Las casas encantadas son monumentos al olvido, estructuras donde el tiempo se detiene y la tragedia perdura. Sus ventanas, como ojos vacíos, observan el mundo de los vivos con envidia. Al entrar, el aire se vuelve gélido y el polvo danza en la penumbra, sugiriendo figuras que desaparecen al mirarlas directamente.
No son los crujidos de la madera lo que aterra, sino el silencio pesado que los sigue, cargado de susurros inaudibles. Allí, la soledad es una mentira; cada sombra esconde un secreto y cada pasillo retiene el eco de pasos que ya no deberían existir