ZARAGOZA TE HABLA

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By MANUEL ALCAINEHistory
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ZARAGOZA TE HABLA episodes

  • Zaragoza te habla - Aquél '8M' de 1936
    En el programa de hoy me voy a referir al “8-M”, pero no al de este año, tan polémico, ni al aún más polemizado del pasado 2020, sino a uno celebrado hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana… Se trata del 8-M de 1936, una fecha y un año de mucha actualidad gracias a la muy eficaz campaña tóxica de los voceros retroconservadores o nostálgicos de la España del antiguo régimen, también llamados ultraderechistas e incluso neofascistas, que de todas estas tribus hay en esta viña del señor. Un país plagado de –ismos, pero del que dicen no hay los correspondientes a la raza (racismo), el fascio (fascismo) ni siquiera al del macho (machismo)… Habrá quien piense que este que empleo es un lenguaje viejuno, desfasado, fuera de onda… aunque a mí ya me gustaría que así fuera, pero cuando oigo la creciente recuperación de reviejas palabras como “comunistas”, para referirse a los más malos de entre todos los malos, me recuerda la sombra de palabras que creía olvidadas como por ejemplo esa de “anticomunismo” con que en este país se solía calificar durante tantas décadas a todos los que no comulgaban con sus ruedas de molino. Yo pensaba que esto estaba superado, pero la abrumadora realidad del día a día parece indicar lo contrario.
    Bueno, a lo que iba. Haré esta rememoranza de hoy sobre la base de dos históricas fotografías que ilustran aquella luminosa jornada dominical del 8 de marzo de 1936 que fue convocada en Zaragoza como “Jornada Internacional de la Mujer” por la organización denominada “Mujeres Contra la Guerra y el Fascismo”. La guerra denunciada era la invasión fascista de Abisinia en octubre de 1935 realizada por el régimen de Mussolini (y que terminaría el 9 de mayo de 1936 con la conquista de ese país africano y su inclusión en el ridículo Imperio Italiano). Esta manifestación comenzó en la plaza de la Libertad (luego redenominada de santo Domingo, donde entonces estaba el Ayuntamiento) y terminó ante el Gobierno civil sito en el hotelito del nº 1 de la plaza de Aragón. Ante las personas participantes y al término de la manifestación, se realizaron varios discursos alusivos a la jornada, entre los que ha perdurado una expresiva fotografía que posiblemente protagoniza Josefina López, de las Juventudes Comunistas, durante su intervención. En la otra fotografía, un grupo de personas participantes en esta convocatoria posan ante el fotógrafo con los puños al aire en el paseo de la Independencia. Una vez terminado el acto, falangistas con gritos de “viva el fascio” intentaron provocar a la asistencia para crear tumultos, aunque sin éxito.
    Este fue, de facto, el primer 8 de marzo, “8-M” como se dice ahora, celebrado en la ciudad, y último durante más de cuarenta años, cuando tras la recuperación de la democracia las mujeres pudieron volver a salir a la calle a reivindicar sus derechos. Porque tras el 18 de julio de 1936, y hasta casi cuarenta años después, la incipiente presencia de la mujer en la política y en las instituciones fue eliminada en la España esa que decían que era grande y libre, además de única, y donde el papel de la mujer retrocedió al tradicionalista que la recluía en el hogar, la familia y en la iglesia católica. Antes de acabar, una última referencia a estas dos fotografías que centran mi aportación de hoy: tras el 18 de julio o “18-J” de 1936, fotografías como estas dos referidas fueron utilizadas por los sublevados contra la democracia para identificar y reprimir a cuantos “desafectos a la rebelión” aparecieran en ellas.
    Y aquí estamos, 85 años después, quién lo hubiera dicho hace unos pocos años, hablando de manifestaciones, de mujeres… y de fascistas. Desde luego que se han lucido los que sentenciaron eso de que la Historia había terminado. Vaya que no lo ha hecho. Opino.
    -José María Ballestín-
    23 min
  • Zaragoza te habla - El legado visual de Lucien Roisin
    En el programa de hoy vamos a recordar brevemente el legado visual de Lucien Roisin Besnard, uno de los grandes fotógrafos cuya obra permite aproximarnos de forma extraordinaria a la cotidiana realidad de la Zaragoza de la segunda mitad de los años 20 del pasado siglo XX.
    Este fotógrafo francés se radicó en Barcelona en 1912, donde se convirtió en editor de postales turísticas. Visitó profesionalmente Zaragoza en 1925, en la que fue la primera de las varias ocasiones en que lo hizo, para realizar un total de cuatro series de tarjetas postales. En total, algo más de 200 imágenes originales salieron editadas de su estudio fotográfico para ilustrar la ciudad de la época. Vamos a recorrerla brevemente en este programa, si bien lo más indicado es hacerlo, a ser posible, con el acompañamiento visual de las mismas. Una primera aproximación a este legado se hizo en 2014 en el indispensable y totalmente recomendable libro publicado por la IFC y titulado “Zaragoza, años veinte. 81 fotografías de Roisin (1925-1931)”. Nosotros aquí vamos a hacerlo sin el apoyo visual, pero con mucha imaginación.
    Antes que nada, y a diferencia de lo que comentamos en un programa anterior cuando recordamos el legado visual del fotógrafo António Passaporte, la ordenación comercial definitiva de las postales no permite hacernos una idea de los itinerarios que Roisin realizó para capturar las fotografías. Los “bloques de postales” comercializados tenían como objeto mostrar los lugares y entornos más conocidos y significados de Zaragoza para su exposición al público común. De esta forma, irremediablemente todas las series de imágenes comienzan con vistas o escenas de las inmediaciones de la plaza y templo del Pilar, que sin duda era el reclamo más difundido de la ciudad, además del puente de Piedra y por supuesto el río Ebro. Tras pasar luego por la plaza de Huesca y San Juan de los Panetes, se fija de forma singular en lo que denomina un “Casa antigua” y que resulta ser la fachada del que fuera antiguo almacén de sal de la ciudad, en el paseo del Ebro, lamentablemente desaparecido. Regresa luego por la calle del Pilar y la Lonja, incluyendo sus preciosos jardines junto al paseo del Ebro, y nos ubica en el entorno de la plaza de La Seo, el Arco del Arzobispo, la calle del Sepulcro y el Arco del Deán. Tanto el Pilar como la Seo protagonizarán, además, sendos blocs de postales con 20 imágenes de cada uno de estos templos, tanto del exterior, como de sus interiores.
