En Mateo 8–10, Jesús desciende del monte y comienza a manifestar mediante sus obras el poder del reino que había anunciado con sus palabras. Sana enfermos, limpia a personas consideradas impuras, libera endemoniados, calma una tormenta, perdona pecados y resucita a una niña. Cada milagro revela su compasión, pero también su autoridad divina sobre la creación, el pecado, los demonios, la enfermedad y la muerte.
Estos capítulos también muestran que contemplar el poder de Jesús exige una respuesta. El Rey llama a personas marginadas, como Mateo, y recibe a quienes se acercan a Él con fe, como el centurión. Sin embargo, seguirlo implica una lealtad completa, participar en su misión y estar dispuestos a enfrentar oposición, rechazo y persecución.