciudad a lo largo de los siglos, ejercicio que os recomiendo acompañarlo con una complementaria visualización de antiguas pinturas, grabados y fotografías, pues todas estas puertas, salvo una, sólo perduran en la memoria visual del portentoso patrimonio monumental que la ciudad ha perdido a lo largo de los dos últimos siglos.
    El primer gran grupo de puertas abrían el acceso a la ciudad a través del lienzo de la muralla de piedra que se elevaba a lo largo del perímetro del actual Coso. Para su identificación, incluyo la referencia geográfica de su localización, seguida de la musulmana, y la denominación cristiana o última hasta su desaparición. Así, tendríamos en primer lugar la puerta norte, junto al puente de Piedra, llamada por ello de Alcántara, y luego del Ángel hasta su derribo en 1868, cuyo nombre mantuvo en el fielato de consumos allí habilitado durante varias décadas. Después, la puerta del este o del sol naciente, llamada de la Alquibla y luego de Valencia hasta su derribo en 1867 para ampliar la plaza de la Magdalena. En tercer lugar, la puerta del oeste o del sol poniente, llamada de Beikala y luego de Toledo hasta su derribo en 1842, y que formara parte de la vieja cárcel Real de la ciudad. Finalmente, la puerta del sur o Cinegia porque daba acceso al arrabal de Sinhaya, hasta su destrucción en 1809 durante el segundo asedio francés. De ella queda el vestigio de una de sus pilastras, visible si se pasea con ojo por la actual calle de los Mártires.
    A estas cuatro puertas principales el paso de los siglos añadió casi dos decenas de otras puertas, algunas importantes como la del puente de Tablas, y las demás en forma de trenques, postigos y pasos menores que fueron permeabilizando el original recinto amurallado para dar acceso al río y a los arrabales y ensanches de la ciudad. Entre otros, destacamos los postigos de Monserrate, del conde Alperche, de Tellares, y el de Sorreal, del que queda el recuerdo en la denominación de la actual calle del Postigo del Ebro.
    El segundo gran grupo de puertas daba acceso al recinto amurallado exterior levantado en tapial y ladrillo y que protegía el ensanche medieval de la ciudad. De esta forma y al este se abría la puerta que conectaba con la al-Musárä o Almozara, más conocida por el nombre de Sancho hasta su derribo en 1904. Más al sur se abría la Puerta del Portillo para el camino de Calatayud, desaparecida en 1869. El camino de Daroca comenzaba bajo la Puerta de Baltax, nombre musulmán del río Huerva, luego denominada del Carmen por la cercana presencia del gran convento del mismo nombre. La última de sus versiones, construida a finales del siglo XVIII, es la única de todas las antiguas de la ciudad que perdura, por su romántica vinculación con una de las hazañas bélicas durante los asedios franceses de principios del siglo XIX. Un segundo ramal del camino de Daroca se abría en la Puerta de Santa Engracia, junto al gran y homónimo monasterio. Destruida durante los asedios franceses, fue reconstruida en una nueva ubicación varias veces, hasta su definitivo derribo en 1904. Finalmente, recordaremos a la Puerta de los Judíos, cercana a la judería de la ciudad, y que por un puente sobre el río Huerva, daba paso al camino de Alcañiz. Esta puerta luego sería conocida como Cremada o Quemada, hasta su derribo en 1904.
    A estas puertas se añadieron otras complementarias, como la de la Tripería o de San Ildefonso, desaparecida en 1904, y la del Sol, en las Tenerías, derribada en 1869.
    Finalmente, una referencia a la más joven de todas las puertas de la ciudad: la del Duque de la Victoria, levantada en 1854 para controlar la salida desde la plaza de San Miguel por el nuevo puente de San José sobre el río Huerva. A pesar de su juventud, fue desmontada definitivamente en 1919, y sus restos desaparecidos.
    Terminamos así esta audición del programa de hoy de “Zaragoza te habla”, y os emplazo para una próxima edición. Salud pública, ánimos y abrazos virtuales, y que no os coma la oreja cualquier descerebrado de los que tanto se escucha rebuznar hoy en día. Nos escuchamos en una próxima entrega. Un cordial saludo.
