Conferencias Magistrales Fundación Rafael del Pino

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Conferencias Magistrales Fundación Rafael del Pino episodes

  • Fronteras abiertas. Bryan Caplan
    El 25 de junio de 2019 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de Bryan Caplan, catedrático de Economía en la Universidad George Mason y columnista de EconLog, titulada “Fronteras abiertas. Por qué el sistema educativo puede ser una pérdida de tiempo y de dinero”, en la que habló de educación y de inmigración.
    Caplan inició su intervención diciendo que todo el mundo siempre tiene la idea de que nos hace falta una educación mejor. Ahora bien, ningún político dice que estamos dilapidando el dinero que gastamos en ella, y esto es algo muy extraño. De hecho, por lo que se refiere a la educación, los economistas y los políticos siempre están de acuerdo, porque los economistas miden los beneficios financieros que obtiene el individuo y se dan cuenta de que la educación aporta un rendimiento económico en forma de mayores sueldos. Pero cuando se analiza la educación, no solemos darnos cuenta de que, la mayoría de las veces, no se nos enseña una habilidad que sirva más allá de para aprobar un examen.
    Los empresarios todavía valoran a la gente por el rendimiento que demuestran en la escuela a través de las notas, con independencia de que se trate de matemáticas, literatura o historia. Sin esas notas, no puedes ir a la universidad ni conseguir un buen trabajo. Además, si estudias latín, tienes el futuro despejado porque las grandes universidades te abren las puertas.
    El modelo de señalización de la educación dice que algunas asignaturas son útiles, como matemáticas, pero hay otras asignaturas, como música, que son irrelevantes. Sin embargo, merece la pena estudiarlas porque convencen al empresario de que eres listo, trabajas duro y eres una persona concienzuda. El colegio, en definitiva, te pone un sello en la frente y cuantos más sellos tengas, más te valorará el empresario.
    El mercado recompensa a los alumnos por hacer las cosas bien, aunque las asignaturas sean completamente irrelevantes. En Estados Unidos, los estudiantes dedican el 70% de su tiempo a asignaturas que no servirán para nada en el futuro. Además, el nivel de conocimiento de los alumnos es muy bajo. Muchos de ellos, por ejemplo, no saben quién fue Roosvelt.
    En educación, las cosas inútiles merecen la pena, mientras que las que son útiles no lo merecen. Esto puede apreciarse con el siguiente ejemplo. Si quieres ir a Harvard y tener un título tienes que pagar 70.000 dólares al año. Pero también puedes irte a vivir a Cambridge e ir a las clases de Harvard sin matricularte porque allí nadie te va a pedir un DNI, pasaporte o cualquier otro documento identificativo. Incluso, puedes acercarte a un profesor, decirle que te gusta mucho su asignatura y que quisieras poder asistir a sus clases a lo cual, con toda seguridad, te responderá que encantado y te permitirá acudir. Después de cuatro años habrías adquirido los conocimientos y te habrías ahorrado 280.000 dólares, pero no tendrías un título ni podrías utilizarlo para conseguir un empleo.
    Si alguien quiere adquirir cualificaciones que le vayan a resultar útiles tendría que encontrar profesores que fuesen estrictos. Pero lo que quieren los alumnos en Estados Unidos son profesores con asignaturas ‘marías’. Eso, sin embargo, es hacerse trampas a uno mismo y degradar el título. Pero estamos en un mundo de titulitis universitaria para poder conseguir un puesto de trabajo. A eso se le llama inflación de titulaciones. El resultado de ello es que ahora, en muchos sitios, necesitas un título universitario para ser camarero.
    ¿Qué se puede hacer ante esta situación? Ser austeros, gastar menos dinero, y así habrá menos gente con título y, así, a los empleadores no les quedará más remedio que tener en cuenta también a las personas sin título en los procesos de selección de personal. También hay que poner más peso en la formación profesional, como en Alemania o Suiza.
    Otro tema es la emigración. ¿Por qué a la gente que le gusta la libertad de mercado no le gusta la emigración? Las restricciones al libre movimiento de personas son una restricción gubernamental masiva a la libertad humana. Si un gobierno no te lo permite, no puedes vivir en un sitio. Hay mucha gente que quiere trabajar en el primer mundo que no lo consigue, porque las leyes no se lo permiten. Pero es que cuanto mayores son las diferencias de salarios entre Miami y Puerto Rico, más portorriqueños querrán ir a trabajar a Miami, generando de esta forma más riqueza para el país que los recibe.
    Muchos liberales defienden la política antiinmigración alegando que esa gente está entrando en el país de forma ilegal. También dicen que los inmigrantes musulmanes van a hacer cosas y quieren que se queden fuera. Un atentado terrorista, sin embargo, depende más de quien se queda fuera que de quien entra.
    También se dice que, si hay un estado del bienestar, tiene que haber restricciones para que sea viable, que los inmigrantes van a votar por la sharía, etc. Miltron Friedman, sin embargo, defendió la inmigración porque el saldo fiscal que implica es positivo, ya que los ingresos que aportan los inmigrantes al presupuesto público, directa e indirectamente a través de sus actividades, son mayores que los gastos que generan.
    37 min
  • Desaceleración entre profundos cambios estructurales: ¿Cómo responder desde la política?
    El 9 de mayo de 2019 tuvo lugar, en la Fundación Rafael del Pino, la conferencia de Juergen B. Donges, catedrático emérito de la Universidad de Colonia, titulada “Desaceleración entre profundos cambios estructurales: ¿cómo responder desde la política?”
    Según expuso Donges, hemos llegado al final del ciclo expansivo y hemos entrado en una senda de desaceleración económica. Esto está ocurriendo en un entorno en el que nuestras estructuras de producción se están transformando de forma vertiginosa, sobre todo de la mano de la digitalización. Esto tiene unas implicaciones muy importantes para la política económica, pero el Gobierno de España de esto todavía no se ha enterado.
    Las previsiones de los organismos internacionales y las diferentes instituciones nacionales, que se hicieron en otoño, se han revisado a la baja de forma significativa. Tenemos dos escenarios más adversos de lo inicialmente percibido. Por un lado, tenemos la moderación de la actividad global, sobre todo en China y las grandes economías emergentes. Todo esto va acompañado de una subida de los precios del petróleo, que es algo que no es normal. Esto se debe a las sanciones de Trump contra Irán, que provoca un recorte de la oferta de petróleo que no quieren compensar los demás países de la OPEP.
    Por otro lado, tenemos una enorme incertidumbre con el confuso proceso del Brexit. El parlamento británico no es capaz de definir lo que quiere. Tenemos también el futuro incierto de Italia y las tensiones comerciales de la UE con Estados Unidos. Además, tenemos una bomba de relojería, que es el enorme nivel de endeudamiento público en la economía global. Estamos en el 235% del PIB. Esto no es sostenible en el tiempo, porque hay que pagar intereses, amortizar la deuda, refinanciarla. Los gobiernos, sin embargo, todavía no han tomado nota de este problema.
