El ordenamiento y la planificación territorial tienen impactos directos en la pobreza, la desigualdad y la degradación ambiental. Y la carencia de regulación en la materia produce como consecuencia lógica variados efectos como los vividos el sábado pasado, cuando un intenso aguacero provocó la inundación de un trayecto de la autopista General Cañas, así como nuevos deslizamientos en la ruta 32 hacia Limón y, para rematar, incidentes en varias comunidades.
A esa falta de medidas de control hay que sumarle otros factores estructurales como la deforestación acelerada, la urbanización precaria con gran cantidad de familias cuyas casas están en zonas de alto riesgo, como laderas inestables, zonas de inundación y fallas geológicas.
Cuando a esta realidad le añadimos la crisis planetaria por las consecuencias del cambio climático, el acelerado calentamiento que deriva en olas de calor extremo, sequías, pérdida de biodiversidad y la migración de personas desplazadas por los efectos tangibles y concretos del clima, los desafíos adquieren dimensiones superlativas.
No todo está perdido, pero la urgencia es inmediata. El ordenamiento es una condición para el desarrollo y países como el nuestro tienen la oportunidad de evitar colapsos ambientales, usando la ciencia, atrayendo inversión sostenible, ofreciendo territorios seguros y resilientes, con el objetivo de desarrollar un liderazgo de crecimientos equilibrados.
Para hacer un repaso de este tema conversaremos con el geólogo Allan Astorga.