    8 min
  • Zaragoza te habla - La Plaza de San Felipe
    En el programa de hoy me referiré al espacio conformado en torno a la plaza de San Felipe, uno de los escenarios urbanos de la antigua Zaragoza más importantes a lo largo de los siglos y que conserva algunas destacadas construcciones que nos recuerdan cómo fue. Un breve repaso visual de antiguas fotos de este lugar resulta un apoyo importante para esta tarea a la hora de comparar entre lo que en ella había, y lo que ha llegado hasta nuestros días.
    Hasta la apertura de la calle de Alfonso I en 1865, esta plaza fue uno de los espacios de más jerarquía y distinción social de la ciudad, y buena señal de ello era la alta densidad de algunas de las más importantes y grandes casas de la nobleza e hidalguía local: los Urriés, la condesa de Guara, el marqués de Villaverde, los Cerdán de Escatrón, los Ric, y los Urrea. Además, y por la actual calle de Gil Bergés, la plaza se prolongaba hasta la casa del conde de Fuenclara e incluso a la del conde de Torres-Secas, lindando ya con el Coso Alto. De todas ellas, tres han sobrevivido hasta nuestros días:
    - la de Fuenclara, que en el pasado siglo XX albergara el teatro y cine del mismo nombre, e incluso albergó durante un tiempo la Filmoteca de la ciudad. De propiedad municipal, sigue pendiente de uso.
    - la de los condes de Argillo: originalmente de los Sanz de Cortés, luego de los marqueses de Villaverde y en el siglo XIX de la condesa de Argillo. A mediados de ese siglo fue sede del colegio de San Benito y también de la ONCE; fue espacio militarizado durante la última guerra civil, y por último adquirido por el Ayuntamiento, de forma que hoy alberga el municipal museo de Pablo Gargallo.
    - y finalmente, la casa Fortea, original casa de los Cerdán de Escatrón de finales del siglo XV, a finales del siglo XVIII de los Fortea, y adquirida por el Ayuntamiento tras la recuperación de la democracia municipal, siendo habilitada sala de exposiciones y sede del negociado de cultura de la ciudad.
    Ninguna de las casas desaparecidas en esta plaza lo fueron como consecuencia de las destrucciones de los asedios franceses de la ciudad, de la misma forma que tampoco salió damnificada de ellos la Torre Nueva, sin duda la mayor singularidad de la plaza de San Felipe a lo largo de toda su historia, quedando el honor de su demolición para los zaragozanos de comienzos de la década de 1890, tras el clamor vecinal de los residentes de la zona por la supuesta peligrosidad de su acusada inclinación (que había resistido el paso de los siglos y de los referidos asedios), y para ampliar la plaza y acabar con las insalubres y mezquinas proporciones de los viales de la zona (justificación que en esta ciudad ha propiciado la desaparición de decenas y decenas de inmuebles históricos y artísticos).
    Habitualmente, las referencias a esta desaparecida torre, son más bien para llorar y lamentar de forma lastimera su pérdida. Yo soy de la opinión de que la plaza de San Felipe con la Torre Nueva sería un espectáculo único en Europa, por supuesto, pero personalmente me resulta de más interés ver si es posible arrojar algo de luz a la desafiante polémica de si esta torre, oficialmente construida a principios del siglo XVI como “relox mayor” de la ciudad, fue originalmente una atalaya conmemorativa de la Saraqusta musulmana construida en el siglo XI y reutilizada luego tras la conquista cristiana, como también habría sucedido con las torres de San Pablo Apóstol, Santa María Magdalena, San Gil Abad, y la torre de la Seo.
    Terminamos así esta audición del programa de hoy de “Zaragoza te habla”, y os emplazo para una próxima edición. Salud pública, ánimos y abrazos virtuales, y que no os coma la oreja cualquier descerebrado. Procurad pensar por vosotros mismos, no sólo como meros repetidores de lo que os gusta oír o lo que algunos dicen que pasa, porque la realidad es siempre mucho más plural y diversa que la simplicidad bipolar con que algunos lo pintan todo. Nos escuchamos en una próxima entrega. Un cordial saludo.