    La plaza de la Magdalena aparece luego retratada tanto por la parte de la homónima iglesia parroquial, como por la imponente presencia de la veterana Universidad Literaria. La plaza de san Felipe hace de escenario para destacar la homónima iglesia parroquial. La comercial calle de Alfonso I aparece retratada tanto a nivel del peatón un día de tránsito bullicioso, como desde la altura de la entonces sede del Bando de Aragón, y siempre con el fondo de la cúpula central del templo del Pilar. El Coso es recogido en forma profusa, sobre todo el tramo alto donde se centra en el Colegio de las Escuelas Pías y la Audiencia, donde singulariza también su monumental portada de acceso, y hasta la plaza de la Constitución. En el tramo medio del Coso, Roisin, tras fijarse en el emboque a la calle de Don Jaime I, hace lo propio con la fachada del Teatro Principal, y añade un par de vistas del conjunto de este tramo hasta la calle de Espartero, desde donde toma una vista en altura muy interesante. El tramo bajo del Coso no aparece retratado.
    Volvemos a la plaza de la Constitución, entonces el auténtico centro urbano, que aparece en varias interesantes fotografías, tanto a nivel de plaza, como desde la altura del edificio de Seguros La Catalana, y sobre todo desde uno de los balcones del Hotel de Europa, donde Roisin realiza una panorámica que en cuatro postales captura el occidente de la plaza. El antiguo paseo de la Independencia, eje del ensanche de la ciudad desde los asedios franceses y conservando todavía ese aire francés de boulevard, protagoniza varias imágenes, destacando las que lo capturan en su plenitud desde la altura de Seguros La Catalana y con un detalle centrado en los nuevos edificios de Correos y Teléfonos. Por la plaza de Santa Engracia, Roisin se fija en la fachada chaflanera del nuevo Gran Hotel y nos lleva hasta la plaza de Emilio Castelar para, ingeniosamente, presentar varias imágenes en altura y así conseguir buenas vistas tanto del Monumento a los Sitios, el Museo Provincial y la Escuela de Bellas Artes y, a ras de suelo, se fija también en el nuevo Grupo Escolar ahora conocido como Gascón y Marín.
    Regresamos a la plaza de Aragón y al despartidero del paseo de Pamplona, donde captura primero el Monumento a la Exposición de 1908, y luego la famosa Puerta del Carmen, la iglesia de Santiago junto al Hospital Militar y el inmediato Arco de San Ildefonso. Regresa luego al paseo de María Agustín a la altura del antiguo cuartel de Trinitarios, una imagen increíble, y llega hasta la Plaza de Toros, otro enclave típico y tópico.
    Volvemos hacia el principio del paseo de Pamplona y Roisin se fija en la fachada principal de la Facultad de Medicina y Ciencias, y no deja escapar el inmediato tramo de la Gran Vía del Huerva recién cubierta. Cruzando a continuación sobre el también cubierto antiguo puente de Santa Engracia, e iniciamos recorrido ascendente por el paseo de Sagasta, donde captura el colegio del Salvador antes de ofrecer algunas irrepetibles vistas del paseo plagado de viviendas unifamiliares hoy desaparecidas. Tras pasar por el Parque Pignatelli, ya donde las terrazas de Cuéllar, llega al Canal Imperial de Aragón, donde Roisin se recrea con algunas vistas de esta frecuentada zona de esparcimiento y ocio ciudadano.
    La margen izquierda o Arrabal, a pesar de su cercanía del centro de la ciudad, apenas aparece como fondo escénico, o bien como lugar desde donde tomar fotografías del puente de Nª Sª del Pilar, del propio Pilar, del puente del ferrocarril, o una espectacular vista panorámica formada por cuatro fotografías que comprende desde las Tenerías hasta el puente de Hierro con el fondo de las torres de Santa María Magdalena, San Gil Abad, la Seo, y el Pilar. Roisin hace una excepción a esta norma retratando desde el paseo del Ebro el edificio de los públicos Baños del Ebro sito en la margen izquierda.
    Otras localizaciones complementarias a las que Roisin tuvo que ir ex profeso son el cuartel de La Aljafería, donde Roisin toma tres interesantes fotografías incluyendo una con soldados de maniobras, y el antiguo puente colgante sobre el río Gállego, otro clásico que también mereció la atención de António Passaporte.
    Todas estas imágenes referidas son una pura delicia, pues además de poner el foco en los edificios y enclaves de interés, que retratan para siempre la Zaragoza de esa época, a Roisin le interesa introducir también en el campo visual a las personas que con naturalidad pasaban por allí. Así, consigue fotografías llenas de vida y de realidad, la realidad de la Zaragoza de la segunda mitad de los años veinte y principio de los treinta. Su contemplación es un gozoso ejercicio que animo a realizar a esta querida parroquia de Zaragoza te habla. Merece la pena. Hasta el próximo programa, salud, ánimo y no dejéis que los charlatanes de feria os coman la oreja.