    El crecimiento del PIB en la Eurozona podría moderarse este año hasta el 1% o, incluso, menos. Estamos en una desaceleración acentuada. Lo que tranquiliza es que la actividad que tenemos viene de la mano de la demanda interna, gracias al buen tono del mercado laboral y de las subidas salariales que se observan en los países del euro. También la apoyan los bajos tipos de interés y la reducción de la tasa de paro.
    La desaceleración afecta a los cuatro grandes países de la Eurozona. España todavía registra una tasa de crecimiento notable, del entorno del 2,4%, pero es más por inercia que por la actuación de factores positivos porque todos ellos están empeorando: el ahorro, el consumo, las inversiones, la cuenta corriente, el empleo en el sector privado, la productividad laboral, … Todo va en una dirección negativa, a lo que hay que añadir una política económica y fiscal que va en mala dirección. No son tiempos para aumentar el empleo público. Es un disparate revalorizar las pensiones con el IPC. Y es un mayor disparate aún anunciar subidas de impuestos. Esto va a pasar factura.
    Francia, con un 1,3%, se mantiene como estaba. Italia va camino al estancamiento y está inmersa en una trampa de excesivo endeudamiento. Lo más preocupante es el enfriamiento de la actividad económica alemana, que es más acentuado del que se esperaba. Hay tres causas de la desaceleración alemana: la disminución de las exportaciones; el sector del automóvil alemán, que no se adaptó a la normativa comunitaria de emisiones de dióxido de carbono, y la carencia de mano de obra cualificada, consecuencia del problema demográfico y de permitir la jubilación anticipada a los 63 años. Sin embargo, no vamos a una recesión en Alemania ni en la zona euro, porque tenemos una demanda interna robusta.
    El problema fundamental es a qué velocidad puede crecer una economía. Esta depende del potencial de crecimiento de una economía. Este potencial en la Eurozona se ha convertido en un problema porque está creciendo de forma muy moderada, del orden del 1,2% o 1,3% al año y con tendencia a la baja. En Estados Unidos, en cambio, el potencial de crecimiento está aumentando del orden del 2% anual y con tendencia al alza. En otras palabras, no estamos en un escenario keynesiano, en el sentido de que falta demanda, sino en un problema de oferta en nuestra economía. Los políticos, sin embargo, actúan como si estuviéramos en un escenario keynesiano. Todos ellos hablan de que necesitamos estímulos fiscales, pero si no hay capacidad productiva en las empresas, esos estímulos no aumentan la actividad económica. Además, estas políticas fiscales necesitan tiempo para que se pongan en marcha y, normalmente, llegan justo cuando ya no hacen falta. El otro problema es que estamos en una economía abierta, globalizada. La política fiscal expansiva, en este contexto, no funciona porque genera demanda en el resto del mundo y crea más déficit en el país.
    Por lo que se refiere a la política monetaria, esta no tiene margen de acción porque el BCE no puede bajar unos tipos de interés que ya están al 0%. Estamos atrapados en una trampa de liquidez a la japonesa. El BCE quiere mantener los tipos de interés bajos, dar sustanciosas inyecciones de liquidez, etc., pero hay un problema fundamental. Esa mayor oferta de crédito no se traduce automáticamente en una mayor demanda de crédito por parte de los hogares y las empresas. La opción de tipos de interés negativos tampoco es viable a no ser que se elimine el dinero en efectivo, porque entonces los depositantes no se pueden escapar. Es decir, no hay margen de actuación en política monetaria.
    El asunto más fundamental es el de los problemas de fondo que lastran la economía por el lado de la oferta. Por un lado, en todos los países de la zona euro tenemos cuellos de botella en infraestructuras económicas vitales, especialmente en las relacionadas con la digitalización, pero también en otras infraestructuras, debido a la reducción del gasto público en infraestructuras para hacer los ajustes presupuestarios. Esto ha reducido el potencial de crecimiento. La productividad laboral es demasiado baja a pesar del avance tecnológico, porque carecemos de sistemas educativos y de formación profesional adecuados, sobre todo en competencias digitales. Por último, tenemos el problema de la contracción demográfica. Para solucionar esto tendríamos que hacer tres cosas. Una es aumentar la tasa de participación de las mujeres en la actividad. También retrasar la edad de jubilación efectiva. Y, por último, gestionar la inmigración con criterios de eficiencia en términos de cualificaciones profesionales.
    Sin cambios en la estructura productiva, no puede haber crecimiento económico sostenido porque, por un lado, tenemos cambios que vienen por los avances tecnológicos, pero también por cambios en la demanda a medida que aumenta nuestro bienestar. A esto se añaden los cambios porque, en los tiempos de la globalización, aparecen nuevos oferentes. El proceso de digitalización va a acentuar esto.
    Siempre que ha habido cambios en el sistema productivo, han aparecido previsiones apocalípticas sobre el crecimiento, el empleo, etc. pero nunca ha sido así. Si las sociedades se han adaptado a estos cambios estructurales, todo ha ido mejor. El factor fundamental es la investigación y desarrollo, el I+D. Hoy la tecnología se crea en el seno de las sociedades, por investigación básica en las universidades, por investigación aplicada en las empresas y por formación del capital humano. Esto es lo que produce tecnología nueva. Para que esto funcione, debemos tener mercados abiertos, no proteccionismo. Si queremos aprovechar el dividendo tecnológico, tendremos que tener libertad económica. Son los emprendedores los que aportan valor añadido a la sociedad y lo harán cuantas menos restricciones tengan.
    ¿Cuáles son las restricciones que tenemos en la Unión Europea? La primera, que no tenemos un mercado de capital riesgo, nada comparable con Estados Unidos. Tampoco tenemos una Unión Europea de capitales. La segunda es la administración pública, una entidad que nos complica las cosas. Todavía no aprovecha el potencial de la digitalización para agilizar procesos.
    En estos procesos de cambio, unos salen beneficiados y otros perjudicados, pero hay que explicar qué es lo que está pasando y por qué. Se benefician las personas con cualificación profesional que se corresponda con las necesidades cambiantes del mercado laboral. Aquí necesitamos mercados laborales flexibles, porque no sabemos cuáles son las nuevas profesiones. Por eso, hay que saber adaptarse. Los perjudicados son las personas de poca cualificación, o de cualificación obsoleta, o los jóvenes que ni estudian, ni trabajan, ni reciben una formación profesional. Pero si los jóvenes no quieren formarse, no hay población activa cualificada. Por eso es tan importante que el estado aplique políticas activas de empleo, tener un sistema educativo de calidad y una política activa de mercado de trabajo. Lo que no funciona son soluciones populistas, como el salario mínimo o las regulaciones que dificultan el despido.
