En el corazón de la campiña cordobesa, donde la tierra se pliega en suaves colinas antes
de erguirse en las sierras Subbéticas, se alza Baena. Más que un simple municipio, es un
palimpsesto de piedra y cal, un territorio donde cada capa de historia —íbera, romana,
musulmana, cristiana— ha dejado una huella indeleble en su urbanismo, en su carácter
y en el destino de sus gentes. Su nombre, de resonancia árabe («Bayyāna»), es hoy
sinónimo de un oro líquido que ha modelado su economía y su alma, pero su historia es
tan compleja y rica como el sonido de sus tambores en Semana Santa, un eco que vibra
entre lo sagrado y lo profano.