    10 min
  • Zaragoza te habla - Nostalgias y 'olvidos'
    En el programa de hoy vamos a hablar brevemente de la nostalgia y de algunos “olvidos” relacionados con el rico pasado patrimonial de Zaragoza. Me explicaré: periódicamente, como si de un cometa se tratara, las páginas o secciones culturales de algunos medios de información recuperan una entre las numerosas asignaturas pendientes que tiene esta ciudad para con su legado edilicio o monumental, se convierte en noticia por un día, y luego fuese, y no hubo nada… hasta la próxima visita del mismo cometa. A veces se trata, por ejemplo, de recordar las varias casas donde residió la familia del pintor Francisco Goya (de las cuales sólo perdura una), remarcando el “olvido” (impersonal) de este hecho. No le falta razón a quien considera que en cualquier otra ciudad que pudiera jactarse de ello, sin duda hace tiempo se habría establecido ya un itinerario cultural que a partir de las distintas ubicaciones de estas casas, reconstruiría el paso del genial pintor por la ciudad. Pero Zaragoza parece que mantiene una significada maldición con casi todo lo relacionado con Goya, desde el malogrado Rincón que lleva su nombre en el parque de Buenavista, que en unos años cumplirá un siglo, y hasta la más reciente incapacidad institucional durante décadas para llevar a buen puerto el proyecto de un Museo Goya, denominación que hoy en día parece que se ha apropiado una entidad privada.
    En otras ocasiones, y tras décadas de silencio, salen a la luz otros “olvidos” que momentáneamente sacuden la conciencia ciudadana sobre el legado memorialista de determinados entornos, como por ejemplo, los (pocos) antiguos cuarteles que siguen pendientes de un desarrollo urbanístico, sobre todo estando como están en apetecibles zonas del centro urbano. Así, todavía colea la suerte de los muros del antiguo cuartel del Cid, cuyos restos recayentes al paseo de María Agustín han saltado a la actualidad con motivo del anuncio de una exclusiva promoción de viviendas de lujo en un solar por el que diariamente pasa muchísima gente que, hasta ahora, ni había caído en que esos tristes muros son los únicos restos del cuartel de caballería que a finales del siglo XVIII se ubicó allí. Además, estos restos aparecen vinculados con una de las pregonadas hazañas bélicas durante el primer asedio francés en 1808, y tal vez por ello la promotora inmobiliaria se vea “obligada” a, en lugar de derribarlos, lo que sería natural para ellos, conservarlos de alguna forma, lo cual está muy bien, pero puede que les suceda lo que con los restos de la Puerta Cinegia en la entrada de la calle de los Mártires: sin duda es uno de los lugares más frecuentados de la ciudad, pero al carecer de alguna señalización o indicación al respecto, pasa completamente inadvertida salvo para algunos “frikis” avisados.
    De esta forma, la percepción de estos déficits se convierte en nostalgia, ese reverso romántico y tenebroso de la memoria, que sin más contenido que el sentimental, sin proyectos ni presupuestos, se ve reducida a hacer las funciones de un cometa que cada equis tiempo alguien recuerda, pero tiene bien pocas consecuencias prácticas, y no se traduce en nada que no sea la temporal denuncia, que pocos días después desaparece entre otras noticias que vienen a cubrir su espacio. Hasta que tiempo después, vuelva a ponerse en primera plana, y así, hasta el infinito. Sucede algo parecido con otros muchos déficits de esta ciudad con su pasado, como por ejemplo, y entre otros, el reivindicado museo del ferrocarril y del tranvía de Zaragoza.
    Menos nostalgias, menos denuncias epidérmicas de los olvidos, y más empuje para hacerlos pasar de forma efectiva de las musas al teatro. Opino.
    20 min
  • Zaragoza te habla - Las antiguas estaciones de tren
    En el programa de hoy vamos a referirnos a las desaparecidas estaciones de tren de Zaragoza, cuya privilegiada situación geográfica entre Barcelona, Bilbao, Madrid y Valencia le otorgó la posibilidad de subirse al tren del desarrollo económico que desde mediados del siglo XIX se concentró en este cuadrante del país. El ferrocarril fue uno de los motores de este acelerado desarrollo, y en pocas décadas la ciudad llegó a contar hasta con cinco estaciones de tren. Su memoria visual es casi lo único que nos queda de ellas, además de unos pocos retazos de su rica realidad material.
    Este recuerdo lo comenzamos con la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, que en 1855 impulsó la línea de Barcelona-Lérida-Zaragoza, y que en 1861 inauguró la primera terminal de tren en la ciudad, llamada del Norte, entre las carreteras de Barcelona y de Huesca. Ese mismo año y en esa misma estación comenzó a funcionar la línea Alsasua-Zaragoza, que requirió la construcción en 1870 del primer puente del ferrocarril sobre el Ebro. La implantación de esta terminal ferroviaria, cuya estación fue construida en 1863 con proyecto posiblemente del ingeniero Pedro Andrés y Puigdollers, fue el pistoletazo de salida para la intensa industrialización de su entorno en el Arrabal, muy atractivo por la conectividad que garantizaba el tren.
    En 1863, la Compañía de Madrid-Zaragoza-Alicante o MZA impulsó la línea que conectaba Zaragoza con Madrid, con una terminal provisional en el Campo del Sepulcro hasta que en 1896 entró en funcionamiento la definitiva estación, proyectada por el ingeniero López de Letona. La nueva estación y su mar de vías fue un imán que atrajo el establecimiento de industrias en la zona, como Chocolates Orús, y especialmente la fundición de Carde y Escoriaza, desde 1921 Material Móvil y Construcciones. Un par de años después, en 1865, León Cappa fundó la Compañía del Ferrocarril de Zaragoza a Escatrón, de vía estrecha, cuya terminal fue ubicada en la carretera de Alcañiz, en un entorno apenas ocupado hasta entonces por torres agrícolas. Fue el propio fundador quien diseñó los edificios de la estación, popularmente conocida por ello como de Cappa. La presencia de la estación, reforzada después con la línea de tranvía del Bajo Aragón, impulsó el desarrollo económico y urbanístico de esta periférica zona.
