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Devenir episodes

  • Filósofos españoles: Unamuno, entre socialismo y nacionalismo
    Las crisis del fin de siglo. Unamuno, entre socialismo y nacionalismo (1890-1918)
    Por Jon Juaristi.
    La segunda conferencia tratará del Unamuno de fin de siglo. Su adhesión al socialismo y su papel como primer socialista español de cátedra en el Partido Socialista Obrero Español. La crisis de 1897 y el alejamiento del socialismo. El ideal de la pedagogía redentora, como vía hacia un socialismo nacional...
    1 hr 27 min
  • Filósofos españoles: El Unamuno vasquista
    El Unamuno vasquista: tradición romántica y etnografía positivista en el joven Unamuno (1864-1890).
    Por Jon Juaristi.
    Semana dedicada a Unamuno.
    Y nos vamos a introducir en él con esta impresionante biografía, sin duda la biografía de referencia de este carismático personaje, a cargo de Jon Juaristi.
    En esta primera conferencia, se tratará de los orígenes familiares de Unamuno y del peso de la tradición vasquista en su obra juvenil. El vasquismo romántico como factor predominante en su formación y en su vocación filológica. La simpatía del Unamuno adolescente y universitario por las ideas federalistas. La influencia del positivismo en su visión de la historia de los pueblos, y las contradicciones que suscitaron en sus proyectos intelectuales y en su pensamiento político de juventud...
    Biografiar a Unamuno tiene una ventaja, apuntó el escritor. “Es una persona interesante por motivos políticos, familiares, por su carácter y por su narcisismo. Es un hombre de contrastes, absolutamente ejemplar y cariñoso en su vida familiar, y sin embargo un neurótico de manual, muy severo con sus contemporáneos, con ese puritanismo influenciado por los Jesuitas, muy tacaño y de pocos amigos”. Además de los aspectos personales, Juaristi destacó la importancia del personaje como escritor modernista y pensador: “siempre se movió en una dicotomía irreconciliable, eligió conservarse en sus puras contradicciones y manifestó un carácter romántico: Era incapaz de conciliar su tendencia al entusiasmo con lo racional, pero necesitaba argumentar la fuerza con la razón”, indicó el autor. Todo esto le llevó a chocar con los movimientos políticos del momento: “Transitó del nacionalismo vasco al enaltecimiento de la monarquía, luego se enfrentó a Alfonso XIII y Primo de Rivera y durante la II República, cuando había sido recibido como uno de sus padres, se distanció de ella”, contó Juaristi. En este sentido, el catedrático añade que Unamuno fue “el primer nacionalista, en sentido moderno”. Incluso llegó a manifestar que Sabino Arana le debía a él su bagaje intelectual.
    1 hr 29 min
  • Del Caos nació el Cosmos
    Con Francisco Vinagre.
    En los mitos griegos, "kaos" hace referencia a lo informe primordial del que brotó el "kosmos", el orden universal. Actualmente, en Ciencia, el término caos hace referencia a sistemas deterministas imposibles de predecir con exactitud, debido su complejidad, siendo uno de esos sistemas caóticos la propia Vida. Con ello, parecería que la Ciencia ha desvelado la sabiduría ancestral oculta en el mito: el desorden contiene la semilla del orden.
    Acompáñanos si quieres descubrir las maravillosas características del caos físico que los seres humanos llevamos milenios empleando intuitivamente para entender el Universo, y que la Ciencia empieza a comprender...
    Madness al inicio...
    1 hr 50 min
  • Sintiencia en animales
    Manuel de la Herrán, Ingeniero informático e investigador en la Organiz. para la Prevención del Sufrimiento Intenso (OPIS).
    En esta conferencia Manu Herrán nos hablará de las principales corrientes en ética, el cerebro animal, las teorías sobre el origen de la sintiencia, su posible utilidad y relevancia moral, cómo reconocer a los seres que sienten, así como los distintos argumentos a favor y en contra de la consideración moral de los animales.
    Manu Herrán es un apasionado pensador y comunicador. Ingeniero informático e investigador asociado en la Organización para la Prevención del Sufrimiento Intenso (OPIS), es creador de simulaciones de vida y autor de unos 100 ensayos que investigan temas relacionados con la evolución, la cooperación, la conciencia, la sintiencia, la inteligencia, la muerte, la ética y otros temas.
    Es fundador de la revista REDcientífica y autor del libro "Arena Sensible". Manu es un orador público habitual sobre derechos de los animales así como sobre el posible sufrimiento en máquinas...
    Radio Futura con "ingles para animales" pone la música al inicio...
    1 hr 35 min
  • Humanismo descentrado para el Siglo de la Gran Prueba
    Jorge Riechmann, junto a otras dos personas, fue detenido y puesto en libertad cuatro horas más tarde con cargos de desobediencia y resistencia a la autoridad, en la manifestación que reclama acciones contra el cambio climático...
    Aquí nuestro pequeño homenaje a este autor de varias decenas de ensayos sobre cuestiones de ecología política y pensamiento ecológico, pero que deja claro que su aporte no se queda solo en la teoría...
    «Sólo hay una respuesta digna frente a la finitud humana y ante la realidad de la muerte: cuidarnos, acompañarnos, ayudarnos. El humanismo descentrado, el humanismo no antropocéntrico que precisamos no es el de seres humanos que se sienten fuera de la naturaleza y por encima de ella, sino muy dentro de ella, y construyendo simbiosis con ella».
    1 hr 35 min
  • Chantal Mouffe y Ernesto Laclau
    Javier Franzé e Iñigo Errejón hablan sobre estos dos pensadores que recogen gran parte del pensamiento de Gramsci que estamos abordando...
