El poder adquisitivo —la capacidad real de las personas para comprar bienes y servicios
con sus ingresos— es uno de los indicadores más sensibles y políticamente
significativos de una economía. Más allá de las cifras agregadas del PIB o del
crecimiento nominal, el poder adquisitivo condensa en sí mismo la experiencia
cotidiana de millones de hogares: qué pueden comer, qué vivienda pueden permitirse,
qué educación pueden dar a sus hijos, qué ocio y qué futuro pueden imaginar. En
España, la evolución de esta capacidad ha estado marcada por una trayectoria compleja:
desde la recuperación postfranquista y la integración europea, hasta la euforia de la
burbuja inmobiliaria, la devastación de la crisis financiera y, más recientemente, la
sacudida inflacionaria tras la pandemia.