    Otra línea de vía estrecha que conectaba Zaragoza y Cariñena fue inaugurada en 1887 y su terminal se ubicó junto a la de Campo del Sepulcro, si bien el desnivel de 8 metros de altura entre una y otra complicó la conexión entre ambas. Su estación conectaba también con la red tranviaria para distribuir mercancías, como la remolacha destinada a las azucareras. Finalmente, y tras la entrada en funcionamiento en 1928 de la línea de Zaragoza a Canfranc, en 1933 fue inaugurada la línea de Caminreal que conectaba con Valencia. La terminal zaragozana se estableció en la estación de Delicias diseñada por el arquitecto Luis Gutiérrez Soto, y su entrada en funcionamiento supuso el final de la línea de Cariñena, ya que se solapaba el trayecto y ambas líneas eran propiedad de la misma compañía (Ferrocarril Central de Aragón). Una vez clausurada, esta estación de Cariñena y su entorno perduró hasta mediados de los años 50, cuando fue derribada y la zona urbanizada. Una de las nuevas calles allí abiertas (la de Cariñena) recuerda el pasado ferroviario de la zona.
    Complementarias a esta red ferroviaria, encontramos otras estaciones secundarias como la de La Almozara (1881), para el control de mercancías, y la de Miraflores (1894), que inauguró los trenes directos Madrid-Barcelona. Además, el ferrocarril propició la construcción de una notable infraestructura urbana como fue el paso de las Delicias, que desde 1913 marcó su impronta en este barrio. Este paso a nivel fue ampliado en 1956, transformado en 1990 y suprimido finalmente en 2003. Las referidas estaciones de La Almozara y de Miraflores desaparecieron en 2007 cuando fueron soterradas sus vías. Una nueva estación de Miraflores vio la luz poco después como terminal de la primera línea de Cercanías de la ciudad.
    La original estación de Cappa dejó de funcionar en 1894 hasta que en 1901 pasó a la propiedad de la Sociedad de Minas y Ferrocarril de Utrillas que en 1904 la reconvirtió para transportar carbón desde Utrillas-Escatrón, quedando por ello la estación con la denominación de Utrillas. Funcionó hasta marzo de 1966, cuando la línea fue clausurada y la estación y su entorno carbonero abandonados hasta los años 90, cuando la zona fue urbanizada y se rehabilitaron los dos edificios de la estación para uso comercial. La estación de Campo Sepulcro o Madrid fue objeto de una intensa modernización que supuso el derribo de la vieja estación y su sustitución por una nueva inaugurada en 1972 con el nombre de Zaragoza-El Portillo. Estuvo en activo hasta 2003, cuando la alta velocidad española pasó de largo por ella. Sus instalaciones fueron abandonadas, derribadas en parte poco después, y el resto parece que ahora (2021) va a ser también desmantelado por el Adif. La estación del Norte comenzó a perder protagonismo respecto a la de Campo Sepulcro y desde 1972, con la entrada en funcionamiento de la nueva estación del Portillo, fue perdiendo sus servicios de viajeros. Su último viaje lo realizó en 1976, quedando desde entonces para tráfico de mercancías hasta los años 80, cuando fue cerrada. El edificio de la estación fue restaurado y reabierto en diciembre de 2004 como centro cívico. La estación de Delicias o Caminreal mantuvo su actividad hasta 1972, cuando la estación del Portillo la dejó sin el tráfico de pasajeros, quedando también como control de mercancías, cada vez más postergada y deteriorada. Afortunadamente, el edificio ha perdurado al calor de la nueva estación intermodal Zaragoza-Delicias inaugurada en 2003, rehabilitado y con funciones de control del tráfico de alta velocidad.
    A pesar de su importante pasado ferroviario, que aquí apenas hemos esbozado, Zaragoza sigue a la espera de poder contar con un museo del ferrocarril que dignifique esta parte fundamental de su historia, su desarrollo urbanístico y económico, y de las vidas de varias generaciones de sus habitantes.
    9 min
  • Zaragoza te habla – El callejero “comunista”
    En el programa de hoy vamos a enlazar con un asunto de cierta actualidad como es la revisión de los nombres de algunos viales y zonas públicas de Zaragoza, en este caso por su procedencia “comunista”. Recordaremos a este respecto el gran antecedente de lo sucedido con decenas de nombres de vías urbanas que cambiaron al ser anulados tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y el rápido triunfo en Zaragoza de los facciosos. En esa ocasión, la limpieza de comunistas se extendió también a calles como las de Alcalá Zamora, Antonio Pérez, Galán y García Hernández, Giner de los Ríos, Joaquín Dicenta, Pablo Iglesias, Sebastián Banzo, Benito Pavón, Conde de Aranda, Emilio Zola, Ferrer y Guardia, Benito Pérez Galdós, Jaime Vera, León Tolstoy, Marcelino Domingo, José Nakens, Pi y Margall, Nicolás Salmerón, Victor Hugo. Por el mismo precio, calles con referencias varias al “comunismo” también fueron eliminadas: Agua, Arte, Mayo, República, Siglo XX, Baño, Catorce de Abril, Catorce de Diciembre, Clavel, Cinco de Marzo, Democracia, Escuelas, Germanías, Hospitalito, Igualdad, Jazmín, Maternidad, Morería, Once de Febrero, Pinos, Libertad, Primero de Mayo, Previsión Social, Romero, Vacas… Puede que a ustedes les choque la inclusión en esta lista de algunos nombres aparentemente “normales”, pero tengan en cuenta que junto con las “comunistas” también se eliminaron calles de nombres de “dudoso gusto” y “malsonantes”. En definitiva, una buena purga.
