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80. Cuando compartimos la solidaridad que existe al interior de las iglesias con “los de afuera”, nuestro testimonio habla por nosotros.
79. Las renovaciones y reformas más poderosas surgen a menudo de las experiencias de humillación.
78. Es en vano repetir la polémica de hace cinco siglos: ni los evangélicos de hoy son Lutero, ni los católicos actuales son el papado medieval.
77. Nuestra fe individual, eclesial y denominacional hace agua ante los desafíos actuales; por eso, necesitamos convocar a la tradición cristiana en nuestra ayuda.
76. Aunque los simulacros del poder de Dios son un placebo que se siente muy bien, lo que en verdad necesitamos es el poder real.
74. Aunque la vergüenza, la inexperiencia o la incredulidad nos alejen de los milagros, eso también es una parte fundamental de nuestra fe.
75. Para aquellos que quieran sobrevivir a la modernidad líquida, caminar sobre las aguas es una obligación.
72. La marginación de las mujeres no pertenece al corazón del cristianismo; es un lastre que debemos sacudirnos de una vez por todas.
73. Una Iglesia que margina a un sector del pueblo de Dios será una Iglesia débil y enferma: ha amputado una parte de la imagen de Dios.
71. No podemos seguir haciendo la vista gorda ante el acoso y los abusos cometidos al interior de la comunidad cristiana.
70. Más que un reservorio de valores o un imperativo moral para denunciar pecados ajenos, nuestras familias deben brillar como una sociedad de contraste.
69. Lo que hace que la Iglesia se mantenga en pie es la fe en la gracia de Dios manifestada en Cristo Jesús, no una postura ética, política o ideológica.
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