
Sign up to save your podcasts
Or


"Contiene sulfitos", es una advertencia que vemos en las etiquetas de las botellas de vino ¿Qué son los sulfitos? Son productos que se utilizan fundamentalmente como fungicidas y bactericidas. La adición de determinados compuestos al vino resulta de suma importancia en la elaboración de productos de calidad, ya que ayuda a llevar a cabo de forma segura los procesos enológicos, impidiendo alteraciones por bacterias, hongos u oxidaciones, garantizando la calidad del vino. El sulfito que se suele añadir al vino es el anhídrido sulfuroso, también conocido como dióxido de azufre. Hay que tener en cuenta que el anhídrido sulfuroso aparece en el vino de forma natural en pequeña cantidad, debido a que lo producen las levaduras a partir de los aminoácidos azufrados: cistina, cisteína y metionina. Los sulfitos no solo se encuentran en el vino, sino también en productos fermentados, como son la cerveza o el pan. Más información en https://cienciaes.com
Desde que el ser humano comenzó a mirar las profundidades del Cosmos, la humanidad no ha dejado de asombrarse de lo frágil que es nuestro pequeño mundo azul. Allá, a lo lejos, tienen lugar acontecimientos de tal magnitud que ningún planeta como el nuestro, es más, ninguna estrella como la que nos ilumina podría sobrevivir. Una muestra de ello, según se publica en dos artículos en las revistas Nature y Nature Astronomy, ha sido la observación de un fenómeno de tal potencia que iluminó el Cosmos con la intensidad de mil billones de soles. El análisis de los datos recogidos apunta a un suceso que tuvo lugar hace más de 8.500 millones de años, en el centro de una galaxia donde un agujero negro supermasivo despedazó y engulló una estrella. Al hacerlo, en una especie de eructo de dimensiones cósmicas, el agujero emitió un chorro de materia a velocidades cercanas a las de la luz, un jet relativista, que, para suerte de los observadores, apuntaba directamente a la Tierra. Entre los científicos que han firmado estos trabajos está el investigador del Instituto de Astrofísica de Andalucía, Miguel Pérez Torres. Más información en https://cienciaes.com
Así como los animales utilizan su mayor o menor inteligencia, dependiente del funcionamiento de sus sistemas nerviosos, para evaluar las condiciones del entorno y responder frente a ellas, la evidencia científica acumulada recientemente indica que las plantas cuentan también con su propia inteligencia, una inteligencia que no está basada en el funcionamiento del sistema nervioso, sino que funciona de otro modo. No obstante, las plantas pueden aprender, pueden comunicarse con otras, pueden memorizar y pueden tomar decisiones en respuesta a determinados estímulos. A lo largo de su evolución han ido acumulando genes y mecanismos moleculares que pueden poner en marcha o apagar cuando es necesario para adaptarse a los avatares del entorno, a pesar de que no pueden echar a correr para salvarse, o a lo mejor, precisamente por esa razón. Más información en https://cienciaes.com
En este segundo capítulo dedicado a las inmunodeficiencias genéticas, Jorge Laborda habla de aquellas que afectan a las células que atacan directamente a los microorganismos invasores. Estas células fagocíticas, llamadas así porque fagocitan, es decir, engullen a las bacterias y otros microorganismos, deben desplazarse hasta el lugar de la infección, navegando por el torrente sanguíneo, tienen que atravesar los capilares en el lugar adecuado, cercano a la invasión, y buscar al enemigo. Ese comportamiento depende de un enorme número de moléculas que informan, atraen, permiten la adhesión a los capilares, facilitan su paso a través de sus paredes, orientan y dirigen las células, cual soldados de infantería, al lugar de la infección para entablar batalla. Cualquier fallo en la producción de esos soldados o en la generación de las moléculas que intervienen puede debilitar la defensa y crear una inmunodeficiencia. Más información en https://cienciaes.com
Hace 505 millones de años, a mediados del Cámbrico, parte de lo que hoy son las montañas del oeste del Canadá se encontraba bajo el mar, cerca de un acantilado submarino vertical. De tanto en tanto, un alud de barro cubría el lecho marino. Los seres vivos que tenían la mala suerte de encontrarse allí morían por la falta de oxígeno y quedaban enterrados. Así surgió la formación geológica de los esquistos de Burgess, donde, en 1966 el paleontólogo británico Harry Blackmore Whittington descubrió un nuevo ejemplar muy bien conservado de Opabinia, un animal tan extraño que en la primera presentación pública del análisis de Whittington, la audiencia estalló en carcajadas. Con una longitud total de unos diez centímetros, su característica principal es la trompa o probóscide hueca y flexible que se proyecta hacia abajo desde la parte inferior de la cabeza. Más información en https://cienciaes.com
Quizá alguien de vosotros o alguno de vuestros familiares sea intolerante a la lactosa, en ese caso, le interesará conocer qué quesos son menos ricos en lactosa. También es importante conocer en qué consiste esa intolerancia, que no tiene nada que ver con la alergia. De hecho, es imposible ser alérgico a la lactosa porque solo se puede ser alérgico a compuestos que contienen alguna proteína, y la lactosa es solo un hidrato de carbono. Así que, si alguien se siente mal al ingerir lactosa, no es porque sea alérgico a ella, es solo intolerante a esta sustancia. Hoy, Miguel Pocoví habla del contenido en lactosa de los quesos. Lo que explica Miguel ha inducido a Jorge Laborda a buscar la respuesta a una pregunta: ¿por qué la leche contiene lactosa, con los problemas de intolerancia que eso provoca en algunas personas, y no sacarosa, por ejemplo, un azúcar mucho más común y de idéntico valor nutritivo? Escuchad la respuesta en este podcast.
