En la vasta tabla periódica de elementos, uno solo ha logrado encapsular, de manera
única y persistente, las nociones más abstractas de valor, poder, belleza y eternidad: el
oro. Su símbolo químico, Au, procedente del latín aurum —que significa "brillante
amanecer"—, es el preludio de una historia que se entrelaza con la propia evolución de
la civilización humana. El oro representa una paradoja fundamental: es un metal en
esencia inútil para la supervivencia primaria —no sacia el hambre, no cura la sed, no
ofrece abrigo— y, sin embargo, ha sido el motor de expediciones, la causa de
conquistas, el fundamento de sistemas económicos y el símbolo último de lo divino y lo
profano.