No es una villa, es tres, cuatro, muchas villas superpuestas en un mismo paisaje de
piedra dorada y verdes praderías. El viajero desprevenido que hoy pisa sus adoquines ve
una postal perfecta del Medievo, pero bajo sus pies y ante sus ojos se despliega una
crónica milenaria. Es la historia de un valle que fue cuna del arte parietal, de un
monasterio que se hizo poder, de una familia que soñó con un reino, y de una comunidad
de vecinos, hidalgos y labriegos que, siglo tras siglo, modelaron la identidad de este
rincón de Cantabria. Esta es la historia de Santillana del Mar, un relato que va más allá de
la noble fachada de sus palacios para adentrarse en las cocinas humeantes, en las aulas
de las escuelas, en los campos de siega y en las decisiones que, desde leyes reales o
desde modestas heredades, forjaron su destino.