En la madrugada del 11 de mayo de 1991, una mujer de 43 años sufrió un paro cardíaco
en el quirófano del Hartford Hospital, en Connecticut. Durante los 27 minutos que
estuvo clínicamente muerta —sin pulso, sin respiración y con un electroencefalograma
plano—, más tarde relataría con asombrosa precisión detalles de lo que ocurrió en la
sala: los instrumentos que el equipo médico utilizó, las conversaciones entre los
cirujanos, incluso el lugar exacto donde habían dejado sus dentaduras postizas. Su relato
fue corroborado por los profesionales presentes, quienes confirmaron que no había
podido ver ni oír nada desde su posición inconsciente. Este caso, documentado por el
psiquiatra Bruce Greyson, es uno de los cientos —quizá miles— de testimonios que
conforman lo que hoy se conoce como experiencia cercana a la muerte (ECM).