La verdadera dependencia se revela cuando se acaban las opciones. Mientras hay control, la fe parece firme; cuando el control se pierde, el corazón queda expuesto. Por eso, depender de Dios no es un concepto espiritual bonito, es una práctica diaria que se aprende en la necesidad.
El Señor Jesús vivió en dependencia total del Padre. No actuó desde la autosuficiencia ni desde la prisa. De modo que, depender de Dios no elimina la responsabilidad, al contrario, la ordena. De la misma manera, reconocer límites no debilita la fe, la profundiza. Allí Dios sostiene lo que nosotros no podemos cargar.
Quizá haya áreas donde sigues asumiendo pesos que nunca te correspondieron. Por eso, preséntalos a Dios sin reservas. La dependencia no es resignación; es confianza activa, porque cuando el peso se entrega, el alma comienza a respirar con alivio.
Así que, depende de Dios. Allí comienza la verdadera fortaleza. La Biblia dice en Salmos 62:8: “Esperad en él en todo tiempo… derramad delante de él vuestro corazón”. (RV1960).