    Aquí, por si a alguien le interesa, una entrevista reciente y muy clarividente a Chantal Mouffe:
    En la década de 1980, Chantal Mouffe escribió con Ernesto Laclau Hegemonía y estrategia socialista1, que se convirtió en un clásico y un instrumento para las izquierdas que, en el contexto del agotamiento del socialismo real y de las apuestas revolucionarias de los años 70, buscaban apostar a la democracia pero sin abandonar los proyectos de cambio social. Y desde entonces, la autora belga viene abogando por una visión “agonista” de la política que recupera el conflicto –frente a las visiones pospolíticas–, aunque en el marco de una democracia que no deja de ser “liberal” pero se radicaliza mediante un conjunto de reformas2. En los últimos tiempos, su apuesta sigue las huellas de Laclau hacia la construcción de populismos de izquierda como forma de enfrentar la posibilidad de que las “demandas democráticas” del pueblo sean articuladas por los populismos de derecha.
    Y sobre este tema versa esta entrevista, en la que analiza parte de la actual coyuntura europea y latinoamericana.
    En los últimos tiempos, el populismo de izquierda vive una etapa de dificultades. Podemos no pasa por un buen momento, tampoco Francia Insumisa. Sobre Jeremy Corbyn, aún no sabemos cómo le va a ir. ¿Cómo explica que en un “momento populista”, como usted lo ha definido, los populismos de izquierda, en vez de avanzar, retrocedan? ¿Cuáles considera que son las razones que obstaculizan que el populismo llamado de izquierda sea genuinamente una opción de poder en Europa?
    No hay la menor duda de que la situación actual no es particularmente buena para el populismo de izquierda. Pero en realidad, lo que me parece más interesante es que por lo menos se haya dado el nacimiento de un populismo de izquierda, porque durante bastante tiempo de lo que yo llamo el “momento populista”, todas las resistencias a la posdemocracia venían de la derecha. Solo muy recientemente hemos visto el nacimiento de un populismo de izquierda, con fuerzas, en efecto, como Podemos, Francia Insumisa y el laborismo de Jeremy Corbyn.
    Para mí el populismo es, como lo concibe Ernesto Laclau, una estrategia de construcción de la frontera política. Finalmente hay de parte de la izquierda una reacción en contra de lo que en En torno a lo político llamo la “pospolítica”3, es decir, la negación de cualquier frontera en la política. Desde que Tony Blair resignificó la socialdemocracia como “tercera vía”, se abandonó la idea de que había que enfrentarse al neoliberalismo. Ahí se generalizó la tesis de que no había alternativa a ese modelo y que había que aceptarlo sin más. A lo sumo, los socialdemócratas podían manejar la economía de manera algo más humana, con un poco de redistribución. La izquierda entre comillas (como le dicen en España) no consideraba que tenía que ofrecer una estrategia de ruptura en contra del neoliberalismo. Eso duró hasta principio de los años 2011-2012. Era el momento en el que la distinción izquierda-derecha se había empezado a debilitar. A partir de ahí, por fin ese modelo ha sido puesto en cuestión por algunos partidos que se ubican en la izquierda.
    Su pregunta pone el eje en el lado negativo, yo más bien veo el lado positivo de que al fin hayan surgido movimientos progresistas que ponen en cuestión la “pospolítica”. Lo que necesitamos es una estrategia de izquierda que restablezca la frontera política de una manera populista. Por cierto, la frontera política existe también de parte del marxismo, de la izquierda radical, pero ellos consideran que esa frontera tiene que ser construida según el clivaje proletariado/burguesía. Hasta hace muy poquito teníamos dos perspectivas: la socialdemócrata o de centroizquierda, en la cual no hay frontera y se puede como mucho hacer algunas pequeñas reformas por aquí y por allá, y al otro lado una estrategia revolucionaria, y no había nada que presentara una alternativa real que no implicase acabar con el régimen liberal-pluralista.
    EN 2014, TODA LA PRENSA ESPAÑOLA DECÍA QUE SI HABÍA ELECCIONES GENERALES ANTICIPADAS PODEMOS IBA A GANAR, Y SE LES SUBIÓ UN POCO A LA CABEZA
    Lo que me parece muy positivo es que en los últimos años se haya reconocido la necesidad de una estrategia de “reformismo radical”, que dice que sí es posible cambiar las cosas sin poner en entredicho el sistema de manera revolucionaria y que sí se pueden ofrecer alternativas a la globalización neoliberal. Que esos partidos no hayan llegado todavía al poder me parece normal. Yo nunca tomé muy en serio esa idea de Podemos del “asalto al cielo”. En parte se entiende ese entusiasmo: cuando se armó Podemos y tuvo éxito en las elecciones europeas en 2014, toda la prensa española decía que si había nuevas elecciones generales anticipadas, ellos iban a ganar, y se les subió un poco a la cabeza todo eso. Evidentemente no funciona así.
    ¿Por qué cree que se equivocaron en ese punto?
    Se confundió la estrategia populista con una estrategia de guerra de movimiento. Para mí, la estrategia populista es siempre una estrategia de guerra de posición. Sé que hubo mucha gente en Podemos, como por ejemplo Juan Carlos Monedero, que dijo que como no se llegó al poder, la estrategia populista no funcionó. El tema es que la estrategia populista nunca implica hacer una guerra de movimiento. Si uno acepta que la estrategia populista –y con eso quiero decir establecer una frontera no sobre la base de la dicotomía burguesía/proletariado o capital/trabajo, sino pueblo/oligarquía o establishment– es una guerra de posición, se entienden mejor las dificultades en esos tres casos y se entiende que no se trata de un fracaso. En una guerra de posición siempre hay momentos de avance y momentos de retroceso, y yo no creo que de alguna manera se vaya a poder regresar a una concepción anterior, ya sea la socialdemócrata tradicional o la revolucionaria.