    6 min
  • Zaragoza te habla - El solar del Banco de España
    En el programa de hoy os traigo una propuesta para, cuando se pueda y con tranquilidad, mirar de una forma nueva el conocido espacio que ocupa el edificio del Banco de España en la homónima plaza, teniendo en cuenta para ello lo que allí hubo, o se pretendió que hubiera, a lo largo de los siglos y, sobre todo, en los intensos siglos XIX y XX. En lugar de ir del presente al pasado, os propongo seguir un orden cronológico para que sea el pasado el que explique el presente, y no a la inversa. Vamos a ello.
    Como sucede con todo el entorno de la actual plaza de España, resulta complicado hacerse una idea de lo que este lugar fue durante muchos siglos. Gracias a los planos y dibujos antiguos de la ciudad, los zaragozanos “de toda la vida” quedarán impactados viendo que esta plaza no comenzó a existir hasta el siglo XIX, y muchos de sus emblemáticos edificios son del pasado siglo XX. Este trozo concreto de plaza al que nos referimos en el programa de hoy, formó parte desde el siglo XV de las extensas instalaciones del Hospital de Gracia que quedó desolado tras los asedios franceses de 1808-09. Como este hospital fue reubicado a unas nuevas dependencias, las actuales, el solar del antiguo fue parcelado y vendido en lotes al mejor postor en un complejo proceso que se extendió hasta finales de los años 50. Mientras tanto, y en unas casas del Hospital que no habían sido destruidas en la esquina de la nueva plaza de San Fernando con el Coso, se instaló en arriendo un emprendedor de ascendencia italiana llamado Gaudencio Zoppetti Cerrutti y abrió en 1845 la Fonda de Europa junto al trinquete y los Baños de Marraco. En 1856 el Ayuntamiento hizo gestiones para comprar varios solares y construir aquí su nueva sede, pero no fue posible por la penuria económica. Zoppetti sí pujó por varios solares, y se hizo con la propiedad de varios de ellos, incluyendo los que hasta entonces había tenido en arriendo. Sobre ellos se levantó unos años después el gran Hotel de Europa, proyectado por José de Yarza, que definiría esta zona de la plaza de la Constitución durante casi setenta años como atestiguan las fotografías y postales de la Zaragoza de la época, con un bar en sus bajos del mismo nombre que fue residencia de numerosas peñas y tertulias, además de un reputado restaurante. Numerosas personalidades de la sociedad de estas décadas pasaron por este céntrico hotel, y algunos artistas hospedados en él salían a actuar a los balcones del mismo para responder al llamado de sus seguidores congregados ante la puerta.
    A finales de 1930, primero el café y luego el hotel fueron cerrados. Ante la necesidad de reformar en profundidad las antiguas instalaciones, su propietario decidió cerrar y trasladarse a un edificio más moderno sito en la calle de Alfonso I nº 19 con el nombre de “Europa & Inglaterra”, y el antiguo quedó pendiente de derribo. El solar fue adquirido por el Banco Aragonés de Crédito, que proyectó construir aquí su nueva sede central, un gran teatro y sala de exhibición de películas denominado Cine Europa, además de un bloque de viviendas. Algo parecido y casi dos décadas después lo realizaría la compañía de seguros La Equitativa en el paseo de la Independencia. Pero los años tras la Gran Depresión de 1929 en España fueron muy duros, y el proyecto quedó en el limbo de las ideas sin realizar. Finalmente, en enero de 1931 se anunció una permuta entre este solar y el edificio que desde 1875 ocupaba el Banco de España en el tramo medio del Coso, de forma que en julio de 1933 comenzaron las obras para construir la nueva sede del Banco de España, que serían terminadas coincidiendo con la sublevación militar de julio de 1936. Poco después la plaza fue redenominada de España y este rincón de la misma quedó definido en la forma en que ha llegado hasta estos días.
    Terminamos así esta audición del programa de hoy de “Zaragoza te habla”, y os emplazo para una próxima edición. Salud pública, ánimos y abrazos virtuales, y que no os coma la oreja cualquier descerebrado, o lo que es peor, con el cerebro bien basculado hacia la derecha extrema. Procurad siempre pensar por vosotros mismos, no sólo como meros repetidores de lo que os gusta oír, porque la realidad es mucho más plural y diversa que la simplicidad con que algunos lo pintan todo. Nos escuchamos.
