El sol aún no ha asomado sobre las crestas de las montañas Yan, al norte de lo que hoy
es Pekín, pero ya se escucha el crujido de las botas de cáñamo sobre la tierra helada. En
el corredor de Hexi, mil li al oeste, donde el desierto de Gobi se encuentra con los
últimos contrafuertes del altiplano tibetano, el frío es más seco, más cortante. Allí, el
viento arrastra finas partículas de loes que se adhieren a los ojos, a las gargantas, a las
paredes de los fuertes construidos con tierra apisonada. En ambos extremos —y en los
cientos de kilómetros que los unen—, la Gran Muralla de la dinastía Ming (1368–1644)
no es una línea continua, sino una red de muros, torres de vigilancia, fortines y pasos
fortificados que serpentea por valles, montañas y mesetas, adaptándose al terreno como
una serpiente de piedra y ladrillo.