Eran casi las diez de la noche del 30 de agosto de 1977 cuando Peggy Hodgson, una
viuda de 42 años que vivía en una casa adosada del norte de Londres, escuchó un ruido
seco en la habitación de sus hijas menores. No era el crujido habitual de una vieja
vivienda municipal ni el estruendo de un avión sobrevolando el aeropuerto de
Heathrow. Era distinto: un golpe repetitivo, metálico, como si algo —o alguien—
estuviera golpeando la pared desde dentro.
Subió las escaleras con el corazón acelerado. Al abrir la puerta, encontró a sus hijas
Janet, de 11 años, y Margaret, de 12, sentadas en la cama, asustadas. “Mamá, la cómoda
se movió sola”, dijo Janet, señalando un mueble de madera que, efectivamente, estaba
desplazado varios centímetros de su lugar habitual. Peggy, exhausta tras una jornada de
trabajo como limpiadora, intentó tranquilizarlas. “Será el viento”, dijo, aunque las
ventanas estaban cerradas.
Pero aquella noche no fue un incidente aislado. Durante las siguientes semanas, los
ruidos se multiplicaron: golpes en las paredes, sillas que se deslizaban por el suelo,
objetos que caían sin causa aparente. Pronto, los vecinos empezaron a oírlos también.
Algunos llamaron a la policía. Otros, en voz baja, comenzaron a hablar de fantasmas.
Lo que sucedió en el número 284 de Green Street, Enfield, entre agosto de 1977 y
mediados de 1979, se convertiría en uno de los casos de supuesta actividad poltergeist
más documentados de la historia moderna. Fue investigado por la prestigiosa Society
for Psychical Research (SPR), grabado en cientos de horas de cinta, testificado por
decenas de testigos —incluidos policías, periodistas y vecinos escépticos— y debatido
por décadas entre parapsicólogos, psicólogos, historiadores y escépticos.