    UN POPULISMO DE IZQUIERDA NO PUEDE OFRECER SOLUCIONES DEMAGÓGICAS
    La cuestión es llevarla adelante. Si no se logra desarrollar un proyecto sobre esa base, no veo ninguna otra posibilidad de generar alternativas. Estamos en un momento clave. Estamos viviendo una crisis de la hegemonía neoliberal. Tal vez no estemos todavía al borde de una crisis económica, pero la idea de que el neoliberalismo es la solución ha perdido credibilidad. La crisis de 2008 ha desencadenado ese proceso. Hasta entonces, la globalización neoliberal era considerada como nuestro destino, y el capitalismo anglosajón, como la respuesta definitiva (véase Francis Fukuyama, etc.). Esa coyuntura ya no existe. Pero esa crisis de la hegemonía neoliberal puede abrir la vía a dos soluciones: o al populismo de derecha, a formas más autoritarias, o, a través de un populismo de izquierda, a la posibilidad de una recuperación radical de la democracia. No estamos frente a una victoria ineluctable del populismo de derecha. Pero la posibilidad de que esa crisis conduzca a gobiernos más autoritarios es concreta y ya lo estamos viendo. La única esperanza es seguir articulando todas las resistencias en una dirección de democracia radical. Eso no es un proceso fácil porque uno de los obstáculos es que el sistema neoliberal intenta demonizar a las alternativas populistas de izquierda, presentándolas como antidemocráticas, extremistas, etc. En el caso de Francia, por ejemplo, las críticas de los medios mainstream son mucho más fuertes hacia Jean-Luc Mélenchon que hacia Marine Le Pen. Por otra parte, Emmanuel Macron sabe que es mejor tener como adversaria a Le Pen, porque contra ella puede hacer el “gran frente republicano”.
    El populismo de derecha, ya lo ha dicho, avanza con el viento en popa. En Italia, en Estados Unidos, en Hungría. ¿Podemos decir que el populismo de derecha tiene alguna ventaja intrínseca? ¿Tiene tal vez una menor atadura a una militancia que, en el caso de la izquierda, es más exigente?
    Sí, creo que definitivamente un populismo de izquierda tiene más exigencias que un populismo de derecha. Un populismo de izquierda no puede ofrecer soluciones demagógicas. Cuando propone alternativas al orden neoliberal, debe hacer propuestas que tengan algo de sentido. En Francia, cuando se llega al momento de las propuestas, Marine Le Pen no tiene un verdadero programa económico, mientras que el populismo de izquierda tiene que ofrecer una alternativa concreta al neoliberalismo. El caso más interesante es el británico: el equipo de Corbyn, sobre todo John McDonnell, está haciendo un trabajo muy serio en torno de las alternativas al neoliberalismo. Comparémoslo con el Partido por la Independencia del Reino Unido [UKIP, por sus siglas en inglés]. Ahí no hay nada, lo vimos en la campaña por el Brexit. El UKIP no necesita tener ninguna respuesta concreta, Corbyn sí.
    Hablando de populismo de derecha, ¿qué opina del surgimiento de Vox?
    No sé si el de Vox es un populismo de derecha. Según un artículo que acabo de leer, Vox es mucho más parecido al caso de Jair Bolsonaro en Brasil. Estoy de acuerdo con eso. Y al de Bolsonaro personalmente no lo veo como un populismo de derecha. Yo por lo general no hago una equivalencia entre fascismo y populismo de derecha, y no es cierto que Bolsonaro sea un “Trump tropical”: es mucho peor que un Trump tropical. Es una especie de protofascismo y hay que hacer la diferencia. De la misma manera, Vox me parece que no es un populismo de derecha. El populismo de derecha es un populismo que da respuestas o una articulación xenófoba a demandas democráticas. Pero si no son demandas democráticas, no hablaría de populismo de derecha. En el caso de Vox, es tal vez un poco apresurado porque todavía no hay muchos análisis, pero una cosa que queda clara es que se trata en gran parte de una ofensiva contra el feminismo. Eso no es lo mismo que el populismo de derecha. En el caso de Bolsonaro, es complicado pero tampoco veo que haya demandas democráticas, en su mayoría se trata de un rechazo total, más que una articulación de demandas democráticas. Alt-Right (derecha alternativa) no es lo mismo que populismo de derecha.
    NO ES CIERTO QUE BOLSONARO SEA UN “TRUMP TROPICAL”: ES MUCHO PEOR
    Quisiera ahondar más sobre cómo, según su lectura, habría que abordar el populismo de derecha.
    La izquierda, en vez de adoptar una actitud de condena moral, tiene que entenderlo. El sociólogo Éric Fassin en Francia dice que no deberíamos siquiera hablar con quienes votan por partidos populistas de derecha, que son personas inherentemente misóginas, fascistas, movidas por pasiones tristes4. En la misma línea, esa izquierda ha criticado mucho a Mélenchon por participar en las manifestaciones de los “chalecos amarillos”: según ellos, ¡eso significa estar con los fascistas de Marine Le Pen! Hay una negación a tratar de entender el fenómeno. ¿Por qué esa gente vota por esos partidos? Son gente de clases populares, no es un atavismo, esos partidos de alguna manera resuenan con las demandas de esa gente, hay que comprender eso para dar una respuesta progresista a esas demandas. Es lo que ha hecho Francia Insumisa y así logró los votos de distritos que eran muy lepenistas, lo cual desautoriza lo que dice Fassin. En el distrito de Amiens, una parte desindustrializada y abandonada por el Partido Socialista, el periodista y ahora diputado por Francia Insumisa François Ruffin logró acercar a muchísima gente que hasta hace poco votaba masivamente por el Frente Nacional. No eran intrínsecamente racistas, sino que hasta ese momento el único discurso que daba sentido a lo que les estaba pasando era el discurso antiinmigrante. Ruffin iba y discutía con esta gente y trataba de entender sus problemas y decirles que la culpa no la tenían los migrantes sino la fuerzas neoliberales, y veía cómo la gente cambiaba de opinión. ¿Cuáles son las demandas democráticas que tiene esa gente y por qué están articuladas así? Esa es la cuestión.