    Transcurridas varias décadas, y viviendo en un restaurado sistema democrático, social y de derecho tras cuarenta años de dictadura, Zaragoza vive desde hace unos meses una segunda ola revisionista del “pasado comunista”, en este caso impulsada por la extrema derecha con representación en el consistorio desde las elecciones municipales de 2019. A falta de bustos que homenajeen a Abderramán III, como sucedió en Cuarte de Huerva, en Zaragoza la ofensiva ultraderechista enfiló sus armas primero, ese mismo año de 2019, contra el parque y la calle que en el Actur llevan el nombre de Che Guevara. Con el respaldo de sus socios de gobierno del PP y de Ciudadanos, la formación anticomunista logró que se formara una comisión técnica para estudiar “este o cualquier otro cambio” que se produzca en el callejero. Desconozco la deriva de esta comisión respecto a este asunto y si se ha producido el cambio, y cuál es la alternativa propuesta, pero me parece que a la fecha en que estamos, nada ha cambiado, y gracias a dios el Comandante Ernesto Che Guevara sigue teniendo una calle y un parque en Zaragoza. En este año recién comenzado de 2021, y como apenas hay otros asuntos de importancia, se anuncia un nuevo envite anticomunista para limpiar el callejero de la ciudad, en este caso protagonizado por la calle de Margarita Nelken por ser “socialista y comunista”. Veremos cómo se sustancia esta nueva propuesta, pero es probable que termine donde la otra: en el silencio administrativo de la vergüenza ajena. A este respecto, no nos faltan en Zaragoza referencias “comunistas” en el callejero, sobre todo en el reciente barrio del Actur, donde se concentra una buena parte de los nombres de hombres y mujeres susceptibles de ser acusados de “comunismo” por la extrema derecha desatada, empoderada y sin complejos de estos inciertos tiempos que nos toca vivir, aunque al menos y desde este momento oficialmente ya no cuenta con la impresentable referencia de Donald Trump en la Casa Blanca.
    23 min
  • Zaragoza te habla - Callejero monárquico - II
    En el programa de hoy retomamos un asunto cuya primera parte se nos quedó allá por la primera quincena del pasado mes noviembre: la presencia de la institución monárquica en el callejero de Zaragoza. De esta forma, esta segunda parte la comenzamos en la primera década del siglo XX, cuando en el plano de 1908 de Dionisio Casañal se incluyó la primera referencia en el callejero al rey Fernando II de Aragón, que fue homenajeado con la calle de Fernando el Católico que sustituyó a la pequeña calle de la Lonja, sita entre la calle del Pilar y el paseo del Ebro.
    A finales de los años veinte, en tiempos de la dictadura del general Primo de Rivera, el plan de urbanización del ensanche de Miralbueno se proyectó en torno a dos grandes viales cuyos nombres proyectados eran Gran Vía de D. Alfonso XIII, desde la facultad de Medicina y Ciencias hasta la nueva plaza de España, y la Gran Vía de Dª Victoria Eugenia, desde esa plaza y hasta el parque de Buenavista. Además, en el callejero se dispuso la calle de la Princesa, que indicaba de forma genérica el título nobiliario de la hija del rey heredera al trono.
    Tras la instauración de la Segunda República en 1931 se proyectó cambiar de nombre a los tramos de la Gran Vía antes referidos, respectivamente, como Gran Vía de Pablo Iglesias, y Gran Vía de Francisco Giner de los Ríos. Cuando en Zaragoza triunfó la rebelión armada de julio de 1936 contra el régimen constitucional republicano, se desató una purga política que también afectó al nomenclátor, y que fulminó las referencias que tuvieran alguna relación con la democracia republicana, como estas dos indicadas. En las décadas siguientes las diversas Corporaciones municipales franquistas fueron añadiendo al callejero la mayor parte de los viales que actualmente llevan nombre de reyes o reinas, comenzando por la propia Corona de Aragón, entidad que dio nombre a una nueva calle que en uno de sus tramos absorbió a la antigua calle de López Toral. El callejero, de esta forma, se pobló de una extensa miríada de reyes y reinas del Aragón medieval (calles de Juan I, Yolanda de Bar (su hija), Juan II y Doña Blanca de Navarra (su esposa), Fernando I de Antequera, Martín I el Humano, Pedro II el Católico, Pedro III el Grande y Constanza de Sicilia (su esposa) y Santa Isabel de Portugal (su hija) , Pedro IV el Ceremonioso, Ramiro II el Monje e Inés de Poitiers (su esposa) y Reina Petronila (su hija), Ramón Berenguer IV, Sancho Ramírez y Reina Felicia (su esposa), Violante de Hungría (esposa de Jaime I); paseo de los Reyes de Aragón y Vía de San Fernando). La España “imperial” del Régimen franquista quedó ensalzada mediante el paseo de Fernando el Católico, paseo de Isabel la Católica, calle de Germana de Foix (segunda esposa de Fernando el Católico), y la plaza del Emperador Carlos V. Además, y de forma exótica, en el barrio de Valdefierro se situó la calle de Berenice, constelación que recuerda a la antigua reina Berenice III de Egipto; e incluso hubo espacio para la extravagancia populista cuando se dio el nombre de calle de la Reina Fabiola a un nuevo vial en el barrio de San José.
