Hollywood nos acostumbró a consumir caca. Pero antes era buena caca, de la nutritiva, de la que no te dabas cuenta que contenía ideales.
Era todo más fino, más sutil, más elegante, como Ingrid Bergman entrando al Café
de Rick en Casablanca.
La caca era épica y estaba moldeada por las mentes más brillantes de un sistema que ahora se recuerda con nostalgia.
Pero más que eso, y más que caca, era un comercial dirigido. Hablamos con Re Campos sobre la propaganda, su descubrimiento masivo en el cine y su uso tan descarado hoy en día que la caca ya ni la adornan ni la saborizan, ya solo la venden a granel.