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En Mateo 26–28 llegamos a la conclusión del Evangelio de Mateo. Jesús celebra la Pascua con sus discípulos, establece el nuevo pacto, se somete a la voluntad del Padre en Getsemaní y se entrega voluntariamente para cargar en la cruz con nuestra culpa y condenación.
Aunque la cruz parece una derrota, allí Jesús es coronado como el verdadero Rey. Su sangre trae perdón, su sacrificio abre el camino hacia Dios y su resurrección confirma que Él es el Hijo de Dios. La tumba está vacía y la muerte ha sido vencida.
El Cristo resucitado declara que posee toda autoridad en el cielo y en la tierra, y envía a sus seguidores a hacer discípulos de todas las naciones. Mateo termina como comenzó: con Emanuel, Dios con nosotros, quien promete permanecer con su pueblo todos los días hasta el fin del mundo.
A través de una historia de amor, pecado, disciplina y restauración, este capítulo nos confronta con la gravedad de la idolatría, pero también nos muestra la fidelidad de un Dios que recuerda su pacto y ofrece perdón aun a quienes sienten que ya no tienen cómo regresar.
Acompáñanos a estudiar Ezequiel 16 verso a verso.
Algunos ancianos de Israel se acercan a Ezequiel para consultar a Dios, pero el Señor ve lo que nadie más puede ver: han levantado ídolos en su corazón.
Ezequiel 14–15 nos confronta con una pregunta profundamente personal: ¿qué ocupa realmente nuestro corazón? Dios llama a su pueblo al arrepentimiento y nos recuerda que no podemos depender de nuestra propia justicia ni vivir nuestra fe a través de alguien más.
Por medio de la imagen de una vid que no produce fruto, también somos llamados a considerar para qué estamos viviendo. En Cristo encontramos perdón, un corazón nuevo y la vida que puede producir fruto para la gloria de Dios.
Acompáñanos a estudiar Ezequiel 14–15 verso a verso.
En Mateo 24–25, Jesús anuncia la destrucción del templo y dirige nuestra mirada hacia su regreso y el juicio final. Sus palabras no buscan llevarnos al miedo ni a la especulación, sino enseñarnos a permanecer firmes, proclamar el evangelio y vivir preparados mientras aguardamos la consumación de su reino.
Por medio de las parábolas de las diez vírgenes y los talentos, y de la separación de las ovejas y los cabritos, Jesús muestra que la espera del discípulo es activa. La vigilancia, la fidelidad y el amor hacia los necesitados evidencian una vida transformada por la gracia. Cristo volverá para poner fin al pecado y establecer plenamente su reino de justicia y paz.
Ezequiel 11–13 nos confronta con el peligro de tener ojos y no querer ver, escuchar voces que nos dicen solamente lo que queremos oír y buscar cambios superficiales cuando nuestra verdadera necesidad es una transformación desde el interior.
En Mateo 21–23, Jesús entra en Jerusalén como el Rey prometido, purifica el templo y confronta una religiosidad llena de apariencias, pero sin fruto. Por medio de acciones proféticas, parábolas y debates con los líderes religiosos, revela su autoridad como Mesías, verdadero templo y Señor de todas las cosas.
Estos capítulos nos advierten acerca del peligro de cuidar el exterior mientras el corazón permanece lejos de Dios. Pero también nos muestran la esperanza del evangelio: el mismo Jesús que denuncia el pecado y anuncia el juicio es el Salvador que irá a la cruz para cargar con nuestra culpa, limpiarnos desde dentro y hacer que nuestra vida produzca fruto.
El juicio anunciado sobre Jerusalén está por llegar. En estos capítulos, Ezequiel contempla las abominaciones que han llenado incluso el templo, mientras el pueblo cambia la gloria del Creador por las criaturas.
En medio del juicio, Dios distingue y preserva un remanente, mientras su gloria comienza a retirarse del santuario. Una porción que nos confronta con la gravedad de la idolatría y del pecado, pero que también comienza a mostrarnos la esperanza de la transformación que solamente Dios puede producir.
En Mateo 19–20, Jesús nos muestra los valores de su reino: fidelidad en el matrimonio, cuidado de los pequeños, libertad frente a las riquezas, gracia en lugar de mérito y servicio en lugar de grandeza. Todo encuentra su modelo perfecto en Jesús, el Rey que vino a servir y dar su vida en rescate por muchos.
En Ezequiel 4–6, Dios convierte la vida del profeta en una señal para un pueblo que se niega a escuchar. El sitio de Jerusalén, el hambre, la espada y el exilio anuncian las consecuencias de años de rebelión e idolatría.
Pero en medio del juicio también encontramos la paciencia de Dios, la preservación de un remanente y un llamado al arrepentimiento. Estos capítulos finalmente dirigen nuestra mirada hacia Cristo, quien recibió en la cruz el juicio que nosotros merecíamos y resucitó para darnos nueva vida.
En Mateo 17–18, Jesús revela su gloria y enseña a sus discípulos qué significa seguirlo. El camino del reino es un camino de humildad, dependencia de Dios, cuidado por los demás, restauración y perdón.
Estos capítulos nos muestran cómo la identidad de Jesús transforma no solo nuestra relación con Él, sino también la manera en que vivimos juntos como parte de su familia.
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