    Después de la recuperación de la democracia municipal en 1979, se incorporaron al callejero la avenida de Juan Carlos I y la plaza de la Reina Sofía, “piloto del cambio político” y consorte, respectivamente. A ellos se unió el municipal Pabellón Príncipe Felipe, inaugurado en 1990. A la vez, desapareció la calle de los Infantes de la que hablamos en la primera parte, aunque siquiera por esta vez, en este caso una moderna inscripción hace memoria de su existencia. En 1991, la calle de Mundir I, primer soberano de la taifa de Saraqusta, inauguró el recordatorio de los reyes musulmanes de la ciudad, seguida luego del andador de los Hudíes y el andador de Al-Muqtadir. El crecimiento de la ciudad a través de nuevos barrios posibilitó acrecentar aún más la lista de monarcas medievales de Aragón con la calle de Ramiro I y la de Ermesinda de Aragón (su esposa); la calle de Pedro I; la calle de María de Luna (esposa de Martín I el Humano), y una nueva calle de Alfonso V (segunda que recuerda a este monarca) en el barrio de Las Delicias. En este proceso incluso se ha dado cabida a singularidades exóticas como la plaza de Cleopatra y la calle de Salomón y la reina de Saba en Valdespartera, en este caso por la mítica película rodada en esos parajes, y finalmente el andador de la reina Ester.
    En 2015, estando Zaragoza en Común al frente del Gobierno de la ciudad intentó fallidamente cambiar de nombre al Pabellón Principe Felipe, por aquello de que ya reinaba desde 2014 como Felipe VI, para homenajear de esta forma al fallecido exentrenador del CAI Zaragoza José Luis Abós. Y durante el ya pasado año 2020, a raíz de la huida de España del rey emérito por los escándalos generados en torno a su patrimonio, se realizaron varias solicitudes para sustituir, sin éxito, el nombre de avenida de Juan Carlos I porque la actual Corporación municipal lo desestimó.
    Creo que con este de hoy, que completa la serie de dos programas que hemos dedicado a este asunto, ha quedado “cristalino” que la presencia de la monarquía en el callejero de Zaragoza es una historia bastante dinámica ciertamente interesante, que sin duda continuará en el tiempo.
    9 min
  • Zaragoza te habla - Presentación "Los pródigos años 90"
    Entrevistamos a José María Ballestín y Antonio Tausiet, autores de "Los pródigos años 90", séptima entrega de su colección 'Memoria visual de Zaragoza' que presentaron el pasado lunes, día 7 de diciembre, en la Feria del Libro que este año tiene lugar en la Sala Multiusos del Auditorio de nuestra ciudad.
    Desde 2014, el proyecto GAZA, Gran Archivo Zaragoza Antigua, creado por José María Ballestín Miguel y Antonio Tausiet, compila y ordena miles de referencias visuales de la ciudad de Zaragoza. Este libro es una selección de fotografías de ese archivo, acompañadas de comentarios redactados para la ocasión.
    Un recorrido por la ciudad, los barrios y aspectos de su economía y sociedad en la década de los 90, época de grandes obras, en la que Zaragoza experimentó una gran transformación, casi tan grande como la corrupción y escándalos financieros que sufrió.
    El libro está ya a la venta. ¡No te lo pierdas!
    7 min
  • Zaragoza te habla - Los asedios franceses de 1808-09
    Los asedios franceses de 1808-09
    -Impacto sobre el patrimonio y urbanismo de Zaragoza-
    Desde las primeras crónicas o relatos de los asedios de Zaragoza en 1808-09, la valoración del estado de la ciudad tras los mismos ha sido prácticamente unánime: Zaragoza quedó destruida por la perfidia y barbarie de los invasores. Sin embargo, habría que pensar en qué otra conclusión podría haber desembocado la decisión de convertir la ciudad en primera línea de campo de batalla, fortificando sus más robustos y mejores edificios de la periferia por donde era evidente que se produciría el asalto francés, y convirtiendo el cinturón conventual en un formidable rompeolas ante el que cayó toda la fuerza del ejército Imperial. Esta impresión de destrucción generalizada ha perdurado en el tiempo, e incluso hoy en día sigue siendo utilizada por la historiografía más retro para justificar la pérdida de patrimonio edilicio, de forma que cuatro meses de terribles destrucciones siempre parecen tapar las destrucciones prolongadas durante dos siglos sin que ninguna bomba extranjera tuviera nada que ver.
    La decisión de la dirigencia y elite local de convertir Zaragoza en una ciudad cerrada, acuartelada y asediada, dispuesta a resistir hasta el final bajo el invencible amparo de la Virgen del Pilar, es algo que no deberían dejar de lado quienes utilizan la historia para buscar culpables de los hechos históricos a los que aquí nos referimos, no para explicarlos.
    Los dos asedios de la ciudad, el primero de dos meses de duración, entre el 15 de junio y el 13 de agosto de 1808; y el segundo otros dos meses, entre el 21 de diciembre de 1808 y el 21 de febrero de 1809, sin duda resultaron devastadores para la ciudad, especialmente en las zonas que los franceses delimitaron como de avance para lograr la capitulación de Zaragoza, hecho que se produjo el referido 21 de febrero de 1809. De esta forma, el Arrabal por el norte, el barrio de la Magdalena por el este y el frente sur, con zonas de los barrios de Santa Engracia, San Gil y San Pablo, fueron los escenarios más afectados.
    Los efectos de estos cuatro meses de bombardeos y combates se centraron fundamentalmente en los conventos militarizados y convertidos en ejes del sistema defensivo: los conventos de Jesús y San Lázaro en el Arrabal; los conventos de San Agustín, Santa Mónica, San José y la Trinidad en el este; los conventos de San Francisco, Santa Catalina y Jerusalén en el centro; y los conventos de Capuchinos, Santa Engracia, Capuchinas, Carmelitas descalzas, y el Carmen. En esta lista hay que incluir también la Universidad de la Magdalena, también militarizada y convertida en punto fuerte de defensa. El bombardeo, por supuesto, trajo además la ruina de numerosas casas y palacios que se encontraban en la línea de fuego de las zonas de batalla, como fue el caso del palacio de la Diputación del Reino, y el gran complejo del Hospital de Gracia en el Coso.