    8 min
  • Zaragoza te habla - La calle de la Yedra
    En el programa de hoy os propongo un virtual paseo por la antigua calle de la Yedra, parte de la actual calle de San Vicente de Paúl, para cuando os sea posible realizar uno de forma real, pateando las calles de la ciudad como hacíamos antes de la pandemia del Covid 19. Además de virtual, el trazado es más anguloso, sinuoso y variado que el rectilíneo y despejado que podéis contemplar en los mapas en internet, o directamente si sois vecinos de esta calle, porque comenzaremos la visita a esta zona en la década de los años 60 del siglo XIX. Vamos a ello.
    Ya unos años antes se había proyectado la nueva calle de Don Jaime I sobre el ensanchamiento y realineación de las antiguas calles de San Gil, Baja de San Pedro, Virgen del Rosario y Cuchillería. Además, la prolongación de la calle del Trenque hasta la plaza del Pilar se abría paso a buen ritmo entre el antiguo caserío de la zona para formar la nueva calle de Alfonso I. De esta forma, en 1860 el Ayuntamiento acordó abrir una nueva calle aprovechando el trazado de la calle de la Yedra que comenzaba en el Coso Medio, y prolongarla hasta la ribera del Ebro por la antigua calle de Villalobos y atravesando las de la Enseñanza, Fosal de San Lorenzo, San Lorenzo, Mayor, Fierro, Don Juan de Aragón, plazuela del Reino y calles de los Arcedianos y del Conde de Alperche. Sin embargo, no fue hasta 1883 cuando se presupuestó una partida para estudiar el proyecto, que se fue dilatando en el tiempo por la complejidad del asunto, que requería también de intervenciones en las calles transversales que iba cruzando, y siempre teniendo en cuenta las estructurales dificultades económicas del Ayuntamiento.
    Así llegamos a los años 30 del siglo XX, cuando apenas se habían realizado dos tramos del proyecto: el primero, desde el paseo del Ebro y hasta la plaza del Reino, por las antiguas calles del Conde de Alperche y del Chantre. El segundo se había podido hacer tras el abandono del antiguo convento y colegio de La Enseñanza, que en los años 20 se trasladó a su actual ubicación en la calle de Bilbao, y cuya gran superficie entre las calles de San Jorge y San Lorenzo fue reurbanizada de acuerdo con este proyecto. Tras la victoria electoral del Frente Popular en 1936 se aceleraron las gestiones y se incrementó la dotación presupuestaria para acometer las expropiaciones y derribos en las calles de la Yedra, San Jorge, Don Juan de Aragón, Cíngulo y Lezaun. Tras el 18 de julio hubo un parón hasta octubre de ese año, en que se aprobaron las ordenanzas que definían la estética de los nuevos inmuebles a construir sobre los solares dejados por los derribos, proceso que se prolongó hasta bien entrados los años 40 (el mercadillo de esta nueva calle fue inaugurado en julio de 1951). A pesar de los intentos por convertir a esta calle en una nueva calle de Alfonso I, ni la clase social de sus moradores ni los comercios establecidos en ella terminaron de darle ese ambiente de prestigio que tenía aquélla. Tampoco pudo competir con la calle de Don Jaime I, quedándose en todo caso como vía de ingreso al centro para el creciente tráfico rodado desde el puente de Hierro, cualidad que siguen manteniendo en la actualidad de forma especialmente intensa.
    Sí que compartía con estas dos calles el haberse realizado sobre el derribo de una parte del antiguo caserío de la ciudad, llevándose por delante algunas de sus más antiguas calles y plazas y una irrepetible galería de casas derribadas, como la de los Salavert, marqueses de Torrecilla más conocidos por la denominación de Sora del que se conserva el único vestigio no derribado: su puerta de acceso, visible hoy en el convento de las Hijas de la Caridad de Santa Ana o Cocina Económica, en la calle de Salduba.
