En algún momento de la década de 1920, en una redacción periodística de Moscú, un
editor reprendió a uno de sus reporteros por no tomar notas durante una reunión.
“¿Cómo vas a recordar todo eso?”, le espetó con impaciencia. El joven, de aspecto
corriente y modales callados, respondió con calma: “No necesito apuntes. Lo recuerdo
todo”. El editor, incrédulo, le pidió que repitiera los discursos, los nombres, los números
y las instrucciones que se habían dado minutos antes. El reportero lo hizo —palabra por
palabra, pausa por pausa—, sin vacilar. Asombrado, el editor lo envió a un psicólogo.
Aquel reportero era Solomon Veniaminovich Shereshevsky, y aquel encuentro marcó
el inicio de uno de los casos más fascinantes y malinterpretados en la historia de la
psicología cognitiva.