A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, el cielo sobre Hiroshima, una ciudad
portuaria del suroeste de Japón con cerca de 350 000 habitantes, se partió en dos. Un
resplandor cegador —más brillante que mil soles— inundó calles, casas, escuelas y
templos. En cuestión de segundos, una esfera de fuego de más de 300 metros de
diámetro elevó la temperatura local a más de 4000 grados Celsius. El viento que siguió,
arrollador y abrasador, arrasó edificios, arrancó árboles de cuajo y convirtió cuerpos
humanos en sombras sobre el concreto. Lo que sobrevino no fue solo destrucción: fue un
punto de inflexión en la historia humana. Por primera vez, la especie que había aprendido
a tallar piedras, a escribir leyes y a navegar océanos, había creado un arma capaz de
aniquilarse a sí misma.