Representa ese refrescar silencioso y constante que Dios envía sobre quienes sirven, aun cuando el cansancio o la rutina intentan secar el ánimo. Así como el rocío desciende suavemente pero transforma el terreno, la gracia de Dios renueva el corazón, restaura fuerzas y mantiene viva la sensibilidad espiritual. No siempre es estruendoso ni visible, pero es necesario; porque el ministerio no se sostiene solo con actividad, se sostiene con presencia, dependencia y renovación continua. Donde el rocío desciende, hay frescura, dirección y un nuevo impulso para avanzar con fidelidad.