El polvo no se asienta nunca en la Galia en verano.
Lucio Valerio Strabo lo sabe. Lo lleva en los dientes, en los pliegues del cuello, en los ojos
enrojecidos por el viento del este. Lo ha respirado desde que cruzaron los Alpes, desde
que dejaron atrás los olivares de la Galia Cisalpina y entraron en esta tierra de bosques
húmedos, ríos anchos y colinas coronadas por murallas de tierra y madera. Aquí, el polvo
no es seco ni fino como en Hispania; es arcilloso, pesado, se pega al sudor y forma
costras en la piel. Y ahora, en julio del año 700 ab urbe condita —58 antes de Cristo,
según contarán más tarde—, ese polvo levantado por miles de sandalias, herraduras y
carros es el único presagio de lo que se avecina.