Al mismo tiempo que la población mundial alcanzaba los 8.000 millones de habitantes, representantes de todo el planeta, reunidos en Egipto en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, intentaban ponerse de acuerdo para limitar el exceso de emisiones de gases de efecto invernadero que están produciendo un cambio climático de consecuencias desastrosas para el futuro de la humanidad. Un concepto básico para luchar contra el cambio climático es "la Huella de Carbono", una medida del conjunto de gases de efecto invernadero que se emiten y absorben como consecuencia de una actividad. Sergio Álvarez explica cómo se calcula la huella de carbono generada por personas, empresas o países, y comenta algunas medidas que permiten reducirla a nivel individual, una reducción que puede ser vital para nuestros hijos, nietos y generaciones futuras. Más información en https://cienciaes.com
Cuando un laboratorio farmacéutico se propone lanzar un nuevo medicamento al mercado, debe antes demostrar su eficacia en ensayos clínicos. Desgraciadamente, los resultados de los primeros ensayos demostraron que éstos se veían afectados por los deseos del médico. Para evitar esos errores y se realizaron estudios en los que se trataba a los pacientes bien con el medicamento bajo estudio, bien con un placebo, sin que tanto médicos como pacientes supieran a quién se había suministrado cada cosa. La sorpresa surgió cuando se comprobó que los pacientes que recibían placebo parecían, a menudo, mejorar de su enfermedad. A este efecto se le bautizó con el nombre de efecto placebo. Hace dos décadas se demostró que el efecto placebo es real y tiene una base fisiológica. Actualmente se han propuesto dos ideas para explicar la existencia del efecto placebo en términos evolutivos. Escuchad la historia completa en este podcast. Más información en https://cienciaes.com
El complejo y sofisticado sistema que forma nuestro cuerpo está permanentemente amenazado por enemigos externos, como virus, bacterias u hongos, dispuestos a aprovechar cualquier debilidad en nuestro sistema de defensa para invadirnos. Tampoco faltan amenazas internas en forma de células que desobedecen las reglas que posibilitan nuestro equilibrio corporal y ponen en riesgo a toda la sociedad celular que nos compone. Por esa razón, nuestro sistema inmunitario está continuamente en pie de guerra. No obstante, como suele suceder en cualquier sistema complejo en el que intervienen multitud de piezas, pueden existir fallos que impidan el correcto funcionamiento y provoquen desequilibrios que entorpecen el control y erradicación de las infecciones. Hablamos entonces de "inmunodeficiencias", es decir, unos fallos del sistema inmunitario que pueden tener consecuencias peligrosas o, incluso, fatales para la existencia del organismo. Hoy Jorge Laborda habla de Imunodeficiencias genéticas. Más información en https://cienciaes.com
Hay quienes sostienen que para elaborar queso es mejor utilizar la leche cruda, es decir, leche producida por la secreción de la glándula mamaria de animales que no haya sido calentada a una temperatura superior a 40 °C, ni sometida a un tratamiento equivalente, porque ofrece las suficientes garantías si se utiliza de forma adecuada, que los matices olfativos y gustativos del queso son superiores a los de leche tratada. Por otra parte, otros defienden que la utilización de leche pasteurizada, que consiste en someterla a una temperatura que oscila entre los 55 y los 75 ºC durante 17 segundos, es es la única forma segura de consumir el queso porque la pasteurización elimina los microorganismos patógenos de la leche. En los países desarrollados se han producido un gran avance en la salud de los animales, la higiene en el ordeño y el procesamiento de los quesos. Se efectúa una estricta vigilancia de enfermedades del ganado y existen regulaciones que aseguran la calidad y seguridad de los productos lácteos. Disponemos de excelentes quesos, tanto de leche pasteurizada como cruda, que los "turófilos" podemos disfrutar, sin preocuparnos. Más información en https://cienciaes.com
From the publisher's feed