    El problema del salario mínimo es que no se puede decretar a cuántas personas emplean las empresas con ese salario mínimo. Las empresas comparan el salario con la productividad, y si no cuadra, se despide al trabajador y se le sustituye por una máquina. Es una de las consecuencias de subir demasiado el salario de las personas con productividad baja. Y si se intenta regular demasiado el mercado de trabajo, las empresas pueden reaccionar con la deslocalización de la producción. Si no queremos esos procesos, entonces habrá que tener mucho cuidado en no encarecer artificialmente la mano de obra.
    Frente a esos cambios estructurales profundos, la posición en Europa es la de crear grandes campeones nacionales desde las esferas estatales. Esta es la política oficial del gobierno federal alemán y del señor Macron con su gobierno francés, sabiendo que esto nunca ha funcionado. No funciona porque el estado, o los funcionarios, no saben qué es lo que se necesita en el futuro. Lo único que se produce es un derroche de recursos públicos. Es mucho más inteligente utilizar el mecanismo descentralizado de generación y diseminación de conocimientos, esto es, el mercado. Así es como funciona Silicon Valley. Sus grandes empresas no son fruto del estado, sino de la creatividad privada de los individuos.
    Lo que necesitamos son políticas de largo alcance. Implica reformas estructurales de calado, dentro de un marco de cultura de investigación, innovación, educación. También, una política monetaria que restaure la función de los tipos de interés. Asimismo, la sostenibilidad de las finanzas públicas a través de la racionalización del gasto, la supresión de los gastos superfluos, un sistema tributario eficiente con prioridad en los impuestos indirectos y nada de nuevas figuras impositivas tecnológicas. Entonces, la actual desaceleración podría ser transitoria.
    Sea como fuere, si se quieren generar dinámicas de crecimiento sostenible, es inexorable que las empresas y la población activa se adaptan con rapidez al nuevo entorno tecnológico. Eso para por la educación y porque las políticas económicas apoyen estos procesos de adaptación.
    1 hr 6 min
  • El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden global Ngaire Woods, versión en español
    Hace unos años, nadie se preocupaba por el futuro de la democracia, o por el del orden económico internacional. Desde que cayó la Unión Soviética a principios de la década de 1990, todo el mundo pensaba que la victoria de la democracia liberal y la economía de mercado eran absolutas, que ya no habría marcha atrás en ese sentido, y los políticos se instalaron en la autocomplacencia. Hoy, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha suscitado el temor de que su política acelere la fractura del orden internacional y, además, ponga en peligro la propia democracia estadounidense.
    Esta situación no es específica de Estados Unidos. La ola populista que ha llevado a Trump a la presidencia de la primera potencia mundial se repite, con mayor o menor intensidad, en otros países occidentales. En el Reino Unido, por ejemplo, se ha dejado sentir especialmente con el Brexit, mientras que en Francia la amenaza es que el Frente Nacional llegara a ganar las elecciones presidenciales. Estamos, por tanto, ante una situación difícil y complicada. Sin embargo, también nos hallamos ante una oportunidad extraordinaria para que las democracias empiecen a pensar en su reforma, lo mismo que el orden económico internacional, el cual debe apoyarlas. Eso es lo que piensa Ngaire Woods, década de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Oxford.
    Woods estuvo en la Fundación Rafael del Pino el 19 de febrero de 2018, para pronunciar una conferencia sobre “El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden mundial” en la que analizó este problema. Para ella, la raíz de este se encuentra en la complacencia tremenda en la que se instaló la clase política tras la caída de la Unión Soviética. Los políticos, entonces, dejaron de escuchar a los ciudadanos y se olvidaron de que la democracia es un proyecto que debe implicar a todos.
    La crisis financiera internacional cambió todo y supuso un antes y un después. Que una crisis financiera local, como la de las hipotecas ‘subprime’, se convirtiera en una global; que, además, surgiera en el epicentro del sistema, dejó patente que el sistema no funcionaba, de que el modelo se había roto. Como consecuencia, los países en desarrollo, que antes miraban a Occidente para ver qué pasaba en Estados Unidos o Europa Occidental, ahora ya no se preguntan qué sucede en esas áreas del mundo. Ahora lo que les preocupa es lo que ocurre en y con países como China o Singapur, algo impensable hace una década.
    Hoy, el modelo global se cuestiona debido a la ausencia de una regulación financiera mundial, algo necesario cuando las relaciones e interdependencias que han surgido como consecuencia de la globalización convierten en crisis internacionales lo que antes eran problemas locales. Y eso supone un objeto de preocupación porque la historia de los últimos cien años nos ha enseñado que después de una crisis global aumenta el apoyo hacia los partidos de corte populista, como sucede ahora.
    También es preciso añadir el deterioro de las expectativas de la gente. En el pasado, todo el mundo esperaba que su nivel de vida mejorase con el paso del tiempo e, incluso, que, gracias a ello, los hijos pudieran llegar a vivir mejor que los padres. Hoy, en cambio, esas expectativas no solo no se ven satisfechas, sino que la gente está asistiendo al declive de su nivel de vida. El cambio tecnológico y la globalización se han traducido, para muchas personas, en el estancamiento de su poder adquisitivo o, peor aún, en su disminución, con lo que su nivel de vida ha empeorado. Y esas personas votan.
    Como consecuencia de ello, cuando se estudia cómo vota la gente, se aprecia un mensaje claro de desconfianza hacia el establishment, pero también el deseo de vivir mejor frente al empeoramiento de las condiciones de vida. Un ejemplo claro es lo que sucede en Estados Unidos, donde está aumentando la mortalidad infantil a causa de la reducción del gasto público en sanidad, mientras la esperanza de vida se reduce, en especial para los blancos.
    Quienes apoyan a los populistas, quienes le dan su voto, no son los más pobres, sino unas clases medias a las que se les ha arrebatado el sueño americano, y que ven cómo el poder político solo se preocupa de las minorías, no de la clase media. En esta situación, el ambiente político y social se enrarece, se revoluciona. La cuestión es si esa revolución fortalecerá a la democracia o la debilitará.
    Si queremos fortalecer la democracia, el establishment político deberá aprender tres lecciones de los populistas, tres cosas que hacen bien estas organizaciones. En primer lugar, los populistas hablan el lenguaje de la gente, se refieren a sus problemas, apelan a sus sentimientos. El establishment no actúa así, lo que demuestra lo lejos que se encuentra de la gente, de sus problemas, lo poco que se preocupa por ello.
