El ruido no siempre grita; muchas veces se instala silenciosamente. Por ejemplo, pensamientos acumulados, agendas saturadas y preocupaciones constantes terminan ahogando la voz que más necesitamos escuchar. Por eso, escuchar a Dios exige algo más que atención; requiere disposición para hacer espacio. Dios sigue hablando, pero no compite con el ruido.
El Señor Jesús buscaba lugares apartados para orar. No por evasión, sino por claridad. Sabía que la dirección nace en la quietud. De modo que, cuando no escuchamos a Dios, no siempre es porque Él calle, sino porque nosotros en realidad estamos llenos. El ruido confunde, pero la voz de Dios ordena.
Quizá sea necesario apagar algunas distracciones, reducir estímulos o recuperar momentos de silencio. No para oír algo nuevo, sino para volver a oír lo esencial, porque Dios no empuja ni acelera; Él guía con fidelidad. Además, cuando Su voz se reconoce, el corazón encuentra descanso y dirección. Por eso, haz espacio para escuchar. La Biblia dice en Isaías 30:21: “Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él”. (RV1960).