    Muy distinta, en cambio, es la actitud de la izquierda radical europea. En algunos casos, este sector ha desarrollado una cierta fobia hacia el Estado y el tema de la soberanía. ¿Cómo evalúa esta postura?
    Hoy en día movimientos marxistas, autonomistas e insurreccionalistas tienen en común un fuerte rechazo al Estado. Es curioso cómo en ese aspecto comulgan con el neoliberalismo. Del otro lado está la corriente socialdemócrata, pospolítica, que ya no imagina cómo se pueden trasformar realmente las relaciones de poder en el interior de un Estado democrático. Para el reformismo radical, dentro de las instituciones republicanas existe la posibilidad de lograr distintas formas hegemónicas. Muchas veces no se distingue entre el régimen, el nivel de las instituciones liberal-democráticas, que son una articulación entre el liberalismo político y los valores democráticos de igualdad y soberanía popular, y lo que yo llamo el nivel de la hegemonía, que corresponde a la manera como son interpretados e institucionalizados. Por eso en mi último libro5 le doy tanta importancia a Margaret Thatcher, porque su ejemplo muestra claramente cómo se puede transformar profundamente en el plano de la hegemonía el sentido común, sin poner en cuestión la base de las instituciones liberal-democráticas. Con Thatcher hubo una transformación hegemónica que rompió el modelo socialdemócrata y el Estado keynesiano. El neoliberalismo es una ruptura que no acaba con las instituciones pluralistas del Estado. Para la izquierda, se trata de operar, como Thatcher lo hizo, una ruptura hegemónica, pero en la dirección opuesta. Eso es lo que llamo reformismo radical: sin poner en cuestión las instituciones propias del régimen democrático, hay que operar una transición hegemónica. Eso es lo que cierta izquierda radical no acepta: según su lógica, o bien se mantiene el Estado y no cambia nada o bien se lo derriba por completo. Hay que entender que el Estado es una cristalización de relaciones de fuerzas. Un ejemplo muy interesante es el trabajo de Nicos Poulantzas, porque sus primeros libros son muy marxistas ortodoxos y él ve al Estado como una máquina de opresión. Sin embargo, su último libro, Estado, poder y socialismo6, es el momento eurocomunista de Poulantzas, es decir cuando empieza a reconocer la importancia del Estado y la posibilidad de transformarlo. Eso era lo más atractivo del eurocomunismo, aunque luego ganó su variante de derecha que, lamentablemente, es de la que se acuerda la mayor parte de la gente.
    Con respecto a la soberanía, una de las cosas que me critican es la importancia que yo doy a la necesidad de organizarse a escala nacional. Pero estoy plenamente convencida de eso: hay que partir del nivel nacional. Esa fue una gran limitación del movimiento altermundialista. ¿Por qué se acabó y no tuvo un impacto muy importante? Porque eran elaboraciones que no salían de organizaciones enraizadas en la escala nacional, sino de foros a donde iban representantes de ONGs del mundo entero y se discutía de cosas importantes, pero los asistentes regresaban a sus países y no había suficiente gente con la cual estuviesen realmente en contacto. Si uno quiere transformar de verdad las cosas, eso no pasa en reuniones en el nivel internacional. Por ahí va mi reticencia hacia experimentos como DIEM25 [Democracia en Europa Movimiento 2025]. Es reproducir a escala europea los errores del altermundialismo. No se puede organizar un movimiento comenzando desde arriba. Lo que hay que hacer es partir de la organización a escala nacional y de ahí pasar al nivel internacional, porque tampoco creo que se pueda luchar contra el neoliberalismo a escala puramente nacional. Hay que establecer una sinergia a escala europea, pero eso no pasa si no se tiene un anclaje nacional a partir del cual se van uniendo esfuerzos.
    LOS QUE SE PRESENTAN COMO LOS MÁS RADICALES DE LA IZQUIERDA SON LOS QUE LE ESTÁN HACIENDO EL JUEGO AL NEOLIBERALISMO
    Lo hemos visto en el caso latinoamericano, de eso habló Hugo Chávez en el Foro Social Mundial en Caracas. Todos los altermundialistas veían el Estado como una cosa negativa y Chávez les dijo: “miren, nosotros somos el Estado”. Las experiencias nacional-populares se hicieron a través del Estado, y eso te dice cómo este puede ser un instrumento de transformación importante, si se lo pone al servicio de los ciudadanos. Eso ha tenido una cierta influencia incluso sobre Michael Hardt y Antonio Negri; después de un viaje que hicieron a Bolivia en el que conocieron a Álvaro García Linera, cambiaron en parte su discurso. Ya no eran tan anti-Estado como antes. Para mí, el populismo de izquierda es llegar al poder para transformar las relaciones de fuerzas en el Estado y hacerlo también en la sociedad.
    Además, es solamente en el nivel del Estado-nación donde se puede ejercer la soberanía. El enemigo fundamental del neoliberalismo es la soberanía popular. Si se quiere luchar contra el neoliberalismo, eso se puede hacer solo fortaleciendo la soberanía popular. Considerar que es peligroso o negativo ese terreno es dejarles el campo libre a nuestros adversarios. Por eso soy crítica de los no border: la ilusión del neoliberalismo es exactamente esa, una circulación ilimitada del capital y del trabajo. ¿Dónde van a poder ejercer sus derechos democráticos los ciudadanos? En ninguna parte. Eso es el sueño del neoliberalismo: acabar con la traba de la soberanía popular. A menudo, los que se presentan como los más radicales de la izquierda son los que le están haciendo el juego al neoliberalismo.