    De todo este patrimonio edilicio, hubo casos de destrucción absoluta, y muchos más casos de destrucción parcial. Algunos se perdieron para siempre, otros fueron reconstruidos en las décadas siguientes, y hubo también casos de derribos posteriores o muy posteriores que remataron algunos conventos y palacios nada o parcialmente dañados, como el convento de Santa Engracia, el de las Carmelitas descalzas o el palacio de la Diputación del Reino.
    Los efectos de esta destrucción patrimonial sobre el urbanismo de la ciudad se concentraron especialmente en la zona sur-centro desde la puerta de Santa Engracia y hasta la plaza de San Francisco, espacio hasta entonces vertebrado por el callejón del Hospital. Aquí fue donde la administración francesa proyectó el primer ensanche moderno de la ciudad, con la apertura del paseo Imperial, luego denominado Salón de Santa Engracia, y actual paseo de la Independencia, que todavía conforma el eje central más importante de la ciudad. Resulta complicado, que no imposible, imaginar lo que hubiera sido de esta zona si la destrucción de los asedios no hubiera tenido lugar. Digo que esto no es imposible de imaginar, dada la creatividad zaragozana para ensanchar la ciudad en otras zonas que, sin afecciones durante los asedios, también han sido objeto de una mutación bastante radical.
    José María Ballestín Miguel
    26 min
  • Zaragoza te habla - Callejero monárquico - I
    La presencia de la institución monárquica en el callejero de Zaragoza ha dependido durante toda la edad contemporánea de la cambiante coyuntura institucional española, pues el tránsito de la monarquía absoluta a la actual constitucional, con el breve lapso de las dos repúblicas, se ha producido entre traumáticos procesos trufados de guerras civiles, golpes de estado, revoluciones, dictaduras y restauraciones varias, la última de ellas denominada “la transición”. Todo ello ha tenido reflejo en el nomenclátor de la ciudad, con altas y bajas al albur de estos acontecimientos. Por ello, hoy dedicamos un primer programa a la situación y cambios en el siglo XIX. Comenzamos.
    Resulta llamativo que hasta 1863 apenas encontramos en el callejero unas pocas referencias a la monarquía, que siempre resultan ser genéricas y ninguna alusiva a un monarca en concreto, salvo el lapso de tiempo que la antigua plaza de San Francisco fue denominada de San Fernando en homenaje al “Deseado” rey Fernando VII hasta su sustitución por el de plaza de la Constitución tras la muerte de este rey en 1833 y el tránsito hacia un Estado liberal y constitucional. Precisamente en 1833 encontramos otra referencia monárquica cuando se colocó la primera piedra de una nueva fuente en la plaza de San Fernando como homenaje al juramento como princesa heredera de la que luego sería Isabel II, denominándose, por ello, Fuente de la Princesa, que en el siglo XX tuvo una azarosa vida hasta terminar en el parque de Buenavista. Respecto a las calles con referencias monárquicas genéricas, encontramos la calle de las Infantas, que hacía referencia a la familia infanzona de ese linaje; la calle del Príncipe, que indicaba el título nobiliario reservado al heredero de la Corona; la calle de los Infantes de San Pablo, que informaba de los nietos del rey Alfonso X de Castilla que en el siglo XIII fueron acogidos por el rey Alfonso III de Aragón; la calle de la Reina, que se vinculaba al título nobiliario de la esposa del rey o a su sucesora legítima, que en el caso del reino de Aragón no podía ejercer por su condición de mujer; finalmente, la plaza del Reino, así llamada por su cercanía a la “Casa del General del Reino” dependiente de la Diputación General.
    El año 1863 resulta un hito importante, pues en él se publicó la “Descripción de las calles, plazas, plazuelas, puertas y paseos de la ciudad de Zaragoza”, donde también la monarquía protagonizó reseñables cambios en el callejero. De esta forma, la plazuela del Carmen fue redenominada de Isabel II; la plaza del Reino conservó su nombre, pero bajó de categoría a la de plazuela; la antigua calle Mayor de las Tenerías sería desde entonces la calle de Alonso/Alfonso V, en homenaje a este “Magnánimo” soberano medieval de Aragón; un tramo de la calle del Sepulcro sería desde entonces de Don Teobaldo, segundo rey de Navarra así llamado que se refugió en esa zona y tuvo especial vínculo con el convento del Sepulcro; la calle de Isabel II que desde 1858 era la que que en 1849 fuera del Cinco de Marzo, se decidió que recuperara su original denominación; la calle del Trenque, durante el proceso de su prolongación y ensanche hasta la plaza del Pilar, se consideró “mezquino e inadecuado” mantenerla, de forma que se le dio el nombre de calle de Alfonso I (el Batallador); las antiguas calles de San Gil, Alta de San Pedro, Virgen del Rosario, Cuchillería, y plaza de San Martín fueron unificadas en el nombre de Jaime I (el Conquistador); la calle de los Infantes de San Pablo se mantuvo acortada en su nombre como calle de los Infantes; las antiguas calles del Príncipe y de las Infantas fueron unificadas bajo la primera de esas denominaciones; la calle de la Reina perduró; la plazuela de la Cruz del Ecce-Homo fue redenominada de la Corona, pero no por la institución, sino por el relieve de una corona en la fachada de la cercana casa de los condes de Bureta.
    Tras la “Gloriosa” revolución que en 1868 puso final al reinado de Isabel II, la calle del Príncipe sería desde entonces la calle de la Libertad; la calle de la Reina, pasó a ser la calle de la Soberanía Nacional, y la plazuela de Isabel II, la plaza del Pueblo. Llamativamente, la restauración borbónica de 1875 no alteró estos cambios.
    Terminamos así el programa de hoy, dejando una segunda parte que dedicaremos a la situación y cambios producidos en el siglo XX y principios del actual XXI.