    Terminamos así esta audición del programa “Zaragoza te habla”, y os emplazo para una próxima edición. Salud pública, ánimos y abrazos virtuales, y que no os coma la oreja cualquier descerebrado, o lo que es peor, con el cerebro bien basculado hacia la derecha extrema. Ya sabéis que las recetas fáciles, como las herramientas baratas y de cuestionable calidad, tienen las patas bien cortas, y son perfectamente inútiles si de lo que se trata es de arreglar algo. Nos escuchamos.
    7 min
  • Zaragoza te habla - La Cincomarzada
    En estos tiempos de compartida preocupación por la pandemia del COVID-19 y de reclusión preventiva para evitar su expansión, os propongo dedicar el programa de hoy a recordar los orígenes de la festividad de la Cincomarzada y su devenir hasta convertirse en una fiesta caracterizada por una intensa participación, el roce colectivo, el jolgorio y la alegría, situaciones muy alejadas de la preocupante realidad que vivimos en estos tremendos días, pero que seguro regresarán con redobladas ganas cuando esta pesadilla pase.
    Vamos a ello. La memorable jornada del Cinco de Marzo fue un episodio bélico de la Primera Guerra Carlista (1833-1840) que tuvo lugar en 1838, cuando una expedición carlista intentó conquistar la plaza de Zaragoza y fue rechazada por una combinación de fuerzas de la Milicia Nacional y la ciudadanía armada, mediante combates desarrollados en algunas de las plazas más importantes del Casco Viejo y el barrio de San Pablo. Desde ese momento, esta jornada se convirtió en una fecha íntimamente ligada a la historia de la ciudad. Para comenzar, el Ayuntamiento constitucional la convirtió en fiesta local de contenido fuertemente político e institucional, como no podía ser de otra forma. Desde 1839, los actos programados para esta fecha incluían regocijos públicos, como salida de los Gigantes, bailes en la Lonja, novilladas, desfile de la Milicia Nacional, y repique de campanas y misas para homenajear a los muertos durante esta jornada. Ya en 1841 las celebraciones tuvieron que ser suspendidas por las malas condiciones climatológicas, algo que periódicamente se repite desde entonces. En función del cambiante devenir histórico en España durante el convulso siglo XIX, esta festividad fue variando en su contenido y expresiones. Así, poco a poco se fue desvinculando de su origen como episodio bélico de la guerra civil, y adquirió un carácter más popular y festivo que se fue imponiendo sobre el componente ideológico de resistencia de sectores del liberalismo y del republicanismo ante las posiciones políticas más retrógradas de la época. Por ello, durante la larga etapa de la Restauración (1875-1931), esta fiesta fue reducida apenas a un recuerdo institucionalizado en beneficio de otras festividades como las Fiestas del Pilar, asociadas a la poderosa iglesia católica, o a la memoria de los Asedios de la Guerra de la Independencia, enarbolados por los sectores más conservadores del poder local. Por ello, no sorprende que en los años 30 del siglo XX el Cinco de Marzo resurgiera al hilo de la llegada de la Segunda República Española, como espacio de reclamación y socialización festivo-política. De estos años no son pocos los testimonios gráficos de grupos de personas festejando esta fecha al aire libre en las Balsas de Ebro Viejo, parque de Buenavista, Rincón de Goya, Canal Imperial… Precisamente por esto, tras el 18 de julio de 1936 el nuevo Consistorio impuesto a la legalidad constitucional intervino inmediatamente para borrar esta celebración y su memoria. Primero cambiaron el nombre a la calle del Cinco de Marzo por el homenaje al carlista Requeté Aragonés, y dos días antes del 5 de marzo de 1937 se suprimió esta festividad. Y así fue durante cuarenta años, hasta que en 1977 fue recuperada para quedarse con nosotros, salvo cuando el cierzo o las inundaciones lo impiden, aunque quede poco de su original motivación, y sí como espacio de reivindicaciones vecinales y sociales varias. Lo suficiente para que las derechas sigan considerando que es una “fiesta de rojillos”. Por algo será.
    Terminamos así esta audición del programa “Zaragoza te habla”, y os emplazo para una próxima edición. Salud pública, más que nunca, ánimos y abrazos virtuales, y por favor, pensad en cómo lo festejaremos cuando termine la actual situación de crisis sanitaria.
