Un corazón descuidado no se vuelve malo; se vuelve reactivo, cansado y desconfiado. Poco a poco se endurece, responde desde la herida y pierde sensibilidad espiritual. Por eso, guardar el corazón no es aislamiento emocional, es discernimiento profundo sobre lo que permitimos entrar y permanecer.
Dios no llama a blindarse, sino a proteger lo valioso. El Señor Jesús habló del interior porque sabía que lo que se aloja en el corazón termina gobernando la vida. De modo que, cuidar el corazón implica filtrar voces, revisar motivaciones y atender heridas antes de que se conviertan en patrones. Un corazón guardado no ignora el dolor; lo lleva al lugar correcto.
Quizá haya conversaciones que desgastan, pensamientos que se repiten o recuerdos que aún pesan. Preséntalos delante de Dios con sinceridad. Guardar el corazón no es negar lo que duele, sino entregarlo a Aquel que sana con verdad y gracia. Allí el corazón se ordena y la vida recupera dirección.
Guarda tu corazón. De él depende el rumbo de tu vida.
La Biblia dice en Proverbios 4:23: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”. (RV1960).