    En segundo término, los populistas usan mensajes simples y directos, aunque a menudo son simplistas y falsos. Pero se dirigen directamente a la gente, lo que lleva a la tercera lección. A través de ese lenguaje, los populistas envían un mensaje de transformación, de salvación, para movilizar una energía poderosa. Los políticos deben aprender rápidamente de los populistas acerca de cómo comunicar con la gente.
    Ahora bien, cuando los políticos se decantan por el populismo y, además, dañan las instituciones fundamentales, como la independencia de los jueces o el imperio de la ley, eso resulta muy peligroso para el futuro de la democracia, porque se supone que en una democracia todos somos iguales ante la ley.
    Otro peligro relacionado con el populismo es la defensa que este movimiento hace de la democracia directa, que suele adoptar la forma de convocatoria de referéndums. Frente a ello, hay que tener en cuenta que muchas decisiones políticas son difíciles, e implican elecciones que resultan en la aparición de ganadores y perdedores. Pero los gobiernos toman esas decisiones porque es su obligación y deben asumir su responsabilidad, sin olvidar que la democracia implicar estar en un proceso constante de consulta con los ciudadanos, y después tomar decisiones. Esto es todo lo contrario de lo que supone y representa un referéndum, en el cual el convocante elude la responsabilidad de gobernar.
    El desafío populista es un desafío al imperio de la ley, que costó cientos de años desarrollar. Pero también es una oportunidad para renovar las democracias porque los partidos políticos tradicionales están colapsando. Esto abre espacio para el surgimiento de una nueva clase de políticos que sepa escuchar a la gente.
    La cuestión es cómo pueden sobrevivir las democracias en un periodo de fractura global. La globalización, el cambio tecnológico y el empobrecimiento que suponen para una serie de personas, así como la inmigración, están dando lugar al auge del nacionalismo.
    37 min
  • El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden global Ngaire Woods, english version
    Hace unos años, nadie se preocupaba por el futuro de la democracia, o por el del orden económico internacional. Desde que cayó la Unión Soviética a principios de la década de 1990, todo el mundo pensaba que la victoria de la democracia liberal y la economía de mercado eran absolutas, que ya no habría marcha atrás en ese sentido, y los políticos se instalaron en la autocomplacencia. Hoy, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha suscitado el temor de que su política acelere la fractura del orden internacional y, además, ponga en peligro la propia democracia estadounidense.
    Esta situación no es específica de Estados Unidos. La ola populista que ha llevado a Trump a la presidencia de la primera potencia mundial se repite, con mayor o menor intensidad, en otros países occidentales. En el Reino Unido, por ejemplo, se ha dejado sentir especialmente con el Brexit, mientras que en Francia la amenaza es que el Frente Nacional llegara a ganar las elecciones presidenciales. Estamos, por tanto, ante una situación difícil y complicada. Sin embargo, también nos hallamos ante una oportunidad extraordinaria para que las democracias empiecen a pensar en su reforma, lo mismo que el orden económico internacional, el cual debe apoyarlas. Eso es lo que piensa Ngaire Woods, década de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Oxford.
    Woods estuvo en la Fundación Rafael del Pino el 19 de febrero de 2018, para pronunciar una conferencia sobre “El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden mundial” en la que analizó este problema. Para ella, la raíz de este se encuentra en la complacencia tremenda en la que se instaló la clase política tras la caída de la Unión Soviética. Los políticos, entonces, dejaron de escuchar a los ciudadanos y se olvidaron de que la democracia es un proyecto que debe implicar a todos.
    La crisis financiera internacional cambió todo y supuso un antes y un después. Que una crisis financiera local, como la de las hipotecas ‘subprime’, se convirtiera en una global; que, además, surgiera en el epicentro del sistema, dejó patente que el sistema no funcionaba, de que el modelo se había roto. Como consecuencia, los países en desarrollo, que antes miraban a Occidente para ver qué pasaba en Estados Unidos o Europa Occidental, ahora ya no se preguntan qué sucede en esas áreas del mundo. Ahora lo que les preocupa es lo que ocurre en y con países como China o Singapur, algo impensable hace una década.
    Hoy, el modelo global se cuestiona debido a la ausencia de una regulación financiera mundial, algo necesario cuando las relaciones e interdependencias que han surgido como consecuencia de la globalización convierten en crisis internacionales lo que antes eran problemas locales. Y eso supone un objeto de preocupación porque la historia de los últimos cien años nos ha enseñado que después de una crisis global aumenta el apoyo hacia los partidos de corte populista, como sucede ahora.
    También es preciso añadir el deterioro de las expectativas de la gente. En el pasado, todo el mundo esperaba que su nivel de vida mejorase con el paso del tiempo e, incluso, que, gracias a ello, los hijos pudieran llegar a vivir mejor que los padres. Hoy, en cambio, esas expectativas no solo no se ven satisfechas, sino que la gente está asistiendo al declive de su nivel de vida. El cambio tecnológico y la globalización se han traducido, para muchas personas, en el estancamiento de su poder adquisitivo o, peor aún, en su disminución, con lo que su nivel de vida ha empeorado. Y esas personas votan.
    Como consecuencia de ello, cuando se estudia cómo vota la gente, se aprecia un mensaje claro de desconfianza hacia el establishment, pero también el deseo de vivir mejor frente al empeoramiento de las condiciones de vida. Un ejemplo claro es lo que sucede en Estados Unidos, donde está aumentando la mortalidad infantil a causa de la reducción del gasto público en sanidad, mientras la esperanza de vida se reduce, en especial para los blancos.
    Quienes apoyan a los populistas, quienes le dan su voto, no son los más pobres, sino unas clases medias a las que se les ha arrebatado el sueño americano, y que ven cómo el poder político solo se preocupa de las minorías, no de la clase media. En esta situación, el ambiente político y social se enrarece, se revoluciona. La cuestión es si esa revolución fortalecerá a la democracia o la debilitará.
    Si queremos fortalecer la democracia, el establishment político deberá aprender tres lecciones de los populistas, tres cosas que hacen bien estas organizaciones. En primer lugar, los populistas hablan el lenguaje de la gente, se refieren a sus problemas, apelan a sus sentimientos. El establishment no actúa así, lo que demuestra lo lejos que se encuentra de la gente, de sus problemas, lo poco que se preocupa por ello.
    En segundo término, los populistas usan mensajes simples y directos, aunque a menudo son simplistas y falsos. Pero se dirigen directamente a la gente, lo que lleva a la tercera lección. A través de ese lenguaje, los populistas envían un mensaje de transformación, de salvación, para movilizar una energía poderosa. Los políticos deben aprender rápidamente de los populistas acerca de cómo comunicar con la gente.
    Ahora bien, cuando los políticos se decantan por el populismo y, además, dañan las instituciones fundamentales, como la independencia de los jueces o el imperio de la ley, eso resulta muy peligroso para el futuro de la democracia, porque se supone que en una democracia todos somos iguales ante la ley.