    Los populismos de izquierda latinoamericanos, después de un auge que los vio en el poder por aproximadamente 15 años, no están en su mejor momento. En su último libro, evitó referirse a ellos. Sin embargo, arrojan muchas lecciones a la hora de pensar en un populismo de izquierda, ¿no cree? ¿Qué nos han enseñado de bueno y de malo?
    Yo siempre insisto en que hay que referirse a coyunturas determinadas, para entenderlas y ver cómo se puede actuar. Por eso mismo tampoco tiene sentido hablar de una coyuntura mundial. Hay que partir de casos concretos. En Europa, la coyuntura ofrece un panorama que con Íñigo Errejón muchas veces hemos estado de acuerdo en definir de “latinoamericanización” de Europa, en el sentido de que nuestras sociedades se han convertido en sociedades oligárquicas. Antes de la época neoliberal, durante los 30 años “gloriosos” del Estado de Bienestar keynesiano, nuestras sociedades no eran el paraíso, pero eran mucho más igualitarias y no había disparidades tan grandes. No eran oligárquicas. La consecuencia de 30 años de neoliberalismo es que nuestras sociedades se han vuelto oligárquicas, y por eso ahora tiene sentido trazar la frontera de manera populista entre el pueblo y la oligarquía. Hoy en día nosotros tenemos realmente una fractura entre un grupo cada vez más pequeño de súper ricos, por un lado, y por el otro, clases medias pauperizadas. Hay una analogía entre esta situación y lo que existía, y en muchos aspectos sigue existiendo, en varios países de América Latina. Ahí la cuestión era hacer entrar a las masas populares en el Estado para democratizarlo, lo cual en algunas partes ya había tenido antecedentes, como en Argentina con el peronismo. El politólogo Edgardo Mocca muestra cómo el peronismo justamente representó el equivalente del Estado de Bienestar keynesiano en ese país. Pero eso no se había dado en Venezuela, en Ecuador, en Bolivia. Lo que está pasando en Europa ahora como consecuencia de la hegemonía neoliberal es que los sectores populares han perdido los derechos que habían conseguido, y se trata en un primer momento de recuperarlos para después extenderlos a través de un proceso de radicalización democrática. Por eso me parece que la estrategia populista tiene sentido en ambos casos, pero con la diferencia de que en América Latina se trataba en general de la primera etapa de la democratización, mientras que en Europa ya había tenido lugar gracias a la socialdemocracia.
    EL PERONISMO REPRESENTÓ EL EQUIVALENTE DEL ESTADO DE BIENESTAR KEYNESIANO EN ARGENTINA
    Dentro de América Latina, hay muchas diferencias entro los distintos casos. No sé si ha sido el mejor, pero lo que yo no entiendo es por qué no se valora más el caso argentino. Me parece que Cristina Fernández de Kirchner intentó ir mucho más lejos que Luiz Inácio Lula da Silva, por ejemplo. En el conflicto del campo, ella quiso poner en cuestión esa dependencia de Argentina de la producción de la soja, y cuando quiso aumentar las retenciones fue con el fin de utilizar esas ganancias para redistribuirlas. No lo logró, pero sí hubo el intento7. También pueden verse la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y lo que se hizo en el ámbito cultural: las universidades del conurbano, en la periferia de Buenos Aires. Su gobierno fue bastante radical en muchos aspectos. Otra cosa es que hubo una gran articulación entre movimientos sociales y Estado: esa sinergia sí existió en Argentina. Sin embargo, la imagen que hay aquí en Europa es la de un gobierno autoritario y corrupto, y no se reconocen todos los avances sociales que se han dado bajo el kirchnerismo.
    ¿Y el papel del líder? Si bien es indudable que en muchos casos constituyó la chispa que hizo posible el inicio de estos procesos, la prolongación del liderazgo ha tenido facetas problemáticas. En algunos casos, se podría decir incluso que los líderes han ido en dirección contraria a tu concepción del “agonismo”…
    Es cierto que tener un líder carismático es una gran ventaja, aunque conlleva algunos peligros. ¿Cómo es posible, al mismo tiempo, tener un líder carismático y preparar una sucesión? Esa es la cosa complicada. En muchos casos, el problema ha sido la desaparición del líder: Chávez porque murió, otros porque no se pudieron volver a presentar. Yo estoy a favor de más posibilidades de reelección. No entiendo por qué existe ese fetichismo de que uno no puede ser candidato más de una o dos veces, en la medida, claro, que las elecciones sean realmente democráticas. Estoy segura de que Cristina Fernández habría ganado en primera vuelta en 2015 si se hubiera podido presentar. Entiendo las razones para limitar los mandatos, se teme que alguien se instale y establezca algún régimen autocrático. Pero si hay garantías democráticas, no veo el problema. Franklin D. Roosevelt fue elegido cuatro veces en EEUU; en Alemania, Angela Merkel, a través de un sistema parlamentario, lleva 14 años en el poder y nadie lo ve como problema.
    El dilema de tener una política agonística es que requiere que tu adversario también te trate así. En el caso de Chávez, las elites siempre lo trataron como un intruso y nunca aceptaron su legitimidad. Cuando tienes un opositor que te trata como enemigo, ¿cómo lo puedes tratar como adversario? Eso lleva a posturas más autoritarias, y en el caso de Fernández de Kirchner fue parecido. Todo depende de cómo se ubica el oponente.
