http://halley.uis.edu.co/aire/wp-content/uploads/2016/10/CLIP-67-EL-PRECIO-Y-EL-VALOR-DE-LA-CIENCIA-241016-8.18-a.m..mp3
“Supe que lo sencillo no es lo necio,
que no hay que confundir valor y precio...”
Afirmar que el mundo contemporáneo está moldeado por una sofisticada tecnología, es afirmar lo obvio.
Afirmar que esta tecnología es un subproducto de la investigación básica es mucho menos evidente.
Los sistemas de producción de la energía que mueve al mundo, sea hidroeléctrica, solar, nuclear; o los equipos médicos que indagan el interior de nuestros cuerpos, la nanotecnología, la manipulación genética, la industria de las telecomunicaciones, internet, las computadoras, hornos de microondas; todos dependen de la comprensión de leyes fundamentales de la naturaleza.
La tecnología es un producto colateral y deseable de la ciencia. Sin embargo, en general, la motivación de los científicos a la hora de indagar en las leyes naturales no es la eventual aplicación práctica o tecnológica. Es más bien el placer de develar el funcionamiento oculto de la realidad. La naturaleza nos propone enigmas y el ser humano es un reconocedor y un descifrador de enigmas.
James Clerk Maxwell buscaba develar la estructura de los campos electromagnéticos. Y sus ecuaciones sugerían que una corriente oscilante emite ondas de radio. Y fue el inicio de la radiodifusión.
La generación de jóvenes físicos que desentrañaron los enigmas del mundo cuántico no sospechaban que las leyes que descubrían harían posible las computadoras, los celulares, el laser entre muchos otros productos tecnológicos.
Paul Dirac buscaba averiguar el comportamiento de un electrón a altas velocidades, y la ecuación que lo describía permitió predecir la antimateria. Luego la tecnología fabricó los tomógrafos de emisión de positrones para saber de nuestros órganos.
Albert Einstein no pensó en ninguna aplicación práctica de su teoría de la gravedad, pero el sistema GPS funciona gracias a una sofisticada predicción de su teoría, acerca del comportamiento del tiempo en campos gravitacionales.
Parodiando a la famosa expresión L ´art pour l´ art de comienzos de siglo XIX, la actitud general de los científicos es “la ciencia por la ciencia misma”, por la aventura intelectual de hackear los códigos de la naturaleza, y no por la eventual utilidad que pueda tener.
Es cierto que hay áreas de la ciencia mas cercanas a las aplicaciones que otras. Estudiar la superconductividad a temperatura ambiente promete más aplicaciones que la presunta teoría cuántica de la gravitación, pero los caminos de la ciencia son curiosos y nunca se sabe si de una teoría muy abstracta pueden derivarse aplicaciones prácticas.
¿Que la ciencia es costosa? Sí, los grandes experimentos para explorar el mundo subatómico o el universo, requieren de una tecnología de punta muy sofisticada que costosa. Además hay que pagar a científicos, ingenieros, computistas y técnicos, todos de altos niveles de formación. Por eso muchas veces son colaboraciones entre varios países y con participación de muchos centros de investigación. La ciencia actual es costosa, pero es valiosa. Veamos.
El telescopio espacial Hubble costó menos de tres mil millones de dólares, pero nos regaló una nueva mirada al universo y ha producido cerca de más de ci