    Otro peligro relacionado con el populismo es la defensa que este movimiento hace de la democracia directa, que suele adoptar la forma de convocatoria de referéndums. Frente a ello, hay que tener en cuenta que muchas decisiones políticas son difíciles, e implican elecciones que resultan en la aparición de ganadores y perdedores. Pero los gobiernos toman esas decisiones porque es su obligación y deben asumir su responsabilidad, sin olvidar que la democracia implicar estar en un proceso constante de consulta con los ciudadanos, y después tomar decisiones. Esto es todo lo contrario de lo que supone y representa un referéndum, en el cual el convocante elude la responsabilidad de gobernar.
    El desafío populista es un desafío al imperio de la ley, que costó cientos de años desarrollar. Pero también es una oportunidad para renovar las democracias porque los partidos políticos tradicionales están colapsando. Esto abre espacio para el surgimiento de una nueva clase de políticos que sepa escuchar a la gente.
    La cuestión es cómo pueden sobrevivir las democracias en un periodo de fractura global. La globalización, el cambio tecnológico y el empobrecimiento que suponen para una serie de personas, así como la inmigración, están dando lugar al auge del nacionalismo.
    El mundo, además, necesita que haya un país central, como lo ha sido Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Por desgracia, está abandonando ese papel, sin tener en cuenta, incluso, las consecuencias que le puede acarrear al país. Lo vemos porque antes Latinoamérica siempre miraba a EEUU, pero ahora lo hace hacia China. También, porque Estados Unidos ha demostrado que ya no se puede confiar en la lógica que respalda sus intereses. No obstante, EEUU pronto se dará cuenta de que necesita cooperar porque ningún país sale adelante por sí solo. La globalización ha mundializado las oportunidades, pero también las responsabilidades y eso hace que sea precisa la cooperación internacional y el apoyo a las democracias.
    37 min
  • Tus tres superpoderes para lograr una vida más sana próspera y feliz. Mario Alonso Puig
    El lunes 8 de abril tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de Mario Alonso Puig titulada “Tus tres superpoderes para lograr una vida próspera y feliz”, con motivo de la presentación de su nuevo libro, que lleva el mismo título.
    Mario Alonso Puig, fellow en cirugía por la Harvard University Medical School y presidente del IE University Center for Health, inició su intervención preguntándose cuál es el mejor tipo de vida que podemos llegar a experimentar. De esa pregunta nació su nuevo libro, que busca ayudar a que una persona experimente en esta vida una mejora en su nivel de salud física y mental, de prosperidad, de bienestar y de felicidad.
    1 hr 7 min
  • Interdependencia global y la actitud hacia los extranjeros. Jeremy Adelman, versión en español
    El 30 de enero de 2019 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de Jeremy Adelman, catedrático de Historia de la Universidad de Princeton, titulada “Interdependencia global y libertad de movimientos transfronterizos de personas”.
    Adelman empezó recordando que Adam Smith dijo que 1492, el año del descubrimiento de América, había sido el más importante del mundo porque dio inició a la interdependencia global. Ahora nos encontramos en una situación en la que mucha gente se pregunta si lo construido en estos cinco siglos está desmoronándose.
    Hoy podría decirse que nos encontramos al final de un ciclo de integración global muy largo, en el que todos necesitamos a todos. Dependemos, por ejemplo, del comercio internacional y tenemos que afrontar juntos problemas como el del cambio climático. Dicho de otra forma, tenemos un interés egoísta en lo que hacen los demás.
    En este contexto, la crisis de los inmigrantes es un problema mundial, ya que la integración global plantea límites a la integración social entre países y dentro de los mismos. Pero la crisis de los inmigrantes también tiene que ver con la comprensión. La cuestión, por tanto, es cómo plantear esa relación entre intereses y comprensión. Adam Smith pensaba que, cuanto más integrados estuviéramos, más comprensión habría en el mundo. Y es que necesitamos a los extranjeros, pero en las sociedades domina el rechazo a los mismos, lo que implica el agotamiento de la integración.
    ¿Estamos, entonces, ante el fin de la globalización? Adelman cree que no, pero sí que piensa que estamos atravesando una fase dolorosa vinculada con ella, que podría desencadenar una crisis como la de 1929. En estos momentos, estamos atrapados en una situación de espera en la narrativa sobre la interdependencia. Además, nos cuesta entender una paradoja en relación con la globalización, que es que necesitamos a los extranjeros y que ellos nos necesitan a nosotros. Si comprendemos estos, podremos formular una nueva narrativa de la integración basada en la necesidad de estar todos juntos.
    El mundo que teníamos a finales del siglo XX ya no nos sirve porque le falta legitimidad y desgarra nuestro tejido social. Así es que nos vemos atrapados entre los argumentos en favor de la globalización que se han quedado obsoletos y el atractivo que tiene el atacarlos desde todos los frentes.
    Vivimos en un mundo que no hace el menor esfuerzo por tratar de comprender, lo que supone un problema porque las narrativas son las que crean el contexto de nuestras identidades compartidas. Son las que definen los límites de quienes somos. También tienen una función económica, porque dan lugar a externalidades que facilitan que comerciemos entre nosotros. Por tanto, cuantas más narrativas tengamos, más comerciaremos y mayor será nuestra prosperidad.
    Una de las condiciones más importantes que, desde 1945, permiten la integración global es el recuerdo de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial, así como de los treinta años de gran desarrollo económico que siguieron al conflicto bélico. Pero, a medida que se han ido perdiendo estos recuerdos, también se han ido deteriorando los elementos de unión que permitían que las sociedades comerciaran entre sí. Este deterioro también se debe al surgimiento de las modernas desigualdades de renta.
    Otras partes del mundo también perseguían estas narrativas comunes, que ayudaron a legitimar el poder de las élites y a movilizar a las sociedades para un fin común. Eran los tiempos en los que el comunismo, el anticolonialismo y el régimen liberal y democrático compitieron entre sí. Pero la caída del comunismo y el fin de los imperios coloniales supusieron la desaparición de esa competencia y el ganador, la democracia liberal, perdió su energía.
    Occidente, de hecho, sufrió dos golpes. El primero, de naturaleza positiva, fue la caída del muro de Berlín. Aquél fue un tiempo de euforia y de una sola narrativa, la del régimen liberal y democrático, que no tenía alternativa. Este sistema parecía funcionar en zonas del mundo que se beneficiaban de la apertura.
    El segundo, que fue negativo, fue la crisis financiera de 2008. Aquí hubo muchas fuerzas que se solaparon, fuerzas como la crisis, la creciente desigualdad, el cambio tecnológico o el cambio climático. Hacía falta que la economía se recuperase y volviese a crecer, pero tenía que hacerlo sin dañar al planeta. Por todo ello, la historia que ahora domina es catastrofista, y podría convertirse en una profecía autocumplida, como sucedió con el pánico de los años 30.