    Sin embargo, se podría decir que, si bien el populismo de izquierda en América Latina ha sido capaz de generar mayorías electorales e imprimir un importante viraje en las políticas públicas, en un plano más profundo, vinculado con una hegemonía cultural mucho más sutil, los populismos no han sido tan eficaces. En otras palabras, el neoliberalismo gana incluso sin ser ya la ideología dominante. ¿El populismo no corre el riesgo de ser ineficaz ante ese desafío?
    El problema es que en muchos casos no hubo una real lucha hegemónica y no se construyeron de manera suficiente identidades ciudadanas. Los gobiernos se limitaron a satisfacer demandas de consumo sin bregar por construir nuevas subjetividades. Otorgaron bienes materiales a la gente, pero llegó un momento en el cual el boom de los commodities cesó, la redistribución no pudo seguir en el mismo nivel, y entonces la gente se tornó en contra del Estado ya que este no estaba en condiciones de cumplir como antes.
    Con respecto a Argentina, el psicoanalista Jorge Alemán me contó un episodio personal bastante revelador. Su mamá estaba enferma y tenía unas cuidadoras. La situación de estas trabajadoras había mejorado muchísimo durante el periodo de Cristina Fernández en el gobierno gracias a la conquista de nuevos derechos sociales. Sin embargo, en las últimas elecciones terminaron votando por Mauricio Macri. Alemán no podía entenderlo. Es algo que yo discutía a menudo con la geógrafa Doreen Massey, quien también me hablaba de las mujeres del pueblo en el norte de Gran Bretaña que votaban por el Partido Conservador. Para ellas, votar ese partido de alguna manera significaba valorizarse, era una cuestión de identificación. Significaba conseguir una forma de dignidad y salirse de la condición de “asistidas”. De la misma manera, en Argentina votar por Macri podía hacerte sentir de clase media. A la gente no le gusta esa condición de “asistida”, es necesario crear formas de subjetividad en que las personas se puedan valorar. A nosotros nos puede “valorizar” votar por ciertos partidos porque es una forma de sentir que ayudamos a quienes lo necesitan, pero a veces el pueblo se siente seducido por los partidos de derecha porque así siente que sale de su condición. La cuestión es lograr un discurso para esas clases populares que las haga sentir valoradas. Es un punto importante: hay que crear una conciencia de ciudadanos. Tal vez el que ha ido más lejos es Chávez. Les procuró una identidad política a las masas venezolanas. De eso queda algo y así es como podemos explicar el apoyo que aún sigue teniendo Nicolás Maduro. Chávez les dio una dignidad que no tenían antes. La cuestión es crear un nuevo sentido común.
    A VECES EL PUEBLO SE SIENTE SEDUCIDO POR LOS PARTIDOS DE DERECHA PORQUE ASÍ SIENTE QUE SALE DE SU CONDICIÓN
    El populismo se basa en la construcción de lo que usted y Laclau llaman una cadena de equivalencias entre demandas heterogéneas insatisfechas. De todos modos, sin un empuje de la calle, sin una movilización social, ¿no estamos en un terreno muy frágil para construir un populismo de izquierda?
    No necesariamente tiene que haber una movilización social anterior. No hay duda de que en el caso de España los “indignados” fueron muy importantes. Como siempre decía Errejón con respecto a Podemos: “Nosotros no somos el partido de los indignados, pero sin los indignados no hubiéramos hecho Podemos”. Sin embargo, no hubo algo similar con Francia Insumisa. La crisis del neoliberalismo genera una multiplicidad de resistencias y de demandas. La cuestión es ver cómo se pueden cristalizar, ver cómo ofrecer un proyecto que resuene con esas demandas. Pero eso no es tan fácil y depende de varios factores. Hay que mirar a los “chalecos amarillos” en Francia, que no se reconocen en Francia Insumisa a pesar del hecho de que muchas de sus demandas aparecen en el programa de Mélenchon. Y eso es porque han perdido confianza en la democracia representativa y rechazan a todo el espectro político. Dentro del movimiento, hasta hay una lucha para impedir que haya personas que aparezcan como sus portavoces.
    En la parte central de su último libro, Por un populismo de izquierda, compara su perspectiva democrática con la del “socialismo liberal” de Norberto Bobbio, pero este último difícilmente habría aceptado asociarse con el populismo, aunque fuera de izquierda. ¿En qué consisten las diferencias entre su visión del juego democrático y la suya, si es que las hay?
    Lo que tengo en común con Bobbio es la insistencia en la necesidad de unir el socialismo –aunque tal vez no utilizaría ese término, sino “proceso de radicalización de la democracia”– y el respeto a las instituciones del liberalismo político. Desde el principio, hubo unos malentendidos sobre la posición expresada con Laclau en Hegemonía y estrategia socialista, porque algunos pensaron que para lograr la democracia radical hay que romper con la democracia liberal-pluralista. Nosotros abogábamos por una radicalización de las instituciones democrático-liberales, pero en ningún momento hablamos de romper con ellas. Nunca se trató de poner en cuestión el liberalismo político. El socialismo liberal, que defendía Bobbio, iba por ahí: el socialismo, decía, solamente puede existir articulado al liberalismo político. Eso corresponde a lo que llamo “reformismo radical”. Respecto de la compatibilidad con el populismo, si uno concibe el populismo como una estrategia de construcción de la frontera política y no como un régimen, se puede entender por qué es necesario, en ciertas coyunturas, adoptar una estrategia populista para poder operar una ruptura hegemónica que permita recuperar y profundizar la democracia.
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    1. E. Laclau y C. Mouffe: Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia, Siglo Veintiuno, Madrid, 1987.
