Durante casi doscientos años, un imperio extranjero gobernó Jerusalén. Y fue exactamente en esos doscientos años, ni un día antes, cuando los textos sagrados judíos empezaron a hablar por primera vez de un diablo con nombre propio, de ángeles que responden al llamado, de muertos que vuelven a levantarse y de un juicio final que separa a los justos de los condenados. Nada de eso existía antes. Todo eso aparece de golpe, justo cuando Persia manda. Hay un dios, mucho más antiguo que Cristo, a quien su propio creador declaró "digno de adoración como yo mismo" — y cuyo nombre, en la lengua original, significa literalmente "pacto". Hoy casi nadie lo recuerda. Pero durante un milenio, medio mundo antiguo se arrodilló ante él sin saber que estaba ensayando, sin quererlo, la escena que después se repetiría con otro nombre.
En una religión hermana, nacida del mismo pueblo original, ocurre algo que ningún libro de catequesis explica: el dios más poderoso de un panteón se convierte, del otro lado de la misma frontera cultural, en el demonio más temido — la misma raíz, el mismo nombre, el bien y el mal completamente invertidos entre dos ramas que alguna vez fueron una sola. Y hay una investigadora que asegura que la sangre de esos sacerdotes persas nunca salió del poder: que cruzó imperios enteros, se disfrazó de nobleza europea, terminó fundando una de las órdenes religiosas más influyentes de la historia, y sigue operando hoy detrás de instituciones que todos conocemos. ¿Cuánto de lo que hoy llamamos religión, moral y destino final fue en realidad diseñado por otra civilización, mucho antes, y bajo otro nombre?
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