    Estamos atrapados entre esas dos narrativas y quienes se benefician del desastre son el club de los que toman represalias, de los que abogan por olvidarse de los demás. Son los que quieren los beneficios que depara el compartir, sin pagar ningún precio por ello. Son quienes prefieren un modelo de interdependencia extractivo y predador. Esta visión tiene un atractivo cada vez mayor en muchos sectores de la sociedad.
    Siempre ha habido una tensión entre el modelo extractivo y el modelo competitivo. Ahora estamos intentando ampliar la narrativa, pero es muy difícil comprenderla. Es un debate entre visiones rivales que se remonta a 1848, el debate entre Karl Marx y John Stuart Mill. Ambos pensadores descubrieron que, con la revolución industrial, estaba surgiendo algo nuevo, que ampliaba los horizontes de oportunidad. Mill vio que se abrían muchas oportunidades que compensaban la reducción de las conexiones entre la gente. Marx vio lo contrario.
    La narrativa actual dejó de lado tres efectos importantes de la integración. En primer lugar, la interdependencia produce una paradoja y es que la comprensión por los extranjeros no es tan ilimitada: cuanto más necesitamos al extranjero, menos le comprendemos.
    En segundo término, se piensa que las necesidades de los extranjeros se satisfacen a expensas nuestras, con lo que nos volvemos más intransigentes. Esto produce efectos estructurales contradictorios, ya que la ampliación de horizontes no produce bonanza y bienestar para todo el mundo, sino que lleva a la aparición de jerarquías y desigualdades.
    Por último, el ciudadano de un país y el extranjero no se dan la mano, sino que se producen incentivos para que los líderes busquen beneficios a costa de los que no pueden expresarse, esto es, los extranjeros, que pasan a no ser bien recibidos.
    En consecuencia, resulta complejo el reconciliar interdependencia con democracia. Esto es algo que hemos de entender si queremos comprender, por ejemplo, las condiciones de la popularidad de Trump o el Brexit. La historia del mundo es la de estas dos visiones rivales. Podemos reconciliarlas, pero la cuestión es cómo vamos a organizar el mundo para que nos vaya bien.
    52 min
  • Interdependencia global y la actitud hacia los extranjeros. Jeremy Adelman. english version
    El 30 de enero de 2019 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de Jeremy Adelman, catedrático de Historia de la Universidad de Princeton, titulada “Interdependencia global y libertad de movimientos transfronterizos de personas”.
    Adelman empezó recordando que Adam Smith dijo que 1492, el año del descubrimiento de América, había sido el más importante del mundo porque dio inició a la interdependencia global. Ahora nos encontramos en una situación en la que mucha gente se pregunta si lo construido en estos cinco siglos está desmoronándose.
    Hoy podría decirse que nos encontramos al final de un ciclo de integración global muy largo, en el que todos necesitamos a todos. Dependemos, por ejemplo, del comercio internacional y tenemos que afrontar juntos problemas como el del cambio climático. Dicho de otra forma, tenemos un interés egoísta en lo que hacen los demás.
    En este contexto, la crisis de los inmigrantes es un problema mundial, ya que la integración global plantea límites a la integración social entre países y dentro de los mismos. Pero la crisis de los inmigrantes también tiene que ver con la comprensión. La cuestión, por tanto, es cómo plantear esa relación entre intereses y comprensión. Adam Smith pensaba que, cuanto más integrados estuviéramos, más comprensión habría en el mundo. Y es que necesitamos a los extranjeros, pero en las sociedades domina el rechazo a los mismos, lo que implica el agotamiento de la integración.
    ¿Estamos, entonces, ante el fin de la globalización? Adelman cree que no, pero sí que piensa que estamos atravesando una fase dolorosa vinculada con ella, que podría desencadenar una crisis como la de 1929. En estos momentos, estamos atrapados en una situación de espera en la narrativa sobre la interdependencia. Además, nos cuesta entender una paradoja en relación con la globalización, que es que necesitamos a los extranjeros y que ellos nos necesitan a nosotros. Si comprendemos estos, podremos formular una nueva narrativa de la integración basada en la necesidad de estar todos juntos.
    El mundo que teníamos a finales del siglo XX ya no nos sirve porque le falta legitimidad y desgarra nuestro tejido social. Así es que nos vemos atrapados entre los argumentos en favor de la globalización que se han quedado obsoletos y el atractivo que tiene el atacarlos desde todos los frentes.
    Vivimos en un mundo que no hace el menor esfuerzo por tratar de comprender, lo que supone un problema porque las narrativas son las que crean el contexto de nuestras identidades compartidas. Son las que definen los límites de quienes somos. También tienen una función económica, porque dan lugar a externalidades que facilitan que comerciemos entre nosotros. Por tanto, cuantas más narrativas tengamos, más comerciaremos y mayor será nuestra prosperidad.
    Una de las condiciones más importantes que, desde 1945, permiten la integración global es el recuerdo de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial, así como de los treinta años de gran desarrollo económico que siguieron al conflicto bélico. Pero, a medida que se han ido perdiendo estos recuerdos, también se han ido deteriorando los elementos de unión que permitían que las sociedades comerciaran entre sí. Este deterioro también se debe al surgimiento de las modernas desigualdades de renta.
    Otras partes del mundo también perseguían estas narrativas comunes, que ayudaron a legitimar el poder de las élites y a movilizar a las sociedades para un fin común. Eran los tiempos en los que el comunismo, el anticolonialismo y el régimen liberal y democrático compitieron entre sí. Pero la caída del comunismo y el fin de los imperios coloniales supusieron la desaparición de esa competencia y el ganador, la democracia liberal, perdió su energía.
    Occidente, de hecho, sufrió dos golpes. El primero, de naturaleza positiva, fue la caída del muro de Berlín. Aquél fue un tiempo de euforia y de una sola narrativa, la del régimen liberal y democrático, que no tenía alternativa. Este sistema parecía funcionar en zonas del mundo que se beneficiaban de la apertura.
    El segundo, que fue negativo, fue la crisis financiera de 2008. Aquí hubo muchas fuerzas que se solaparon, fuerzas como la crisis, la creciente desigualdad, el cambio tecnológico o el cambio climático. Hacía falta que la economía se recuperase y volviese a crecer, pero tenía que hacerlo sin dañar al planeta. Por todo ello, la historia que ahora domina es catastrofista, y podría convertirse en una profecía autocumplida, como sucedió con el pánico de los años 30.