    2. “La política tiene que ver con el conflicto y la democracia consiste en dar la posibilidad a los distintos puntos de vista para que se expresen, disientan. El disenso se puede dar mediante el antagonismo amigo-enemigo, cuando se trata al oponente como enemigo –en el extremo llevaría a una guerra civil–, o a través de lo que llamo agonismo: un adversario reconoce la legitimidad del oponente y el conflicto se conduce a través de las instituciones. Es una lucha por la hegemonía”. Mercedes López San Miguel: “La democracia consiste en permitir puntos de vista”, entrevista en Página/12, 5/9/2010.
    3. C. Mouffe: En torno a lo político, FCE, Buenos Aires, 2007.
    4. V. algunas opiniones de Fassin en “Le moment néofasciste du néolibéralisme” en Mediapart, 29/6/2018 [n. del e.].
    5. C. Mouffe: Por un populismo de izquierda, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2018.
    6. Siglo Veintiuno, Madrid, 1979.
    7. El llamado “conflicto del campo” fue un paro patronal en oposición a medidas impositivas del gobierno sobre las exportaciones de granos, con masivas movilizaciones en la ciudad de Buenos Aires. En una sesión legislativa crispada, el vicepresidente de la Nación Julio Cobos (integrante del sector de la Unión Cívica Radical entonces aliado al kirchnerismo), en una situación de empate, votó en contra del proyecto de su gobierno y selló la derrota del proyecto oficial. El “campo” consiguió con sus movilizaciones cohesionar discursivamente el espacio antikirchnerista. Tras esta derrota, el gobierno inició, como parte de su contraofensiva, la llamada “batalla cultural” [n. del e.].
    2 hr 33 min
  • Antonio Gramsci
    Seguimos con el pensamiento de este autor, sin duda uno de los mas influyentes hoy día. Esta vez con Jaime Pastor.
    Por qué Antonio Gramsci es el pensador marxista de nuestro tiempo (George Eaton):
    El concepto de hegemonía del difunto filosofo italiano era asombrosamente clarividente.
    (Texto completo en: https://www.lahaine.org/aV3m)
    Gramsci, exlíder del Partido Comunista Italiano y lúcido teórico marxista y periodista, fue condenado a dos décadas de cárcel por el gobierno fascista de Benito Mussolini.
    Sin embargo, la reclusión provocó el florecimiento del pensamiento de Gramsci en vez de su declive. Emprendió una colosal búsqueda intelectual cuyo objetivo era ofrecer un legado imperecedero. Sus Cuadernos de la cárcel* comprendían 33 volúmenes y 3.000 páginas de historia, filosofía, economía y estrategia revolucionaria. Aunque se le permitió escribir, Gramsci no tenía acceso a las obras marxistas y se vio obligado a utilizar un código para eludir a los censores de la cárcel. En 1937, después de que durante mucho tiempo se le negara una atención médica adecuada (se había quedado sin dientes y no podía digerir alimentos sólidos), Gramsci murió a la edad de 46 años.
    Con todo, ha logrado la posteridad intelectual que trataba de alcanzar. Su cuñada Tatiana consiguió sacar a escondidas sus Cuadernos de la cárcel y se publicaron en Italia de 1948 a 1951. Después de que su obra de se tradujera al francés, alemán e inglés en la década de 1970 Gramsci se convirtió en la influencia principal de los eurocomunistas antiestalisnistas. Gramsci es ahora citado constantemente por comentaristas que recuerdan su aforismo más memorable (“pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”) y su descripción de la década de 1930: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, y en ese lapso de tiempo aparecen los más diversos síntomas morbosos”.
    En un discurso pronunciado en 2013 el entonces Secretario de Estado de Educación [británico] Michael Gove citó a Gramsci al defender su insistencia en los métodos de educación tradicionales (“La ideología que tanto temía [Gramsci] en la Italia de entreguerras era lo que hemos denominado –de forma trágicamente inapropiada– 'educación progresista'”). Hasta el grupo francés de extrema derecha Nouvelle Droite y su homólogo belga Vlaams Blok reivindicaron a Gramsci. ¿Qué explica este extraño y disputado legado?
    El concepto gramsciano característico es el de hegemonía, que indica un nivel de dominación política que va más allá del control de un Estado o de un parlamento hacia el ámbito de la cultura y las ideas. A Gramsci le preocupaba la cuestión de por qué otras revoluciones en Europa occidental no habían seguido a la Revolución rusa de 1917. La respuesta para él estaba en la persistencia de ideas capitalistas entre las instituciones de la sociedad civil (los partidos políticos, los sindicatos, las iglesias, los medios de comunicación). “El Estado era solo una zanja exterior detrás de la cual se levantaba un poderoso sistema de fortalezas”, escribió.
    Gramsci defendía que no bastaba con que los revolucionarios emprendieran meramente una “guerra de movimiento” (como habían hecho los bolcheviques al tomar el Estado ruso), tenían que luchar una “guerra de posición”: una larga lucha en el terreno de la sociedad civil con el objetivo de cambiar lo que el escritor denominó “el sentido común” (o la “filosofía de los no filósofos”).
    A finales de la década de 1970 la revista Marxism Today analizó el ascenso del thatcherismo a través del prisma de la hegemonía. Su exdirector Martin Jacques y el difunto teórico de la cultura Stuart Hall** reconocieron que la nueva derecha estaba embarcada en un proyecto no solo para ganar fuerza electoral sino para redefinir el “sentido común”. Como me dijo Martin Jacques, “la mayoría de los líderes políticos no tratan de establecer la hegemonía. El experimento de Thatcher era extremadamente inusual”.