    7 min
  • Zaragoza te habla - La Plaza de Miguel Salamero
    El espacio de la actual plaza de Miguel Salamero formaba parte de la antigua Morería o barrio moro delimitado por un muro de tapial tras la conquista cristiana de Saraqusta en 1118. Vertebraban el caserío de esta zona la calle del Azoque o del zoco (mercado abierto) y la calleja de la Morería Cerrada, así denominada porque se ingresaba a ella desde el Coso mediante el arco de la Morería y conducía a la alcaicería o mercado cerrado. Entre ambas se encontraba la mezquita aljama o Mayor de la ciudad y la carnicería musulmana.
    Tras la conversión forzosa de la población morisca zaragozana, en 1526 la mezquita fue reconvertida en la iglesia de Santa Fe y concedida por el rey Felipe II a un beaterio de mujeres arrepentidas de la vida mundana o prostituidas, ordenado según la regla de Santo Domingo, que a mediados de siglo se convirtió en convento de religiosas dominicas de Santa Fe, singular por su gran claustro renacentista de dos pisos. La definitiva expulsión en 1610 de la población morisca asentó la tendencia que condujo a que esta zona fuera mudando de propietarios, de aspecto y de funciones, con nuevas e importantes fundaciones religiosas, como el colegio de San Diego, los conventos de San José de las carmelitas descalzas y de San Ildefonso, y el beaterio y colegio de Santa Rosa, entre otras.
    Los asedios de 1808-09 no afectaron a la integridad del convento de Santa Fe, que durante los años de administración francesa fue destinado a educación femenina. Tras la guerra, la comunidad dominica regresó al convento hasta que en 1835 se trasladó al de Santa Inés. La exclaustración de Mendizábal hizo recaer su propiedad en el Estado, que en 1842 cedió el usufructo a la Real Sociedad Económica Aragonesa y a la Academia de Bellas Artes de San Luis, que le dieron uso como sede propia y para albergar los museos provinciales de pintura y escultura creados en 1845. Así fue hasta 1893, cuando el antiguo convento fue declarado en ruina.
    La zona meridional entre las calles del Azoque y de la Morería Cerrada, tradicionalmente ocupada por la huerta conventual, tras la desamortización de 1835 se convirtió en la plaza de Santa Fe, hasta que en 1863 una remodelación del nomenclátor le dio su denominación actual: plaza de Miguel Salamero, en recuerdo del comerciante y artesano que durante el asedio de 1808 participó en la defensa del convento de Santa Fe. Precisamente, fue entonces cuando la plaza del Carbón de toda la vida fue redenominada de Santiago Sas, de forma que la traslación a la nueva plaza de Santa Fe-Miguel Salamero de la distribución para consumo doméstico del carbón en Zaragoza dio pie a que, popularmente, este espacio heredara el desaparecido nombre y comenzara a ser conocido de forma extraoficial como la (nueva) plaza del Carbón, tal y como aún hoy sucede.
    A finales de 1896, el Ayuntamiento aprobó un proyecto para ajardinar el solar del antiguo convento, ya derribado, y de la pequeña plaza de Miguel Salamero, ambos propiedad del Estado, que en 1898 y mediante real orden estableció que este espacio debería ser empleado para ensanchar vías públicas y establecer jardines. De esta forma, y ya a comienzos del siglo XX, se procedió a la plantación de árboles en este foco de infección y de inmoralidad, según la terminología de la época, en cuya zona más septentrional se conservaban algunas viejas casas entre las que se encontraba una que fuera temporal vivienda familiar de Francisco de Goya. Estos edificios siguieron en pie hasta su derribo cuando la antigua calle de la Morería Cerrada, ya denominada del Teniente Coronel Valenzuela, fue ensanchada y alineada desde su entrada por el tramo alto del Coso, donde también se eliminó el Arco de San Roque.
    El plan de reforma interior de 1939 previó la ampliación de la plaza de Miguel Salamero eliminando la occidental manzana de viviendas comprendida entre la calle del Azoque y la iglesia de San Ildefonso, al hilo de la apertura de la nueva Vía Imperial, de forma que el nuevo espacio resultante se llamaría plaza de San Ildefonso. Sin embargo, habría que esperar hasta 1962 cuando, sin cambio en el nombre de la plaza, se aprobó el plan parcial especial que ordenaba la zona, cuyo notable aumento en espacio público fue compensado con una más que llamativa concentración de edificabilidad lucrativa en uno de los impactantes edificios singulares que comenzaban a jalonar la Zaragoza del desarrollismo, en este caso un descontextualizado rascacielos de dieciséis plantas que vería la luz años después como Edificio Residencial-Comercial Salamero.
    A finales de la prodigiosa década de los años sesenta se iniciaron las obras de un aparcamiento subterráneo con capacidad para 340 vehículos, que entró en servicio en 1972 y cuya culminación en superficie fue embellecida con nuevos jardines, arbustos y bancos, configurando la plaza de Miguel Salamero desde ese momento y hasta 2020. A comienzos de este año se detectó el hundimiento parcial del techo del aparcamiento subterráneo, suceso del que se responsabilizó al exceso de peso de la plaza de forma que se acometió una dieta consistente en retirar el mobiliario urbano y los andadores, parterres, jardines y árboles de la misma. El aspecto de la plaza, tras esta radical intervención, recuerda mucho al desolador que tuvo tras la terminación del aparcamiento. Mientras tanto, el Consistorio dice sumar propuestas y lluvia de ideas antes de presentar un anteproyecto de reforma de la plaza que, adecuada a los requerimientos de movilidad sostenible, debería recuperar este espacio como emblemática zona verde urbana, tal y como proyectara con buen tino Ricardo Magdalena hace casi 125 años, entonces como hoy con el objetivo de revitalizar este emblemático espacio abierto en la antigua Morería.
    José María Ballestín Miguel y Antonio Tausiet
    Gran Archivo Zaragoza Antigua (GAZA)
    ‘Memoria visual de Zaragoza’
    Artículo publicado en El Periódico de Aragón
    30 min

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