    Estamos atrapados entre esas dos narrativas y quienes se benefician del desastre son el club de los que toman represalias, de los que abogan por olvidarse de los demás. Son los que quieren los beneficios que depara el compartir, sin pagar ningún precio por ello. Son quienes prefieren un modelo de interdependencia extractivo y predador. Esta visión tiene un atractivo cada vez mayor en muchos sectores de la sociedad.
    Siempre ha habido una tensión entre el modelo extractivo y el modelo competitivo. Ahora estamos intentando ampliar la narrativa, pero es muy difícil comprenderla. Es un debate entre visiones rivales que se remonta a 1848, el debate entre Karl Marx y John Stuart Mill. Ambos pensadores descubrieron que, con la revolución industrial, estaba surgiendo algo nuevo, que ampliaba los horizontes de oportunidad. Mill vio que se abrían muchas oportunidades que compensaban la reducción de las conexiones entre la gente. Marx vio lo contrario.
    La narrativa actual dejó de lado tres efectos importantes de la integración. En primer lugar, la interdependencia produce una paradoja y es que la comprensión por los extranjeros no es tan ilimitada: cuanto más necesitamos al extranjero, menos le comprendemos.
    En segundo término, se piensa que las necesidades de los extranjeros se satisfacen a expensas nuestras, con lo que nos volvemos más intransigentes. Esto produce efectos estructurales contradictorios, ya que la ampliación de horizontes no produce bonanza y bienestar para todo el mundo, sino que lleva a la aparición de jerarquías y desigualdades.
    Por último, el ciudadano de un país y el extranjero no se dan la mano, sino que se producen incentivos para que los líderes busquen beneficios a costa de los que no pueden expresarse, esto es, los extranjeros, que pasan a no ser bien recibidos.
    En consecuencia, resulta complejo el reconciliar interdependencia con democracia. Esto es algo que hemos de entender si queremos comprender, por ejemplo, las condiciones de la popularidad de Trump o el Brexit. La historia del mundo es la de estas dos visiones rivales. Podemos reconciliarlas, pero la cuestión es cómo vamos a organizar el mundo para que nos vaya bien.
    52 min
  • Aprender cómo aprender. Barbara Oakley. Versión en español
    El 23 de enero de 2019 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia magistral de Barbara Oakley, catedrática de Ingeniería de la Universidad de Oakland, sobre cómo aprender.
    La profesora Oakley inició su presentación recordando su vida y el desafío que supuso para ella el aprendizaje de las matemáticas cuando estaba en el colegio. El problema es que sus padres se movían constantemente de un lugar a otro de Estados Unidos. En todas partes, la educación solía ser muy parecida, excepto en el caso de las matemáticas. El aprendizaje de las matemáticas es un aprendizaje secuencial y si se pierde un punto, a continuación, resulta muy difícil recuperarlo y poder seguir. A la profesora Oakley, por ello, le costaban las matemáticas, no le gustaban y suspendía todos los exámenes.
    Ahora, la profesora Oakley enseñan matemáticas en la Universidad. Por ello, un día, un alumno le preguntó como lo hizo para conseguir aprenderlas, teniendo en cuenta su pasado. La profesora Oakley le explicó que un día se preguntó qué quería hacer, qué es lo que le apasionaba, y pensó que lo que quería era aprender ruso. Entonces se enteró de que había una forma de hacerlo en la que, además, te pagaban por ello. Se trataba del ejército. La profesora Oakley no se lo pensó dos veces, se alistó, aprendió ruso y acabó en el mar de Bering y en la Antártida, donde conoció a su marido hace ya 35 años.
    Cuando se licenció se dio cuenta de que había seguido su pasión, pero también de que a nadie le interesaba su título en idiomas eslavos. Por tanto, empezó a pensar nuevamente en qué quería hacer y recordó que había trabajado con ingenieros y que había visto sus ecuaciones. Entonces se dio cuenta de que lo más extraño que podía hacer era aprender matemáticas e ingeniería y volvió a la universidad.
    El aprendizaje de las matemáticas no fue una tarea fácil. Encontraba los libros imposibles de entender y los marcaba por pura rabia. Pero, poco a poco, fue avanzando y mientras trabajaba, también empezó a enseñar. Entonces se dio cuenta de que tenía que escribir un libro sobre la necesidad de cambiar de mentalidad respecto al aprendizaje.
    Una vez concluida la obra, se la dio a leer a profesores que sobresalían en la tarea docente, los cuales le hicieron muchos comentarios, si bien muchos de ellos coincidían en un punto: el uso de la metáfora. Las metáforas resultan muy importantes para que los alumnos puedan aprender ideas clave.
    También habló con neurocientíficos líderes en su especialidad. De ellos aprendió que el cerebro tiene dos modos principales de funcionamiento. El primero es el modo focalizado, con el cual activamos una red neuronal bastante limitada que está relacionada con la realización de tareas. El segundo es el modo difuso, en el que los pensamientos son más aleatorios, como sucede cuando una persona está en la ducha.
    También aprendió que, a menudo, hay patrones de pensamiento creados por defecto que el pensamiento tenderá a seguir. A partir de ahí se preguntó qué sucede cuando estamos aprendiendo algo nuevo. Porque lo que queremos es establecer un nuevo patrón de pensamiento, pero como no sabemos cómo gestionarlo, acabamos por volver al patrón tradicional. Al abandonar una tarea, nos olvidamos de ella y pasamos al modo difuso. En él pensamos de una forma mucho más genérica y así podemos resolver el problema. Así es que, cuando estamos aprendiendo, la mente fluctúa entre el modo centrado y el difuso.
    A la hora de aprender, también puede resultar de gran ayuda tratar de explicar algo y dar un paso atrás para que la gente pueda consolidar las ideas, porque hay que obligar a los pensamientos a que vuelvan al modo difuso. La procrastinación, de hecho, no es un mal, sino un bien porque supone permitir a la mente que pase al modo difuso.
    Para entender cómo aprende el cerebro, hay que comprender cómo funcionan las neuronas. Estas envían señales unas a otras y acaban conectándose entre sí, creando canales. Esto nos lleva a entender que hay que aprender poco a poco para dar tiempo a que las neuronas formen esa estructura que se desarrolla con el estudio.
    El ejercicio físico potencia la memoria y el aprendizaje porque produce una sustancia en el cerebro llamada BDNF que ayuda a las neuronas a formar las estructuras de aprendizaje.
    En el aprendizaje intervienen dos tipos de memoria. La primera de ellas es la memoria de trabajo, o memoria a corto plazo. En ella está todo lo que se puede recordar de forma temporal. La segunda es la memoria a largo plazo, en la que se almacena todo lo que se aprende.