    Stuar Hall señaló la incesante popularización por parte del movimiento de “la competición y la responsabilidad personal por el esfuerzo y la recompensa, la imagen del individuo sobrecargado de impuestos debilitado por los mimos del estado de bienestar”. Como señaló la propia Thatcher en 1981: “La economía es el método; el objetivo es cambiar el alma”. Aunque desde entonces la derecha ha utilizado el flexible y duradero concepto de hegemonía, la política del propio Gramsci era indudablemente marxista. La clase obrera sarda defendió una educación rigurosa en latín y gramática, pero pensando en unos fines absolutamente diferentes de los del conservador Gove.
    Comentaristas de derecha como Melanie Phillips y Peter Hitchens advirtieron hace tiempo de que la izquierda está involucrada en un marcha gramsciana a través de instituciones como la BBC, las universidades y escuelas para tratar de realizar un cambio cultural. Pero aunque el Nuevo Laborismo promovió causas liberales como los derechos de las personas homosexuales, aceptó la hegemonía thatcheriana en vez de desafiarla.
    Sin embargo, con Jeremy Corbyn los conservadores se enfrentan al primer desafío prolongado a su dominación cultural. Al igual que la nueva derecha antes que ellos, la nueva izquierda no aspira simplemente a derrotar a los oponentes en las elecciones sino a invalidar sus ideales más preciados. Cuando Corbyn y sus aliados se refieren a sí mismos como “la nueva corriente política dominante” intentan, en términos gramscianos, redefinir el “sentido común”. Como afirma Martin Jacques, “Corbyn es bastante inusual en este contexto. En las últimas elecciones luchaba en el terreno elevado, volvía a visitar el terreno en el que la izquierda perdió ante el thatcherismo”.
    Gramsci habría admirado al grupo activista Momentum y su festival The Word Transformed (que incluía sesiones sobre temas gramscianos como la educación a lo largo de toda la vida y el teatro político, y un grupo de lectura de Stuart Hall). Como defendían los Cuadernos de la cárcel , Momentum busca el dominio de todo el espectro y se compromete en los ámbitos de la sociedad civil y de la cultura popular.
    En una era de medios sociales, vídeos virales y educación superior de masas [en el primer mundo], el concepto de hegemonía de Gramscy es asombrosamente clarividente. De hecho Gramsci parece cada vez más no meramente un pensador marxista para nuestro tiempo sino, quizá, el pensador.
    Texto completo en: https://www.lahaine.org/aV3m
    1 hr 41 min
  • Hegemonía cultural y revolución: reflexiones sobre Antonio Gramsci
    Roberto Ampuero: Escritor, ex ministro de Cultura de Chile y ex embajador de Chile en México, explica la teoría de cambio social de Antonio Gramsci.
    Gramsci comparte la idea de infraestructura y superestructura de Marx, pero la concibe a la inversa. En Marx, la infraestructura es la que produce la superestructura, (como epifenomeno de las relaciones de los medios de producción en una sociedad).; Desde el epifenómeno no es posible cambiar lo que lo causa, esto es: desde la superestructura no se puede transformar la infraestructura (aunque sabemos que Marx y Engels realmente no pensaban que esto fuera un absoluto...)
    Sin embargo para Gramsci (también para la Esc de Frankfurt) sí, el cambio desde la superestructura es posible. La influencia de Benedetto Croce se pantetiza en esta concepción idealista de Gramsci que difiere de la interpretción materialista de la historia.
    Pero lo que importa en realidad es la utilidad que tiene la idea de Gramsi hoy; si coincide o no con Marx es un problema teórico, no práctico.
    Si es posible cambiar la sociedad desde la superestructura sólo se puede saber si es verdad en lo empírico, o sea, intentándolo.
    Tal y como están dadas las condiciones en la sociedad capitalista occidental, pocas otras alternativa hay que la estrategia que propone Gramsci. Si bien no es algo novedoso sino que desde fines de la década del 60 se ha puesto en práctica en muchas sociedades occidentales, lo cierto es que la masa dominada acepta los valores, la cultura y el modelo que propone la clase hegemónica; no quiere cambiar el sistema sino tener más acceso a sus fetiches, integrarse más a la alienación en que está sumergida. La cosificación le es intrascendente, la costumbre ha institucionalizado la reificación del hombre que se ha habituado a concebirse como una mercancía sin que esto lo perturbe. Pero la cosificación no es sólo un fenómeno de la clase dominada sino también se verifica en la clase hegemónica. La hegemonía cultural no es impuesta concientemente por la clase dominante; no hay una imposición cultural planificada por la burguesía, ni la burguesía impone la cultura hegemónica. El fenómeno tiene su propio funcionamiento independiente de la voluntad de dominantes y dominados; y se impone a ambos del mismo modo desplegando sus efectos de manera autónoma a la voluntad de los individuos, sea de la clase que sea (o desclasados, inclusive).
    No se ha profundizado en el estudio del fenómeno del fetichismo de la mercancía ni en la alienación que provoca, que no es la misma que la alienación causada por la división del trabajo. El fetichismo de la mercancía se ha desarrollado y perfeccionado junto con el progreso del sistema: la marca del producto de consumo potencia la personificación de la mercancía que a través de su grifa cobra una realidad con la que el sujeto quiere identificarse. El valor de uso de un Rolex, no es el que tuvo originalmente, no es "marcar las horas" como fue cuando se empezaron a fabricar esos y todos los relojes; sino en la actualidad, el reloj tiene el valor de uso que la grifa "Rolex" le da.
    Rolex es el valor de uso, no marcar las horas. El interés del sujeto es exhibir el fetiche que lleva en la muñeca para que la sociedad lo asocie a esa mercancía, algo así como un intento de salir de la cosificación a través de identificarse con una mercancía que lo individualice, un bien más exclusivo que le de una identidad menos seriada... (Aporte de un oyente)
    Mark Knopfler pone la música...
    1 hr 7 min

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