    6 min
  • Zaragoza te habla - António Passaporte
    Vamos a dedicar el programa de hoy a recordar al fotógrafo portugués António Passaporte, que en 1930 estuvo en Zaragoza para realizar fotografías artísticas y monumentales luego convertidas en postales por la firma “Colecciones Loty”. Perduran 304 de ellas en el fantástico archivo LOTY del Instituto del Patrimonio Cultural de España, de acceso público, universal y gratuito. No os lo perdáis.
    Primero haremos un recorrido por la Zaragoza retratada por Passaporte durante dos intensos días del mes de diciembre de hace 90 años. Desde la estación del ferrocarril de la línea Madrid-Zaragoza-Alicante que lo trajo desde Madrid, se encaminó hacia el centro y pasó por la Puerta del Carmen, el monumento a la Expo de 1908 en el paseo de Pamplona, el entorno de la Facultad de Medicina y Ciencias y luego el de la plaza de Aragón. Continuó por el paseo de la Independencia y se metió en la plaza de Santa Engracia hasta llegar a la plaza de Castelar, para retratar los edificios supervivientes de la Expo de 1908, entre ellos el habilitado como Museo Provincial. Siguió luego hasta la plaza de la Constitución, los inmediatos tramos del Coso Medio y Alto y la calle de Alfonso I, hasta llegar a la plaza del Pilar, con imágenes del entorno, interior del templo, y desde la altura de la torre de Santiago. Hizo lo propio en la plaza de La Seo, la calle del Sepulcro y la calle de Palafox. Regresó a la Lonja y cruzó el río Ebro por el puente de Piedra, dedicando varias fotos a las riberas. Pilló un tranvía de la línea del Gállego que lo llevó hasta la terminal junto a ese río para retratar la convivencia entre el antiguo puente colgante y el nuevo puente de hierro.
    Durante su segunda y última jornada, Passaporte inició recorrido en el entorno de la iglesia de San Juan de los Panetes y la plaza del Justicia. Se internó en el barrio de San Pablo para fotografiar la homónima iglesia, y de allí fue a la plaza de Santo Domingo, donde el Ayuntamiento, y los conventos de Santa Lucía y de las Fecetas, hasta llegar a La Aljafería. Fue luego a la plaza del Portillo y el Coso de la Misericordia, y regresó al “centro” pasando por la iglesia de Santiago y la Audiencia Territorial. “Saltó” hasta la plaza de San Miguel y luego las plazas de la Magdalena y de San Agustín. Regresó hasta la iglesia de San Gil Abad y pasó por la calle de Bayeu, donde el Arco de los Cartujos, hasta la plaza de San Felipe. Tras otro “salto” espacial salvado en un tranvía de la línea de Torrero, llegó hasta los Jardines de Pignatelli y la iglesia de San Fernando. Andando por el Canal Imperial (que no fotografió), llegó hasta el parque de Primo de Rivera, donde hizo fotos en el Cabezo de Buenavista, el Rincón de Goya y el puente del 13 de Septiembre sobre el río Huerva.
    Aparte del indudable valor de estas fotografías, cuyo visionado recomiendo, me gustaría destacar un par de eventos circunstanciales que, por pura fortuna coinciden con la visita de Passaporte, y aparecen reflejados en algunas de ellas. El primero es la riada del Ebro de diciembre de 1930, especialmente apreciable en las fotografías de la ribera tomadas en la arboleda de Macanaz. El segundo, la notable presencia de fuerzas del orden en varias fotografías del centro de la ciudad, consecuencia del levantamiento republicano de Jaca el 12 de diciembre de ese año. Destaca de forma especial una imagen de la plaza de la Constitución donde el protagonismo lo tiene un grupo de guardiaciviles a caballo, signo de los cruciales tiempos históricos pocos antes de la proclamación de la Segunda República Española.
    Terminamos así esta audición del programa “Zaragoza te habla”, que espero os haya resultado interesante, y os emplazo para una próxima edición. Salud y bien, y por favor, no dejéis que cualquiera os coma la oreja.
    9 min

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