    Cuando se aprende algo por primera vez, la memoria de trabajo se vuelve un poco loca creando estructuras neuronales, porque maneja una enorme carga cognitiva. Cuando empezamos a aprender, esa carga se reduce. A medida que vamos dominando algo, se van creando más enlaces en esas estructuras, que pasan a formar parte de la memoria a largo plazo. Aprender requiere crear enlaces que la memoria de trabajo pueda coger fácilmente. Especializarse es crear esos enlaces neuronales.
    Cuando queremos retener lo que estamos leyendo, la mejor forma de hacerlo es leer una página, parar, mirar hacia otra parte y tratar de recordar la idea principal. Es lo que llamamos recordar y es muy efectivo. Otra forma es que uno se examine de sus conocimientos cada vez que pueda ponerse a prueba.
    Cuando aprendemos solemos cometer el error de pensar que algunos de nuestros rasgos no son buenos para el aprendizaje. En realidad, sí lo son. Por ejemplo, las personas que tienen una mala memoria de trabajo son personas mucho más creativas. O la gente que aprende muy lentamente es gente que ve las cosas y las entiende de una forma mucho más profunda que quienes las ven más rápidamente.
    59 min
  • Aprender cómo aprender. Barbara Oakley. English version
    El 23 de enero de 2019 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia magistral de Barbara Oakley, catedrática de Ingeniería de la Universidad de Oakland, sobre cómo aprender.
    La profesora Oakley inició su presentación recordando su vida y el desafío que supuso para ella el aprendizaje de las matemáticas cuando estaba en el colegio. El problema es que sus padres se movían constantemente de un lugar a otro de Estados Unidos. En todas partes, la educación solía ser muy parecida, excepto en el caso de las matemáticas. El aprendizaje de las matemáticas es un aprendizaje secuencial y si se pierde un punto, a continuación, resulta muy difícil recuperarlo y poder seguir. A la profesora Oakley, por ello, le costaban las matemáticas, no le gustaban y suspendía todos los exámenes.
    Ahora, la profesora Oakley enseñan matemáticas en la Universidad. Por ello, un día, un alumno le preguntó como lo hizo para conseguir aprenderlas, teniendo en cuenta su pasado. La profesora Oakley le explicó que un día se preguntó qué quería hacer, qué es lo que le apasionaba, y pensó que lo que quería era aprender ruso. Entonces se enteró de que había una forma de hacerlo en la que, además, te pagaban por ello. Se trataba del ejército. La profesora Oakley no se lo pensó dos veces, se alistó, aprendió ruso y acabó en el mar de Bering y en la Antártida, donde conoció a su marido hace ya 35 años.
    Cuando se licenció se dio cuenta de que había seguido su pasión, pero también de que a nadie le interesaba su título en idiomas eslavos. Por tanto, empezó a pensar nuevamente en qué quería hacer y recordó que había trabajado con ingenieros y que había visto sus ecuaciones. Entonces se dio cuenta de que lo más extraño que podía hacer era aprender matemáticas e ingeniería y volvió a la universidad.
    El aprendizaje de las matemáticas no fue una tarea fácil. Encontraba los libros imposibles de entender y los marcaba por pura rabia. Pero, poco a poco, fue avanzando y mientras trabajaba, también empezó a enseñar. Entonces se dio cuenta de que tenía que escribir un libro sobre la necesidad de cambiar de mentalidad respecto al aprendizaje.
    Una vez concluida la obra, se la dio a leer a profesores que sobresalían en la tarea docente, los cuales le hicieron muchos comentarios, si bien muchos de ellos coincidían en un punto: el uso de la metáfora. Las metáforas resultan muy importantes para que los alumnos puedan aprender ideas clave.
    También habló con neurocientíficos líderes en su especialidad. De ellos aprendió que el cerebro tiene dos modos principales de funcionamiento. El primero es el modo focalizado, con el cual activamos una red neuronal bastante limitada que está relacionada con la realización de tareas. El segundo es el modo difuso, en el que los pensamientos son más aleatorios, como sucede cuando una persona está en la ducha.
    También aprendió que, a menudo, hay patrones de pensamiento creados por defecto que el pensamiento tenderá a seguir. A partir de ahí se preguntó qué sucede cuando estamos aprendiendo algo nuevo. Porque lo que queremos es establecer un nuevo patrón de pensamiento, pero como no sabemos cómo gestionarlo, acabamos por volver al patrón tradicional. Al abandonar una tarea, nos olvidamos de ella y pasamos al modo difuso. En él pensamos de una forma mucho más genérica y así podemos resolver el problema. Así es que, cuando estamos aprendiendo, la mente fluctúa entre el modo centrado y el difuso.
    A la hora de aprender, también puede resultar de gran ayuda tratar de explicar algo y dar un paso atrás para que la gente pueda consolidar las ideas, porque hay que obligar a los pensamientos a que vuelvan al modo difuso. La procrastinación, de hecho, no es un mal, sino un bien porque supone permitir a la mente que pase al modo difuso.
    Para entender cómo aprende el cerebro, hay que comprender cómo funcionan las neuronas. Estas envían señales unas a otras y acaban conectándose entre sí, creando canales. Esto nos lleva a entender que hay que aprender poco a poco para dar tiempo a que las neuronas formen esa estructura que se desarrolla con el estudio.
    El ejercicio físico potencia la memoria y el aprendizaje porque produce una sustancia en el cerebro llamada BDNF que ayuda a las neuronas a formar las estructuras de aprendizaje.
    En el aprendizaje intervienen dos tipos de memoria. La primera de ellas es la memoria de trabajo, o memoria a corto plazo. En ella está todo lo que se puede recordar de forma temporal. La segunda es la memoria a largo plazo, en la que se almacena todo lo que se aprende.
    Cuando se aprende algo por primera vez, la memoria de trabajo se vuelve un poco loca creando estructuras neuronales, porque maneja una enorme carga cognitiva. Cuando empezamos a aprender, esa carga se reduce. A medida que vamos dominando algo, se van creando más enlaces en esas estructuras, que pasan a formar parte de la memoria a largo plazo. Aprender requiere crear enlaces que la memoria de trabajo pueda coger fácilmente. Especializarse es crear esos enlaces neuronales.
    Cuando queremos retener lo que estamos leyendo, la mejor forma de hacerlo es leer una página, parar, mirar hacia otra parte y tratar de recordar la idea principal. Es lo que llamamos recordar y es muy efectivo. Otra forma es que uno se examine de sus conocimientos cada vez que pueda ponerse a prueba.
    Cuando aprendemos solemos cometer el error de pensar que algunos de nuestros rasgos no son buenos para el aprendizaje. En realidad, sí lo son. Por ejemplo, las personas que tienen una mala memoria de trabajo son personas mucho más creativas. O la gente que aprende muy lentamente es gente que ve las cosas y las entiende de una forma mucho más profunda que quienes las ven más rápidamente.
    59 min

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